Caballo gafado más conocido de la historia: Seyano

© 2018 Luis Miguel Urrechu

Caballo gafado 1

Muchas veces, por azar un hombre gafe y de mala fortuna se encuentra con un caballo gafado tan desdichado y gafe como él, y entonces ni a uno ni al otro le suceden cosas a derechas. Por esto se ha atribuido muchas veces al caballo la mala o buena suerte del caballero. Entre estos últimos tenemos a los caballos de Alejandro, César y el Cid, que ganaron fama de traer buena suerte porque sus señores fueron bien afortunados.

Lo mismo que estos caballos tenidos por portadores de buena suerte porque acompañaron a hombres de buena fortuna, hay otros que por haber sido sus dueños desastrosamente muertos, les acompañaron en su mala suerte, pasando a la historia como auténticos caballos gafados o portadores de desdichas. Hubo uno en la Antigua Roma llamado “Seyano”, del que siempre habrá memoria por su desdicha. Fue tan grande este caballo gafado, que nunca se ha visto ni oído de otro caballo cosa parecida.

Algunos autores dicen que era bayo, de lindo pelo, nacido en la provincia de Argos, de la casta que Hércules envío de Tracia. Era muy lindo de talle y bien engallado de delante; de crines y cola muy hermosa y bien crecida, de manos fuertes y de pies rectos y de hermosísimas caderas. Y sobre todo muy brioso y gallardo. Estaba tan bien proporcionado y era de tanta belleza que acudían a verle desde muchos lugares.

Caballo gafe

Pero todas estas virtudes no le bastaron para apartarle de su destino como el caballo gafado más importante del mundo, porque los cinco dueños que tuvo murieron en poco tiempo de muertes desastrosas, con todas sus casas.

El primero fue Neoseyo, a quien llamaban Seyano. Siendo cónsul en Grecia lo había comprado con treinta meses de edad. Poco después de haberlo comprado fue condenado en Roma por el emperador Marco Antonio a una miserable muerte por haber elegido el bando de su enemigo, Augusto.

El segundo dueño fue Cornelio Dolabela, que lo compró por cien mil sestercios. Al cabo de un año murió en unas rebeliones que hubo en Epiro.

Cayo Casio, que fue el tercer comprador, fue a los dos años asesinado con veneno; él, su mujer y sus hijos.

El cuarto dueño fue el emperador Marco Antonio, que a los dos meses de tenerlo en su caballeriza libró la batalla marítima con Augusto en la que tuvo tan desastroso fin como cuenta Plutarco.

Por último, siendo ya viejo el caballo, fue vendido por un precio miserable a un caballero de Asia llamado Nigidio. Cuando estaban cruzando el río Maratón, se ahogaron los dos sin aparecer jamás ninguno de ellos. Con esta miserable muerte del caballo gafado se terminó su infortunio, quedando en Roma el proverbio popular del caballo Seyano, prototipo de las grandes  desventuras.