© 2018 Luis Miguel Urrechu

 

¿Sabías esto?

El caballo -según todos los albéitares españoles, antiguos y modernos (en el S. IX)- nace con cuatro dientes mamones: dos en la encía alta y otros dos en la baja; y al año los tiene todos. Según los veterinarios extranjeros, hasta los ocho, diez o doce días no le salen estos cuatro primeros dientes.

 

Adaptación de un artículo de Jean Tranié

(Saint-Nazaire 1.927- Paris 2.001)

Dragones franceses de Napoleón

 

Ya sean pintadas, talladas o esculpidas, la mayoría de las obras que representaron a Napoleón le muestran a caballo. Esto es debido a la tradición, que se remonta a la época romana, de representar a los emperadores, reyes y príncipes cabalgando orgullosamente. Y porque sin duda fue el Jefe de Estado que pasó más horas sobre una silla de montar.

La revolución llevó a Napoleón Bonaparte a Francia a finales de 1.799. Fue emperador de los franceses desde 1.804 a 1.814. Y luego de nuevo en 1.815.

Conquistó y gobernó la mayor parte de la Europa continental. Y colocó a sus mariscales y a sus hermanos en los tronos de varios reinos europeos: España, Holanda, Suecia…

Todos los grandes hombres de guerra han sido dueños de muchos caballos. Napoleón Bonaparte no fue una excepción a la regla.

Con valor pero sin estilo. ¿Para qué?

El famoso personaje no montaba académicamente. En su juventud, en Córcega y más tarde en Francia, no tuvo tiempo de aprender a montar correctamente. Las pocas lecciones dadas por el Sr. Auvernia en la Escuela Militar de París entre 1.784 y 1.785 no fueron suficientes para hacer de él un jinete académico.

El arte de montar requiere de un largo aprendizaje. A él le faltaba el tiempo para convertirse en un buen jinete… o mejor dicho, en un jinete con estilo.

Cabalgaba instintivamente, con el asiento muy profundo y las piernas muy extendidas.

Sin embargo, Napoleón cansaba a menudo a varios caballos en un mismo día, recorriendo distancias de entre 80 y 100 kilómetros. Lo hacía montado, en coche… y de todas las maneras, como él decía.

Napoleón en la nieve

 

Siempre al galope

Roulhac dijo: “practicó la equitación, en tiempo y en espacio, mucho más de lo que nunca hará ningún atleta de nuestro tiempo”.

Agregó: “todos los testigos coinciden en reconocer su resistencia, audacia y un excepcional desprecio del peligro”.

Sólo conocía una marcha: el galope. Marcaba un ritmo infernal. Le gustaba dejar atrás a los agotados oficiales de su Estado Mayor. Incluso a su escolta, cuyos caballos iban más cargados. Victor Dupuy, jefe de escuadrón de húsares, dijo en sus memorias militares de Polonia:

“Al anochecer, sobre las ocho o nueve de la tarde, el emperador llegó solo e inesperadamente. Desmontó ante la casa Staroste, situada en la plaza, se apoyó en un barril vacío y pidió un vaso de agua.

Pidió un caballo, y al traerlo un oficial de su guardia, volvió a montar rápidamente sobre la silla y de inmediato tomó el camino a Varsovia al galope. Llegó solo en medio de la noche. Los Cazadores de la Guardia no podían alcanzarle”

Este es sólo un ejemplo entre otros muchos.

 

Siempre caballos enteros

Napoleón era particularmente aficionado a los caballos enteros, aunque también tuvo muchos castrados, y yeguas. En el registro de monturas de Napoleón que se conserva en el Archivo Nacional de Francia, hay de todos los orígenes: austríacos, normandos, limosines, españoles… y árabes, por supuesto.

Este registro de caballos de Bonaparte descubre, al contrario de lo que se pensaba, que el “rango de su Majestad” no se aplicaba sólo a los caballos que montaba el emperador. Se decía de todos sus caballos. Los nombres de todos ellos evocan su origen, el nombre de una batalla, sus cualidades, o incluso sus defectos.

Muchos caballos recibían un apodo, casi siempre puesto por Su Majestad, en honor de una victoria o un ser querido. Napoleón los llamaba por su apodo, lo que llevó a los historiadores a confundir su identidad.

En campaña Napoleón usaba cuando tenía prisa -como era frecuente- el primer caballo de silla que encontraba a mano, ya sea reclutado o incluso “de posta”. Pero cuando podía disponer a voluntad, lo hacía con caballos enteros. Es decir, no castrados.

Se les llamaba “del rango de Su Majestad”.

A Napoleón no le impresionaba la corpulencia

Después de la campaña de Rusia pudo comprobar la fuerza de los caballos bretones y quiso usarlos, pero cambió de opinión porque estaban castrados.

Tuvo treinta caballos agrupados en diez brigadas. Su composición se renovó completamente más de tres veces durante su reinado, lo que nos da más de cien caballos imperiales.

Sólo algunos pocos alcanzaron la celebridad. Unos porque eran los favoritos del emperador, y otros porque participaron en alguna batalla famosa.

Podía permanecer muchas horas sobre la silla de montar sin necesidad de cambiar de montura. Todas estas monturas “del rango de Su Majestad” provenían de la Yeguada Imperial. Estaba distribuida entre Saint Cloud, en Normandía, y en Limousin. Y el criadero de caballos salvajes del Gran Ducado de Berg. Abastecían el Establo Imperial ubicado en París, en Saint Cloud, en Meudon y en Viroflay.

Retrato ecuestre de Napoleón

Su preferido, el árabe

Aunque casi todos los pintores históricos representaron a Napoleón montando sobre un caballo árabe blanco, no fue así en realidad. También utilizaba con frecuencia tordos y castaños moteados.

Entre otras razas, también montaba caballos alemanes, limousines, españoles, e incluso persas.

Por contra, no quería caballos grandes y pesados como los bretones. Es cierto que uno de ellos en Austria le derribó y cayó sobre él sin causa aparente.

¡Estos son otra cosa!

Fue durante la campaña de Egipto (1.798-1.799) cuando Bonaparte conoció al caballo árabe. Pronto se ganó sus preferencias. Un jeque mameluco, El-Bekri, le ofreció un espléndido caballo árabe de capa negra. El comandante en jefe lo aceptó gustoso.

A la entrega del caballo se unió la de un sirviente y guardaespaldas. Un mameluco llamado Rustam, que durante quince años nunca le abandonó.

A. Roulhac insinúa la idea muy plausible de que el caballo árabe le recordaba su juventud y a los “caballitos de Córcega”. Le permitió volver a sus recuerdos y malos hábitos de adolescencia en la Isla de la Belleza.

Años de juventud

Según lo descrito por Bonardi en “Bonaparte, hijo de Ajaccio”, los agricultores locales observaron las malas trazas de un joven teniente de artillería con el pelo largo. Montaba un pequeño caballo “lleno de arrojo, pero casi sin entrenamiento. Con los estribos muy largos. Sólo de vez en cuando restallaba un látigo, dejando las riendas sobre el cuello del caballo“.

Esto fue en 1.786. Es cierto que en aquel momento estaba recién salido de la Escuela Militar de París, donde recibió algunas clases de equitación. Pero aunque era oficial, se desplazaba a pie, como sus artilleros. Pudo cabalgar sobre un caballo cuando ascendió a comandante, en 1.793, durante el cerco de Tolón. Fue su primer caballo reglamentario, cuyo nombre no pasó a la posteridad.

Tuvo el honor de abrir el “martirologio” de sus dieciocho caballos muertos o heridos. Pueden ser incluso unos cuantos más si se incluyen los que murieron antes de pasar el puente de Arcole en 1.797. Si creemos lo que dicen algunos cronistas. El número aportado por O’Meara es sólo para un período de catorce años. Después de la organización de los Establos Consulares en 1.801, justo antes de salir para Santa Elena.

¿Sabías esto?


El primer caballo clonado fue una yegua Haflinger en Italia, en 2.003.

 

Los más famosos entre sus favoritos

En la Batalla de Rivoli Bonaparte cayó sobre su caballo herido. El pintor Philip (1.815-1.884) pintó a uno de sus oficiales recuperando su sombrero, que le entrega un oficial de húsares de la escolta.

Napoleón y su estado mayos a caballo

Retratado por el pintor Sevewied, en primer lugar estuvo Ciro, que tuvo el honor de asistir la batalla de Austerlitz. Aunque no fuera el único caballo que montase en ese día.

El más famoso es el árabe gris Wagram, que Napoleón montó a partir de 1.809. Se llamó así en memoria de su victoria del 6 de julio.

Cariño animal

Este caballo le mostraba un especial afecto. Cuando le veía en los establos golpeaba el suelo con sus patas delanteras y no cesaba hasta después de que Napoleón le hubiera acariciado y hasta besado.

Del mismo modo, cuando oía en el campo los tambores que anunciaban la llegada del emperador, rascaba el suelo con los cascos y sacudía con orgullo la cabeza.  Cuando lo montaba, su apariencia “era de una belleza incomparable”.

Entendemos que fuese elegido por Napoleón para acompañarle a su exilio en Elba.

Otro de los caballos imperiales, que le fue donado por el Príncipe Eugenio de Beauharnais, hijo de una yegua limousine y un semental inglés, fue Roitelet (Wren).

Un día de 1.809, durante una revista, el gran jinete entró demasiado ardientemente en las filas de sus granaderos y derribó a algunos. El emperador le mantuvo alejado algunos años.

Pero siguió siendo parte de la brigada de treinta caballos destinados a su servicio al comienzo de la campaña de Rusia, en 1.812. Después fueron cuarenta y seis: el del maestro de equitación, el del cirujano, el del cazador, los del mameluco y tres palafreneros. Los de los oficiales de Estado Mayor, pajes, criados, etc. Todos los cuales podían, si fuese necesario, sustituir al del emperador.

¡Ay, el invierno ruso!

Así, durante la retirada de Rusia, estando todos los caballos enfermos por el rigurosísimo invierno ruso, fue transportado por Roitelet (Wren, Reyezuelo) que le llevó sin un paso en falso.

El 29 de abril de 1.813, en Lutzen, cuando una bala vino a rozar el pelo de Wren, ni se inmutó. La crónica cuenta que algunos días más tarde, el caballo imperial llegó a los establos con el pelo chamuscado.

Hubo una segunda vez en Arcis-sur-Aube. El 1 de marzo de 1.814 el destino salvó al mismo caballo y su jinete cuando estalló a diez pies de ellos una bomba enterrada en el suelo. Tras la deflagración, el animal se asustó, probablemente por la proyección de la tierra de la explosión. Napoleón le dijo, levantándose:

“Vamos, que todavía nos quedan cosas más importantes a las que temer”.

El emperador, para elevar la moral de su caballo le dirigió hacia donde había explosionado el proyectil, como si sólo se hubiera tratado de un balón.

 

Visir. El único caballo imperial llegado hasta nosotros

Napoleón revista a sus tropas

Visir, fue también uno de los favoritos del emperador. Lo montó desde 1.805 y le acompañó al exilio en Santa Elena diez años más tarde. Sólo para ser disecado y expuesto en el Museo del Ejército, a pocos pasos de su amo, que duerme eternamente bajo la Cúpula de los Inválidos.

Este caballo fue un obsequio del Sultán de Turquía, cuando se propuso invadir Inglaterra.

De raza árabe, su capa es de color “flor de melocotón, casi blanca, ligeramente moteada de alazán”. Mide sólo 1,35 m. En el muslo izquierdo sigue luciendo la marca de los Establos Imperiales: una N coronada. Murió en Francia en 1.826.

De acuerdo con una carta de un británico, John Greaves, de Manchester, del 23 de julio de 1.839, durante la campaña de Rusia el caballo permaneció en Francia. Se le confió al señor Chaulaire hasta el regreso del emperador. Luego fue entregado a su ilustre maestro y permaneció con él hasta el final de la guerra. Después, por deseo expreso del emperador, el caballo fue devuelto al señor de Chaulaire, quien lo mantuvo hasta su muerte.

Una extraña carta

En 1.826, el señor de Chaulaire escribió la historia de este extraordinario caballo.

Esta carta parece extraña si se considera que Frédéric Masson nos informó de que en Santa Elena el establo consistía en 10 caballos… incluido Visir. Parece que John Greaves no sabía que el señor de Chaulaire debió ser un funcionario de los Establos Imperiales. Que ignoraba que Visir estuvo los establos de Longwood, en Santa Elena.

Más adelante en su carta, le dice a nuestro inglés:

“Poco después, el señor Chaulaire se vio obligado a abandonar Francia por razones políticas, y su propiedad fue confiscada.

Entonces yo estaba viviendo Boulogne y compré esta preciosa reliquia.

Yo lo llevaba a Inglaterra con intención de entregarlo al Museo Británico, pero he cambiado de idea y prefiero ofrecérselo a usted. Los franceses estaban tan apegados a este caballo, porque pertenecía al emperador, que tenía muchas dificultades para sacarlo de Francia. Sin embargo lo he conseguido con la ayuda del cónsul británico. Me aconsejó eliminar el relleno del caballo, porque en la Aduana Inglesa de Dover no lo dejaría entrar”.

Otro caballo de Napoleón que honra a otro museo es Marengo cuyo esqueleto se conserva en el Museo Imperial de Guerra en Londres.

Cazador de Napoleón

 

Otros caballos “del rango de SM”

De los más de cien caballos que tuvieron el honor de ser montados únicamente por el emperador, algunos son conocidos por su nombre o su presencia en un suceso famoso.

Menos famoso entre los favoritos, podemos citar a Estiria, con el que Bonaparte subió a Gran Saint Bernard, y montó en la batalla de Marengo del 14 de junio de 1.800.

Cyrus (Ciro)

También Cyrus estuvo en la batalla de Austerlitz. E Intendente, reservado más especialmente para los desfiles y revistas triunfales, debido a su tranquilidad durante las ceremonias. ¡Los veteranos de la Guardia incluso le apodaban “Cocó”!

Otro, Tauris, fue montado por el emperador en su entrada de Moscú el 14 de septiembre de 1.812. Era un tordillo que había comprado algunos días antes en Rusia por 1.260 F y que fue montado durante el paso de Berezina, a finales de noviembre.

El emperador regresó a Francia tras la retirada de Rusia. Primero en trineo y a continuación en sedán.

Tauris llegó a Francia, ya que era el que montó en Golfe-Juan, en París, durante el “vuelo del águila” de marzo de 1.815. También estuvo su caballo en Waterloo.  Mientras Napoleón se fue a París en sedán, Napoleón a la lumbreTauris estuvo en Malmaison, donde el soberano se lo dio al Sr. de Montarau.

Después de esto, al parecer el noble caballo caminaba “cada mañana por los alrededores de la columna de la “Grande Armée”.

El mejor presente

Napoleón también regaló muy a menudo caballos. Ya sea por razones diplomáticas o simplemente como signo de amistad o agradecimiento.

De este modo, en 1.806 ofreció a Commode (Cómodo) al rey de Baviera. Y a la princesa de Baden el Etoile y el Etíope. A Selim en 1.807 al emperador ruso Alejandro I durante el Tratado de Tilsit.

Probablemente por la segunda razón, ofreció, entre otros a Solimán al general Vharville. Y en 1.811 a Fauvette al Sr. Kergariou.

A muchos de sus caballos se les otorgaron nombres para conmemorar una victoria, como Marengo, Austerlitz, Wagram. Otros recibieron un nombre que indicaba su origen, como Calvados, Cid, Córdoba, Sagunto, o el citado Selim. Otros indicaban sus cualidades o sus defectos, como Bufón, Conquistador, Extremista, Fiestero, Gracioso, Tímido, etc.

Guardar

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¿Sabías esto?


El casco de un caballo tarda entre nueve y doce meses para volver a regenerarse por completo.

 

Con los que se retrató

Aunque hay cientos de cuadros y miles de estampas y dibujos de Napoleón a caballo, casi ninguno refleja la realidad. De hecho, no podemos estar seguros de que las veintitrés obras que representan a los caballos “del rango de SM” fueran sus auténticos retratos.

Especialmente se encargó a dos pintores: a Horace Vernet el retrato de diez, y al otro artista, Sevewied.

La contabilidad del Grand Ecuyer, nos dice que una vez “fueron entregados 1.000 F al Sr. Horace Vernet por los retratos de cuatro caballos: Visir, Gisors, Lowska, Favorito.

Una segunda vez se le dieron al mismo artista 1.500 F por los retratos de otros seis caballos: Harbet, Nero, Wagram, Calvados, Tamerlane e Hipogrifo.

Sevewied también recibió 1.690 F para la realización de los retratos de trece caballos: Kurdos, Labrador, Ciro, Cid, Córdoba, Sara, Sagunto, Epicúreo, Intendente, Embellecido, Gessner, Bréant y Wuzbourg.

En la hora adecuada y en el lugar apropiado

Además de los ya mencionados, que dejaron sus nombres en la historia de Napoleón, no menos de diecisiete de estas monturas “del rango de SM” habrían permanecido completamente desconocidas. Pero fueron elegidas, quizá por el propio emperador, como modelos de los cuadros.

De hecho, veintitrés retratos de estos caballos son los únicos de los que podemos estar seguros. De los demás, incluso los representados por los más grandes artistas del siglo XIX, ninguno ofrece garantía de semejanza.

Entre ellos podemos mencionar el caballo del emperador utilizado durante la loca etapa de Valladolid a Burgos. Un caballo castaño, fuerte y hermoso llamado Montevideo.

Napoleón a caballo sobre nieve

Igualmente, los cuatro caballos reservados especialmente para Napoleón para la entrevista de Erfurt con el Zar en setiembre de 1808, Bufón, Artajerjes, Aly y Coceyre, que formaban parte de un conjunto de treinta y tres monturas de los Establos Imperiales.

Otros menos célebres

También forman parte Extremista y Sultán, reservados para el General Caulaincourt, que dirigió el convoy acompañado por el General Nansouty, que montaba sobre Folâtre (Juguetón). Partió el convoy el 7 de septiembre de 1.808, y recorrió en diecinueve días los 816 kilómetros de distancia que les separaban.

Unos días más tarde, el Grand Ecuyer mandó desde Maguncia, el 23 de septiembre de 1.808, otros cuatro caballos a la espera de las órdenes del soberano. Eran Conquistador, Autoestima, Ruso y Tímido.

Entre las compras realizadas por el Emperador se incluían, en abril de 1.808 por un total de 25.989 F los siete caballos de nombres Arabella, Babilónio, Éufrates, Hahim, Harbet, Helavert y Hércules.

En 1.812, el tratante de caballos Vincent vendió en 1.200 F cada uno a Lydian y Lyre.

Luego, en 1.814, a Rivière le dio nueve caballos a 7.300 F, que era un precio mucho más bajo que en 1.808.

Estos caballos destinados al augusto caballero eran: Náyade, Nankin, Naturalista, Náufrago, Nausicaa, Navegador, Navire y Ninon.

Al parecer esta fue la última compra del soberano.

 

De Valladolid a Burgos

Napoleón dio prueba de su resistencia a caballo durante la campaña de España.

Se encontraba en Valladolid, cuando se vio obligado a dirigirse a Francia a toda prisa ante la amenaza de Austria. Partió hacia Burgos en una desenfrenada carrera. Hizo el recorrido (ciento veinte kilómetros) en tres horas y media, atravesando un territorio lleno de guerrilleros enemigos.

Dejando atrás a su Estado Mayor y a su escolta, llegó a Burgos prácticamente solo, montado sobre Montevideo.

 

En Santa Elena

Napoleón pasaba largas horas cabalgando por Longwood con Visir, al que le permitieron llevarse consigo. Parece ser que se le prohibió más tarde.

Su cólera estalló en esta frase dirigida al cirujano inglés Arnott:

«Me habéis encerrado entre cuatro paredes con un aire malsano. ¡A mí, que he recorrido a caballo toda Europa! ».

 

Restauración de Visir

Napoleón muerto

Este caballo sobrevivió sólo cinco años a su amo. Cuando murió en 1.826, a la edad de 33 años, se disecó inmediatamente.

Gracias a Internet, ha podido ser restaurado de los estragos del paso del tiempo. Y de los cambios de propiedad y de países, que lo dejaron en un estado lamentable.

Las grietas, los desgarros y la decoloración han alterado mucho la magnificencia del caballo en estos casi dos siglos. Han debido eliminarle el polvo, rehidratarlo y devolverle su color.

Se exhibe en una nueva vitrina con clima controlado para preservarlo de más daños.

A pocos pasos de él, reposa en su tumba su ilustre dueño. Unidos para la eternidad.

Josefina está enterrada a casi veinte kilómetros de ellos.

¿Sabías esto?

 

A los caballos les gusta comer alimentos de sabor dulce, y casi siempre rechazarán algo agrio o amargo.