© 2018 Luis Miguel Urrechu

¿Sabías esto?

 

A los dos años y medio se le caen al caballo los cuatro primeros dientes mamones. En su lugar le nacen otros cuatro (las palas o los de adelante). A los tres y medio le caen los cuatro segundos. Los que le salen son los inmediatos, y crecen muy rápido.

 

El trato

Veintiuno de setiembre del año 1.870. Sobre las ocho de la mañana Venancio y Cecilio, acompañados de sus respectivas esposas se cruzan en una calle de Madrid. Tras los saludos, Venancio dice al otro que tiene un caballo en venta. Cecilio se muestra interesado y quedan en reunirse cuatro horas más tarde en una taberna para consumar el trato, que se acordó en mil trescientos reales.

Una vez en la taberna el vendedor quiso que se firmara un papel en el que constara que él no garantizaba que el caballo no tuviera ninguna enfermedad. Cecilio, que había acudido acompañado de su mujer, estuvo de acuerdo.

Como ninguno de los dos sabía escribir, pidieron a uno de los presentes en la taberna que lo plasmara en un papel. Cecilio el comprador trazó sobre el papel la señal de la cruz en señal de conformidad y se hizo cargo del caballo, que llevó enseguida a su casa.

Trato de chalán

 

Discrepancias en el trato y recurso

Al día siguiente Cecilio quiso devolver el animal a Venancio, diciéndole que no le convenía. Como el vendedor no estaba conforme con las razones de Cecilio, éste le dejó el caballo en el patio de su casa. El vendedor ha recurrido ante la Justicia contra el comprador, pidiendo que se declare válido el trato y que Cecilio le abone los mil trescientos reales en que se ajustó el caballo, más las costas y perjuicios.

En el juicio, el comprador pide que no se admita el recurso de Venancio, porque él estaba borracho cuando se hizo el trato, y que no sabiendo leer, cuando le leyeron el papel le dijeron que quedaba el caballo asegurado porque lo compraba a sanidad, como expresaba el escrito. Reconocía el trato, el escrito y la señal de la cruz puesta por él, pero decía que le habían engañado.

 

Pruebas son amores y no buenas razones

El vendedor, para apoyar su recurso, presentó el escrito de no garantía que le exigió al comprador, y el testimonio de dos testigos del contrato: uno cochero de profesión, que fue el que redactó el contrato de no seguridad. Declaró el cochero que el caballo se había vendido sin responsabilidad de devulución, de conformidad con las partes, porque tosía un poco. También dijo el cochero que después de haber escrito el papel se lo había leído dos o tres veces al comprador, sin cambiar, añadir ni quitar cosa alguna; y que no era cierto que estuviera éste borracho.

El otro testigo era la mujer del tabernero, que recuerda bien haber oído leer el papel, y que había oído claramente que el caballo se vendía sin responsabilidad de enfermedades, y que Cecilio el comprador no estaba borracho.

 

Si bebes no compres

Cecilio, en apoyo de su defensa dice que no había probado el caballo antes de cerrar el trato; que valiendo mil trescientos reales no lo hubiera hecho sin probarlo antes. Y que no sólo lo había comprado a sanidad, sino con la condición verbal de que el chalán se lo volvería a recoger si no le gustaba, insistiendo en que estaba borracho cuando hizo la cruz en el papel. Y para probar el engaño que emplearon contra él, presentó como testigo a un zapatero que vive en su misma casa.

El zapatero declaró que se encontraba por casualidad en la taberna cuando cerraron el trato, y que había oído leer el papel y que éste especificaba que el caballo se vendía a sanidad.

El vendedor recordaba que había otra persona en la taberna cuando se cerró el trato, pero que no se había fijado en ella. No recusaba al zapatero, pero afirmó que se confundía o que mentía. Añadió que si hubiera vendido su caballo a sanidad, lo hubiera vendido más caro. Suplicó Venancio al veterinario presente en el juicio que viera el caballo para que se cerciorara de si valía o no más de mil trescientos reales en el caso de haberlo vendido a sanidad. Tampoco negó que prometió cambiarlo más adelante si el comprador quería, pero que esta promesa verbal era independiente del trato.

 

El dilema

El veterinario, perito del juez se tuvo que plantear estas cuestiones:

¿Tiene razón Venancio al pedir que se declare válido el trato y que se condene al comprador al pago de lo estipulado, más las costas y perjuicios? ¿Puede Cecilio exigir la nulidad del trato porque estaba borracho, y porque se había abusado de no saber leer, para hacerle aprobar el escrito, leyéndole lo contrario de lo que contenía?

El veterinario consideró que la venta estuvo bien terminada, pues el comprador estaba de acuerdo en ello, y reconoció el escrito y haber puesto la señal de la cruz para comprobar su conformidad.

También consideró que si el comprador estaba borracho, su mujer que se hallaba presente, no lo estaba. Que había dicho que era ella la que efectuaba todas las compras. Tuvo en cuenta que la mujer no dejó que compareciera ante su presencia a su marido, sino a fuerza de reiteradas instancias, e incluso orden ejecutiva.

Consideró que no estaba comprobado que se les hubiera leído al comprador y a su mujer el escrito con engaño, como dicen, suponiendo que el trato se había hecho a sanidad, pues no han podido probar esto más que con un testigo que vive en su misma casa. Y que sabiendo como sabía leer y escribir, pudieron en caso de duda habérselo mandado leer.

 

Lo justo

DiscrepanciasRazonó el veterinario que en el trato de caballos, el comprador no da ningún papel a no ser que se acuerde en tomarlos a cuenta y riesgo suyo. Por último certificó que el caballo valdría más si se hubiera vendido a sanidad, y que Cecilio el comprador sólo ponía como defecto al animal que era mal trabajador.

Dedujo el veterinario que el trato era válido, y que por lo tanto Venancio tenía razón y Cecilio debía ser condenado a pagar los mil trescientos reales en que se ajustó el caballo, más las costas y perjuicios. Tales fueron sus conclusiones, que sometió a la autoridad del Juez.

La historia no recoge lo que le pasó a nuestro comprador borrachín y calzonazos cuando regresó a casa y se quedó solo con su esposa; frente a frente contra aquella arremangada mujer del Siglo XIX.

¿Sabías esto?


La casa del árabe les sirve también de caballeriza. La yegua, el potro, el marido, la mujer y los hijos, duermen todos juntos. Se ve a los niños sobre el cuerpo de la yegua o del potro, sin que les hagan daño alguno ni les incomoden.