(Adaptación de la colección “CRÓNICA MILITAR Y POLÍTICA DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL”. Biblioteca Alcar. ISBN 84-7291-407-7 (Tomo V)

¿Sabías esto?


Christopher McCarron (EE.UU) tiene el record de ingresos en su carrera con 236 millones de dólares desde 1.974 hasta abril de 2.000.

 

Una página de valor y de gloria que logró una gran victoria táctica con sables desenvainados contra ametralladoras.

Dos medallas de oro y 54 de plata.

El protagonista de la última carga de la caballería italiana es el regimiento “Saboya de Caballería”, y este glorioso episodio tiene como teatro la estepa rusa, el 24 de agosto de 1.942, en las cercanías de Isbucensky, pueblo ucraniano de la cuenca del Don.

La “Enciclopedia Británica” recuerda el episodio con líneas breves, pero muy eficaces: “Fuerzas en campaña, el regimiento italiano ‘Saboya de Caballería’ (coronel Bettoni) y dos batallones soviéticos.

Durante la primera ofensiva soviética sobre el Don, en verano de 1.942, el ‘Saboya de Caballería’, llegado en la tarde del 23 de agosto a los declives de una colina en la cercanía de Isbucensky, fue hostigado por poderosas fuerzas adversarias. Con furiosas cargas a caballo, en las primeras horas del 24 los italianos cayeron sobre dos Batallones soviéticos y los arrollaron”.

Al alba de aquel día, el coronel Alessandro Bettoni dio orden de sacar de la funda el estandarte del regimiento, y dijo al corneta que se preparara a tocar carga. En todo el entorno, en la llanura, se distinguían los fuegos de la acampada rusa: las líneas enemigas que Bettoni había decidido atacar. El asalto fue realizado primero con las armas automáticas y el apoyo de la artillería del grupo, y luego con la intervención del II Escuadrón a caballo.

Al legendario grito de “¡Cargad!” respondieron los sables desenvainados.

Una imagen del “Saboya de Caballería” dispuesto para una parada.

Como en un ejercicio en la plaza de armas, el escuadrón se alejó al paso, se puso al trote y se lanzó contra el enemigo. Parecía que resonaban los célebres versos de Alfred Tennyson sobre la carga de Balaclava:

“Férrea avalancha ardiente

impávida cohorte

desafían los seiscientos

el valle de la muerte… “.

El segundo escuadrón cayó sobre el flanco izquierdo de los soviéticos, que no se esperaban un gesto tan audaz.

 

Reviven las gestas épicas de los tiempos de oro de la caballería

“Estábamos ya sobre los rusos –contará un protagonista de aquella épica carga– , que se arrojaban contra nosotros, unos tratando de herirnos, otros alzando los brazos en señal de rendición, otros corriendo a ciegas en la ilusión de librarse del choque de los caballos”. Pasado el asalto, los soviéticos reanudaron el fuego contra los jinetes, que regresaron arrojando bombas de mano. Le tocó al III Escuadrón realizar una nueva carga.

Sorprendido una vez más, el enemigo terminó por desbandarse, dejando en manos de los italianos algunos centenares de prisioneros.

Por resultar como fuera de la época y casi un poco anacrónica, la jornada de Isbucensky merece ser recordada entre las más significativas escritas por el ejército italiano en el curso de la segunda guerra mundial. Aquel día, el “Saboya de Caballería” estaba sin contactos y aislado por más de cincuenta kilómetros a derecha e izquierda, sin ninguna posibilidad de pedir refuerzos en caso de ataque. No fue, pues, una carga suicida la que ordenó el coronel Bettoni, sino la única posibilidad que tenían los jinetes de no ser arrollados.

En el curso de una noche de tinieblas, los rusos habían atravesado el recodo del Don llevando ametralladoras y cañones ligeros, y preparándose evidentemente a una acción de cerco que habría permitido destruir el “Saboya” y abrir un hueco anchísimo en el despliegue sobre el Don. Las patrullas de exploración, volviendo al mando, señalaron que al menos cuatro mil rusos estaban desplegados en los asolados campos de girasoles de Isbucensky preparados para el ataque.

Era de noche y Bettoni no podía moverse en la oscuridad con sus escuadrones. Ordenó que las tropas formaran el cuadro como se había hecho en 1.859 en Villafranca, con los caballos, el mando y el estandarte en el centro, y decidió atacar al alba antes de ser atacado. No tenía órdenes de nadie. Estaba completamente aislado en la estepa, y decidió obrar como hubiera obrado un coronel del Risorgimento italiano.

Dio las órdenes para la maniobra de ataque. Primero iría a la carga, con una conversión a la derecha, el segundo escuadrón del capitán De Leone. Poco después, apuntando al centro, el cuarto escuadrón de Alberto Litta Modignani, con el teniente Ragazzi y el teniente Abba, vencedor de una Olimpiada. Y entonces, en el mismo momento, el tercer escuadrón con el mando.

Al alba Bettoni se hizo dar por el asistente un par de guantes blancos nuevos, se colocó el monóculo en el ojo y, con el más seguro de sus volteos, saltó a caballo y ordenó la carga. El primer destacamento que fue a galopar contra las ametralladoras y los cañones ligeros enemigos tuvo el setenta por ciento de hombres y caballos fuera de combate entre muertos y heridos. Pero la enérgica irrupción de las tres cargas sucesivas fue tal que los rusos se convencieron evidentemente de tener enfrente no sólo un regimiento, sino por lo menos dos o tres, y las tropas que habían atravesado el Don (su meta era Rostov, a la que tuvieron que renunciar, retrasando la acción hasta varios meses más tarde) volvieron a pasar desordenadamente el río.

 
 
 
 

Los rusos, derrotados, se retiran

Maniobra con la cual, después de la “carga”, los jinetes retrocedían para organizarse, como en este caso, en las posiciones de partida.

La caballería había escrito su última página de gloria en el estilo de la antigüedad. Muchos de los oficiales más valerosos habían caído muertos entre los girasoles con sus fieles caballos.

Pero el “Saboya” había vencido. He aquí la evocación de aquella extraordinaria jornada por un oficial del II Escuadrón de caballería:

“Durante la noche del 23 –escribe el capitán Leone–, el enemigo trae nuevas fuerzas, y al alba del 24 desencadena otro ataque y se apodera de Tschebotarewski, extendiendo sus vanguardias hasta Kotovoski, mientras el regimiento ‘Saboya de Caballería’ tiene todavía la loma sur de la cota 191. Es todavía de noche cuando una patrulla del primer escuadrón sale en dirección de Isbucensky. Apenas ha recorrido ochocientos metros cuando un violentísimo fuego de armas automáticas y de morteros se abate sobre ella y sobre el regimiento. ‘¡Alarma!’. En un momento nos damos cuenta de la peligrosa situación. El teniente coronel Cacciandra y el capitán Aragona, que habían subido al techo del camión para observar, son heridos; uno en la pierna, otro en la rodilla. El capote del coronel es incluso atravesado por una bala mientras alrededor estallan granadas, envolviendo todo en una densa nube de polvo acre. Los proyectiles silban de todas partes”. 

“Una orden rápida corre por el cuadro: ‘¡Segundo escuadrón! ¡A caballo!’. En un prodigio de ligereza, el escuadrón está enseguida preparado, mientras el capitán Leone recibe las órdenes del comandante Conforti: ‘Atacar con decisión el flanco izquierdo de la línea enemiga’.

En la claridad del alba, la línea se distingue netamente por las llamaradas de sus ametralladoras. En pocos segundos, el escuadrón galopa fuera del cuadro y se dirige con amplia conversión hacia el ala izquierda del enemigo. Compacto, alineado, con secciones mutuamente sostenidas; la sección de ametralladoras del subteniente Bruni ha salido también con el escuadrón.

Entre tanto, las baterías hostigan al enemigo disparando a cero. Durante el breve trayecto del avance, el capitán De Leone da a grandes voces las órdenes y excita los ánimos. El enemigo está desplegado en dos líneas. A breve distancia se entrevé la segunda.

‘¡Sable…, mano…, cargad!’.

Es el grito que cubre el estruendo de la batalla, los disparos, las ráfagas de ametralladora. El enemigo, muy superior en número y medios y atrincherado en el terreno, queda estupefacto por la osadía. El fuego frena, disminuye.

‘¡Saboyaaa!’. El caballo del capitán De Leone, el apreciado y valiente ‘Ziguni’, cae herido por una ráfaga. Su asistente se detiene para cederle el suyo, pero, al desmontar, el animal escapa. El escuadrón tiene un segundo de vacilación, pero el comandante Manusardi, dominando todo con su voz, acude a recoger en sus sólidas manos el espíritu mismo del escuadrón para descargarlo sobre el enemigo.

Es el encuentro. ‘¡Saboya!’. Los sables caen furibundos sobre los infantes enemigos, los cascos de los caballos pisotean ametralladoras, cintas y cajas; los hombres y las bombas de mano alcanzan a los enemigos que se refugian en las depresiones. Algunos jinetes privados de montura están en tierra y se baten como leones haciendo prisioneros.

El capitán y su asistente quedaron solos pie a tierra entre las dos líneas enemigas y van a ser capturados, pero se defienden con un fusil. Al oficial, que dice: ‘¡Primero gastaremos todas las municiones y luego nos mataremos antes de caer prisioneros!’, le contesta el asistente: ‘Haremos lo que usted ordene, mi capitán’. Pero he aquí que el escuadrón se ha reorganizado y, con un estruendo de huracán, sables al viento y ‘Saboya’ en la garganta, se precipita en una segunda carga de frente dirigida contra la primera línea enemiga.

También ésta, tras un breve y violento fuego de reacción, se desbanda. Muchos levantan las manos, otros son muertos. Bastantes jinetes están en tierra por haber muerto su cabalgadura. La masa del escuadrón está reducida a la mitad. Algún caballo, aterrado, gira en torno, herido y manando sangre, relinchando de dolor.

Se dan los nombres de algunos compañeros que se han visto caer muertos, fulminados a quemarropa. Los oficiales, el teniente Donadelli, los subtenientes Gotta, Bonavera y Bruci, están allí; sus caballos yacen por el suelo, heridos de muerte. El viejo y valiente blanco ‘Palú’, el caballo de Massimo Gotta, conocido y querido en todo el regimiento, ha caído en un baño de sangre. Ha galopado hasta el final. En pocos minutos, que parecieron una eternidad, han sucedido episodios sueltos de inmenso valor frente al estandarte y a todo el regimiento, en un terreno de anfiteatro como en una coreografía. El cabo Valsecchi, al ver caer herido a un suboficial, con el caballo muerto, en medio de los enemigos, baja de la silla, hace montar al suboficial y luego, peleando solo, consigue volver a las líneas de regimiento con varios prisioneros”.

El informe prosigue: “El cabo Dirti, con su caballo caído sobre una posición enemiga y encontrándose con una pierna bajo su peso, desarmado, logró atemorizar a tres soldados enemigos hasta obligarles a liberarlo, después de lo cual los hizo prisioneros.

Un detalle conmovedor: entre las tropas enemigas han sido encontradas también mujeres de uniforme, quizá enfermeras o médicos. Una de éstas, capturada por el cabo primero Alessandri, había recibido un sablazo que le había cortado el hombro y el seno. El cabo primero tenía consigo a un jinete, uno de los nuestros, gravemente herido. La mujer quiso curarlo, pero el jinete murió en sus brazos. Poco después, la rusa cerró también sus ojos para siempre…

Después de la segunda carga efectuada por el segundo escuadrón, los rusos parecen completamente desbandados y no consiguen disparar ni un solo tiro más. El capitán Abba da orden a su propio escuadrón de echar pie a tierra, después de lo cual se dirige adelante para rastrillar el terreno, pero algunas ametralladoras rusas abren fuego sobre él. Abba avanza entonces a la cabeza de su unidad, con el fusil ametrallador al brazo, sembrando la muerte en las filas enemigas.

El coronel Bettoni, vista la nueva reacción enemiga, ordena al capitán Marchio que cargue con su tercer escuadrón mientras el primero, a las órdenes del capitán Aragona, que está ya a pie, se despliega sobre un ala, neutralizando con sus armas el fuego enemigo. El tercer escuadrón parte como un bólido, las secciones en tropel, en columna, en dirección casi frontal. El comandante Litta ha visto partir sucesivamente sus escuadrones, y ha asistido tenso al inaudito espectáculo de la carga del segundo. No puede más. Se lanza en la silla a galope tendido y se reúne con el tercero. Su asistente, su ayudante mayor, el subteniente Ragazzi y su suboficial de la plana mayor se le unen. Tiene lugar una breve discusión, pues el comandante ordena a los otros regresar, mientras que Ragazzi responde a grandes voces que le seguirá… “.

Y después:

“El choque del tercer escuadrón es tremendo y sangriento. El capitán Abba, que está combatiendo a pie ante tan gran espectáculo, saca la cámara fotográfica y se incorpora de rodillas para fotografiar, pero una ráfaga le alcanza en la frente y lo derriba.

Estandarte caballería

El estandarte del regimiento “Saboya de Caballería” protagonista de la jornada del 24 de agosto de 1942.

En ese mismo momento, el comandante Litta cae sobre una ametralladora enemiga dando sablazos, como un gran señor de vieja estirpe, en pleno galope, como el verdadero caballero de torneos que era. Gloria a su nombre y a su memoria. A su lado caen igualmente el subteniente Ragazzi, el asistente y el suboficial. El capitán Marchio está gravemente herido en ambos brazos (más tarde le será amputado el brazo derecho). El sargento mayor Fantini es fulminado mientras daba sablazos, el subteniente Bussolera es herido en la ingle, muchos jinetes caen de bruces sable en mano sobre las humeantes ametralladoras conquistadas.

El enemigo está ya totalmente aniquilado, aunque a altísimo precio. Dentro de poco, más atrás, en las retaguardias de todas las líneas, entre la infantería atónita, correrá la gran noticia… Ahora se reorganizan las filas en una conmovedora exaltación de ánimo.

El número de prisioneros rusos ha subido a trescientos; los muertos son más de un centenar. Material capturado: todo el armamento de tres batallones con numerosos fusiles automáticos, ametralladoras y morteros pesados y ligeros. Un botín notable.

Las pérdidas han sido de tres oficiales y treinta y seis entre suboficiales y soldados.

Han sido heridos cuatro oficiales, setenta entre suboficiales y tropa, con ciento setenta caballos puestos fuera de combate.

Terminada la batalla, el coronel Bettoni ordena de nuevo: ‘¡A caballo!’, y los jinetes aún indemnes caracolean triunfalmente con los sables rendidos para prestar homenaje a todos los caídos en el terreno de la victoria.

Entre los heridos hay un jinete que vuelve echado sobre su caballo que cojea, herido. El jinete tiene el vientre desgarrado. Al llegar al mando del regimiento es descendido y colocado sobre el suelo.

Con un hilo de voz, el moribundo pide a su coronel que le acerque el estandarte para poderlo besar. Poco después, mientras los labios exangües se posan sobre la bandera, resuenan en el aire tres toques de corneta que ordenan firmes.  

Una patrulla desmontada de la caballería alemana está presente en la escena y también rinde honores. Su comandante dice: ‘Nuestra caballería ya no sabe hacer estas cosas. Fue magnífico ‘”.

Se concede a Abba y Litta la medalla de oro a título póstumo, mientras que la misma noche, después de la batalla, el general Messe imponía sobre el terreno cincuenta y cuatro medallas de plata.

 
 

 

BETTONI, DESPUÉS DEL ARMISTICIO, LLEVÓ A SUIZA HOMBRES Y CABALLOS

 

Carga de caballeríaEl regimiento lanzado en la loca carrera de la “carga”

Bettoni no quiso que, ni en las estepas rusas, el “Saboya” perdiese nada de su “estilo”.

Podía parecer un anacronismo, pero era el mejor modo de recordar a los subalternos la vigencia de una tradición de dos siglos y medio. El “Saboya” debía comportarse, en todos los momentos de su vida regimental, como si de un momento a otro pudiese llegar el rey en persona. Así por ejemplo, también bajo tiendas de campaña, el mantel de la mesa de oficiales tenía que ser blanquísimo; los cubiertos, de plata; la vajilla, con la insignia regimental grabada; los soldados en servicio, con chaqueta blanca, sin una sola mancha.

La fatiga y la responsabilidad de las acciones eran gravísimas.

Al regimiento se pedía, como en las antiguas guerras de movimiento, continuos reconocimientos, marchas y exploraciones. Bettoni estaba contento con sus dragones. Le tocó a él llevarlos hasta el Don, donde todos cumplieron su deber escribiendo una página gloriosa.

El 9 de septiembre de 1.943, Bettoni estaba con su regimiento en Milán, en espera de destino. Los alemanes, tras el anuncio del armisticio firmado por Badoglio, exigían que las tropas italianas quedaran acuarteladas y entregaran las armas. En muchos casos los oficiales aconsejaron a los soldados que se escabulleran. Bettoni ordenó simplemente a los suyos armarse y montar a caballo. “Si los alemanes quieren nuestras armas –dijo– , que vengan a tomarlas”.

Desfiló con sus escuadrones armados por la ciudad y salió dirigiéndose por el campo hacia Como. Llegó a la frontera llevando a sus escuadrones intactos, en una marcha de 45 kilómetros, hasta Suiza.

Por parte alemana no se hizo ninguna tentativa de obstaculizar a las columnas del “Saboya de Caballería” durante su marcha.

 

BIOGRAFÍA DE ALESSANDRO BETTONI

BettoniEl coronel Alessandro Bettoni Carrago, jefe del regimiento Bettoni era un jinete de fama internacional, protagonista de las mayores competiciones hípicas.

El coronel conde Alessandro Bettoni Carrago, jinete de fama internacional y comandante del “Saboya de Caballería” durante la campaña de Rusia, murió a los cincuenta y nueve años en Roma, el 28 de abril de 1951.

Aquel día debía participar en el concurso hípico de Piazza di Siena con uno de los caballos de la cuadra de Piero Pirelli. Inesperadamente se sintió mal. “No puedo montar –susurró a Pirelli–. Me duele el estómago y me duele la cabeza”. Rogó a Piero D’Inzeo que le sustituyera y se marchó al hotel. Pocos minutos después había muerto.

Nacido en Brescia el 17 de noviembre de 1.892, subteniente de complemento de caballería en 1.912, había entrado pronto “en Saboya” (como era de rigor decir en la lengua particular de la Caballería), en aquel “Saboya” cuya fundación se remonta a 1.692 cuando, de dos regimientos originarios de dragones de Su Alteza y de dragones de Madama Reale, nacieron los dragones del Genevois, los dragones del Piemonte, el Piemonte Reale y el Saboya, que llevó siempre sobre distintivos negros un entorchado de paño rojo en memoria de la herida de cuello de que murió su primer comandante, conde de Piossasco. Durante la guerra última se indicó a Mussolini que había que desconfiar de Bettoni, el cual se jactaba de ser ante todo monárquico. Mussolini respondió: “También lo sería yo si fuese Bettoni”.

Comandante del regimiento era el hijo de Luigi Cadorna, Raffaele, que debía luego mandar las unidades italianas que participaron en la liberación. Cadorna era conocido por sus críticas abiertas a la escasa preparación del ejército, y cuando llegó para el “Saboya de Caballería” la gran hora de la partida para Rusia (finalmente se volvía a la guerra de movimiento, y se podía hablar nuevamente de guerra a caballo), Raffaele Cadorna fue enviado por ascenso a la escuela de Tor di Quinto. El mando del “Saboya de Caballería” pasó a Bettoni, que partió con sus escuadrones, con su viejo estandarte, con todos los caballos y, por su parte, con su sable, sus guantes blancos y su inseparable monóculo, llevando en el equipaje una buena cantidad de recambios. Las últimas pruebas de jinete en concursos hípicos las había hecho en Inglaterra pocos meses antes de la declaración de guerra, venciendo por tercera vez, frente a jinetes de todos los ejércitos, en la Copa de Inglaterra, la prueba de obstáculos más importante del mundo.

¿Sabías esto?

 

El alemán Günter Wamser terminó un viaje épico a caballo desde la Patagonia hasta Alaska 20 años después de comenzar. Su destino: el monte Denali en Alaska. 25.000 Km. Algo más que el mayor viaje a caballo conocido hasta la fecha: de Mongolia a Hungría.