© 2018 Luis Miguel Urrechu


¿Sabías esto?

Para que el caballo no avergonzara a su amo si iba con algunas damas ‘sonando o gruñéndole los lechones’, se le introducía cuatro o seis veces una vela de sebo. Con esto estaba seguro de que no sonaría la ventosidad.

 

Los caballos “Guzmanes” o “Valenzuelas” fueron muy renombrados. Tuvieron su origen en un semental bereber que compró Luis Manrique en Córdoba a un tal Guzmán.

A la muerte de Manrique, sus caballos pasaron por las manos de Martín Fernández de Córdoba y a Juan Valenzuela. Finalmente llegaron a Luis Gómez de Figueroa.

Copiamos el texto, convenientemente adaptado al español moderno, que escribió D. Luis Buñuelos de la Cerda basado en textos de 1.605 en un capítulo titulado:

“De la raza y descendencia de los caballos Guzmanes, que por otro nombre se llaman Valenzuelas”:

El clásico

Caballos Guzmanes o Valenzuelas“La mucha fama que tienen en todo el mundo los caballos guzmanes, que por otro nombre se llaman Manriques y Valenzuelas, me ha hecho saber su origen y raza de raíz con mucho cuidado. No sin falta de trabajo, para escribirlo en este libro y que los curiosos lo sepan y estimen en mucho más éstos caballos de aquí en adelante.

Los caballos Guzmanes, que hoy se llaman Valenzuelas, son conocidos y estimados en todo el mundo, y con mucha razón. Porque ningunos hay que merezcan el nombre de caballos sino ellos. Por las calidades y particularidades que tienen más que los otros.

En lo que es talle, lindeza de cuello, pechos, cara, ojos, caderas y cabello, son aventajadísimos a los demás.

En lo que es correr y parar no hay comparación. Todos los de esta casta apurada lo hacen en extremo.

A la muerte sin envejecer

Son caballos que nunca son viejos. Que cuando cierran, que suelen todos los caballos del mundo perder, porque en cerrando comienzan entonces a ser caballos. Que hasta aquella edad son potros. Y así duran veinticuatro años y más de muy buen servicio.

Son caballos que jamás pierden el huello que cada uno saca de su nacimiento. Porque aquél sustenta toda su vida con aquella dureza como si fuera de cuatro años.

Yo conocí a uno de ellos. Se decía Pie de hierro. Era de Don Juan Vicentelo. Lo compró en Córdoba por cuatrocientos escudos cuando se casó. Después de haberle servido en Castilla y en Andalucía más de cinco o seis años, le echó a la caza de halcones, donde le sirvió tres o cuatro.  Después de estos infortunios se lo vendió al Duque de Osuna, D. Juan.

Y con el regalo y buen trato se remozó el caballo. Se puso tan entero y tan bueno, que vi yo al Duque correr en él en Córdoba muchas carreras. Corría el caballo mejor que todos los que corrían. Había muchos caballos y muy buenos.

Tenía el caballo entonces dieciséis años.

El favor de los damas

De otros, mucho podría decir que por ser a todos notorio no lo digo. Sólo diré que donde quiera que haya junta de caballos, como en fiestas o en el terrero de las damas, entrando un caballo Valenzuela deshace a todos los demás.

Me acuerdo oírle decir a la señora Condesa de la Puebla, doña Estefanía de Mendoza, que siendo dama, cuando el Conde de Medellín o su hijo mayor Don Juan Portocarrero entraba en el terrero de Madrid en el turco que compró el Conde por mil ovejas y tantos carneros, y todo el apero de un hato, que deshacía a cuantos caballos había en el terreno. Y que las damas salían a ver el caballo.

Lanzarote

¡Qué diremos de Lanzarote, que hoy tiene el Duque de Alba! ¡Y del Valenzuela que tiene el Duque de Medinaceli!. Y de otros muchos que están en Castilla. Que con haber caminado y servido tanto como dieciocho años y más, están tan lindos y tan fuertes como si tuvieran cuatro. Lo que no tienen los demás caballos, que si llegan a diez o doce años de servicio, están tan llenos de lupias, vejigas, perrillas, respigones, sobrehuesos, que no se pueden tener.

Y el que escapa de estas lesiones está tan gordo y tan arrocinado, teniendo la carne tan mal puesta, que aunque de potro parecía bien, a esta edad se vuelven a lo que fueron primero: a rocines. Con avejuscárseles las caras y caérseles los belfos de la boca y aflojarse de manera que es necesaria una lanza para moverlos.

Mi honra por un caballo

Oí decir muchas veces al Conde de Medellín que no podía andar un hombre honrado en otro caballo que no fuese un Valenzuela.

Es muy justo que se sepa el principio y el medio que dio lugar al origen de esta raza. Y los cuidados que tuvieron los que la pusieron en el nivel que hoy está.

En tiempo del emperador Carlos V, entre los gentilhombres que tuvo, uno fue Don Luis Manrique, hijo de los Duques de Nájera. Por los servicios que hizo a su rey en la guerra y en la paz, le dieron la encomienda de Córdoba de la Orden de Calatrava.

Cansado el buen caballero del tráfago de la Corte, acordó venirse a su Encomienda. Llegado a ella comprobó la buena acogida que los caballeros de la ciudad le hicieron. También el temple del lugar con tan buen cielo y suelo. Y la buena disposición de la tierra para criar caballos, de los que era aficionado.

 

¡Comenzó la leyenda!

Decidió estar más tiempo en el lugar de lo que tenía pensado cuando vino. Comenzó a disponer la casa de la Encomienda para que pudiese vivir cómodamente en ella y juntar yeguas para tener potros.

Entre los muchos y muy grandes amigos que tuvo, uno fue Diego de Aguayo, señor de la villa de Villaverde. Este caballero tenía muchas yeguas y muy buenas. Las había recibido de su cuñado, el señor de Sanctofimia, Don Rodrigo Mejía, hoy Marqueses de la Guarda.

Estas yeguas eran las mejores de España.

El dicho Don Luis Manrique hizo tanto con Diego de Aguayo, que le vino a dar una docena de ellas escogidas. Porque tenía muchas y muy buenas. También trajo otra media docena escogidas de Guadix y Baza, de Don Pedro de la Cueva.

Tuvo noticia de que en Jerez de la Frontera había un caballo muy bueno. Envió a comprarlo para cubrir las yeguas, que entre unas y otras había juntado dieciséis. Traído este caballo, que era muy bueno, las cubrió un año.

 

El harruquero

Un día, estando Don Luis Manrique al postigo de su casa, que caía a una calle no muy transitada y larga, asomó por ella un harruquero. Montaba en un rocín rucio azul. Con el cabello y la cola blanca y muy crespa. Con su albardón el caballo, y seis costales, como suelen andar.

Así como descubrió el harruquero a Don Luis Manrique, dio con los pies al rocín y fue corriendo hacia Don Luis como no corrió caballo. Y entró parando.

Don Luis Manrique quedó tan perdido por el rocín, que hizo parar al harruquero y le dijo que se lo vendiese. Aunque estuviera en los huesos y tuviera las manos tan tuertas y los pies tan zancajosos y cerrados que parecían más pies de vaneo que de caballo. En lo demás de hechuras era muy bueno.

El harruquero respondió que si no le daba la capa que tenía puesta y otro tanto como valiese, no se lo daría. Don Luis le dijo que suyo era el caballo y le dio la capa y treinta escudos.

Mano de santo

Metió al caballo en la caballeriza y lo comenzó a cuidar con esmero. Y el caballo a tomar el regalo. En pocos meses se puso la más linda bestia que podía ser. Porque de las rodillas y corvejones para arriba era una pintura. Con las crines tan largas, blancas y ondeadas que las arrastraba por el suelo. Con un gran mazo de cola llena de cordones de arriba abajo. Y en el nacimiento mil bigotes crespos que le alindaban y agraciaban.

En el correr y el parar nunca se vio cosa semejante. Además que se ponía para delante y para atrás y a los lados. Y estando haciendo estos movimientos, si le daban con los pies salía corriendo como si fuera disparado por un trabuco.

Viéndose Don Luis Manrique con tal caballo, determinó echarlo a sus yeguas. Aunque resuelto a esto, quiso saber de dónde había sacado el harruquero a este caballo. Envió a llamar al harruquero, que se llamaba Guzmán. De donde le quedó al caballo de allí en adelante llamarse Guzmán. Y a todos sus hijos Guzmanes.

 

¿De quién es este caballo?

Venido el dicho Guzmán le preguntó Don Luis Manrique:

-¿De dónde trajiste este caballo?

Le respondió Guzmán:

-Señor, dos meses antes de que se lo vendiese a Vs. lo compré a un mesonero que vive en tal parte.

Don Luis envió a llamar al mesonero. Cuando vino le preguntó:

-¿De dónde sacaste el rocín que vendiste a Guzmán el harruquero?

El mesonero respondió que poco antes de que él lo vendiese habían llegado a su posada siete u ocho moros. Todos en caballos a la jineta. Decían ser una embajada del rey de Marruecos que iban a ver al Emperador. Y que la noche en que llegaron, le dio a aquel caballo un torozón tan cruel que cayó en el suelo y no se pudo levantar más.

“Mira por él”

Viendo los moros aquello, compraron otro y se fueron, diciéndole:

“Mira por ese caballo y quédatelo. Si vive tenlo en mucho, porque es de la mejor casta que tiene nuestro Rey. No hay como él en toda Berbería”

Después de idos, al día siguiente se levantó el caballo y comenzó a comer y ponerse bueno sin otro medicamento. Y que él se lo había vendido a Guzmán por doce ducados.

Con este relato acabó Don Luis Manrique por ejecutar su intento y echarlo a las yeguas. Lo mismo hicieron otros caballeros amigos de Don Luis que tenían yeguas. Salieron de unas y otras excelentísimos caballos.

De este caballo y de las yeguas dichas comenzó a tener Don Luis una gran cantidad de potrancas y potros. Todos excelentísimos corriendo y parando.

Descanse en paz

Sirvió en este ministerio el caballo muchos años. Hasta que murió de viejo. Se lo habían querido muchas veces comprar a Don Luis mil príncipes a peso de oro.

Muerto este caballo, escogió Don Luis a un hijo suyo al que llamaban Manrique. No menos bueno que su padre, si no mejor, porque tenía los brazos derechos.

Éste se echó siempre a sus yeguas hasta que murió Don Luis Manrique, teniendo más de cincuenta yeguas apuradas de Guzmán. Porque de las crianzas que tuvo del caballo de Jerez, se deshizo pronto. Aunque en su testamento mandó algunas yeguas y potros a algunos caballeros amigos suyos, que tenía muchos. Y a todos los contentó.

Por servir a Dios, heredero el Rey

Y por ser fraile y entonces no poderse casar los de aquella orden, heredó su Majestad el rey Don Felipe Segundo, que gobernaba entonces.

Envió un juez pesquisidor para recoger el expolio que como Maestre le tocaba. Este juez recogió todas las yeguas y potros que Don Luis había mandado en su testamento e hizo almoneda. En ella se vendieron las yeguas, potros y todo lo demás.

Acudieron muchos caballeros y labradores a comprarlas.  Entre ellos Martin Fernández de Córdoba Ponce de León, nieto del Conde de Cabra y biznieto del de Arcos. Padre que fue del P. Maestro Fray Gaspar de Córdoba, confesor del rey Don Felipe Tercero y de su Consejo de Estado.

Este caballero se llevó de esta almoneda veinte yeguas y dos potros. Metió en la caballeriza las veinte yeguas y las domó hasta que pudiese ver si corrían ensilladas. Hecha esta experiencia, todas las que corrían muy aprisa las soltó al prado. De las veinte, casi no hubo qué desechar.

A éstas las cubría uno de los potros que sacó de la almoneda.

Ni queriendo

Vino a afinar esta casta de tal manera, que ni de bromas ni de veras salía caballo malo, sino que en todo eran extremo. Y sacando gran cantidad de caballos, jamás quiso vender ninguno, sino presentarlos a los príncipes y señores de la comarca. Entre ellos dio un bayo al Duque de Arcos, el mayor extremo que se vio jamás.

A esta sazón vino de Milán el Duque de Sesa, Don Gonzalo, a quien fue luego a ver Martin Fernández de Córdoba.

Le sirvió con todas las yeguas y potros que tenía, dádiva de gran caballero. Porque además de valer mucha cantidad de ducados, la estima y conocimiento que por los caballos se tenía de su persona era tal, que fue el caballero más conocido de todas las naciones del mundo de su tiempo.

El Duque recibió el presente teniéndolo en lo que él merecía y satisfaciendo lo que era valor, como príncipe tan pródigo.

 

Juan de Valenzuela. Tanto monta, monta tanto

Era su caballerizo mayor Juan de Valenzuela. Un caballero muy principal a quien el Duque, cuando se volvió a Italia, le dio las yeguas. Las recibió Juan de Valenzuela como una dádiva y merced muy grande. Las conservó toda su vida sin echarles otro caballo ni juntar otra yegua de otra raza sino de aquellas.

Sacó excelentísimos caballos y potros, siendo por ellas el caballero más conocido que hubo en su tiempo. Tanto de reyes y príncipes cristianos, como de las demás naciones.

Mi hierro no

No consintió jamás que con el hierro que echaba a sus yeguas y caballos se marcase otro caballo ni yegua, si no fuese a las de su casta. El tal hierro era un corazón.

Nunca jamás vendió yegua ni potranca. Siendo la yegua vieja que no paría, la eliminaba.

Le reportaban cada año los potros y caballos que criaba y vendía dos mil ducados. Nunca menos de mil.

Los potros los vendía en el vientre de las madres. A condición de que si era macho, por cien ducados, y si fuese hembra no se vendía. Los que él criaba siempre eran el desecho. Y con ello, salían excelentísimos caballos. Sin marcar ninguno.

Murió Juan de Valenzuela y heredó su hijo Don Gerónimo de Valenzuela, caballero de la Orden de Santiago. Las yeguas subían de sesenta, y muchos potros y caballos.

Por las nubes

Las conservó algunos años, al cabo de los cuales le cansaron y comenzó a deshacer de ellas. Las repartió entre sus amigos como reliquias por precios muy excesivos. Los potros que vendía Don Gerónimo de Valenzuela, el que menos precio tuvo, de dos años, fue de ciento cincuenta ducados. Y muchos vendió por doscientos cincuenta. Otros a doscientos. Las yeguas que vendía era por precios muy grandes.

Le compró gran cantidad de ellas Don Luis Gómez de Figueroa y Córdoba, caballero del hábito de Santiago y señor de la villa del Encinar de Villaseca.

Este caballero es el que hoy tiene la casta apurada. Que aunque otros muchos tienen de las yeguas, nadie las tiene de apuradas como Don Luis Gómez.

Vende pocos potros, porque esos que vende son a precios tan excesivos que parece engaño decirlo. Los potros de dos años y medio los vende a cuatro y a cinco mil reales. Con esto no hay nadie que trate de comprarle ninguno.

Como el aceite

Da muchos a sus amigos. Tanto a caballeros como a labradores y a otras gentes que tienen yeguas para que los echen por padres. Otros da a algunos príncipes y señores amigos suyos. De esta manera, casi no hay caballo ni yegua en Córdoba que no tenga de esta raza”.

Esto es lo que nos contaba D. Luis Buñuelos de la Cerda en 1.877.

Tristemente, los acontecimientos del Siglo XIX acabaron definitivamente con esta legendaria estirpe, quedando difuminada entre la verdad y la leyenda.

 

¿Sabías esto?

 

El primer antepasado del caballo vivió hace unos 50 millones de años. Su nombre científico es Hyracotherium. Tenía el tamaño de un zorro, sobre 60 Cm. de largo por unos 20 de altura a la cruz.