© 2018 Luis Miguel Urrechu

Hay que cuidar que las riendas no caigan al suelo. Para que no las pise o se enrede en ellas y a la vez conserve la posibilidad de bajar la cabeza para comer lo que encuentre. Una fácil alternativa es sujetarlas en el ahogadero. 

Nunca se debe amarrar a un caballo directamente del cuello. Si se asusta o se rebela le resulta muy fácil levantar la cabeza y retroceder con extrema violencia. Aunque el nudo no sea corredizo, se dañará la piel del cuello.

No dejes de llevar una buena navaja para cortar lo que sea cuando debas hacerlo. Podrías salvar la vida de tu caballo. En el descampado dependes de él y no puedes perderlo.

Si atas el caballo a un árbol con las riendas, cualquier estímulo poderoso (un susto o las ansias de acercarse a un pasto más tierno) puede hacer que se libere rompiendo la brida o las riendas. Usa una jáquima-rienda o cabezada de cuadra-rienda.

El burro nunca por delante de la carga

Si no dispones de ellas, amarra al caballo con una cuerda firme al cuello con un nudo no corredizo para que no se ahorque si intenta liberarse. Nunca, nunca dejes de ponerle las riendas antes de ensillarlo. Y nunca, nunca dejes de tenerlas bien aseguradas cuando lo ensillas. Así podrás controlar cualquier mal comportamiento.

Amarrar a un caballo en la cabalgada

Las riendas se ponen antes que la silla y se retiran después. Aunque el caballo esté atado. 

Nunca debes amarrar al caballo a algo que pueda arrastrar. Sólo átalo a algún elemento inmóvil y con una cuerda que se pueda cortar fácilmente. Si el caballo tiene una reacción de pánico y no consigue mover lo que le retiene y la cuerda no se parte, se aterrará. Retrocederá con el hocico levantado y con una fuerza y violencia que no te imaginas si nunca lo has presenciado.