DESAFÍO A CABALLO DE ONCE ESPAÑOLES CON OTROS TANTOS FRANCESES.

 

© 2018 Luis Miguel Urrechu

Desafíos a caballo

En Italia, durante las luchas de los Tercios Españoles contra los franceses de los primeros años del Siglo XVI, en muchas ocasiones las líneas de los ejércitos estaban muy próximas y entretenían el tiempo con escaramuzas y desafíos a caballo y a pie, probando a su gente con estas correrías. Se citaban en un terreno y acudían hasta “quinientos hombres de armas y doscientos caballos”.

Tras una de estas escaramuzas, volvió el legendario capitán Diego García de Paredes a Barletta, donde estaba su Ejército, habiendo causado la muerte de 150 enemigos, sin muchos malheridos y sin la pérdida de un solo soldado. Fue alabado por el Gran Capitán, que mandaba las tropas españolas, envidiado por los demás capitanes, admirado por los soldados y aclamado por todos.

Se produjo entonces, como suele suceder entre los soldados, una batalla tan confusa, que no bastando el respeto de los superiores ni el rigor, que llegó hasta la muerte de algunos, tan desordenada que Diego García de Paredes, que nunca rehusó ninguna ocasión de armas, tuvo necesidad de meterse en medio con un montante con el que hizo tanto campo que detuvo el ánimo de tanta gente que con el incendio de la ira estaba sin dominio, salvando la integridad de mil hombres pese a tres grandes heridas que las armas enemigas le habían producido.

Los franceses galleaban por la ausencia de Diego, a quien las recientes heridas no dejaban salir a las continuas escaramuzas y desafíos a caballo. Poco después los españoles, resueltos a dejar aquel sitio, decidieron ir en secreto a Taranto, simulando repartirse por la comarca, quedando el General Obeni en Canosa di Puglia. Penetraron sus líneas los nuestros con gran prudencia, y tan sigilosamente que cuando los enemigos sitiaron el castillo perdieron gente y opinión, levantando el sitio vergonzosamente.

Los franceses no dejaban de intentar la batalla campal, creyéndose ya victoriosos por el exceso desigual de su ejército. Decidieron provocar el honor a los nuestros divulgando que los infantes españoles eran fuertes, pero que la gente de a caballo era inferior porque temía la fortaleza de las lanzas francesas, a las que reconocían su ventaja. No consintieron los españoles que nadie se les antepusiese y respondieron que se ‘redujese a prueba’ su verdad, compitiendo iguales en número y armas por el honor, para que quien fuese vencedor se pudiera jactar justamente.

Se aceptó el desafío, cuyo cartel dio un trompeta francés de noche a don Diego de Mendoza. Se acordó que los vencidos fuesen hechos prisioneros y se intercambiaron rehenes de una parte y otra. Dio seguridad como juez neutгаl el proveedor veneciano, de paso entre Barleta y Biseli.

Se eligieron once españoles entre los muchos que se ofrecieron. Fue el primero Diego Paredes, а quien aunque maltrecho por las recientes heridas no pudieron detener los consejos amigos. Le seguían: de la Compañía del Gran Capitán el Alférez Gonzalo de Arévalo y Gonzalo de Aller; de la del Clavero de Calatrava, Oñate; de la de don Diego de Mendoza el alférez Segura, y Moreno, su hermano, y Rodrigo Piñán; de la de don Juan Manuel, Martin de Tuesta y Diego de Vera; de la de Iñigo López de Ayala el Alférez Andrés de Olivera y Jorge Díaz Aragonés, de valor tantas veces demostrado.

No eran inferiores en la opinión de todos (y en la suya muy superiores) los franceses: Monsieur de Roson, la Riviere, Pedro de Vaiarte, Mondragón, Velabra, Simonete, Inovate, Torrellas, Nampón, Lisisco, y Torseio, lugarteniente del de Paliza.

Llegaron los españoles el veintisiete de septiembre de mil quinientos dos, día señalado para el combate, con buen orden, una hora antes que los enemigos, con dos pajes cada uno, cuatro trompetas, lanzas de ristre, hachas y espadas, armas destinadas al desafío.

Se atacaron con tanto ímpetu que del primer encuentro los españoles derribaron a cuatro franceses, matándoles los caballos. Del segundo cayó uno de los nuestros entre los que combatían a pie, que con la avalancha continua de golpes se rindió.

Diego de Vera apretó con tanto ánimo a uno de los contrarios que le quitó la vida.  Diego García hirió tanto a otro, que murió a las pocas horas. Olivera rindió al más principal, y a la caída de uno acudieron unos a prenderle y otros a librarle, mezclándose tan furiosamente que murieron dos caballos nuestros y cinco de los enemigos.

Los siete franceses que peleaban a pie se fortificaron entre los muertos recogiendo los dos que aún no los habían perdido, de suerte que ocho caballeros nuestros y dos infantes no les pudieron romper su defensa, porque cuando intentaban acometerles, los caballos, espantados del olor y pavor de los muertos se retiraban sin dejarlos maniobrar.

Desafío a caballo 2

Diego García de Paredes, creyendo fácil la victoria rompiendo los suyos aquella trinchera, les animaba diciendo que “al triunfo comenzado pusiesen término honroso, no desmayando a la menor ocasión, que iba nada menos que la honra, vida mejor que la misma vida”, ya que por tener tan atormentada la cabeza con las heridas pasadas y el fervor del combate, no se apeaba del caballo. Arremetió con él varias veces, pero en vano; y peleó sólo con los siete contrarios mucho tiempo, hasta que los franceses dijeron que confesaban su error y pidieron que se acabara el combate. Los españoles se conformaron, aunque de esperar más se les habrían rendido.

Diego García, más escrupuloso en materias de honor, no quiso conformarse; antes, rota la espada y sin lanza ni hacha, no acordándose ya del tormento de las heridas, saltó del caballo y tomando de la necesidad consejo, echó mano a las piedras puestas para delimitar el campo y acometió con tal osadía a los enemigos, que de no detenerle los demás, los hubiera acabado él sólo de vencer.

Duró cinco horas la batalla, en la que los jueces determinaron la victoria incierta y la intención de los españoles bien probada, así como la constancia de los franceses; si bien es cierto que los nuestros se llevaron, como estaba acordado, las armas y despojos del campo. Y resultando en todo inferior el equipo de los contrarios, por quedar allí uno de ellos muerto y por morir otro poco después de nueve heridas de las armas de Diego García, que descontento por no haber llevado hasta la victoria la contienda, convocó de nuevo a los infantes y hombres de armas más fuertes, y al otro día retaron veintidós de ellos a otros tantos franceses, que no aceptaron su desafío.

(Ilustraciones de Augusto Ferrer-Dalmau)