© 2018 Luis Miguel Urrechu

¿Sabías esto?

 

El caballo que tiene de rodilla arriba y el brazo corto es bueno para el picadero y el paseo. El que tiene esta parte larga es mejor para el trabajo.

Historia.

Del caballo árabe. Si pudiéramos remontarnos 4.500 años en la historia, podríamos encontrarnos con caballos árabes con características prácticamente iguales a los actuales. Y si quisiéramos conocer su origen, lo encontraríamos en el Corán. Nos ofrece una versión poética de su origen, según veremos más delante si tú, amigo lector, tienes la paciencia de continuar con la lectura.

Los padres de todos los demás

Esta raza, sin duda ninguna, produjo los primeros caballos de montar del mundo. El caballo árabe se expandió por todo el mundo desde Oriente Medio y que hoy se puede encontrar su sangre en todas las razas de caballos de silla. Fueron mejoradas generosamente con sus genes, aportándoles sus principales características: un fuerte esqueleto, elegancia, rapidez. Una extraordinaria resistencia, inteligencia y un carácter siempre dispuesto a aprender y complacer a su dueño. Y las características heredadas de una vida de extrema dureza consagrada a la guerra.

Para los infieles no

Esta expansión se produjo a pesar de la aversión del árabe a entregarlos a los no musulmanes. En especial a los cristianos. Ab-del-Kader, padre de la actual Argelia, castigaba con la pena de muerte al musulmán que vendiera a un cristiano cualquier caballo árabe.

Características del caballo árabe

Es de todos los caballos el más hermoso por sus formas y su gallardía. Han sido en todos tiempos, y lo son todavía, los mejores caballos del mundo. Tanto por lo anterior como por su bondad.

Se reconoce al caballo árabe fácilmente por su aspecto particular. La cabeza ofrece una notable expresión de dulzura y altivez. En él todo anuncia el vigor, la fuerza y la bondad. Y estas preciosas cualidades que ha recibido de sus padres las trasmite a su posteridad.

Todas las razas se mejoran si pueden mezclarse con esta raza tan pura. Hasta las que le son superiores, tanto por su talla como por su forma, se ennoblecen por la mezcla de su sangre.

Aspecto inmejorable

Se le ha descrito al caballo árabe como bien proporcionado. De orejas cortas y movibles, huesos fuertes y delgados, cara descarnada, narices anchas (como la boca del león). Ojos hermosos, negros y prominentes. Cuello curvado y largo; el pecho y la cruz anchos, el lomo recogido, las ancas redondas. Las costillas de delante largas y las de atrás cortas. El vientre escurrido, los testículos recogidos y bien marcados, los cuartos superiores largos como los del avestruz. Con músculos como los del camello, los salinos poco aparentes, el casco negro, de un solo color, las crines finas y espesas. Las carnes duras y la cola muy gorda en su nacimiento y delgada en la punta.

A vueltas con las vértebras del caballo árabe

Algunos (todos no) tienen 5 vértebras lumbares en lugar de 6, y 17 pares de costillas, y no 18. De modo que puede cargar el peso de un jinete con facilidad, aunque el caballo sea pequeño. Esta conformación le permite levantar su cola tan arrogantemente.

Se ha considerado que el caballo árabe debe tener cuatro cosas anchas: la frente, el pecho, las ancas y los miembros. Cuatro cosas largas: el cuello, los cuartos superiores, el vientre y los ijares. Y cuatro cosas cortas: la grupa, las ranillas, las orejas, y la cola.

La cabeza del caballo árabe

Su cabeza es casi cuadrada. Su cara recta o acanalada, su cuello derecho y también formando alguna vez arco hacia atrás. Puede decirse que es aplanada, casi cuadrada y enjuta. Más cuadrada, más ancha en la parte superior, lo que supone gran volumen en el cráneo y tal vez la superioridad de su inteligencia. La cara no tiene carnes. La frente es ancha y convexa algunas veces, y los ojos, hermosos y salientes, tienen cierta expresión amorosa. La parte anterior del cráneo ofrece un gran desarrollo y bastante volumen el cerebro.

Esos ojitos negros

Es de ojos vivos y muy rasgados. El cuello bien hecho y engallado. Las orejas son tan pronto pequeñas como algo largas. Pero siempre delgadas, bien puestas. Rectas, encorvadas ligeramente en la punta, y muy movibles.

Los párpados negros constituyen una verdadera belleza, un carácter de raza muy buscado por los árabes. La quijada inferior es algo fuerte. La testera recta o un poco hundida y casi cóncava. Las narices del caballo árabe pueden dilatarse mucho cuando se anima. Y como son muy movibles, forman pliegues que comunican a la fisonomía una expresión particular.

Tiene la boca regularmente hendida y las mejillas anchas. La curvatura que forma el cuello cerca de la cabeza realza la gracia de la nuca. La engalladura es lo bastante larga para redondearse airosamente. Cuando el caballo corre sobresale en su parte inferior, formando lo que se llama engalladura de ciervo, conformación considerada como un defecto a pesar de haberla dado la naturaleza a todos los cuadrúpedos corredores. Sobre todo teniendo la cabeza casi horizontal. Cortan el aire con más facilidad y respiran más libremente.

La crin y otras partes del caballo árabe

La crin es fina y poco poblada; la cruz bien saliente, aunque no cortante. El lomo recto y delgado; las verdaderas costillas muy largas, y las falsas muy cortas. Los riñones fuertes; el sacro ancho, y la grupa larga y redondeada. Cola en trompa con mas elegancia y energía, además de lo que queda dicho. La cola, poco abundante por la parte superior, lo es más por la inferior. Toca casi el suelo, está muy bien puesta y cae con mucha gracia.

Los posteriores

Las partes posteriores, el lomo y la grupa, tienen particularmente una fuerza notable. Los corvejones están algo próximos entre sí, conformación particular en los animales más rápidos para la carrera, como el ciervo y el corzo. Extremidades más finas. Tendones más separados; corvejones más anchos.

Moros de regreso al atardecerLa espaldilla es musculosa, y también el antebrazo.

Las piernas son enjutas, finas y nerviosas; el tendón bien marcado. La caña de las piernas anteriores, corta; los pies de forma oval. La parte córnea muy dura y el casco negro, de un solo color. Los pies delanteros están a veces un poco inclinados hacia fuera.

Articulaciones

Las articulaciones del caballo árabe, anchas y fuertes, sirven de punto de reunión entre músculos poderosos que se dibujan bajo una piel lisa. De pelo muy fino y corto que recorren en todas direcciones diferentes vasos sanguíneos muy marcados. Sus piernas son delgadas y nerviosas, y sus tendones destacan perfectamente del hueso. Su pie es excelente y terminado por un casco extremadamente duro.

Las extremidades más bien finas que ordinarias. Con los músculos muy pronunciados y las posteriores casi siempre señaladas de blanco o casi sin pelo. Los cascos pequeños, claros y lustrosos. La piel sumamente fina. La crin larga y sedosa. La cola muy poblada y arqueada en forma de trompa, característica muy notable del caballo árabe.

La talla del caballo árabe

Tiene una talla regular, más bien pequeña que grande (de 1,45 a 1,56 m.). Aunque la altura que separa a los caballos de los ponis es de 1,48 m, todos los caballos árabes entran en la categoría de caballos. Independientemente de su altura.

Como en Occidente los prefieren más altos, actualmente muchos caballos árabes llegan a medir más de 1,60 m como consecuencia de sus cruces. Son muy sueltos y enjutos de cuerpo, aunque de formas redondeadas y graciosas. Corren con velocidad increíble y algunos se adelantan á los avestruces en la carrera. No hay vallados ni zanjas que no salten con tanta ligereza como las ciervas. Y si el jinete llega a caer se paran de repente aun en la carrera más rápida.

El caballo árabe es el más sobrio de todos los caballos.

Las capas

El pelaje es abundante y la piel fina. El color más común es el gris, que se cambia a blanco con la edad. El gris moteado se aprecia mucho, y después se prefiere el bayo o el alazán. El pelaje negro y el bayo claro brillantes escasean muchísimo. El pelaje, fino y sedoso, presenta reflejos dorados, plateados y bronceados, que no se observan sino en los individuos de origen oriental. Imitan el brillo de la seda. En los caballos blancos es la piel negra, lo cual contribuye más a la belleza de los reflejos.

Las articulaciones son anchas y fuertes. Sirven de punto de unión a poderosos músculos. Se dibujan al través de una piel lisa recorrida en todos sentidos por gruesas venas.

Otras señales del caballo árabe

Se reconoce además un caballo árabe de raza por otras señales: no come sino en su pesebre. Le gustan los árboles, los verdes pastos, la sombra, las aguas corrientes, y relincha al ver todo esto. No bebe sin haber agitado antes el agua con los pies o la boca.

Sus labios están siempre cerrados. Los ojos y las orejas se agitan continuamente; y mueve el cuello de izquierda a derecha, como para hablar o pedir alguna cosa. Se cree además que no se aparea sino con sus semejantes.

Estos diversos caracteres indican, según los árabes, un caballo rápido y de buena raza. Que reúne a la vez las cualidades del lebrel, de la paloma y del camello. Cuando este cuadrúpedo descansa no parece lo que es en realidad. En el movimiento es cuando se ponen de manifiesto sus grandes dotes.

Este conjunto anuncia a un mismo tiempo el vigor y la agilidad. Así es que no hay ningún caballo que iguale al árabe corriendo bajo el peso del jinete. Levantando el cuello y la cabeza para protegerle. Adelantando en la carrera al avestruz o al antílope o precipitándose en medio del combate.

Docilidad del caballo árabe…

El caballo árabe, criado en la tienda común y formando parte de la familia, siente por su dueño el apego y la fidelidad del perro. Algunas veces, por la seguridad de su instinto, hasta se muestra émulo de este animal. Y son también los más mansos. Bien que esta última calidad puede ser obra de su educación, pues nacen y se crían en la misma habitación de los árabes.  

Dice mucho de su carácter el que en la actualidad esta raza es de las pocas en las que la United States Equestrian Federation permite que niños monten caballos enteros en competiciones.

… y dureza.

Sólo Dios sabe lo endurecido que es el caballo árabe. Se puede decir que anda continuamente. Anda con su amo, anda para buscar su comida, recorre grandes distancias para encontrar su bebida. Esa vida le hace sobrio, infatigable, y así se forma para hacer en todo tiempo lo que se quiera con él.

Cuando un árabe cae del caballo y no puede levantarse, el animal se detiene y permanece junto a él. Relincha hasta que alguno se acerca y le socorre. Si alguna vez el jinete vencido por el cansancio se echa a dormir en medio del desierto, el caballo se mantiene tranquilo a su lado. Pero en cuanto ve a otro hombre, relincha y despierta al que está durmiendo bajo su vigilancia.

Campamento árabePasión.

Es inherente a la naturaleza de los árabes la pasión por el caballo. Este noble animal es el compañero de armas y el amigo del jefe de la tienda. Es un servidor de la familia. Estudian sus costumbres, sus menesteres. Le cantan en sus canciones, le alaban en sus conversaciones. Cada día en sus reuniones festivas fuera del duar, donde el privilegio de la palabra pertenece sólo al más anciano y en las que se nota la mayor decencia, los jóvenes oyentes, sentados en corrillo sobre la yerba o la arena, aumentan sus conocimientos prácticos. Añaden los consejos y las tradiciones de los ancianos.

Allí es donde adquieren la sorprendente experiencia hípica que se encuentra en el más íntimo de los jinetes de una tribu del desierto. No sabe ni leer ni escribir. Sin embargo conocen como nadie a sus caballos y lo que puede esperarse de ellos.

Mejor por lo que haces

Aunque las anteriores características las tienen muy en cuenta, los árabes aprecian sus caballos por las cualidades mucho más que por la belleza. Así es que los mejores son aquellos cuya raza propagan.

Se encuentran en su país excelentes caballos de pura sangre, que no tienen nada de hermosos. Mientras que en Siria y en las demás provincias vecinas de Arabia, se hallan individuos de magníficas formas. Pero no son sino mestizos.

El famoso Godolfin, caballo padre árabe, de los que más han contribuido a crear la raza inglesa actual, no era hermoso.  Se hacía de él tan poco caso, que arrastraba en París el carretón de un aguador. Allí fue donde lo compraron para llevarlo a Inglaterra.

Visir, uno de los mejores padres de la antigua raza ducal de Dos Puentes, no era tampoco bonito. Zurckmainali, el padre de la raza tan apreciada de Trakenen (Prusia), servía de caballo de posta entre Damasco y Alepo. Allí lo compró Mr. Kaunitz para traerlo a Europa. 

¿Sabías esto?

Hasta la década de 1.960, los ponis en Dartmoor fueron utilizados para escoltar a los prisioneros de las cárceles locales.

 

Razas

Entre los caballos de Oriente merecen el primer rango, sin disputa alguna, las razas árabes. Según veremos, son muy numerosas y se confunden formando el tipo ideal del caballo árabe.

A los ojos del árabe, este animal es el mejor dotado. Le compone poemas, le celebra en sus cantos, y le convierte en tema favorito de todas sus conversaciones. Cuando el Todopoderoso quiso crear el caballo, dijo al viento del sur:

« De ti quiero sacar un nuevo ser que me glorifique. Condénsate, deja tu fluidez y adopta una forma visible. Este ser deberá ser amado y apreciado por mis esclavos; deberá ser temido de todos aquellos que cumplan mis órdenes.»

Tres clases de razas de caballo árabe

Distinguen las razas por nombres diferentes, y hacen de ellas tres clases: la primera es la de los caballos nobles de raza pura y antigua por los dos costados. La segunda la de los caballos de raza antigua, pero mezclada. Y la tercera la de los caballos comunes. Estos últimos se venden a un bajo precio. Pero los de la primera clase y los de la segunda (entre los cuales se hallan algunos tan buenos como los de la primera) son siempre excesivamente caros.

Ab del Kader

Las razas del caballo árabe según Abd-el-Kader

Veamos lo que Abd-el-Kader respondió al General Daumas en relación a las razas:

“Me pregunta Vd. si los árabes del Sahara llevan apuntes para conocer la filiación de sus caballos.

Sabed que ni los habitantes del Sahara argelino, ni los del Tell se ocupan de semejantes apuntes. La notoriedad es bastante para ellos. Porque la genealogía de sus caballos de raza es conocida de todos, como de sus dueños.

Genealogías. Más mito que realidad

He oído decir que algunas familias tenían esas genealogías escritas, pero no podría decir cuáles son. Esos libros se usan en Oriente, según lo indico en el pequeño tratado que le mandaré a Vd.

Me dice Vd. que algunos creen que los caballos de Argelia no son caballos árabes, sino de Berbería (berberiscos).

Esa opinión se vuelve contra los que la tienen. Los caballos berberiscos son de origen árabe. Un autor célebre ha dicho: “Los caballos berberiscos que habitan el Magreb, todos son hijos de Kais-Ben-Ghilan”.

Se asegura que su origen es de dos grandes tribus Hermiarites: los Senahdja y los Retama, que vinieron al país cuando Ifrikech-el-Malik lo invadió. Según esas dos opiniones, los caballos berberiscos son árabes.

Origen de las tribus

Además que los historiadores establecen la filiación de la mayor parte de las tribus berberiscas y su descendencia de los Senahdja y de los Retama. Esas tribus vinieron antes que Mahoma. Después de la invasión mahometana, el número de los árabes que emigraron en el Magreb es incalculable. Cuando los Obeidin (los Fatimitas) se hicieron dueños de Egipto, una inmensidad de tribus vino a África. Entre ellas los Biahh. Se esparcieron desde Kairnan a Marrakech (Marruecos).

De esas tribus salen en Argelia los Duanda, los Aiad, los Mádid, los Ulad-Madi, los Ulad-Yakub-Zerara. Los Djendel, los Attaf, los Hami’s, los Braze, los Sbéha, y los Flita. Los Medjahar, los Mehal, los Beni-Amer, los Hamyan y otros muchos.

Bastardeados

No cabe duda de que los caballos árabes se hayan esparcido en el Magreb. Lo mismo que las familias árabes. En tiempo de Ifrikech-ben-Kaif, el imperio árabe era poderoso. Se extendió en el Oeste hasta los límites del Magreb. Como en tiempo de Chamar el Hermiarite se extendió al Este hasta China, según asegura Ben-Kuteiba.

Cierto es que si todos los caballos de Argelia son de raza árabe, muchos han decaído de su nobleza. Porque los emplean con frecuencia para arar, para llevar cargas, para el tiro y otros trabajos semejantes. Porque hacen montar las yeguas por burros. Que nada de eso se hacía entre los árabes nuestros antepasados. Tanto que decían que bastaba que un caballo pisara una tierra arada para perder su mérito. Sobre ese particular cuentan la historia siguiente:

¿Ha arado tu caballo alguna vez?

Un hombre caminaba sobre un caballo de raza. Se encuentra con su enemigo igualmente montado sobre un noble corcel. Uno persigue al otro, y el que da alcance nota que gana terreno el que huye. Perdiendo esperanza de alcanzarle, le dice entonces:

—Te lo pregunto en nombre de Dios, ¿ha arado alguna vez tu caballo?

—Ha arado durante cuatro días.

— ¡Pues bien! el mío no ha arado nunca. Por la cabeza del Profeta, estoy seguro de alcanzarte.

Continuó persiguiéndole. Al concluirse el día, el fugitivo principió a perder terreno, y a ganarlo el que perseguía, hasta que pudo trabar pelea contra el que en un principio había temido no poder alcanzar.

Mi padre, Dios le tenga en su misericordia, solía decir:

Maldición

No hay bendición para nuestra tierra desde que hemos hecho de nuestros corceles animales de carga y de arado. ¿Acaso Dios no ha hecho el caballo para la corrida, el buey para el arado y el camello para la carga?. No hay nada que ganar en mudar los designios de Dios.”

El caballo africano es el que más se aproxima al que se considera como el tipo o la raza originaria, el caballo árabe. Es el que más participa de las calidades esenciales de éste para la guerra. Su velocidad, ligereza, brío y resistencia le hacen muy apreciable para toda fatiga y empleo. Es más que verosímil que las buenas calidades del caballo Andaluz sean hereditarias de la raza africana, que pasaría a nuestras provincias meridionales, donde las pudo conservar por la bondad del clima.

Fantasía árabe

 La raza de caballo árabe más pura: el Koclani

Su raza más noble, que llaman Koclani, Kokyle o Kailhan, es para ellos el objeto de cuidados de los cuales no podríamos formarnos una idea. Cada caballo tiene su genealogía. Mejor conservada y más auténtica, quizás, que la del noble más orgulloso. Los árabes dan dos mil años de existencia a la raza Koclani, y pretenden que desciende de las yeguas de Salomón.

En Europa es muy difícil procurarse caballos Koclani. La mayor parte de los que se han comprado bajo este nombre pertenecen en realidad a otras razas inferiores. No sucede lo mismo con las yeguas: los árabes no se desprenden de ellas por ningún precio.

Otras variantes de caballo árabe

Independientemente de esta raza privilegiada, los árabes poseen otras dos. Los Kadischi, literalmente caballos de raza desconocida, que corresponden a los caballos de media sangre. Estos caballos son excelentes y muchas veces sólo les faltan los papeles para que tengan el mismo valor que los verdaderos Koclani. La mayor parte de los caballos árabes que se ven en Europa pertenecen a los kadischi.

La raza mas inferior tiene el nombre de Attechi. Esta es una clase de caballos que no se emplean sino para los servicios más comunes. Probablemente de éstos descienden los caballos que hasta hace poco tiempo existían en varias partes silvestres de Arabia.

Transmisión de los genes por las yeguas

Las yeguas son las únicas que trasmiten la nobleza, y las genealogías se cuentan siempre por las madres. Se tiene mucho cuidado en preservar a las yeguas de todo contacto impuro. Si por casualidad éste se produce alguna vez, el potro se considera como perteneciente a la raza del padre. Al contrario, algunas veces hacen cubrir yeguas de una raza inferior por caballos Koclani. Entonces el potro se considera de la raza materna.

¿Sabías esto?

 

El record de salto en altura es del chileno Alberto Larraguibel con Huaso, un caballo de 16 años: 2,47 m. Permanece imbatido desde el cinco de febrero de 1.949.

Derivaciones de la raza del caballo árabe

El caballo árabe del Nedjed, en Arabia.

Los verdaderos caballos padres de koclani se venden a muy alto precio. Las yeguas no se ceden por ninguno. El hombre pierde allí su reputación si cambia por oro o plata tan inestimable tesoro. Algunas veces se aplica por abuso el nombre de tudjedi a una raza de caballos extendida por toda Arabia. Se supone originaria del Nedjed, porque este territorio sería, según algunas leyendas árabes, la primitiva tierra del caballo.

La supuesta raza del Nedjed no es más que una variedad de la de kochlani. No se debe aceptar como caballo de la primera, sino aquel que procede del país.

El caballo árabe del Yemen.

Así se llaman a los que se crían en aquel país. Imperio de aquella reina de Saba que remitía a Salomón los magníficos caballos de sus yeguacerías. Este país es renombrado aun hoy día por las hermosas razas que posee. Todos los caballos del Yemen son buenos y animosos. Robustos y duros para el trabajo, tienen una talla aventajada.

El caballo árabe de Omán, del Hedjaz y de Bahréin

Son por lo general más grandes y fuertes que los otros. Parecen caballitos de pura sangre occidental, bien robustos.

Los caballos del Hedjaz. En las márgenes del mar Rojo, desde Suez hasta la Meca. Son de mayor tamaño que los del interior de Arabia.

Los caballos de Bahréin. Algunos viajeros del siglo XIX dijeron haber encontrado en Bahréin una familia de yeguas de la más notable hermosura. Tan buscadas en el país, que fueron causa de una guerra entre dos de aquellas tribus durante más de cincuenta años.

El caballo árabe de Mesopotamia, de Siria y de Persia.

Las razas de Mesopotamia tienen fama de ser las más dóciles, de mayor tamaño y de formas más perfectas.

Anochecida del jinete árabeLos caballos de Siria. Figuran en primer término por su hermoso pelaje. Los ingleses les compraron muchos caballos.

Las razas persas. Después de los árabes los caballos mejores y más hermosos son los persas. Los caballos persas eran célebres muchos siglos antes de que se conociesen los árabes. Estaban considerados como los más adecuados para la guerra. Formaban en otro tiempo la mejor caballería de Oriente.

El caballo persa se asemeja mucho al árabe, aventajándole por la belleza de las formas exteriores. Su cabeza es más fina y tiene la grupa mejor hecha y puede ser al principio más rápido que el caballo árabe. Pero en una carrera larga acabaría éste por adelantarle.

Las razas de caballo árabe de Turquía, las africanas y de Egipto.

 Las razas turcas. Los caballos turcos provienen en general de los árabes, de los persas y de los tártaros. Su cuerpo es más largo y la grupa más alta que en los primeros, pero lleva la cabeza como él. Por sus cualidades se parece más a los segundos.

La raza turca ha contribuido también poderosamente a formar la de pura sangre inglesa. Así lo indican los nombres “Bierley-turc” y “Helmsley-turc”, que han llevado en Inglaterra las mejores familias de caballos corredores. Los turcos comunes estropean muy pronto a sus caballos por la manera irracional con que los tratan. Pasan buena parte de su vida con los cuatro pies atados, sin poder echarse.

Las razas africanas. Estas razas descienden de la árabe y difieren poco de ella. Las más nombradas son la nubia (Sur de Egipto y norte de Sudán), la egipcia y la númida (Argelia y parte de Túnez).

Los caballos de Egipto. Tienen estos caballos fama de ser muy vivaces y ligeros.

El caballo árabe númida o berberisco

El caballo númida es uno de los más preciosos tipos de caballo de guerra del mundo. Su reputación, en este concepto, no data de los tiempos modernos, pues ya se sabe cómo hablaban los romanos de la caballería númida. Las cualidades de este animal no son consecuencia del mejoramiento de la raza por el hombre. Son efecto del clima, de la naturaleza y de la comarca.

La sangre oriental ha encontrado en las condiciones climatológicas, en la constitución del país y en su vegetación, los elementos necesarios para conservar las cualidades primitivas del tipo.

Influencia del caracter árabe

Los árabes por su parte, han contribuido a ello por su manera de tratar el caballo. Esto se explica fácilmente. La población árabe es guerrera. Ha luchado siempre, bien para atacar o para defenderse. Cada tribu ha sido casi la imagen de una pequeña nación al lado de otra. De aquí se ha seguido una perpetua lucha en que ha figurado el caballo.

Los caballos númidas o berberiscos están reputados como los más aptos para constituir raza. Pero son muy rudos y difíciles de montar. Esta raza se asemeja más que ninguna otra al tipo árabe. Por su vigor, por su facilidad en el resuello y la rapidez de la carrera.

Durante la campaña de Crimea (1.853-1.856), quedaron diezmados los caballos ingleses y franceses. Los berberiscos o númidas, montados por los cazadores de África, resistieron muy bien. Estos cuadrúpedos proceden principalmente de Marruecos y de Tiro.

 Descanso entre las ruinas. Jinetes árabesApariencia del caballo árabe.

Son pequeños, de cuello largo, fino, poco cargado de crines. La cabeza hermosa, pequeña y frecuentemente acarnerada. Las orejas pequeñas y bien situadas. Las espaldas descarnadas y planas. La cruz delgada y bastante elevada. Lomos cortos y rectos. El ijar y las costillas redondeadas, sin demasiado vientre. Las caderas llenas, la grupa por lo común algo larga, y el nacimiento de la cola un poco alto. El muslo bien formado y rara vez plano. Las piernas hermosas, bien hechas y con poco pelo. Los tendones desprendidos y el casco bien formado, pero la cuartilla larga, generalmente.

Normalmente se da el nombre de berberiscos a todos los caballos de África. Los mejores son los de Marruecos. Los franceses los prefieren para padres. La experiencia ha demostrado que en Europa engendran potros mayores que ellos.

Esta raza parece descender de raza del caballo árabe. Es la que más se aproxima a ella por su vigor, por su largo resuello, y por la velocidad de su carrera. Las formas son más agradables que las del caballo árabe, y en particular el arco de su cuello. Esta raza se busca también para el trabajo.

Hasta el más humilde es bueno

El famoso caballo Godolphin arabian, pertenecía a esta raza. Este caballo fue comprado en Paris, donde tiraba de la carreta de un aguador. De allí fue trasportado a Inglaterra, en cuyo país vino a ser el padre de algunos de los más ilustres corredores. También contribuyó poderosamente a realzar una raza inglesa degenerada.

La raza inglesa se aproxima mucho a la árabe. No falta quien la cree idéntica, por las continuas importaciones que han hecho en todas épocas. Se ha perpetuado sin mezclas. Aunque con las modificaciones inevitables consecuencia del clima, alimentos y sobre todo por la educación.

Durante mucho tiempo no hubo en Inglaterra más cruzamientos que con la raza árabe o con la berberisca. Estos caballos, bárbaros o berberiscos, que vienen principalmente de Marruecos deben permanecer impasibles en situaciones que normalmente alarman los sentidos de un caballo. Y deben soportar fatigas excesivas, climatología rigurosa y largos periodos sin comer o beber.

No obstante lo dicho, los caballos vencedores de carreras son más bien mestizos de primera sangre que árabes puros. Estos animales tan admirables por su vigor y fuerza, no son los más hermosos. Ni los que más gustan a un jinete. (Tampoco los más dóciles).

¿Sabías esto?

 

El estómago de los caballos siempre debe hacer ruidos de gorgoteo. Su ausencia puede significar cólicos.

Supersticiones y rasgos que prefieren o detestan

Algunos caballos árabes se venden muy baratos. Los árabes consideran los remolinos que se encuentran en los caballos como signos de dicha o de desventura. Ponen precios ridículos a los que tiene remolinos que ellos consideran de mal agüero, aunque sean perfectos de hechuras.

El caballo tiene cuarenta remolinos en el pelo. De esos cuarenta, hay veintiocho a los que no dan los árabes ninguna importancia. Dicen que no son ni de bueno ni de mal agüero. Y doce a los que atribuyen influencia.

Consideran seis como señales de riqueza que atraen dicha, y otros seis como presagios de ruina y de desgracias.

Señales buenas

En cambio valoran muchísimo la existencia de remolinos que suponen les sean venturosos. Son: entre las dos orejas o “de la cabezada”, que indica que caballo será veloz. El que está en los lados del pescuezo, que llaman “el dedo del Profeta”. Indica que su amo morirá en su cama. “El del sultán”, que va a lo largo del pescuezo, que presagia amor, riquezas y prosperidad. El caballo que lo tiene hace estos tres votos al día:

“Dios quiera que mi amo me mire como la cosa más preciosa que tiene en este mundo”

“Dios haga que tenga una suerte feliz para que me toque algo de ella a mí”.

“Concédale Dios el favor de morir mártir sobre mí”

Un remolino en el pecho llenará la jaima de botín.

El que está debajo de la cincha hará aumentar los rebaños de su dueño.

El de los ijares o “de las espuelas”. Que si se dirige hacia atrás protegerá el jinete de los accidente en la guerra. Y si se dirige hacia la barriga por abajo, es señal de riquezas para su amo. En cambio otros atraen la desgracia.

Guerrero beduino¡Mal fario!

Un remolino en el pecho del caballo árabe indica que quien le monte morirá infaustamente. El que se halle sobre las cejas les indica que su amo morirá de una herida en la cabeza.

El que llaman “del ataúd”. Que saliendo cerca de la cruz baja hacia la espalda, presagia que el jinete morirá sobre su caballo. El de “los llorones”, que está en la cara, presagia deudas, lágrimas y ruina.

El “del robo”, que es el que está en las cuartillas, asegura que el caballo dice a todas horas: « Dios quiera que me roben o que se muera mi amo. »

El que se halla al lado de la cola indica miseria y hambre. Y el que sigue la parte interna de las piernas indica que las mujeres, los niños, el ganado… todo desaparecerá.

Esta es la clasificación que adoptan generalmente, pero no es algo fijo. Según las localidades, cada tribu aumenta o disminuye el número de remolinos dichosos o desgraciados.

Aquí tampoco nos libramos. ¡Qué obsesión!

También en España, el otrora famoso Reyna decía que los remolinos de las ancas para atrás son buenos. Que los de delante del corazón son malos porque retraen la voluntad. Y su comentador Calvo decía que un caballo con dos remolinos en las caderas será un caballo afortunado en cualquier batalla. Y desventuradísimo si lo tuviese frente al corazón.

Lastimosamente, entre muchas personas que no deberían tenerse por vulgares, todavía subsiste este grosero y supersticioso error.

Las capas

Los colores no podían escaparse; así, los colores que prefieren son:

El blanco: “Escogedlo blanco como una bandera de raso, sin manchas. Que tenga un circulo negro al rededor de los ojos”.

El negro: “Que sea negro como una noche sin luna y sin estrellas”.

El bayo, que debe ser casi negro o dorado.

El rojo oscuro, que dijo a la disputa: “¡quédate ahí!“.

El Alazán que sea tostado. Cuando galopa bajo del sol, es el viento. El tordo oscuro, que llaman “tordo de paloma zorita” si se parece a la piedra del rio. “Llenará el Duar cuando esté vacío y nos salvará del combate el día en que se toquen los fusiles”. Son más apreciados si tienen la cabeza más clara que el cuerpo.

El lobuno, “el verde”. Quieren que sea oscuro, con la cola y las crines negras.

El blanco es el color para los príncipes, pero no aguanta el calor.

El negro tiene buena suerte, pero teme a los terrenos pedregosos.

El alazán es el más ligero. “Si alguien asegura que ha visto un caballo volar, preguntadle de qué color era. Si dice que alazán, creedle”.

El bayo es el de mayor resistencia y el más sobrio. “Si alguien dice que un caballo ha saltado al fondo de un precipicio sin hacerse daño, preguntadle de qué color era. Si responde que bayo, creedle”.

¡Papá, que nos persiguen!

Escribió el general francés Daumas que Ben-Dyab, jefe famoso en el desierto -que vivió en el año 1.500 de nuestra era, o el 905 de la hégira-  hallándose un día perseguido por sus enemigos, se volvió hacia su hijo y le preguntó:

— ¿”Cuáles son los caballos del enemigo que más se acercan?

—Los caballos blancos, contestó el hijo.

—Pues bueno, dirijámonos del lado del sol y se derretirán como manteca.

Un rato después, Ben-Dyab volviéndose otra vez hacia su hijo le preguntó:

— ¿Cuáles son los caballos del enemigo que más se acercan?

—Los caballos negros, gritó el hijo.

—Bueno, vámonos al terreno pedregoso y no tendremos nada que temer. Parecen las negras del Sultán, que no pueden andar descalzas sobre las piedras.

Cambió su dirección y en un momento ganaron terreno sobre los caballos negros.

La tercera vez, Ben-Dyab preguntó:

¿Y ahora cuáles son los caballos del enemigo que más se acercan?

—Los alazanes tostados y los bayos oscuros.

Poco podemos hacer

—En ese caso, exclamó Ben-Dyab, a nado, hijos míos. A nado, y apretad el talón. Porque ésos sí podrían alcanzarnos si no hubiésemos dado durante todo el verano cebada a nuestros caballos. »

Los colores despreciados son:

El pio. Se debe huir de él como de la peste. Es el hermano de la vaca. “El cuscús llega cuando se ha ido, y encuentra la disputa en cuanto vuelve”.

El isabela con la cola y la crin blancas. Un jefe no consentiría en montar sobre semejante caballo. Hay ciertas tribus que no quieren que pase entre ellas ni una sola noche. Le llaman el “amarillo del judío”. Este color atrae las desgracias. Dicen: “El tordo color de hierro y el amarillo del judío, si vuelven al amo (del combate) Córtame la mano.”

El tordo rodado. Le llaman “charco de sangre”. “Todos alcanzarán a su amo y él no alcanzará a nadie”.

Prefieren el caballo sin calzados blancos en los pies. Con una estrella en la frente o una raya, que debe bajar hasta el hocico del caballo. “No faltará entonces nunca leche a los ganados de su amo, pues es un índice feliz. La imagen de la aurora”.

Si la estrella no está formada con regularidad no les gusta. Y si a esto se agrega una mancha blanca en la pierna delantera del lado contrario al que montan, “ningún hombre de juicio debería cabalgar ese caballo. Ningún inteligente querrá ni siquiera tenerlo. Ese caballo mata como un veneno sutil”.

Marcas en los pies

Si el caballo árabe tiene manchas blancas en los pies (balzanes) quieren que sea sólo en los tres. Un pie derecho sin ellas, de delante o de detrás, es indiferente.

Una señal buena es que el pie derecho de delante y el pie izquierdo de detrás sean blancos. (Bípedo diagonal derecho). Llaman a eso: “la mano del escribiente y el pie del jinete”. El amo de semejante caballo no puede menos de ser feliz. Porque “monta sobre blanco y se apea sobre blanco”. (Los árabes montan por la derecha y se apean casi siempre por la izquierda).

Dos manchas blancas en los pies de detrás son indicio de felicidad. “Con caballo manchado por detrás, nunca su amo se arruinará”. No sucederá lo mismo con el que tenga las manchas en los pies de delante, pues “su amo tendrá siempre la cara amarilla”.

Nunca compran un caballo de bella fachada cuatralbo, porque dicen que lleva consigo la mortaja. La idea que los árabes tienen sobre las manchas blancas en los pies se resume en el cuento siguiente:

El hombre que esperaba su potro

“Un árabe tenía una yegua de raza, y mucho antes de que pariese, le pedían el potro. Cuando estuvo la yegua en vísperas de parir llamó a sus amigos más entendidos. El potro presentó primero la cabeza. Tenía una hermosa estrella y el árabe se alegró. Persuadido de que su caballo adelantaría a la aurora, porque lo indicaba la señal que tenía en la frente.

Salió después la mano izquierda, y el amo, entusiasmado, pidió cien monedas por el potro. Se presentó luego el pie derecho, que también tenía una mancha blanca. El precio se redujo a cincuenta monedas.

Vino enseguida el pie izquierdo. Tenía otra mancha igual, y el árabe, en el colmo de la alegría juró que por nada en el mundo vendería su potro. Pero saliendo el cuarto remo con otra mancha, se enfureció de tal modo que hizo tirar el potro al basurero. No quiso conservar semejante animal.”

Colores oscuros

Habiendo indicado las preocupaciones y las supersticiones, queda demostrado que los árabes prefieren los colores oscuros. Consideran los colores claros, así como las manchas blancas en la cabeza, sobre el cuerpo y en las extremidades, cuando son largas y anchas, como indicio de debilidad y de degeneración de raza.

Cada árabe tiene predilección por un color. Unos quieren los caballos negros, otros los caballos tordos. Unos bayos y otros alazanes, etc. Sus preferencias o sus antipatías provienen generalmente de recuerdos de familia. Sus antepasados han tenido suerte con tal color o han experimentado reveses con tal otro… Así es que algunos árabes rehúsan un buen caballo, sin decir más que: “Ese no es mi color. “

Rebajado de servicio

Hay ciertas causas que contribuyen a excluir totalmente un caballo árabe del servicio de guerra. Son estas:

El de pecho estrecho y hundido, con el cuarto delantero flaco y perpendicular. Los árabes dan muchísima importancia al desarrollo de los músculos del pecho.

La cruz gruesa y de poca prominencia. Porque no se puede asegurar perfectamente la silla sobre el caballo. Ni hacer uso de él con confianza para correr en las bajadas.

La jarde, el “padre del de la barba blanca”. La corvaza, cuando está aparente. Las vejigas agarradas. El esparaván, sobre todo cuando está cerca de la safena. Los bultos que llaman “almendras” si están en los lados y “tortuga” si por delante. La exostosis cuando está cerca de los tendones. La ranilla larga y floja. Los tumores en el corvejón y subiendo a lo largo de los tendones.

El caballo que no ve por la noche o cuando hay nieve. Lo que se conoce en el modo de levantar los pies en cuanto comienza a oscurecer. Y también cuando presentándole de día una superficie negra, pisa sobre ella sin manifestar inquietud, entonces es cosa segura. El árabe, pasando su vida en hacer cabalgadas de noche para huir o para sorprender a su enemigo ¿qué haría con semejante animal?

Las espaldas sin soltura.

Yegua y potrillo árabeNo todo está perdido

Ahora indicaré los defectos o tachas que, aunque generalmente no les gustan, no impiden que el caballo se venda:

Las ventanas de las narices poco abiertas, que “no sacará a su amo de apuro”.

Las orejas largas, blandas y colgantes. El cuello tieso y corto.

Tienen en poco a los caballos que no se acuestan. Y a los que menean a un lado y a otro la cola cuando corren.

Desprecian los caballos que se rascan el pescuezo con sus pies. A los que se apoyan sobre la punta del casco, y a los que se alcanzan.

Te mido por aquí, te mido por allá

Para conocer si un caballo se alcanza juntan los puños y los pasan entre los antebrazos subiéndolos hasta debajo del pecho. Si tropiezan los puños con la parte interna de los antebrazos, seguro que el animal tiene el pecho demasiado estrecho.  No puede evitar alcanzarse.

Desconfían del caballo que moja su bozal comiendo la cebada. Del que prueba el agua con la punta de los labios. Del que tiene el ano ancho y ventoso, señales de flojedad, de poco nervio. Y lo mismo de los que hacen los excrementos desiguales.

El caballo que tiene paso de andadura no puede convenir para un jefe. Es caballo de los que dicen “golpean las espuelas”. Se montan solamente por los mensajeros.

Desconfían del caballo que se resiste a la espuela porque cocea cuando le aprietan. Al que muerde. Al que se esquiva al poner el pie en el estribo, porque es difícil de montar o huye cuando se apea su jinete. Son defectos graves para la guerra.

Destinan para el trabajo al caballo sordo, que se reconoce por sus orejas blandas, sin expresión y echadas hacia atrás. Y también cuando no se mueve llamándole con la voz.

En el caballo árabe, lo más importante es que aguante

Para un árabe, la primera virtud de un caballo es la resistencia. Un caballo perfecto, reúne a esta cualidad la fuerza. Un caballo es fuerte cuando en su primer arranque deja tras de sí más de cuatro metros de distancia. Si ha saltado más, es de fuerza superior. El que no pasa de tres, es un caballo pesado.

Un caballo de mucho ardor puede no tener resistencia contra el cansancio. Sucederá con el que tiene las piernas altas, el cuello demasiado largo y el cuarto delantero demasiado fuerte para estar en armonía con las otras partes del cuerpo.

Y también aquel cuya parte inferior de la pierna, cerca del casco, carece de fuerza. A esos caballos, después de una carrera larga se les cansarán las piernas. No podrán pararse a voluntad del jinete y darán siempre unos cuantos pasos más involuntariamente.

Señales de flojera

Se conoce fácilmente el caballo que no tiene ni resistencia ni ardor. La estructura de su cuerpo no está en armonía, su pecho es estrecho, le falta aliento. La fuerza y el aliento son las dos primeras cualidades del caballo árabe. La falta de una de ellas influye sobre su resistencia y puede disminuir su ardor.

Dicen los árabes: “Para el combate elige siempre un arrastrador con su cola”. (caballo de ocho años lo menos. Hemos explicado de dónde viene ese nombre de “arrastrador”. “El día que los jinetes estén tan apretados que los estribos se toquen, él solo podrá librarte de los peligros y llevarte a tu tienda. Aun cuando le hubiera atravesado una bala.”

Pero aconsejan sobre todo no comprar nunca un caballo enfermo o herido. Aunque les digan que no es más que un accidente sin gravedad. Dicen: “acordaos del proverbio de vuestros padres: “Arruinado, hijo de arruinado, el que compra para curar.”

¿Sabías esto?

 

En argentina los criadores se dedicaron a producir una raza microscópica de caballos los “Farabella”. El tamaño estándar se sitúa alrededor de 0,70 m. El récord de infinitamente pequeño corresponde a “little pumpkim” (calabacín) de Carolina del sur. Medía 33,5 cm. y pesaba 9 kg.

 

Los tratos

Los árabes suelen comprar las yeguas a medias. Las condiciones más corrientes de estos tratos son las siguientes:

Un árabe vende, por ejemplo, una yegua en 100 monedas. No recibe más que 50 y queda el vendedor interesado por las otras 50. El comprador usa de la yegua para la guerra, la caza, los viajes y la echa al caballo. Si llega a hacer una razia, las tres cuartas partes del botín le pertenecen. La otra parte es para su socio.

Si matan a la yegua en una expedición hecha con el consentimiento de los dos socios, la pérdida es a medias. Pero si la muerte sucede en una fantasía, una boda o un festejo, el comprador la soporta solo. Y reembolsa cincuenta monedas al vendedor.

Fuerza mayor

Si matan el animal delante de la tienda, de improviso, o bajo el jinete cuando éste defiende a su mujer, sus hijos o sus rebaños, es caso de fuerza mayor. No hay lugar al reembolso.

Si la yegua pare un potro, lo crían hasta la edad de un año. Entonces lo venden y el dinero se reparte a partes iguales. Si la yegua pare una potranca, la tasan al cabo de un año. Y el vendedor tiene el derecho de elegir entre la madre o la hija, recibiendo o devolviendo la diferencia.

Jaima de jinetes

¿Sabías esto?

 

Hay más de 350 razas de ponis y caballos.

Alimentación e higiene

Ab del Kader a caballoAbd-el-Kader responde a Daumas. “Me pregunta Vd. cuáles son nuestros preceptos para cuidar y mantener a nuestros caballos.

El dueño de un caballo comienza por darle poca cebada, aumentando sucesivamente el pienso en pequeñas cantidades. Y ya cuanto ve que no lo acaba, lo disminuye poco a poco y luego continúa con la medida arreglada. Lo que más conviene es dar la cebada por la tarde.

Excepto cuando se camina, no se saca ningún provecho de dársela por la mañana”. Dicen que la cebada por la mañana se va al estiércol y por la tarde a las ancas. El mejor modo de dar la cebada es cuando el caballo está ensillado y cinchado. Como el mejor modo de darle de beber es cuando tiene la brida puesta. Dicen sobre este particular: “El agua con la brida y la cebada con la silla”.

Los árabes prefieren sobre todo el caballo que come poco, con tal de que eso no le debilite. Dicen, entonces, que es un tesoro inapreciable.

Sufre para vivir, caballo árabe

Durante los grandes calores, no dan de beber a sus caballos más que cada dos días. Aseguran que esa costumbre es muy provechosa. “Dar de beber cuando sale el sol, enflaquece al caballo. Por la tarde le hace engordar. Darle de beber al mediodía le conserva en su estado”.

En verano, en otoño y en invierno dan un pienso de paja a sus caballos. Pero el fondo del alimento es la cebada, con preferencia a otra cualquier cosa.

Los árabes dicen: “Si no hubiéramos visto que los caballos provienen de los caballos, hubiéramos dicho: salen de la cebada.” Y aconsejan: “Búscalo ancho y cómpralo. La cebada le hará correr”.

A falta de cebada, buenos son dátiles

A menudo los dátiles sustituyen a la cebada. Cuando están bien secos, se los dan en un bozal. El caballo al comerlos tira con mucha destreza los huesos. En algunas partes separan los huesos, los muelen en un almirez y después se los hacen comer mezclados con dátiles que machacan un poco. También dan dátiles al caballo cuando no están enteramente maduros. Entonces los come con los huesos, que están tiernos y no pueden hacerle daño.

Cuando quieren mezclar los dátiles con la bebida hacen lo siguiente. Después de la cosecha toman una cantidad de dátiles frescos, los revuelven en una vasija llena de agua. Hasta que la carne de los dátiles se pone como una pasta líquida. Quitan los pellejos y los huesos, y todo esto bien revuelto se lo ofrecen al caballo. Los dátiles engordan a los caballos, pero no consolidan sus fibras.

En el Sahara argelino alimentan de esta manera a los caballos según las estaciones:

La primavera del caballo árabe

En la primavera les quitan las herraduras y los mandan a los pastos. Abundan las yerbas suculentas y odoríferas, conocidas bajo el nombre genérico de aácheub. Están trabados. Huyen de los parajes donde crece el ledena, cuya hoja gordita y suave parece una oreja de rata. Está muy cerca de tierra, y por lo regular cubierta y escondida debajo de la arena. Causa cólicos al caballo que la come y casi siempre acaban por matarle.

No les dan de beber más que una vez al día, a cosa de las dos de la tarde. Esta hora parece la más favorable en una estación en que va refrescando cada vez más la temperatura. El agua a aquella hora ha perdido algo de su frescura.

Desfiladero árabeAunque en el Sahara dan a menudo leche de camella o de oveja a los caballos, no por eso se debe creer que sea su única bebida. Reemplaza con más frecuencia a la cebada, que escasea, que no el agua, que siempre suele encontrarse. Los árabes están persuadidos de que la leche conserva la salud y consolida la fibra sin aumentar la gordura.

No hay leche para todos

Es inútil decir que las personas ricas, que tienen muchas camellas, no reparan como los pobres en dar leche. Para éstos es el alimento de sus familias, que apenas tienen lo suficiente. Los pobres la mezclan con agua, cuando pueden.

Por la primavera, emplean la leche de oveja, y en las otras estaciones añaden la de camella.

En cambio, en otros lugares no les dan de comer cosa alguna por el día. Y solamente les dan dos o tres veces de beber. Cuando se ha puesto el sol, les atan un morral, en que les echan la cebada bien limpia. Se la dejan comer sin quitarles el morral hasta el día siguiente, que han apurado su pienso. 

Los llevan al pasto en el mes de Marzo, que es cuando la yerba está muy crecida. En esta estación hacen cubrir a las yeguas. Y tienen un gran cuidado de arrojarlas agua fría sobre la grupa inmediatamente que el caballo las ha cubierto. Pasada la primavera, retiran a los caballos del pasto y no les dan yerba ni heno en todo el resto del año. Ni siquiera paja, sino rara vez. La cebada es su único alimento.

Cuidar del caballo árabe

Veamos lo que nos contaba el general Daumas sobre este particular:

“Los árabes no dan la importancia que nosotros a la limpieza. Pero son extremadamente cuidadosos respecto a los alimentos. Sobre todo con el agua que dan a sus caballos.

He visto muchas veces al principio de la conquista (de Argelia), después de largas jornadas, con calores insufribles, con un viento del Sur que nos sofocaba echándonos polvo y arena en la cara, cuando los jinetes y los infantes todos abatidos, sin aliento, inertes, nos dejábamos caer para tomar un descanso igualmente fatigoso, interrumpido a cada paso por las alarmas que nos causaba el enemigo que siempre nos rodeaba.

Bebe bien, caballito

He visto, repito, indígenas ir a una legua de distancia del campamento para dar de beber a sus caballos en algún manantial puro que ellos conocían. Preferían arriesgar la vida, que tener el dolor de dar de beber a sus caballos en los arroyos poco abundantes del campamento, que con el pisoteo de los hombres y de los animales se convertían en un momento en lodazales sucios e inmundos.”

En el centro de la península arábiga, estéril y carente de recursos, no encuentran siempre los caballos su alimento natural. Se acostumbraban a un régimen omnívoro. La leche de camella, los dátiles y su jugo. La carne seca reducida a polvo. Y hasta la cocida -según dicen- reemplazan en su alimentación a la cebada y a las yerbas de los valles que los abrasadores vientos del sur resecan o agostan.

¿Sabías esto?

 

El mayor número de victorias en equitación por equipos es siete. Las obtuvo Alemania en 1.936. Como R.D.A. en 1.956, 1.960, 1.964 y 1.996. Y como R.F.A en 1.972 y 1.988.

Apareamiento, y cría del potro

Las yeguas son las únicas que trasmiten la nobleza, y las genealogías se cuentan siempre por las madres. Se tiene mucho cuidado en preservar a las yeguas de todo contacto impuro. Si por casualidad se verifica alguna vez, el potro se considera como perteneciendo a la raza del padre. Al contrario, algunas veces hacen cubrir yeguas de una raza inferior por caballos Koclani. Entonces el potro se considera de la raza materna.

Las hembras de esta raza Koclani sólo son cubiertas por un caballo de la misma sangre. Y en presencia de un testigo que permanece a su lado por espacio de veinte días para asegurarse que ningún caballo vulgar se ha arrimado a ella. Al nacimiento del potro, se llama a este mismo testigo para firmar el acta de nacimiento, que se expide jurídicamente siete días después del parto.

Yegua busca caballo árabe para padre

Volvamos otra vez a las respuestas que dio Abd-el-Kader al Gral. Daumas en relación a las yeguas.

“Me pregunta Vd. cómo es que aunque el caballo padre, que da a los potros más cualidades que la madre, es más barato que ella.

Esta es la razón: el que compra una yegua tiene la esperanza de que, al mismo tiempo que hace uso de ella, conseguirá muchos potros. Pero el que compra un caballo no saca otra ventaja más que la de montarlo, puesto que los árabes no acostumbran a pagar por hacer acaballar. Prestan el padre gratuitamente”.

Así pues, cada propietario de un caballo padre debe prestarlo a quien se lo pida para cubrir una yegua de raza. Estos caballos son muy buscados. Los dueños de las yeguas hacen viajes de centenares de kilómetros para verificar el apareamiento. El propietario del caballo padre recibe a cambio cierta cantidad de cebada, un carnero y un odre de leche.

Con dinero no hay amor

Tomar dinero es deshonroso. Al que lo admite se le insulta, llamándole: traficante de amor de caballos. Sólo cuando se pide a un árabe su caballo padre para cubrir a una yegua de raza inferior tiene aquél derecho a rehusarlo. Pero aquellos hombres son tan inteligentes en la materia, que este caso no se da casi nunca.

Los árabes nunca hacen cubrir las yeguas de primera clase si no es por caballos padres de la misma calidad. Conocen por una larga experiencia todas las castas de sus caballos y las de las de sus vecinos. También el nombre, el sobrenombre, el pelo, la marca y las demás señales de cada uno.

Cuando no hay nada mejor…

Cuando no tienen caballos padres nobles, recurren a los mismos vecinos. Los toman mediante algún pago en dinero, para hacer cubrir sus yeguas. Cuando se cubre una yegua noble con un caballo de su clase, se ejecuta en presencia de testigos. Dan un certificado del acto, firmado y sellado ante el secretario del Emir u otra persona pública. En él se expresan los nombres de los padres y se refiere toda su genealogía. Mientras dura la gestación, es tratada la yegua con muchísimo cuidado. Pero no se la deja descansar del todo hasta las últimas semanas.

Potrillo árabeCuando la yegua ha parido se vuelven a llamar los testigos y se forma otro testimonio. Se hace la descripción del potro que acaba de nacer, con expresión del día del nacimiento. Una copia de estos dos testimonios, se mete en una bolsa de piel y se le cuelga al potro del cuello.

Damos fe

Dan tanta importancia los árabes a estas formalidades que son necesarios cincuenta testigos para dar los certificados. Y cuando todas ellas no han sido rigorosamente ejecutadas, se tiene al potro por bastardo, independientemente de su perfección. Y pierde considerable valor.

Reunidos los testigos como queda dicho, tanto en el acto del salto como en el del parto, forman un acto jurídico. Es el más importante que se verifica entre los beduinos. Creen que tiene conexión entre la conservación de su raza ecuestre y la prosperidad de su nación. Esta es la fórmula:

“En el nombre de Dios misericordioso, de Él esperamos asistencia y protección. El Profeta dijo: Que mi pueblo no se reúna jamás para cometer acciones ilegítimas.

El objeto de este documento autentico es el siguiente. Los que firmamos, declaramos delante del Ser supremo, afirmamos y juramos por lo más sagrado, que la yegua de nombre tal, de edad de tales años, con la marca de tal y tal, desciende en tercer grado y en línea recta de los antepasados nobles e ilustres. En razón de que su madre es de la raza tal, y el padre de la raza cual. Y que ella misma reúne en sí todas las cualidades de estas nobles criaturas, de las que el Profeta dijo: Su seno es un cofre de oro y sus piernas son un trono de honor.

En virtud del testimonio de nuestros predecesores, aseguramos también que la yegua en cuestión es igualmente tan pura de origen y sin mezcla. Como la leche. Y atestiguamos por juramento que es célebre por la rapidez de su carrera y su hábito en soportar las fatigas, el hambre y la sed. Según lo que sabemos y hemos aprendido, es como hemos dado el presente testimonio. Dios, además, es el mejor de todos los testigos.

Fecha.  Y siguen las firmas.

¿Sabías esto?

 

Todos los caballos tienen parásitos en el estómago y los intestinos en pequeñas cantidades. Se convierten en un problema si se acumulan grandes cantidades.

Cría del potro de caballo árabe

Desde el primer año instruyen el caballo para conducirlo con el reseun, una especie de cabezada y comienzan a atarlo y a embridarle. Antes de los dieciocho o veinte meses, un muchacho comienza a montar el potro. Le lleva a beber, a comer; le conduce a los pastos… Y para no lastimarle la boca le maneja con un freno de mula bastante suave. Le monta primeramente cosa de un kilómetro. Después dos. Después cuatro o cuatro kilómetros y medio. Y cuando ha llegado a los dieciocho meses ya no temen cansarle.

De este modo, los dos aprenden a un tiempo. El muchacho a ser un buen jinete, y el potro a ser un caballo de silla. Sin embargo, nunca tratará el joven árabe de violentar la voluntad del potro que se le confió. Jamás le hará hacer lo imposible. A esta edad cortan a los potros las crines para que les salgan más largas y espesas.

¡A la escuela, caballito!

La educación continúa en la tienda. Se vigilan todos los movimientos del animal. Se le trata con cariño y ternura, pero no se le tolera ninguna maldad o desobediencia. Desde su primera juventud se procede con él bondadosamente. Sin darle nunca golpes ni dirigirle palabras duras. Se le cría con cuidado y paciencia. Toma parte en las alegrías y penas de su amo, y duerme en su misma tienda, como uno más de la familia.

Se les puede dejar con toda seguridad en la tienda y donde estén los niños. Muchos han visto a éstos juguetear con una yegua, como pudiera hacerlo con un perro. Decía un testigo que había presenciado a tres niños, el menor de los cuales apenas podía andar, cómo se divertían con el inteligente animal atormentándole a gusto. No sólo se estaba quieto el animal, sino que parecía prestarse a los caprichos de los muchachos.

Cuando está entrando en su tercer año, le atan y cesan de montarlo. Le tapan con una buena manta y le engordan. Ellos dicen: “En el primer año átale para que no le suceda ninguna desgracia. En el segundo año móntale hasta que su lomo se doble. En este tercero átale de nuevo. Después, si no conviene, véndelo”.  Y también: “Si no se monta un caballo antes del tercer año, no será bueno. Porque para correr lo que no necesita es aprender, pues esta es una facultad natural”.

Chupando de la teta.

Cuando el potro se amamanta, no sólo toma la leche de su madre, sino que le dan también leche de camella. Apenas le permiten sus dientes triturar, se le ofrece cebada machacada humedecida. Cuando se desteta pace las mejores yerbas, pero la cebada es su alimento principal.

Volvamos otra vez a lo que contestaba Abd-el-Kader al Sr. Daumas:

“Me pregunta Vd. cómo es que los árabes montan los caballos tan pronto. Siendo así que los franceses no lo hacen más que a los cuatro años.

Sepa que los árabes dicen que el caballo, como el hombre, no puede instruirse más que en la primera edad. He aquí su proverbio sobre el particular.

“Las lecciones de la niñez se graban sobre la piedra. Las lecciones de la edad madura desaparecen como los nidos de los pájaros”.

También dicen:

“La rama tierna se endereza con poco trabajo, pero el árbol viejo no se endereza jamás”.

¿Qué vas a ser de mayor?

Los árabes creen que pueden anticipar cuáles serán las cualidades y el cuerpo del potro cuando llegue a ser caballo. Esos procedimientos varían según las localidades. He aquí los que practican generalmente. Para la altura, pasan una cuerda detrás de las orejas, sobre la nuca, y juntan los dos extremos sobre el labio superior, debajo de las narices. Después de tomada esta medida, la aplican a la distancia que separa el pie de la cruz. Dicen que el potro crecerá toda la parte de la última medida que pase la cruz.

Cuando quieren asegurarse del valor de un caballo por sus proporciones, miden con la mano desde la punta del tronco de la cola hasta la mitad de la cruz. Cuentan los palmos que tiene y después vuelven a contar desde la mitad de la cruz hasta la extremidad del labio superior, pasando entre las orejas.

Si en los dos casos el número de palmos es igual, el caballo será bueno pero de una velocidad corriente. Si tiene más largura por detrás que por delante, el animal no valdrá nada. Pero si la distancia de la cruz a la extremidad del labio superior es mayor que la de la cola a la cruz… ¡Oh! Entonces el animal, sin la menor duda, tendrá grandes cualidades. Cuanto más grande sea la diferencia, tanto más valor tendrá el caballo. Dicen los árabes, que con un caballo así pueden “pegar de lejos”. Expresan de este modo la velocidad y el vigor que asegura semejante conformación.

La fusta, ¿Para qué?

El jinete árabe no necesita fusta. El simple contacto de la espuela o una palabra de su jinete bastan para que se lance a la carrera. El hombre y el animal parecen no formar sino un solo cuerpo. Y cuando el uno está sin el otro, diríase que les falta alguna cosa.

A pesar de todos los vínculos que unen el hombre al caballo, y no obstante la especie de unión que resulta de la costumbre, del interés y de la religión, el mahometano nunca da a su caballo el nombre de persona alguna. Los nombres de hombres los han tenido los santos. Sería un pecado, un sacrilegio, darlos a un animal, aun cuando fuera éste el más noble de todos. Además, que sólo los caballos ilustres tienen nombre. Y esto únicamente en las grandes tiendas. Les llaman: El salvador, La dicha, El que enriquece, Dichoso, El bien, El perseverante, Mi bien, Gacela, Cortadora, Avestruz, El coral, La futura…

La reválida del caballo árabe

Un potro de caballo árabe, antes de considerarse como perteneciente a esta raza, es necesario que haga sus pruebas. El potro es conducido a la presencia de su dueño. Éste lo monta de un brinco y lo lanza a todo escape en medio de las arenas y de los peñascos del desierto. El árabe le hace correr así unos cincuenta o sesenta kilómetros. Después, jadeante y cubierto de sudor, le hace atravesar un rio a nado. El animal, al salir del baño debe parecer lleno de vigor. Si el potro resiste esta prueba, su carácter se ha establecido definitivamente y es reconocido por un descendiente digno de la raza Koclani.

Se considera que el caballo no está completamente enseñado hasta los siete años. De aquí viene el proverbio árabe que dice: «Siete años para mi padre, siete para mí; y siete para mi enemigo.»

¿Sabías esto?

 

El corazón de un caballo pesa unos 4 kilos y medio.

La vida diaria del caballo árabe

“En el Sahara argelino no conocen la limpia. Sólo frotan los caballos con trapos de lana y los cubren con buenas mantas, que les envuelven las ancas y el pecho. La verdad es que no se echa de menos ese cuidado, porque los caballos están siempre en parajes sanos, sobre terrenos elevados, y al abrigo de las corrientes de aire.

Cuando los árabes nos ven limpiar nuestros caballos por la mañana y por la tarde, dicen que ese frote continuo de la epidermis, sobre todo con la almohaza, perjudica la salud, les vuelve delicados, sumamente impresionables, y por consiguiente, incapaces de soportar las fatigas de la guerra, o por lo menos más expuestos a enfermedades.

Cuando hace calor los lavan por la mañana y por la tarde. Frecuentemente en invierno suelen atarlos dentro de las tiendas. El principal objeto es tenerlos limpios.

El ojito derecho del profeta.

Un día presentaron un caballo al Profeta, lo examinó, se levantó, y sin decir una palabra, le limpió la cara, los ojos y las narices con las mangas de su camisa.

— ¡Cómo…! ¡Con vuestros vestidos! le dijeron las personas presentes.

—Seguramente -respondió- el ángel Gabriel, que me ha reprendido más de una vez, me ha dado orden de hacerlo así.”

“En el invierno, les ponen la manta día y noche. En verano, la ponen a las 10 de la mañana para quitarla de 3 a 8 y a esta última hora la vuelven a poner para toda la noche; así preservan el caballo del frio o del rocío, tanto más temibles dicen los árabes, cuanto que la epidermis ha estado todo el día calentada por un sol ardiente. El proverbio siguiente expresa cuánto temen el frio de las noches de verano: “El frio del verano, o un sablazo”.

Esquilados

“Hay la costumbre de cortar las crines de encima de la cabeza, del cuello y de la cola de los caballos. Las reglas son las siguientes:

Cuando el potro del caballo árabe tiene un año le cortan todas las crines, menos un moño que le dejan en el copete, en la cruz y en la cepa de la cola. A los dos años vuelven a repetir la misma operación y las cortan todas. A los tres años, tercera primavera, las vuelven a cortar.

De los tres a los cinco años

De tres a cinco años, dejan crecer toda la crin para volverla a cortar de nuevo a los cinco años cumplidos. Pasados los cinco años ya no vuelven a tocar las crines; lo consideran un pecado, porque no puede tener otro objeto que el de engañar a sus hermanos sobre la edad del caballo.

Después del esquileo untan las partes trasquiladas, con cagarrutas de carnero mezcladas con leche, o con azul de Prusia desleído en manteca caliente. Este procedimiento suaviza la piel y espesa las crines. Esto se hace por varias razones, y desde luego, indica a primera vista la edad de los caballos hasta los ocho años, puesto que para que las crines tengan toda su largura necesitan por lo menos tres años, y entonces se puede llamar al caballo “arrastrador con su cola”.

En segundo lugar les acostumbra a ser sufridos, aguantando con paciencia las picaduras de las moscas; y por último, creen que de ese modo consiguen que las crines sean más abundantes, largas y suaves. Si los árabes explican y justifican ese método de cortar las crines del caballo hasta la edad de cinco años, no sucede así con nuestro modo de cortar la cola. Es para ellos una barbaridad que no tiene nombre y da margen a un sinfín de sarcasmos”.

Mejor al sol que a la sombra

Chateaubriand dice en su Itinerario del viaje de París a Jerusalén: “jamás ponen los caballos a la sombra; los dejan expuestos a la fuerza del sol, atados a una estaca de los cuatro remos, de modo que no pueden moverse; jamás les quitan la silla: por lo común en todo el día no les dan más que una sola vez de beber y un poco de cebada”.

Este trato tan duro no los mata, sino que los hace sobrios, sufridos y ligeros.

Sin embargo, en otras regiones los limpian por la tarde y por mañana con tanto cuidado y diligencia que no les dejan la menor caspa ni porquería sobre la piel. Les lavan los brazos, las piernas, las crines y la cola, que se la dejan con toda su largura y se la peinan rara vez por no romperla las cerdas, y los tienen todos los días, desde la mañana hasta por la noche ensillados y embridados a las puertas de las tiendas.

El caballo o el caballero

Cuando un guerrero acomete una empresa peligrosa, no es a él a quien desea felicidades la familia, sino a su caballo. Y si después del combate vuelve el cuadrúpedo solo a la tienda, el dolor que causa la muerte del guerrero queda compensado por la alegría que se experimenta al ver al animal sano y salvo. El hijo, o el pariente más próximo del difunto, monta entonces en el noble caballo árabe, y es su deber vengar la muerte del padre o del hermano.

La pérdida del caballo no se considera remunerada hasta que se ha obtenido venganza. Si el cuadrúpedo muere en la lucha  o queda en poder del enemigo, cuando el árabe entra solo y a pie en su tienda, le hacen una mala acogida; no cesan los gritos y las quejas, y el duelo se prolonga meses enteros. A decir verdad, un caballo como aquellos no tiene precio, y por eso le trata el árabe con un cariño sin igual.

¿Sabías esto?

Los caballos han sido encontrados en pinturas rupestres que datan de alrededor de 15.000 a.C.

Relatos y dichos árabes

 

“De la carne prohibida elige la más ligera”. Es decir, elige un caballo ligero. (La carne de caballo está prohibida a los mahometanos).

“Los caballos de raza no tienen malicia”.

“No se llega a ser jinete más que después de haberse dado muchas costaladas”.

“Caballo al pesebre, honra del amo”.

“Los caballos son pájaros que no tienen alas”.

“Nada está lejos para los caballos”.

“Aquel que olvida la hermosura de los caballos por la de las mujeres, no gozará de prosperidad”.

“Montar caballos y soltar galgos quitan tumores de la cabeza”.

“Los caballos para las lides, los camellos para el desierto, y los bueyes para la pobreza”.

“El paraíso de la tierra se halla sobre el lomo de los caballos, en la lectura de los libros, y entre los pechos de una mujer”.

De esta agua no beberé

Un noble tenía un caballo magnífico de una yegua famosa en el desierto. Quiso hacerle tomar a su madre, y no pudo conseguirlo. El caballo se acercaba momentáneamente, pero luego se apartaba con horror.

Para vencer esa repugnancia, imaginaron taparle los ojos y presentarle la yegua cubierta con unos haicks largos que la desfigurasen.

Entonces la tomó, pero inmediatamente después reconoció a su madre y se fugó con tanta velocidad que se arrojó desesperado en un precipicio.

Este cuento, popular entre los árabes, demuestra que para ellos los incestos producen necesariamente la degeneración de las razas.

“Amad los caballos, cuidadlos. En ellos sólo está el honor y la belleza”.

¿Sabías esto?

Para conocer la edad de un caballo, podemos hacerlo mirando su dentadura. Si es joven no se verá cemento. Si es anciano, el cemento aparecerá desgastado. Su dentadura estará más inclinada.

EN BUSCA DEL CABALLO ÁRABE

COMISION A ORIENTE

Turquía.  Siria.  Mesopotamia.  Palestina.

MEMORIAS DEL VIAJE, escrito por L. AZPEITIA DE MOROS.

COMANDANTE DE CABALLERIA

 

En marcha

El día 13 de Mayo de 1905, y en cumplimiento de la Real orden de 1.° de dicho mes, salí de Madrid en dirección a Marsella, acompañado del Oficial de Administración militar Sr. Fernández, y del Veterinario segundo Sr. Viedma, que formaban parte de la Comisión para la compra de ganado en Oriente.

El Jefe de ella, Comandante de Caballería D. Agustín de Quinto, debía unirse a nosotros en Zaragoza, como en efecto sucedió, y cada cual, dentro de su esfera de acción y cometido, llevaba en sí las ilusiones de su fantasía, y desde luego la interior satisfacción del que marcha a cumplir un grato deber.

Por mi parte habré de confesar que, aunque no se me ocultaban las penalidades probables que habríamos de sufrir, no por ello era menor mi contento al empezar a realizar mi sueño dorado. Creedme: ningún honor de la vida lo hubiera cambiado por el de formar parte de esta Comisión.

Habré de decir, para no omitir detalle, que mi equipaje se componía de un baúl fuerte y bien herrado y una maleta de mano de grueso cuero. En el baúl se acondicionaban, además de los trajes de etiqueta, el de uniforme, que, aunque prohibido su uso en la mayoría de las naciones para los militares extranjeros, debía servirme, según indicación del Jefe de la Comisión, para presentarnos en Constantinopla al Sultán.

Recomiendo, por tanto, a mis compañeros que hayan de salir al Extranjero en comisión del servicio, que podrán prescindir en su equipaje del uniforme, pero nunca del traje de etiqueta, puesto que habrán de aceptar invitaciones a fiestas en su obsequio y en honor de su nación.

Perdonadme esta disquisición en gracia a la advertencia que creí oportuna, y continuaré desde ahora mi relato sencillo, liso, sin galanuras de estilo, que desconozco; sin pretensiones de doctrina, que no expongo. Contaré lo que vi asomado a la ventanilla del tren, desde la cubierta de mi barco o a horcajadas de mi caballo árabe en el desierto. En todos los sitios vi y pensé. Trascribir las impresiones de tiempo y lugar fue mi propósito, que indiqué en aquel entonces a mejor pluma que la mía, al Comandante Quinto, que me prometió hacerlo. Su tardanza ha motivado la de hacer públicas estas memorias, en las que me propongo hablar íntimamente con mi lector, con mi amigo y compañero de carrera, haciendo en absoluto abstracción de la opinión de los que me acompañaron o acompañé en esta expedición.

Sólo a usted, distinguido y entusiasta compañero, para quien escribo; sólo a usted, repito, contaré con sinceridad cuanto observé durante los siete meses del viaje que me retuvo en Oriente la compra de caballos y de yeguas árabes.

Mucho celebraré que mi relato le entretenga, y si al terminar su lectura no encuentra usted algo de su agrado, no me critique por ello lo poco que aprendí en el inagotable y hermoso libro de la Naturaleza al observar la psicología de los pueblos que visité.

Sea usted, por el contrario, bondadoso conmigo, y al final de mis Notas de viaje no me califique usted (¡por favor!) con mala nota.

Siempre le quedará reconocido.

EL AUTOR

 

Recuerdo de gratitud y justicia

Por azar de la suerte fui a desempeñar un destino de plantilla en la Sección de Caballería del Ministerio de la Guerra en el año 1899. Jamás pensé que mi temperamento y condiciones se amoldaran a las exigencias de una oficina del Estado, y por ello, a pesar de ser un destino codiciado por muchos, lo acepté, más bien por obediencia y respeto a mi inolvidable General D. Miguel Corroa, que por mi propia voluntad.

Al hacerme cargo del destino, tuve la grata sorpresa de que a mi negociado correspondían algunos asuntos de Cría Caballar y Remonta, con los cuales estaba ya familiarizado por haber prestado servicio durante siete años en la primera Sección de Caballos sementales.

Poco tiempo después de mi estancia en el Ministerio, llegó destinado a la misma Sección de Caballería el siempre para mí querido y respetado, el entonces Teniente Coronel D. Federico Gerona Enseñat, que se encargó de los asuntos generales de los Depósitos de Sementales. Su evidente y clara inteligencia en esta materia, su entusiasmo por mejorar los servicios, su laboriosidad extraordinaria y su buen deseo de arribar a la cumbre con sus proyectos de reforma, nos dieron a todas horas motivos de charla, en los que me explicaba sus proyectos y me pedía opinión. Siempre se la expuse leal y francamente, aunque pocas veces pudo aprovechar mis ideas, porque generalmente se reducían a la admiraciónque me causaba el minucioso estudio que él hacía de cuantas reformas consideraba viables.

Él fue quien me alentó a escribir mi trabajo titulado El problema de la Cría Caballar en España, que publiqué en el año 1904. Él fue quien consiguió, bajo el mando del excelentísimo Sr. General D. Leopoldo García Peña, Jefe de la Sección de Caballería por aquel entonces, el aumento del presupuesto para los gastos de Cría Caballar. Él, amparado y protegido por tan entusiasta General, organizó los Depósitos de Sementales y consiguió que, después de largos años de olvido, salieran al Extranjero las Comisiones del Arma de Caballería para la compra de caballos.

En aquel año de 1904, y en vista de que la Comisión que había marchado a Turquía no pudo encontrar el número de caballos árabes suficientes a la demanda, hasta agotar el crédito consignado, se pensó en la urgencia de realizarlo antes de fin de año, con la compra de sementales de otras razas de que también escaseaban nuestros Depósitos. El General Peña me llamó a su despacho para decirme que estuviera preparado a salir inmediatamente a Francia para comprar sementales percherones; compra que habría de quedar terminada antes de primero de año.

Hube de observarle que restaban solamente diecisiete días para aquella fecha, y que tal vez la falta de tiempo… No me dejó terminar la frase. La falta de tiempo, me replicó con amable sonrisa, pero en tono de mando, la suplirá seguramente el exceso de buena voluntad que usted tendrá para cumplir su comisión.

Salí de aquel despacho sin saber si debía estar contento o desesperado, y desde luego contrariadísimo por orden tan apremiante, que me llevaba casi seguramente al fracaso por falta de aquel tiempo que habría de suplir mi buena voluntad. El Teniente Coronel Gerona se reía de mis lamentaciones y me animaba al éxito, con las facilidades que él veía en todo; mas yo no tuve otro argumento para mi conformidad que el viejo adagio de El que manda, manda, y cartucho en el cañón.

La suerte me acompañó, y el día 2 de Enero llegaban a la frontera española 33 sementales percherones, de los cuales, al llegar a los Depósitos, 27 fueron clasificados de primera, y durante algunos años después, los sementales de esta raza que actuaron en la yeguada militar procedían de esa compra.

Más tarde, el Teniente Coronel Gerona se felicitaba de los plácemes que yo recibía y me pedía perdón por el susto que me había dado el General Peña al nombrarme Jefe de aquella Comisión tan felizmente terminada.

Por aquellos días se organizó la actual Dirección de Cría Caballar y Remonta, cuyo primer Director fue el excelentísimo Sr. Teniente General D. Enrique Bargés, señor que se hizo bien pronto cargo de las obligaciones y necesidades de los servicios, y dispuso la pronta salida de otra expedición a Oriente para la compra de yeguas y caballos árabes, proyectada y propuesta por el Jefe del Negociado Teniente Coronel Gerona, que también, como yo, había sido destinado a este nuevo Centro.

El General Bargés me hizo el honor de nombrarme auxiliar de la citada Comisión, noticia que, con un abrazo, recibí por conducto del Jefe del Negociado. ¡Pobre Teniente Coronel Gerona! ¡Cuánto se alegraba del bien de sus amigos!

Al dedicarle en estas líneas el recuerdo de gratitud y cariño, está muy lejos de mí el egoísmo de estómago agradecido. La gratitud que aquí deseo consignar es la de todos los que le conocieron como yo, apreciando su bondad, su caballerosidad intachable, su honradez acrisolada, su competencia innegable en todos los asuntos militares, su especialidad en materias de Cría Caballar, su insaciable constancia en el trabajo, y, sobre todo y por encima de todo, su entusiasmo por el Arma de Caballería, a la que defendió siempre con sus escritos, con sus palabras y con sus actos en cuantos momentos se pretendió restarle prestigios o derechos.

Si las lisonjas entre los vivos se interpretan en algunos casos por adulación de bajo servilismo, ya no pueden ser en la ocasión presente consideradas así; pues, desgraciadamente, aquel preclaro Jefe dejó de existir en este mundo, y si en el otro habrá encontrado ya la justicia que nunca negó, también es hora que en éste se le haga, publicando la gratitud que le debe el Arma toda, y muy especialmente los servicios de Cría Caballar por sus insustituibles trabajos y provechosas iniciativas.

A él, y sólo a él, se le debe el primer empujón. Él puso la primera piedra y dejó hechos los cimientos para reedificar las ruinas de la Cría Caballar.

Al abandonar, obligado por las circunstancias, su destino para tomar el mando de un Regimiento, perdió la Dirección de Cría Caballar su más asiduo e inteligente colaborador.

Rápida e inesperada enfermedad le arrebató la existencia en su acertado mando del Regimiento de los Castillejos, cuando todavía podía esperarse mucho de su actividad y de su talento.

¡¡Descanse en paz tan caballeroso y distinguido Coronel de Caballería a cuya memoria dedico este trabajo!!

 

 

I. A bordo del “BOSPHORE”

La vida a bordo. —El volcán Strómboli. —Calamata. —Atenas, Esmirna. —Dardanelos.

El día 14 de Mayo llegamos a Marsella, a las diez de la mañana, alojándonos en el hotel Genève, inmediato al puerto.

Después de instalarnos, salimos en busca de las oficinas de las Messageries Maritimes, para enterarnos de la salida del barco que habría de llevarnos a Constantinopla. La noticia nos contrarió en extremo, pues hasta el día 20 no salía ninguno para aquella capital. No hubo más remedio que esperar, y durante aquellos días discurrimos por la ciudad y su hermoso puerto. Aquélla y éste tienen un aspecto parecido al de Barcelona, y aunque su número de habitantes es mayor (según los marselleses, más que el de Lyon), no por ello desmerece nuestra ciudad condal ni su puerto en comparación con la tercera ciudad francesa. La rue Caneviére y el paseo de la Cornisse son las vías principales, que en nada pueden envidiarlas los paseos y calles del ensanche de Barcelona.

Hicimos una visita de presentación a nuestro cónsul, el Conde de Torrijos, que amablemente nos invitó para almorzar en su casa al día siguiente. Su distinguida señora nos llenó de atenciones, y en amena conversación deglutimos un elegido menú. Asistimos de esmoquin.

Por fin llegó el día 20, y a las tres de la tarde fueron llevados nuestros equipajes a bordo del “Bosphore”, paquebote de la Compañía de las Mensajerías marítimas, subvencionada por el Estado, como aquí la Trasatlántica.

A los que como yo, nacidos tierra adentro, entendemos poca cosa de barcos, el aspecto exterior del Bosphore no les hubiera agradado mucho. A mí me pareció un barco viejo, más propio para carga que para pasaje. Sentía y me disgustaba que mi primer viaje por mar fuera en un barco tan poco grato a la vista.

Momentos antes de levar anclas nos hace la fotografía, que reproduzco seguidamente, el Oficial de Administración Sr. Fernández. En la popa del barco atracado al puerto estábamos los que formamos la Comisión.

A las cuatro y treinta de la tarde empieza nuestro barco a moverse lentamente, y poco a poco avanza, majestuoso, hacia la boca del puerto.

El reducido pasaje que con nosotros estaba sobre cubierta se despedía de sus deudos y amigos agitando sus pañuelos. El único amigo nuestro que queda en tierra (el Sr. Nougués) también nos saluda, y yo… (Por qué no decirlo), lleno de emoción intensa, cuando ya lejos, ¡muy lejos!, cuando apenas se distinguían las personas del muelle, agité mi pañuelo al viento, y aquel ¡adiós! que salía de mi alma, atravesó, rápido como un marconigrama, el espacio, y llegó seguramente al corazón de mi familia y de mi Patria, a quienes iba dirigido.

¡Encubre tal misterio el mar, que la emoción de abandonar la tierra por vez primera deja para siempre un recuerdo imborrable! Largo rato permanecí sobre cubierta viendo alejarse la ciudad, completamente ensimismado, sin darme cuenta del tiempo transcurrido.

MARSELLA.– El Bosphore antes de zarpar para Constantinopla. (En busca del caballo árabe)

Pasado aquel momento visité mi camarote de dos literas, como nichos de cementerio. Fernández y yo debíamos ocuparlas. Colocadas nuestras maletas en un aparador de madera que había en una de las paredes de la estrecha cabina (como llaman los franceses al camarote), observé también que en el mismo aparador donde estaban las maletas había dos rastras de grandes corchos. «Son los cinturones salvavidas», me dijo mi compañero de habitación.

También me he asomado al departamento de máquinas, guiado por los fuertes y acompasados pistonazos de los émbolos. Contemplaba los pulmones del Bosphore, cuando se me acercó un fogonero de la tripulación, y, cual si hubiera adivinado mi pensamiento, me dijo que las calderas eran nuevas, que poco ha se había hecho una gran reparación en toda la maquinaria. Me alegró la buena noticia, que interpreté como garantía de buen viaje, y me enteré del número y categoría de los pasajeros que con nosotros lo hacían.

En el pasaje de primera somos 16, y en tercera, unos 30, muchos de ellos griegos o turcos, que han hecho su campamento sobre la escotilla, cubriéndola con una lona a modo de tienda de campaña. ¡Pobre gente! A las dos horas de haber salido del puerto empieza el barco a disminuir su marcha, y repentinamente se para la máquina. «¿Qué es ello?», preguntamos. «Rien!», responden los tripulantes. «Bien du tout!» Y en realidad nada pasaba; pero desde a bordo, según supimos después, se hicieron señales a un faro pidiendo remolque. Gracias a que la mar estaba en completo reposo, pero nuestro barco quedó hecho una boya.

La campana llamó al comedor, sin duda para entretenernos, y durante la comida advertimos con alegría que la hélice se movía lentamente, y que el barco empezaba a deslizarse con pereza. ¿Será de importancia la avería? Un Oficial, único de la tripulación que se sienta a la mesa con los pasajeros, nos dice que no, y que antes de una hora estará reparada. Así sucedió; y tranquilos todos, nos fuimos a dormir.

Me sentía un “lobo de mar”, y mi sueño fue tan reparador como si hubiera sido en mi propia cama.

A las siete de la mañana del día 21 subo a cubierta. La mar no puede estar más bella; parece que sus aguas tienen grasa, y en su ondulada superficie no se nota ni el más ligero rizo de espuma. A nuestra vista, una manada de delfines se zambullía en el agua y sacaba la cabeza cual si fueran unos cuantos hombres nadando. A las once de la mañana casi rozamos la isla de Córcega, patria de Napoleón I, siguiendo nuestra ruta por el estrecho de Bonifacio entre ésta y Cerdeña, que se ve a lo lejos.

NAVEGANDO EN EL BOSPHORE.– Al fondo la isla de Córcega. (En busca del caballo árabe)

Marchamos a unas 12 millas por hora con tiempo magnífico y mar tranquila, y es de ver la resistencia del vuelo de seis u ocho gaviotas que tenazmente siguen al barco, siempre a la misma distancia de popa. Les veo hasta sus ojos, y no se espantan ante los ademanes hostiles que les hago para que cambien de ruta. Todo es inútil: siguen imperturbables su vuelo, acomodándolo a la marcha del vapor; y cuando de éste cae al mar algún alimento, se posan veloces en sus aguas, para seguir después, siempre detrás, esperando horas y horas a que caiga algún despojo.

El pasaje se entretiene sobre cubierta, unos leyendo, otros jugando al ajedrez o a la «jaqueta» (dados), y en el saloncito tocan el piano algunas señoras.

Hemos empezado a conocernos todos. La nota saliente la está dando una madame joven, de unos veintidós años a lo más, y no mal parecida, que viaja con su hijito de cinco meses. Comienzan las hablillas por el abandono en que, por atender a sus galanteadores, deja al pobre angelito.

«¡Cuando el río suena, agua lleva!» Y a la postre estamos todos de acuerdo en que la crítica tiene su razonado fundamento.

Un joven flacucho y presumido acepta de buen grado la alegre conversación de la gentil madame, y los demás nos dedicamos, por compasión al angelito, a llenarle el biberón de leche, cuando en su cochecito de ruedas, abandonado sobre cubierta a los vaivenes del mar, llora por falta de alimento o pidiendo la caricia que se le concede.

Escribiendo estas notas estaba yo a la vista de su madre, cuando, comprendiendo sin duda que de ella me ocupaba, se me acercó amablemente para decirme:

— Ecrivez vous vos impressions de voyage?

— Oui, madame.

— Voulez vous mes les montrer?

— Avec plaisir, madame —le respondí sonriente— regardez-les.

Y le mostré mi cuaderno que, naturalmente, escrito en español, nada pudo comprender. Por cortesía le traduje algunos párrafos de mis notas anteriores a ese momento, y marchó agradecida y tranquila de que sus ligerezas no quedaban escritas en ningún idioma.

— ¿Y qué me importan a mí —dirá el querido lector— todas esas historias?

Si así lo pensare, me atrevería a aconsejarle que no siga adelante. En el transcurso de estas notas encontrará otras tan insustanciales como la anterior; y si mi escasa percepción se fija sólo en detalles sin valor o en asuntos que no interesan, no se queje de inadvertencia por mi parte.

Así, pues, siguiendo mi relato, le diré que la vida a bordo es muy semejante a la que se hace en los balnearios de aguas medicinales. El primer día, al encontrarse los viajeros sobre cubierta, en los pasillos de las cámaras o en el comedor, se saludan con una inclinación de cabeza; al segundo de estar a bordo se dan los buenos días, se preguntan si se pasó bien la noche, etc., etc., y al tercero se habla del tiempo, de los negocios, de la familia, del país de cada cual, acabando en íntimas conversaciones, para quitarle el pellejo al pasajero tal o a la pasajera cual. Quedas, pues, querido compañero, enterado de la vida que hice a bordo del Bosphore, y así no te sorprenderá si hubieres de embarcarte para largo viaje.

¡Estamos en alta mar! Agua y un cielo nuboso nos envuelve en absoluto. Diríase que el ánimo decae al contemplar la inmensidad en su aplanante silencio de soledad. Su manto de bruma gris oculta a nuestra vista el mundo, y solamente vive y se mueve en el ámbito un átomo negro: nuestro barco que, cual despojo de un insecto, mancha el lienzo del Gran Artista de la Naturaleza. ¡Pensando en los sabios, creemos que el hombre es grande! ¡Estando en la mar, la grandeza corresponde toda a Dios!

El día 22, a la caída de la tarde, pasamos cerca de las islas Liparí, y me preparó a ver el volcán Strómboli, que estaba en erupción. En efecto: en la cumbre de una montaña aislada, como nacida del mar, se distingue una densa columna de humo negruzco. De repente, y cual si fuera una explosión, brilla en el espacio una intensa llamarada, a través de la cual se ven lanzados a la altura de 20 o 30 metros unos manchones negros, que son, indudablemente, peñascos arrancados de sus entrañas, y que, mezclados con lava, se verterán por las laderas del monte. Mientras estuvo el volcán a nuestra vista, pude observar cuatro o cinco explosiones de esta índole, sin poder apreciar, por la distancia que nos separaba (50 millas) y por el ruido de nuestra máquina, si había o no detonación.

A las doce de la noche presencié desde la proa la hábil maniobra para entrar en el estrecho de Mesina, entre Italia y la isla de Sicilia. Nada más hermoso que una noche tranquila en la mar serena. Por encima de las cumbres de las montañas de Italia salía la luna, alumbrando con su luz de plata las rizadas aguas del mar que, al cortarlas la quilla de nuestro buque, saltaban iluminadas como fuentes mágicas con notable y vistosa fosforescencia de un efecto encantador.

En las costas de Italia, que casi rozamos, se pueden contar las lucecitas que alumbran cada casa, y, a nuestra derecha, Sicilia nos muestra su vistosa ciudad de Mesina, alumbrada con profusión de faroles, que con sus prolongadas filas marcan la situación de las grandes vías y paseos.

El día 23 navegamos en el mar Jónico, frente al Adriático. La mañana está fresca, y celebro haber tenido la precaución de que mi largo gabán de invierno me acompañe en esta primavera, pues sobre cubierta hay momentos en que se hace imprescindible.

Cada día me admira más la belleza y encantos del mar. Bien es cierto que hasta ahora sólo por breves ratos se ha sentido el balanceo más pronunciado que de ordinario; pero fuere lo que fuere, si desgraciadamente nos toca alguna borrasca (que nos tocará), es buena verdad que la mar tiene bellezas insuperables. En este momento me entretengo, halagado por la pureza del azul de sus aguas, limpias y transparentes como si fueran de cristal. Las suaves olas, que rompe la quilla, se adornan al desvanecer su blanca espuma, formando lindos y finos encajes de infinitos dibujos que se borran y surgen de continuo.

Es notable el cambio de color de las aguas, que pudiera atribuirse al color del cielo, si no se observara a la misma hora manchas de diverso color que se asemejan a grandes campos sembrados con plantas diferentes.

El día 24, a las seis de su mañana, entramos en la rada de Calamata, antigua Peloponesia. Durante estos días he trabado conocimiento con un pasajero griego, el cual se ofrece a servirnos de guía si visitamos la ciudad. Aceptado su ofrecimiento, fuimos a tierra todos los españoles, cruzando la limpia rada entre barcas pescaderas que con sus velas latinas daban una poesía encantadora al paisaje. Nada de notable pude apreciar en la ciudad, y a título de curiosidad anoté la visita hecha a un convento de monjas ortodoxas, que se dedican a tejer sedas puras con telares de primitivo sistema.

Una de las monjas tejía una preciosa tela con sedas de colores y oro. He preguntado a qué precio se vendería, y me dicen que a unos 75 francos metro.

Esas pobres mujeres viven miserablemente; pues sus hábitos negros y la toca o pañuelo del mismo color que envuelve su cabeza a manera de toquilla están tan maltratadas por el tiempo como sus viejas y feas poseedoras. El edificio que las cobija corre pareja con sus habitantes; pues, más que casa de religión y reposo, parece una posada de pequeña aldea. Los habitantes del Mani, pueblo o región de esta parte de Grecia, no se han sometido jamás al yugo extranjero; y a la manera de nuestros astures, ellos empezaron la reconquista, bajando de sus montañas para expulsar a los invasores turcos. Son altos, fornidos y derechos; pero su traje regional es poco varonil, con las sayetas blancas y planchadas, como enagüillas de bailarina, polainas grises de paño, abotonadas hasta medio muslo; zapatos de cuero encarnado, con punta de cuerno vuelto y una gran borla de seda afelpada en medio. Ciñen su cuerpo con una faja de color, y su busto lo cubren con una blusa o camisa blanca y un corpiño, especie de chaleco sin mangas, adornado con cintas o galones.

CALAMATA (Grecia). Habitante del Mani. (En busca del caballo árabe)

Las venganzas, según nos dice nuestro compañero de viaje, son frecuentes en este país, y las familias enemistadas se destruyen y asesinan, sin que cesen sus odios y rencores, de generación en generación.

EL PIREO (Grecia). —Vista del Puerto. (En busca del caballo árabe)

 El día 25 aparece la mar picada y un viento muy fuerte hace silbar las cuerdas y cables del aparejo. Resisto sin marearme el bailoteo del barco, y casi estoy intrigado por capear un temporal. A las siete de la mañana hemos desembarcado en el Pireo, antesala de Atenas. En la pizarra de anuncios de nuestro barco se advierte a los viajeros que vayan a tierra deberán encontrarse a bordo antes del mediodía. Tenemos, por tanto, tiempo de hacer una rápida visita a la capital de Grecia. Atravesando algunas anchas calles del Pireo, y guiados por un compañero de pasaje, llegamos a la estación de partida.

El tren eléctrico que conduce a Atenas parte cada media hora. Doce kilómetros separan a esta ciudad del Pireo, y el recorrido se hace en unos once minutos. La luz del sol, el color de la tierra, el polvo de los caminos, el cultivo de los campos, sus olivares y frutales, todo cuanto se ve asar ante el cristal de la ventanilla, parece un trozo de España. Diríase que atravesamos la vega de Granada o de Zaragoza, sí no fuera porque el traje ele los campesinos nos dice la nación que visitamos. En las cercanías de Atenas está salpicada la campiña de casitas de campo y hotelitos de recreo, dedicados indudablemente por sus dueños a dar en ellos algunos días de descanso a la actividad de la ciudad.

¡Hemos llegado! Al pisar la gran Atenas, un recuerdo de su antigua historia acude a nuestra mente, y en la vaguedad de ideas que se acumulan a mi cerebro quisiera recordar cuanto de su intervención en la Humanidad oí a mis maestros. Quisiera recordar su civilización, sus guerras, su ciencia, sus artes. Todo, tocio eso de que hemos renegado; todo lo que, aprendido por fuerza ante el temor de las calabazas en los exámenes, dimos pronto al olvido, como el chiste o el cuento que no nos hizo gracia. Por eso hoy torturo mi memoria para que me traiga recuerdos de la niñez y nombres de aquellos que se hicieron inmortales al vivir en la tierra que hoy piso por primera vez.

Al descender del tren eléctrico, ancha escalinata de piedra da acceso a la ciudad, y cual si se saliera del Metropolitano en París, nos encontramos en una de las principales calles de Atenas. ¡Qué desencanto! ¿Para qué torturar mi memoria? ¿Para qué sentir mi ignorancia? ¡Atenas! Patria de Demóstenes, de Sócrates, de Pericles y de Fidias, campeones de la Oratoria, de la Ciencia, del Poder y del Arte, no es hoy más que una ciudad moderna, con sus calles de asfalto o entarugadas, sus casas de moderna construcción y sus cafés con terrazas. La vida toda es la de cualquiera otra ciudad, que bien pudiera llamarse Cádiz, Málaga o San Sebastián.

ATENAS. – Vista general de la Acrópolis. (En busca del caballo árabe)

¡Qué desilusión más grande sufre el profano turista que, cual yo, arriba a aquellos lugares en busca de emocionantes impresiones! Sus ruinas quedan reducidas a la Acrópolis (afueras de la ciudad), y en los edificios oficiales de moderna construcción se han reproducido algunos de la antigüedad. Do corrido hemos dado un vistazo a las ruinas y a la ciudad, visitando su Museo, en el cual, por la rapidez con que hemos atravesado sus salas, no he podido apreciar nada saliente en el sentido de valor mundial.

Estatuas, armas, alhajas, utensilios de uso y adorno de los antiguos atenienses: todo ello visto mil veces en los Museos del resto de Europa, Bien es cierto que esta simpática Grecia ha sufrido la rapiña de los potentados que, con sus ejércitos o con su oro, destruyeron o arrebataron cuanto de valor histórico quedaba.

ATENAS. – El templo de Júpiter. De izquierda a derecha: Sres. Azpeitia, Guía, Viedma y Quinto. (En busca del caballo árabe)

La anterior fotografía, en que aparecemos Quinto, Biedma, nuestro acompañante y yo, sorprendió al Comandante en un movimiento de buen humor, en que quería achicarse para no aparecer tan grande al lado de mi pequeñez.

Los uniformes del Ejército son serios y elegantes. Sus soldados son, en general, de mayor estatura que los nuestros. La guardia de la Reina viste el traje típico de la nación. Cuatro horas de estancia en la histórica ciudad no da tiempo para más detalles, y aunque no eché en olvido la fama que las griegas tienen de su clásica hermosura, no pude encontrar a mi paso una siquiera que hiciera recordar la raza.

Recluidos, nuevamente en nuestro cascarón, levamos anclas mientras almorzábamos a bordo, y a poco de salir del puerto empezó la mar a ponerse de color de plomo oscuro, hinchándose sus aguas como si estuvieran de mal talante. En dos horas se puso la tormenta bastante fea y nos vapuleó de lo lindo, aunque no para llegar a asustarnos, pues el vendaval venía de popa, favoreciendo así nuestra marcha. Parecía, mirando la estela de nuestro barco, que las enormes olas que tras nosotros se hinchaban, se habían lanzado en desenfrenada carrera para alcanzarnos, y que nuestro barco, huyendo siempre de su furia, corría y corría, temeroso y jadeante, para librarse del peligro. Cuando caía la tarde empezó a amainar la tormenta, pasándose la noche en relativa calma.

ATENAS. – El Partenón. (En busca del caballo árabe)

ATENAS. – soldado de la Reina. (En busca del caballo árabe)

SMIRNA. —A la mañana siguiente la sirena del Bosphore anunciaba la entrada en la bahía de Esmirna. (Asia Menor. — Turquía.) Mi compañero de camarote y yo nos vestimos precipitadamente para subir a cubierta.

El barco se deslizaba silencioso en las aguas verdes y tranquilas de una amplia y hermosa bahía. A su encuentro salieron del puerto treinta o cuarenta barcas, cuyos remeros bogaban con tal decisión y empeño cual si lo hicieran en las más reñidas regatas. Sus voces, su griterío y ademanes parecían más bien propios de un abordaje que de un recibimiento amistoso. Lleno de curiosidad presenciaba yo aquel pugilato de ligereza y vigor en el que cada patrón de barca animaba a sus remeros y dirigía insultos e improperios con ademanes de terrible amenaza a los que le habían adelantado o pretendían hacerlo. Griegos, turcos y judíos se insultaban con furor. Doce o catorce barcas, las de remeros más esforzados o las que antes salieron del puerto, venían delante, casi en compacto grupo, entrelazando sus remos en el agua para dificultar la marcha de la rival, empujándola hasta casi hacerla zozobrar. ¡Esa gente se va a matar, pensaba yo; pero pronto me convencí de que no eran esos sus deseos!

Antes de llegar aquella especie de avalancha a nuestro barco, que todavía no había fondeado, ordenó el Capitán que batieran la escalera de subir a bordo, y al instante tres o cuatro barcas, chocando entre sí, a panto de irse a pique, lograron amarrarse con garfios y cuerdas al final de los tramos que casi tocaban el agua. Antes de medio minuto estaban apiñadas y estrujándose todas las demás rezagadas, formando un núcleo flotante, cual si fuera una balsa de madera, y entonces había que ver a sus tripulantes abandonar los remos en el interior, y trepar saltando y corriendo por encima de aquel maderamen, con la misma agilidad que en tierra firme, hasta llegar a la escalera del barco, que subieron corriendo en tropel.

«¡Mustafá! ¡Ibrahim! ¡Yohakin!» Llamábanse unos a otros, y en su algarabía ensordecedora invadieron el buque, sin que sus fuerzas hercúleas hubieran sido empleadas contra sus semejantes.

La diversidad de trajes de esta abigarrada multitud llama poderosamente la atención del europeo, y empieza en aquel instante a entrar en lo exótico. Habíase decretado mi viaje tan inesperadamente, que no tuve tiempo de prepararme con la lectura de autores que describieran el país.

Así, mis impresiones son exclusivamente originales; sin predisposición ni prejuicio anterior al momento, al hecho o al lugar. Asistí al espectáculo sin conocer el argumento de la obra, y traducía en mis notas cuanto de nuevo para mí encontraba. Aquellas gentes llamaban ya mi atención por serme desconocidas. Sus nombres, su tipo, su rostro, su idioma, los llamativos y vivos colores de sus túnicas, los enormes turbantes o el rojo fez con que cubrían sus cabezas, los lindos tapices que traían en sus barcas para cubrir el asiento de los pasajeros, me indicaban que había salido ya de Europa. Recordaba como un sueño algo de lo que soñé de niño cuando leí Los viajes de Simbad el Marino, y creía ver ahora los tipos de navegantes y mercaderes que le acompañaron en sus aventuras de Bagdad.

Dejando al olvido recuerdos tan pueriles que sólo a mi ignorancia acuden, es lo cierto que en Esmirna se da cuenta el viajero de que allí ha entrado en Oriente.

Mientras el médico de a bordo sale a la Capitanía del puerto con la patente de sanidad para que se nos reciba a libre plática, me entretengo con los que formamos parte de esta comisión en comprar baratijas y objetos a los mercaderes que asaltaron la cubierta. Esponjas, higos de Esmirna, sartas de cuentas de coral, tapices y sedas, gemelos, tijeras, etcétera, etc., ofrecen a bajo precio.

Quiero comprar una sarta de corales y pregunto su valor en francés, idioma en el cual nos entendíamos con el mercader desde el principio de nuestra entrevista, y al responderme pidiendo un precio elevado, terció en la conversación el amigo Fernández, diciéndome en español:

«No le ofrezca usted más de la mitad, porque éstos son unos… tunantes.»

–«¡Oh, no! ¡Eso no!– respondió el mercader con humildad en nuestro idioma. Nosotros somos españoles como «vusotros» y no engañamos a hermanos.»

Desde luego comprendimos que nos entendíamos con un descendiente de aquellos judíos expulsados más de cuatro siglos ha de nuestra patria y que todavía conservan el idioma, transmitido de generación en generación entre todos los judíos de Oriente que no lo han querido olvidar; según ellos, para no perder su patria; según otros, por egoísmo y conveniencia de entenderse entre sí, sin que los turcos los comprendieran. Fuere lo uno o lo otro, ellos se dicen españoles, mostrándose orgullosos de su procedencia.

Desde cubierta eché una ojeada a la ciudad. La calle del muelle la circundan en toda su extensión edificios de casas comerciales y almacenes, que denuncian por su aspecto la propiedad de un alemán, francés o italiano, que importan y exportan de aquel puerto al mundo entero. No he olvidado la misión que a estas tierras me trajo, y observo que el tranvía que da vuelta a la calle del muelle va tirado por caballos de poca alzada, robustos, musculosos y bien aplomados. El gran peso que arrastran no les causa fatiga, pues sus ijares y ollares no muestran al exterior signos de respiración alterada. Su capa castaña y su tipo ordinario y basto indican una raza indígena, parecida a la de las jacas gallegas o segovianas. Los coches de punto y algunos carros de transporte también llevan ganado de este tipo.

En Calamata, en el Pireo y en Atenas, donde me fijé en los tipos de caballos enganchados y montados que a mi paso encontraba, pude apreciar un tipo completamente distinto al anterior, pues los dorsos rectos, su largo y delgado cuello, su mayor alzada, sus piernas derechas, sus aires poco elevados y sus líneas en general denotaban una cruza o infusión de sangre inglesa muy pronunciada y visible. Indudablemente, en Grecia han tratado de mejorar las razas indígenas.

Hasta las dos de la tarde tuvimos tiempo de visitar la ciudad, en la que sus calles, estrechas, frescas y limpias, están llenas de comercios pertenecientes a italianos, griegos y judíos. También dimos una vuelta por los bazares turcos: largos pasajes cubiertos con cristales o esteras, donde se venden y cotizan las prendas y utensilios del país. A esta ciudad acuden grandes caravanas de camellos del interior con cargamentos de trigo, lana, etc., etc., productos que venden o cambian por otros que les sean más necesarios.

Un viejo y andrajoso judío, de nariz afilada y corva, en cuyo cuerpo podía estudiarse la anatomía del esqueleto, se  acerca a nosotros al oír nuestro idioma y nos pide una propina, «siquiera sea un rial. Yo también soy español», dice. ¿Será cierto que esta gente siente la pérdida de su patria?

SMIRNA. – Calle del Puerto. (En busca del caballo árabe)

DARDANELOS. —Día 27—La tarde anterior y la noche se pasaron navegando sin novedad a bordo, y a las ocho de la mañana anclamos en el puerto de los Dardanelos.

Hemos dejado el mar Egeo para entrar en el estrecho de Dardanelos, cuyo puerto está defendido por cuatro potentes baterías rasantes del agua. Aunque la carga y descarga que aquí había de hacerse es de poca importancia, se dice estaremos hasta las dos, para no llegar a Constantinopla por la noche, en que la Sublime Puerta prohíbe la entrada.

La ciudad es pequeña, y preferimos quedarnos a bordo para dar rienda suelta al aburrimiento. Yo paso la mañana leyendo o escribiendo mis notas bajo la toldilla, y, al levantar la vista del libro, después de un largo rato de abstracción, me encuentro sorprendido al ver que la ciudad que ante mí tenía había desaparecido. «¡No puede ser! –me digo– ¡El barco sigue anclado y las ciudades no cambian de lugar!»

Me levanto de mi asiento para orientarme y, en efecto, la ciudad se había alejado más de una milla frente a babor, en vez de estar al lado opuesto, como quedaba a nuestra arribada. Al preguntar la causa de mi sorpresa, me dicen existen en este punto grandes corrientes de mar que cambian de dirección y lugar continuamente, sin que, a pesar de haber pretendido estudiarlas desde tiempos remotos en que son conocidas, se hayan podido deducir las horas, épocas ni dirección de las aguas, así como tampoco una razonada explicación de las causas de origen.

De nuevo nos ponemos en marcha. ¡Gracias a Dios, que al saltar a tierra esta vez será para ocuparnos de la misión que aquí nos trae!

El paso por el estrecho de Dardanelos resulta de un agrado singular. A babor y estribor se divisan de cerca las suaves colinas que aprisionan el mar, cultivadas con esmero de cereales, viñedos, olivos y frutales, que por su verdor y lozanía demuestran la fresca y fértil tierra que los alimenta.

A la caída de la tarde crece la animación a bordo de modo inusitado. Diríase que estábamos en vísperas de fiestas, pues todos expansivos y sonrientes manifestábamos la alegría de la próxima llegada. Hasta el cocinero quiso obsequiarnos sirviendo un menú extraordinario. El Comandante del Bosphore, para despedirnos, mandó descorchar algunas botellas de Champagne.

En busca del caballo árabe

II. Constantinopla.

Barrios y aspecto de la ciudad. —Caballos en venta. —Gestiones de la Comisión. —La costa de Asia Menor. —El Selamlik. — Abdul Amid. — Caballerizas del Sultán. —Los eunucos. —Las damas turcas. —Vida europea. —Dos españoles en la Corte del Sultán. —Caballos comprados. — Consideraciones.

El 28, a las cinco y media de la mañana, subo a cubierta, advertido por mis compañeros de Comisión de que no debía perder el delicioso panorama que presenta desde el Bósforo la entrada en Constantinopla. Una densísima niebla impide ver los hombres a más de dos metros de distancia, lo que nos obliga a navegar con una lentitud que casi no se avanza. La sirena del barco no cesa un instante de aullar, y un marinero, colocado en la extremidad de proa, está tocando constantemente una gran campana, instalada al efecto. De vez en cuando una masa difusa y oscura aparece velada por la espesa bruma, y se desliza, como un fantasma cerca de nosotros, con alaridos de monstruo. A pesar de esta dificultad, no hay nada que temer, pues conocido de todos el peligro, se navega con exceso de precauciones en el pequeño mar de Mármara.

Con la salida del sol quedó despejada la bruma, y en esa apacible mañana de Mayo apareció a nuestra vista la antigua Bizancio. ¡Constantinopla!

Nada más hermoso que el golpe de vista que presenta la incomparable Constantinopla, reflejada en las azules aguas del Bósforo. Las cúpulas de sus múltiples mezquitas, rodeadas de esbeltos minaretes, que parecen de marfil, se miran y bañan sus pies en las aguas del mar, para envidia de las más hermosas ciudades del mundo.

CONSTANTINOPLA. – Puente de Kara-Keuy sobre el Cuerno de Oro. (En busca del caballo árabe)

Los turcos atribuyen a Napoleón I la frase de que si París era el cerebro del mundo, Constantinopla era su corazón. Pero dejando para cuando lo vaya conociendo la descripción de cuanto me llame la atención, he de manifestar el contento de toda esta Comisión por haber llegado el momento de comenzar nuestros trabajos en busca del caballo ideal. Después de interminable estancia en las Aduanas del Imperio, donde la policía turca y los aduaneros revisan pasaportes y equipajes con minuciosidad y calma desesperantes, salimos por fin de tan odiosa requisición, en la que hasta los periódicos de envolver el calzado pasan a la censura, y más satisfechos de haber dejado la Aduana que el barco que nos retuvo ocho días, quedamos, por fin, instalados en el Hotel Continental del barrio europeo de Pera.

Pronto se apercibieron los chalanes y corredores turcos de nuestra llegada, pues escasamente habíamos terminado nuestra toilette cuando se presentó en el hotel el guía que en el año anterior había empleado la Comisión en sus requisas por esta capital. Algunos de sus amigos le habían dicho que los españoles acababan de desembarcar, y venía a ofrecer sus servicios. Fui presentado a él como sustituto del Capitán del año anterior, y al preguntarle si encontraríamos mejores caballos que la vez pasada, me contestó: “A propos, mon Capitaine, regardez quel cheval”, y me entregó una mala fotografía de un caballo en venta. A poco de examinarla le repliqué que aunque debía ser el caballo bastante viejo, seguramente se lo compraría la Comisión (en cuanto lo viera), pagándolo a un altísimo precio.

En efecto, la fotografía estaba tomada de un hermoso grabado, que yo conocía desde niño por haber tenido en mi cuarto de estudio un ejemplar idéntico al grabado que había servido al fotógrafo.

Algo avergonzado quedó con mi respuesta y observación, comprobada después por todos, y presentó sus excusas de que sus compañeros se la habían entregado, asegurando por su parte que ya no volvería a presentarnos más que caballos de carne y hueso.

El resto del día se empleó en las visitas oficiales a nuestro Consulado y Embajada, saludando de paso a algunos conocidos que tenía la Comisión de su anterior estancia, y a los que fui presentado.

CONSTANTINOPLA. – Puerto del Serrallo. (En busca del caballo árabe)

Con ese motivo me he dado cuenta de la situación topográfica de esta gran urbe de cerca de dos millones de habitantes, pues estando su población situada en las faldas y cumbres de varias colinas se domina fácilmente desde las alturas el perímetro de toda ella.

Tres grandes barrios forman la capital del Imperio otomano. El barrio de Pera, el de Galatá y el de Estambul. Los barrios de Pera y Galatá son los más europeizados, y en especial el de Pera, donde están edificados los mejores hoteles para turistas y viajeros, y reconcentrado todo el comercio europeo en su mejor calle del mismo nombre, llena de lujosas tiendas, en donde se puede adquirir todo lo más moderno que la moda o el confort haya inventado.

El barrio de Estambul, el más antiguo de Constantinopla, donde se asentaba Bizancio, lo habitan los turcos y judíos, y todo su comercio está reconcentrado en los bazares típicos de las ciudades de Oriente.

Dos grandes puentes de barcas y pontones insumergibles ponen en comunicación, cruzando el Cuerno de Oro, ese populoso barrio con los de Galatá y Pera. Alguien lo dijo ya, pero si queréis ver ante vosotros desfilar al mundo, colocaos en uno de estos puentes. Por allí desfila la Humanidad entera y oiréis todos los idiomas del hombre.

Dos turcos, colocados en cada entrada del puente, se encargan de cobrar el portazgo, y es de ver la ligereza con que realizan esa operación sin que se interrumpa el tránsito de los millares de personas y vehículos que, cual si fuera un hormiguero, van y vienen de un lado a otro de la más cosmopolita de las ciudades.

Aprovechando las calles más anchas, dando grandes vueltas, subiendo y bajando pendientes, hay trazada una vía de tranvía de sangre desde Galatá hasta Pera y afueras. En el interior del coche hay un departamento reservado a las damas turcas, separado del general por unas cortinas de tela. Todos respetan el misterio, y una mirada indiscreta sería considerada como grosería, y tal voz castigada por los turcos que la advirtieran. Mas, en fin, no anticipemos; ya hablaré más adelante de ellos y de ellas, pues, por lo que voy viendo, me parece que voy a ser indiscreto en cuanto se presente ocasión propicia.

Para terminar de hablar de la ciudad diré que sus calles son estrechas, sucias, con grandes y rápidas pendientes, por las que circulan los coches de alquiler, tirados por dos jacas asiáticas, de la alzada y tipo parecido a las que llevan las cestas en San Sebastián.

CONSTANTINOPLA. – Puente de Gálata a Estambul. (En busca del caballo árabe)

El día 29 de Mayo (siguiente a nuestra arribada) empezamos a reconocer caballos ofrecidos a la venta. ¿Encontraremos ese tipo tan bello, tan armónico y enérgico como los autores lo describen? Yo creo que no. Ese caballo descrito se engendró en la imaginación de Mahoma, y su fantasía ha sido copiada por las generaciones de autores que hasta nosotros le sucedieron. Pero, en fin, estoy sobre el terreno y pronto saldremos de dudas. ¡Ello dirá!

Hemos visto seis caballos y una yegua. Cuatro o cinco tordos, uno negro, y castaña la yegua. En todos saltaba a la vista su raza oriental; pero sus líneas, aplomos, mala conformación o defectos no respondían al fin que buscamos.

Sin embargo, uno tordo y el negro hicieron fijar más nuestra atención. El tordo tenía buena línea superior, sano y bien aplomado; pero ni su robustez ni su energía señalaban la distinción necesaria para semental.

El negro nos detuvo más tiempo, contemplando la belleza de su cuello y cabeza. No había visto yo nada semejante. Admirablemente nacido desde su pecho y espaldas, salía aquel cuello largo, fino, flexible y arqueado, sosteniendo una cabeza ligera, descarnada, expresiva, preciosa, con orejas pequeñas e inquietas, y unos ojos de mirar tan vivo y atrayente, que cautivaban por su simpatía. ¡Buen modelo para un escultor!

Pero nosotros no podíamos comprar caballos por trozos; necesitábamos la pieza entera, y, desgraciadamente, el resto de aquello bueno era de lo peor en su género. Ensillado, estrecho de pecho, izquierdo y zancajoso. No hacía falta tanto para causarnos disgusto, y a la llegada de la noche se dio por terminada nuestra primera labor. ¡Nos quedan tantas como ésta! Pero, en fin, algo bueno encontraremos, estando dispuestos a no cejar en el empeño.

Nuestro Embajador, el Excmo. Sr. Marqués de Campo Sagrado, preparó a la Comisión una entrevista con el General de Caballería Faik Pachá, Grand Écuyer y Ayudante de S. M. I. el Sultán, y el día 31 fuimos a hacerle la visita de presentación. Nos recibió con la finura y cortesía de caballero distinguido, y previa la diminuta tacita de café a la turca, que se nos sirvió por un criado en señal de bienvenida y amistad, y cuyo contenido hay que tragárselo hirviendo, quieras o no, para aceptar prontamente la amistad ofrecida, se entró de lleno en la conversación y objeto de nuestra llegada al Imperio.

Encasquetado su rojo fez (pues los turcos no se descubren nunca) y abrochada su levita de irreprochable corte, entretenía sus manos y su mirada el Gran Caballerizo, pasando y repasando las grandes cuentas de ámbar de su rosario, mientras hablaba de la dificultad de encontrar buenos ejemplares de caballos, y prometía enseñarnos las caballerizas del Sultán.

Terminada la entrevista, nos despidió cortésmente, deseando a la Comisión española el mayor éxito en su gestión. Desde luego no debo omitir que la conversación se sostuvo en francés, idioma que los turcos distinguidos conocen a la perfección.

En aquella tarde, como en todo el día anterior, desde las siete de la mañana hasta el anochecer estuvimos viendo caballos y yeguas de Pachás y gente adinerada, que en aquella tierra, como en toda la de garbanzos, pretendían apropiarse el refrán de que a buen vender, la capa; y como nuestra llegada se había divulgado, no nos faltaban ofrecimientos de caballos y yeguas, descendientes del mismísimo Profeta en línea directa.

Y en verdad que los 10 o 12 caballos y las cuatro o cinco yeguas que vimos tenían raza y procedencia legítima, pero… todos tenían algún pero que no podíamos pasar.

En estas pesquisas, yendo de un extremo a otro de la ciudad o atravesando el Bósforo embarcados jaiques, tan estrechos y largos como piraguas de indios, me voy dando cuenta de la vida activa de este pueblo. La costa de Asia se puede considerar otro barrio de Constantinopla, de mayor belleza por los encantos de sus pequeños valles y suaves colinas, llenas de espléndida vegetación y lindos hoteles, que hacen soñar un mundo de amor y poesía. En Cadikeny y Rendeukeuy hemos visto algunos caballos que no hemos podido aceptar.

MERDIVENKENY (Asia Menor). –Un caballo en venta. (En busca del caballo árabe)

La comunicación con estos pueblecitos de Asia se establece por millares de barcas y jaiques, que continuamente atraviesan el Bósforo, y por un servicio de vapores de ruedas, admirablemente explotado, que regulariza sus salidas con horario fijo y mucha frecuencia. En estos vapores tranvías hay también un reservado para damas turcas, que desde luego ocupan sin mezclarse con las europeas, aunque éstas pueden entrar en el departamento de aquéllas. Un grupo de niñas europeas, que indudablemente volvían del colegio en uno de estos vapores, nos ha llamado la atención por la diversidad de idiomas en que sostenían su conversación, pues mientras una hablaba en francés, aquélla replicaba en alemán o en inglés, y la otra en turco o en italiano, y de este modo contamos seis idiomas, que todas conocían y charlaban alegremente con la mayor naturalidad.

El hablar cinco o seis lenguas no es caso extraordinario en Constantinopla. Todo el comercio las habla, y el pueblo, por lo menos, conoce el turco, armenio, árabe y ruso o español. No es difícil, por el contrario, encontrar quien habla ocho idiomas, como el que fue nuestro guía e intérprete, entre los árabes y turcos, y a quien presentaré más adelante.

El día 1.° de Junio (viernes), y, como tal, día de fiesta religiosa entre los musulmanes, estábamos invitados a asistir con el Cuerpo diplomático al Selamlik del Sultán, ceremonia parecida a la Salve de Atocha, a la que en los sábados asistían nuestros Reyes en la Corte.

Vestidos de uniforme de media gala fuimos al palacio de Yíldiz-Kiosk, situado en las afueras de Constantinopla, y que ocupa gran extensión de terreno suavemente accidentado, como las colinas de las dos orillas del Bósforo, en una de las que se asienta. Anchos y bien cuidados paseos, bellos jardines y bonitos hoteles de construcción moderna forman y componen el recinto que habita el Padichá, el severo y sanguinario Abdul-Hamid, que hoy ocupa el trono.

Después de subir por ancha carretera hasta la meseta de un montículo, se detienen nuestros coches ante un pequeño chalet, poco más grande que un quiosco de refrescos. El Dragomán de nuestra Embajada, pues el Marqués de Campo Sagrado está enfermo, nos acompaña y presenta a un Coronel turco, encargado de recibir y hacer los honores a los diplomáticos e invitados a la ceremonia.

Dicen es un alemán al servicio de Turquía. Elegante y distinguido, dirige frases de atención y de elogio a todos los llegados, e inmediatamente es servido el consabido sorbito de café hirviente y sin azúcar en tacitas diminutas como diminutas jícaras de chocolate, pues habré de advertiros que el café a la turca se sirve después de haber cocido con el agua, sin colarlo previamente, y, por tanto, con todos sus posos, siendo mejor cuanto más cargado, caliente y espeso pueda servirse. Y yo, que en mi casa estoy soplando media hora si me sirven la sopa caliente, tengo que tragarme a diario una docenita, por lo menos, de estos cáusticos sin rechistar, soltando cada lagrimón como si me acordara de la mismísima mamá del Padichá.

Pero volvamos al grano. Diplomáticos, agregados militares de diversas nacionalidades, señoras y palaciegos turcos se mueven a nuestro alrededor en dos pequeños saloncitos bien amueblados. Cigarrillos turcos con papel de oro son ofrecidos en bandejas de plata y fumados con profusión. A mí no me gustan.

Entre los concurrentes llama poderosamente la atención un Príncipe indio o abisinio; negro como un bronce con pátina, joven, de facciones correctísimas, de figura elegante y majestuosa, de modales tan distinguidos y palaciegos, que se mueve entre la aristocrática concurrencia como si estuviera en su propia Corte. Es un Príncipe de las mil y una noches, noble, arrogante y simpático. El lujo y riqueza de su traje denota su elevada alcurnia, con su turbante blanco y vaporoso, su manto de raso negro, bordado de oro, sobre túnica blanca, también bordada de seda y perlas; ciñe su cintura con ancha faja de seda a listas de vivos colores, y de sus hombros penden cadenas de oro y perlas, así como en sus cuidadas y finas manos fulguran gruesos brillantes y esmeraldas. Es una figura interesante, que encaja admirablemente en este lugar.

El silencio y acompasado pisar de las tropas que forman al exterior nos avisan que se acerca el momento solemne, y abriendo los balcones salimos a una terraza o galería, elevada unos tres metros sobre el nivel del suelo. El día es espléndido, y brilla un sol tan grande como aquel que no se ponía en los Estados de España. ¡Qué gran espectáculo estamos presenciando! Llegan estos nutridos batallones, marchando severos, silenciosos, disciplinados, y a la seca voz de mando hacen alto, descansan sus armas y toman puesto en la formación. Ni una frase, ni una seña, ni el más leve rumor se escucha entre los miles de hombres que tenemos a la vista. Triple o cuádruple fila de estos fornidos y atléticos soldados cubre la carrera por la que su señor y dueño ha de pasar, sin que osen mirarlo. Tamaña soberbia o desacato no se atrevería a cometerlos el más potentado del Imperio.

El momento se va cargando de emoción, y el espectáculo que este veterano y hercúleo ejército nos ofrece con su religioso silencio y severa disciplina cumplida, prepara el ánimo para contemplar dentro de unos instantes al más déspota y sanguinario de los Emperadores de Turquía. Pero me separaría de mi misión de cronista, si continuara por ese terreno. Lo dejo, pues, para los historiadores y estadistas que lo han de juzgar.

Por fin se nota en la puerta del Palacio algún movimiento, y salen tres lujosos landeaux cerrados. A través de las vidrieras de los coches, se ven elegantes damas turcas que los ocupan. Son mujeres del Sultán, legítimas o favoritas, a las que no vemos el rostro, porque la banda de gasa que rodea sus cabezas deja sólo al descubierto los ojos, que parecen jóvenes. Seguidamente a los coches salen de Palacio tres hijos del Sultán, con uniforme de oficiales; son bajos de estatura, descoloridos y de tipo enfermizo. El mayor es rubio y de aspecto afeminado. Toman puesto en la formación y se colocan enfrente de la tribuna que ocupamos.

Ocho trompeteros albaneses, con largos clarines, como las trompetas de la Fama, anuncian la salida del Señor. Las músicas y bandas de los 20.000 hombres que hay formados en el recinto, repiten como un eco el aviso; las tropas presentan las armas, y un grupo de Pachás y altos funcionarios a pie, corren alrededor de un coche descubierto tirado por cuatro caballos, en el que se acomoda el tirano. Un viva o hurra, semejante al rugido de un monstruo resuena en el espacio, para desahogo de los pechos comprimidos de los creyentes, a la vez que músicas y cornetas saludan al Emperador. El Muecín, en lo alto del minarete de la Mezquita, entona salmos en alabanza de Alá, como si cantara una saeta sevillana, y ante nosotros pasa la comitiva, al trote de los caballos, y al correr de los altos dignatarios, que con las manos cruzadas sobre su barriga y los ojos mirando a tierra, siguen anhelantes rodeando al coche de su dueño. Algunos caballos de mano y coches de respeto, cierran el cortejo.

Veinte minutos escasos dura la oración en la Mezquita, y la vuelta a Palacio no tuvo otra diferencia que la de volver el Sultán en un pequeño milord, tirado por un tronco de caballos tordos, rodados, con las crines y largas colas rizadas, que guía él mismo. Oigo a mi alrededor que son caballos españoles. Yo me inclino a creer que son austríacos o rusos, puesto que no les vi hierro alguno. Abdul-Hamid es pequeño, enjuto de carnes, viejo y encogido; de nariz corva y barba inculta: su fisonomía parece la caricatura de un usurero judío.

Mientras las tropas vuelven a sus cuarteles, un joven Jefe de Caballería, ayudante de S. M. I., nos acompaña a las caballerizas del Sultán. Amablemente, y con deseos de complacernos, nos va enseñando los caballos y diciendo su procedencia. Nada de notable se puede apreciar, pues los de tiro son todos extranjeros, anglonormandos o rusos, y un tiro de seis gigantescos castaños, regalo del Emperador de Alemania; pero lo que más interés tenía para nosotros era el de conocer los ejemplares árabes, por suponer que en aquellas caballerizas existiría lo mejor de lo mejor. Así lo comprendió el distinguido ayudante de S. M., Yzzet-Ahmet-Bey, y elogiando mucho más la procedencia que el ejemplar que teníamos a la vista, nos enseñó doce o catorce potros que recientemente habían llegado de Bagdad como espléndido regalo, y otros caballos de la misma raza.

Cumpliendo mi propósito, que indiqué al principio de estas Memorias, de consignar en ellas sólo y exclusivamente mi opinión, habré de decir que no quedé extrañado por la poca presencia que el caballo árabe tenía. Estaba de antemano convencido de que la belleza estética sólo se consigue y se conquista por el arte. Jamás las primeras materias tienen la perfección que alcanzan bajo la elaboración y dirección del hombre; por eso estos caballos árabes (pura sangre sin dudar), tienen defectos; mejor dicho: más que defectos, los creo vicios de conformación. Árboles mal guiados o flores silvestres, que en su juventud no tuvieron el cultivo adecuado.

Por ello, entiendo que a este país no se puede venir a comprar sementales y yeguas de caballo árabe con un cuadro de exenciones, como llevan los remontistas, pues seguramente dará lugar a comprar lo que menos valga, dejando lo más saliente.

Es un error de nuestras autoridades creer que se compra igualmente un semental que un caballo de remonta. El encargado de aquella misión no sólo ha de ser un buen exteriorista: esto vale poca cosa; cualquier mediano herrador de un regimiento o de un villorrio, puede ser competente en la materia; mas para comprar caballos o yeguas destinadas a la reproducción, es preciso conocer admirablemente los rasgos étnicos que caracterizan la raza, para poder apreciar lo saliente y de mayor estima, sin dar importancia a lo que pudiera ser accidental. Desde luego precisa de un detenido reconocimiento exterior, ¿a qué dudarlo? Pero para elegir un semental hay que mirarlo también por dentro. Ese ojo clínico que tanto estiman los doctores, y el que despreciando los síntomas les lleva derechos al diagnóstico, ése es el que hace falta, más que en ningún otro caso, ante estos caballos árabes llenos de encantos y bellezas de raza, pero plagados de vicios de conformación.

Para mejor comprensión del concepto y tesis de cuanto expongo, citaré dos hechos que pueden servir de ejemplo. Entre los caballistas españoles es legendaria la historia de los célebres caballos cartujanos. El semental fundador de esa raza fue sacado del tiro de una diligencia; así como otro reproductor célebre de la raza inglesa, el Goldolfin-Arabian, fue comprado por lord Goldolfin para padrear en su yeguada, cuando, desechado de las caballerizas reales, tiraba de una cuba de aguador por las calles de París. ¿No estaban estos caballos a la vista de todo el mundo? ¿No pasaron ante los ojos de ganaderos, que luego envidiaron su posesión? ¿Creéis acaso que esos caballos tuvieran un exterior sano y perfecto, o dudáis de que esos hechos sean ciertos? Si fuera la duda la que os tiene perplejos, yo os aseguro lealmente que años después de mi comisión a Oriente he presenciado un caso semejante al del Goldolfin-Arabian. Un ganadero andaluz ofreció delante de mí 2.000 pesetas por una yegua que tiraba de una noria. ¡El organismo oficial que la poseía no había sabido darle otro empleo!

¿Para qué citar más hechos, si todos conmigo estáis convencidos de la verdad, y mi crítica pudiera interpretarse por intención o deseo de herir susceptibilidades que respeto?

Nunca tuve la menor pretensión personal; pero es necesario convenir en que entre nosotros, los militares españoles, y muy especialmente en el Arma de Caballería, existe el error de creer que todos servimos para desempeñar los complejos servicios de nuestro organismo, en el que se encuentran verdaderas y difíciles especialidades que la cultura general no puede abarcar, aunque la brillante Oficialidad ponga a contribución su buen deseo.

Por eso habrán de aprovecharse las aptitudes particulares de cada uno y la afición determinada a los estudios que requiera la especialidad voluntariamente elegida. Ni el tecnicismo de la Cátedra, ni la sobrada afición del jinete bastan por sí solos a ser autoridad en Hipotecnia. Uno y otro han de unir sus conocimientos para que en la práctica tengan el resultado apetecido.

Para la elección de un semental nunca será bastante el reconocimiento exterior ni la certeza de su raza. Su comprador tiene algo más que mirar o adivinar. Ese algo inexplicable será la nota decisiva para su adquisición; nota que sólo se encontrará por la comparación in mente e instantánea de razas y de individuos entre sí, y que no podrá ser apreciada por los profanos ni por los técnicos o profesionales que no tengan la suficiente práctica y afición.

Yo no me atreveré a asegurar que ese grado de inteligencia, como el alma del artista, sea condición innata; pero sí admitiré que en ese golpe de vista hay algo de extraordinario, algo de intuición particular, que ni se copia ni se estudia. Si se me pregunta cómo se llegará entonces a ese grado de inteligencia, diré con el prior del Convento: Para ser fraile hace falta vocación.

Perdonad, distinguidos compañeros, que al correr de la pluma, no me di cuenta de que os había alejado de las caballerizas del Imperio turco, donde nos encontrábamos, y donde pasé un rato instructivo y agradable al ver los ejemplares árabes que, como extraordinario regalo, habían hecho al Sultán sus más linajudos Pachás y fanáticos creyentes.

No recuerdo si fue en aquella visita o en otra que hicimos a las mismas caballerizas para ver algunos caballos particulares de los funcionarios de Palacio, cuando me llamó repentinamente la atención una voz femenina que salía de entre el grupo de hombres que allí nos encontrábamos, y no fue menor mi asombro al ver que salía de un enorme negro, que no mediría menos de dos metros de altura. Recordé al instante el sitio en que me encontraba y no dudé en clasificar el género a que pertenecía aquel ser humano. Era de ese género neutro que tanto estiman los aristócratas turcos, y que en el palacio del Sultán constituye el lujo de su harén. ¡Era el Gran Eunuco! Como si dijéramos, el segundo Sultán; pues habéis de saber que las tres figuras principales de Turquía son el Padichá, el Gran Eunuco y el Gran Visir.

Yo me imaginé a estos anfibios que guardan las mujeres sanos y mantecosos, de carácter humilde, esclavos de su señor y avergonzados de su existencia. Pero he ahí que sucede todo lo contrario. La mayoría mueren jóvenes. La tisis se ceba en su débil organismo y la palidez de su negro rostro indica la falta de salud que padecen. Contrariedad que, por otra parte, deben encontrar compensada, a juzgar por la presunción del lujo con que visten y las consideraciones que les guarda la sociedad otomana.

Ellos se sienten orgullosos de su jerarquía y de sus obligaciones, mirando altaneros y hasta con aires de superioridad a los demás hombres que, gracias a Dios, estamos completos.

Un escalofrío de horror hiela mi sangre cada vez que la voz atiplada de estos seres delata su desdichada condición. El acerado filo de un instrumento segó de raíz sus facultades de hombre, y el grito de dolor que con terrible espanto lanzan cuando de niños sufren la brutal poda, repercute todavía en los oídos de Europa, sin que las naciones civilizadas hayan formulado una enérgica protesta que acabe de una vez con ese barbarismo, mucho más inhumano y salvaje que la esclavitud y la trata de blancas.

Afortunadamente, este género neutro es caro, y sólo se permiten el lujo de tenerlo el Sultán y los adinerados Pachas. Los turcos de la burguesía tienen al cuidado de sus mujeres esclavas viejas que refunfuñan y gruñen como perros de cercado ante la lejana presencia de un hombre extraño.

La mujer adúltera no tiene ocasiones de realizar sus propósitos: constantemente vigilada, no tiene trato más que con sus compañeras o sus amigas de otro harén a las que visita y se reúne con frecuencia en la mayor libertad para ello. Cada vez que una mujer extraña entra en el harén de sus amigas deja las sandalias a la puerta para indicar a su señor que hay visita y se prohíbe la entrada, y por este medio (según cuentan) algún atrevido galán, disfrazado de mujer, consiguió la solitaria y silenciosa entrevista con su amada. En verdad, no puede ser de otra manera, y cuantas aventuras han sido narradas por autores sin aprensión, son pura fantasía de su imaginación novelesca.

Pero estoy viendo la impaciencia de algún joven lector que espera más noticias de caballos, y a éste le diré que, todos los días, mañana y tarde, sin descanso y sin desmayo por nuestra parte, estamos viendo sementales y yeguas de caballo árabe que se nos ofrecen en venta; muy típicos algunos de ellos, pues los chalanes y corredores que se mueven a nuestro alrededor, saben bien lo que buscamos, y no nos presentan más que caballos de raza, mejor o peor conformados, pero todos con los rasgos característicos de su procedencia.

De nada serviría que yo consignara uno por uno cuantos reconocemos a diario; esto sería de utilidad para formar una estadística de defectos o enfermedades que no habría de ilustrar ni entretener. Haré solamente un resumen de nuestra gestión al final de cada campaña, intercalando lo que considere extraño o vaya llamando mi atención en estas continuas pesquisas, de un lado para otro de la ciudad y de los pueblecitos de Asia, en que, a nuestra llegada, se abren puertas cerradas a los extranjeros y dan lugar a la mirada indiscreta del curioso. Mas no creáis que esa mirada pudo traspasar nunca de los umbrales, ni llegó jamás a otro lugar que a las habitaciones del dueño, que recibía a la Comisión con la cortesía proverbial de los turcos y con la consabida tacita de café; pero estas visitas me hicieron conocer la vida interior de las distintas clases sociales.

Las casas burguesas y aristocráticas fueron las que más visitamos, pues en ellas se encuentran, naturalmente, los caballos árabes más distinguidos. En las primeras nos era servido el café por alguna esclava o joven armenia, con las trenzas de su pelo colgando y sin más pretensiones que las de una humilde criadita de servicio; pudiendo colegir que las mujeres y favoritas del dueño vivían bajo el mismo techo en habitaciones separadas del sexo fuerte.

Los turcos ricos viven con más refinado confort. Casi todos ellos poseen preciosas quintas en las costas del Asia Menor (¡ricos vergeles de amor y placer!) cercadas por altos tapiales que circundan los frondosos jardines. Dentro del recinto, y entre los macizos de flores y arbustos, se levantan dos o tres lindos o hermosos hoteles, en los que derrochan lujo e ingenio los arquitectos italianos que trabajan aquí. Uno de esos hoteles los habita el señor con su servidumbre. El otro es la casa de mujeres, es el harén.

Nuestra misión nos ha facilitado la entrada en esos encantados recintos (no en el harén), sorprendiendo algunas veces en sus juegos o paseos a esas ninfas del amor, que, por su mismo recato, estimulan más el deseo de conocerlas. Ya os dije que tal vez fuera indiscreto, y aun sabiendo la grave ofensa que se les hace con mirarlas, yo las miro siempre que puedo, y sólo a las viejas las oigo gruñir.

CONSTANTINOPLA. – Las damas de un harén paseando en coche. (En busca del caballo árabe)

A nuestra aparición, tratan de ocultarse, riéndose, como traviesas colegialas, de la inesperada sorpresa. ¡Qué ojos más hermosos! ¡Qué perfiles más correctos! ¡Qué color de nácar en sus mejillas!, y, sobre todo, ¡cuánta belleza para estos turcos, que sólo la estiman en el momento de saciar su apetito!

Nacen y viven estas mujeres entre flores, sedas y perfumes, pero el aroma de su amor no lo entregan al hombre elegido de su corazón. Podrá, tal vez, su alma juvenil sentir un destello de protesta, mas en la inconsciencia de su libertad perdida, como pájaro en jaula dorada, ríe y canta alegre, recluida entre sus joyas y jardines. Poco importa que sean o no las barbas punzantes de un viejo las que se acerquen a su fino rostro el día señalado para ser esposa; ella no sabe más que, por su condición de mujer, deberá ser madre, y en ello cifra sus ilusiones y alegrías. No conociendo al hombre no cabe amarlo, y esto contribuye a la indiferencia que por él sienten, concentrando su cariño en las compañeras del harén, a las que llaman hermanas, sin preocuparse de la ausencia del marido o dueño más que cuando la Naturaleza manda.

Pero ¿por qué estos mahometanos abandonan el trato de la mujer en la tierra si en el cielo se les ofrece como premio? ¡Quizá las consideren como pesada carga impuesta por su religión, y envidien a los cristianos, que sólo con una debemos contender! Pero, en fin, cuantas reflexiones se hagan sobre este punto no encuentran explicación satisfactoria, sin conocer a fondo la psicología de los pueblos; y en este momento se está operando un cambio radical en las tradicionales costumbres de este país.

La oficialidad joven, y estas educadas señoritas turcas, desean romper el cerco de la tiranía que los recluye, y en más de una ocasión he oído a distinguidos jóvenes la amarga queja de su falta de libertad para conocer el resto de Europa. «La más ligera manifestación del deseo por realizar un viaje al Extranjero, me haría caer en el desagrado del Sultán», me decía muy en secreto y apesadumbrado uno de esos oficiales. Afortunadamente para ellos y para el triunfo de la civilización, la Joven Turquía les dio más libertad, y poco a poco entrará aquel pueblo en las costumbres de Europa. ¡Qué más os diría yo de Constantinopla!

Rebuscando en mi cuaderno de notas, que, a costa de mi sueño, escribía diariamente antes de acostarme, encuentro todavía algunas interesantes. Una de ellas: los 70.000 perros (la nueva Turquía “les dio morcilla”) que viven en familias de ocho a diez individuos tumbados en las aceras de las calles durante el día y ladrando y riñendo durante la noche, hasta que el largo y recio garrote del sereno del barrio, lanzado con brío por su brazo vigoroso, disgrega los bandos contendientes, rebotando entre las piedras y perros que reciben con ayes lastimeros el golpe de tan formidable proyectil.

Aprovechando la llegada de una peregrinación española que viene de Jerusalén en el vapor lie de France, hemos visitado con ellos el llamado Tesoro del Sultán. Museo de armas, alhajas y piedras preciosas, que en realidad constituyen un tesoro de cientos de millones. Dagas, arcabuces y alfanjes damasquinos incrustados de oro y pedrería; turbantes con rubíes, zafiros y esmeraldas, turquesas, perlas y diamantes de tamaño increíble. Todo en tan gran cantidad, que parece bisutería barata al contemplarlo con el polvo que los meses o los años acumularon sobre aquellas joyas amortiguadas en sus destellos. Allí están las esmeraldas más grandes del mundo, todavía sin tallar, dos de ellas del tamaño y forma de una patata de medio kilo de peso.

Los domingos, cumpliendo nuestro precepto religioso, vamos a misa a una iglesia católica de la calle de Pera. Los turcos cristianos la oyen sin descubrirse, con su rojo fez encasquetado.

CONSTANTINOPLA. – Célebre Mezquita de Santa Sofía. (En busca del caballo árabe)

No puede existir en parte alguna la tolerancia religiosa que aquí se observa. Iglesias católicas, ortodoxas y griegas, capillas evangélicas, sinagogas y mezquitas; todas tienen su culto y sus creyentes, respetados y en completa libertad de acción, y con la misma facilidad que el turco entra en nuestras iglesias, entramos nosotros en sus mezquitas, sin obligarnos a descalzar, para lo cual en las puertas de las mezquitas hay un turco con grandes babuchas que, por módica propina, calzan los cristianos que desean penetrar en su templo.

Frente a nuestro hotel hay un jardín rodeado por una verja de hierro, en el que por las noches toca una numerosa y bien dirigida banda de música. Si no fuera por el traje de los elegantes turcos, que con sus levitas cerradas y rojo fez parecen botellas lacradas, diríase que los jardinillos del Retiro se habían trasladado a Constantinopla.

La sociedad distinguida se congrega allí, paseando o sentados en corros de amistad. Las damas europeas (pues no asisten las otomanas) lucen sus más ricas toilettes, siendo saludadas y respetadas por turcos y cristianos. También pululan esas pléyades de estrellas errantes que de las cinco partes del mundo acuden alegres al brillo de las libras de oro que espléndidamente regalan los galantes y generosos turcos.

Un bonito teatro de verano, en el que actúa una compañía de opereta francesa, completa el espectáculo de los Petits Champees, jardines idénticos, como antes dije, a los antiguos de nuestro Retiro.

No puedo menos de anotar como curiosidad extraña las dos personalidades españolas que forman parte íntima de la corte del Sultán Abdul-Hamid. La primera es el General turco Aranda-Pachá, General de las músicas del Ejército otomano y su reorganizador, persona muy culta y de trato afable simpático. En su casa, donde invitó a la Comisión para almorzar con su distinguida familia, oímos de sus labios el relato de su historia.

Casado en París con señorita francesa, se dedicaba a su profesión de músico en conciertos y lecciones particulares, cuando se le ofreció la plaza de profesor de piano de los hijos del Sultán. Aceptada con la condición de no perder su nacionalidad española, llegó a Constantinopla, donde dio lecciones de piano a los Príncipes y Princesitas, recibiendo además el encargo de reorganizar las músicas militares, y tan a satisfacción del Sultán desempeñó y desempeña todavía su cometido, que le colma de honores y espléndidos regalos, ascendiéndolo hasta la categoría y sueldo de General que hoy disfruta.

El otro español tiene una historia más novelesca, pero rigurosamente exacta y verídica.

Hace algunos años llegó a Constantinopla una compañía de circo para actuar en uno de los teatros de la ciudad. Fue tan grande el éxito alcanzado, que llegando a oídos del Sultán, dispuso dieran una función en Palacio para su regocijo y el de sus mujeres. En la compañía había un clown español (catalán), que presentaba entre otros animalitos un cerdito amaestrado, y fue tal la gracia que el bicho y su dueño causaron en el ánimo del Emperador, que mandó se le contratara para quedarse de bufón en la corte. Se le hicieron mil proposiciones ventajosas, que él rechazó siempre con firmeza, y ante su negativa se acrecentaron más los deseos del Sultán por retenerlo. Últimamente apeló a una estratagema de Cancillería, que le dio el resultado apetecido.

Habiendo terminado la compañía de circo su contrata, recogió los pasaportes de todos los artistas, debidamente autorizados para embarcarse; pero en el momento de pasar a bordo, instantes antes de levar anclas el vapor que los había de conducir, observó la policía turca que en uno de los pasaportes faltaba una firma indispensable. Era el pasaporte del catalán, al que no dejaron pasar a bordo hasta tanto llenara aquel requisito necesario. El barco se dio a la mar con la compañía acrobática, mientras el desesperado español quedaba solo en tierra llenando de improperios a aquellos policías imbéciles.

El final de esta historia lo habréis adivinado. Mientras llegaba otro barco fue atendido y obsequiado en la Corte del Sultán, y tan grata le hicieron la estancia en ella, que pasan barcos y barcos sin que el catalán se acuerde de que Barcelona está en España. ¡Y no va más de turismo!

Hemos estado en Constantinopla veintidós días. Nuestra labor ha sido constante y pesada por las distancias que de un lado para otro habíamos de recorrer, y por la etiqueta turca, que nos obligaba a perder un tiempo precioso en salutaciones y acceso a las moradas. Es desesperante el tiempo que se pierde en ceremonias y en plantones a las puertas de las viviendas, y fatigoso el obligado ir y venir cruzando dos o tres veces diarias el Bósforo para arribar a Eren-Keny, Kuskundyuk, Beylerbey, Yostepé, Scútari, Moda, Kosatía y otros mil bellos pueblecitos de Asia Menor, en donde, como queda dicho, viven muchos potentados que autorizaron la venta de sus caballos, siendo no pocos los que se arrepintieron a nuestra llegada y no consintieron ni aun que los viéramos.

A pesar de todo, hemos reconocido más de 160 ejemplares, en su mayoría caballos, siendo escasamente la tercera parte de ese número la que correspondía a las yeguas.

Podrá haber quedado algún ejemplar notable entre los que nos prohibieron mirar, pero lo dudo, porque las referencias que tuvimos no lo confirmaban. Ello es lo cierto, que con el ganado visto hay número sobrado y suficiente para formar una opinión concreta que procuraré exponer claramente.

En la mayoría de los casos, subsisten los caracteres de raza, bien determinados y visibles en algunos, que demuestran la nobleza de su origen; pero difusos o salteados en muchos, en los que, a pesar de poderse admirar alguna belleza, denotan claramente la infusión de sangre indígena que, aunque oriental, no tiene la perfección y armonía de la raza noble.

Yegua Zulima, comprada en Estambul. (En busca del caballo árabe)

Confirmo mi creencia de que el tipo ideal no existe sano. He visto caballos de líneas irreprochables, hermosamente nobles en su aspecto general, pero al descender al detalle daba lástima tenerlo que apreciar.

Recuerdo de un alazán tostado con los corvejones destrozados por agriones y vejigas, y sus extremidades anteriores con rodillas de buey, siendo su tronco y cabeza de innegable hermosura. Otro tordo plata que se desechó por izquierdo, igualmente bello y característico de la raza. Un potro negro de dos años, sano, de buena alzada, precioso y enérgico cual ninguno, que no se compró porque sus piernas se consideraron más débiles que los brazos, y porque su edad no estaba autorizada en las órdenes de compra, y tantos otros que sería inútil recordar.

Caballo Tayeb, comprado en Akbabá (Asia Menor). (En busca del caballo árabe)

Confieso ingenuamente que a mí me da pena dejar aquí (en Turquía) algunos de esos animales, aunque comprendo también que el guapo que se atreviera a llevarlos a España podía prepararse a perder su crédito profesional y a más serios disgustos, porque la opinión general le sería hostil seguramente. 

Pero no asustarse; nada de eso ha sucedido por ahora (bien sabe Dios que no por falta de mi deseo), y en los caballos comprados no ha de encontrar esa opinión de que hablo el menor defecto de sanidad. El Tayeb, que en el año anterior no se compró porque tenía vejigas en los corvejones, está completamente limpio en el presente, y por eso ha sido adquirido. El Mustafá, el Osmán y la yegua Zulima tampoco padecen enfermedades ni defectos al exterior.

Caballo Osmán, comprado en Asia Menor. (En busca del caballo árabe)

Creo que el Tayeb es el mejor ejemplar, porque sus líneas generales, esqueleto y masa muscular presentan un conjunto armónico, en el que los caracteres étnicos de su raza noble están bien definidos.

El Mustafá es un buen caballo en sus líneas y aplomos. Por su amplio esqueleto y algún tejido adiposo en sus músculos, aparece de tipo más vulgar.

El Osmán es caballo muy enérgico, con sangre ardiente y músculos poderosos; su tronco y extremidades son perfectos, pero su cabeza no es de las más distinguidas.

Caballo Mustafá, comprado en Couscoundjouk (Asia Menor) (En busca del caballo árabe)

La yegua Zulima tiene bonito exterior, cabeza expresiva y buenos aplomos; su vientre abultado nos hizo creer, como a su dueño, que estaba preñada. He ahí los tres caballos y una yegua que la Comisión ha comprado entre Constantinopla y Asia Menor, cuyo coste y media reseña van a continuación:

Queda terminada nuestra primera campaña con la adquisición de los caballos y yegua anteriormente reseñados, y, en su consecuencia, dispuso el Comandante la próxima salida de la Comisión en el vapor austríaco María Teresa, para desembarcar en Alexandreta, y de allí marchar por tierra hasta Alepo, ciudad de Siria.

Para no hacer tan pesado el relato de los viajes, que fatigarán demasiado al lector por la continuidad de parecidas impresiones, he creído oportuno intercalar un capítulo ajeno a estas Memorias, cuyo estudio realicé por mero pasatiempo, y lo ofrezco al que no tenga que leer cosa más provechosa.

Dice así:   

 

III. Origen y domesticidad del caballo

Aparición del caballo en el mundo zoológico, en la civilización y entre los árabes.

El origen del caballo, como animal asociado a la vida del hombre desde los tiempos primitivos, ha sido siempre motivo muy interesante para que los paleontólogos, que estudian la historia de la vida sobre la Tierra, hayan investigado en los fósiles de las distintas épocas geológicas el curso de su aparición y domesticidad, constituyendo su examen uno de los temas principales del complicado y difícil estudio de su ciencia.

Mas aun cuando nosotros, los del Arma de Caballería, no hayamos tenido necesidad de seguir a los sabios en tan interesantísimas investigaciones, bueno será que, al menos a título de curiosidad, conozcamos la procedencia que la ciencia señala al principal elemento que constituye nuestra organización.

La curiosidad, pues, me guio a escribir el presente capítulo, y forzosamente hube de recurrir a la consulta de autores que profundizan científicamente esta cuestión, y aunque la tarea de recopilar en pocas páginas lo mucho que hay escrito sobre la materia resulte tal vez superior a mi voluntad, voy a tratar de hacer un ligero extracto de los principales fundamentos que sobre el origen del caballo se aducen por eminentes naturalistas e historiadores.

Algunas consideraciones técnicas son indispensables para entrar en el curso de esta historia, ya que entre nosotros nunca ha sido tratada de una manera realmente científica.

Sabido es que los geólogos dividen el curso de la formación de nuestro planeta en cuatro épocas: Primaria, Secundaria, Terciaria y Cuaternaria.

Prescindiendo de las dos primeras, que al motivo de este capítulo no han de interesar, nos encontramos en la Terciaria, subdividida a su vez en tres períodos. El antiguo, o Eoceno; el medio, o Mioceno, y el reciente, o Plioceno.

En este último período aparece ya nuestro planeta distribuido en tierras y mares de manera análoga a la que, existe al presente, y entonces han aparecido los grandes mamíferos, como el mastodonte, el mamut, el oso, el reno, etc., y hasta en opinión de algunos geólogos, el hombre.

Sigue la época Cuaternaria, en la que existen: la mayor parte de las especies mamíferas de hoy y algunas otras ya desaparecidas; y en esta época, en la que durante un tiempo incalculable ha sufrido nuestro globo fenómenos geológicos importantísimos, en que no solamente se unieron y separaron continentes, sino que también hubo variaciones atmosféricas que desde luego repercutieron en la flora y fauna de las regiones, haciendo desaparecer o emigrar las especies que no podían convivir con el clima; en esa época, era o período geológico, repetimos, aparecen, los primeros restos fósiles del caballo, en las cavernas de los hombres primitivos de la edad de piedra, llamados trogloditas, los cuales los cazaban para alimentarse principalmente con los sesos y medula de los huesos de las extremidades: hechos deducidos y admitidos por los paleontólogos que han estudiado las cavernas fosilíferas de los terrenos del Plioceno y Post-Plioceno o Cuaternario, en los que se encuentran estos huesos en fragmentos que así lo hacen presumir, rajados por la mano del hombre; igualmente que los de otros animales que para aprovechamiento de sus pieles, y para, su sustento, cazaban los pueblos Paleolíticos o de la edad de la Piedra tallada, y cuyos fósiles se han encontrado en las cavernas de Bélgica, de Francia, de España, y últimamente en América, todos en terrenos pertenecientes al mismo período geológico.

En la actualidad, los Équidos constituyen un solo género, Equus, al que pertenecen el caballo y el asno, esparcidos por todas las partes del mundo; los Hemiones, recluidos en Asia, y las Cebras en África; y en los cuales uno de los caracteres típicos que los distinguen es la presencia en cada miembro de un solo dedo completo y de dos incompletos, constituidos por dos metacarpianos o dos metatarsianos rudimentarios, desprovistos de falanges, y no aparentes al exterior en los sujetos vivientes.

Los paleontólogos han añadido al género Equus, otro género de animales fósiles, llamados Hiparión o Hipotherion[3], y con los dos géneros han formado la familia de los Équidos. Pero los Hiparión tenían en cada miembro tres dedos completos, sirviéndoles el de en medio para apoyarse mejor en los terrenos accidentados, como lo hace con los dos anteriores, el puerco.

Se han descubierto fósiles de muchas especies de Hiparión en diversas regiones de Europa, de Asia, de África, y hasta en la América del Norte, siendo una de las más antiguas especies citadas la del Hiparión, encontrada en Teruel en terreno Mioceno, por consiguiente anterior al Plioceno y al Cuaternario, en el que parece haberse extinguido el género Hiparión, si bien Leidy lo encuentra en terreno Cuaternario en la Carolina del Sur, así como el profesor Emmons[4] cree haber encontrado en la América del Norte algunos fósiles pertenecientes al Equus caballus en terrenos del Mioceno.

Todas las anteriores observaciones y las diversas consideraciones de índole análoga en otras especies, han aportado poco a poco al conocimiento de los naturalistas el de la aparición de las especies primitivas sobre la Tierra y al de la transformación sucesiva de las mismas, llamada también ley de Malthus, en la, que se funda la teoría darwinista, cuya teoría hace pensar que el Hiparión ya descrito, viviente en el período Mioceno de la época Terciaria, al que antecedieron otros que también señala la ciencia, fue el predecesor inmediato del Equus caballus, aparecido en la época Cuaternaria en que vivimos, siendo opinión de muchos autores que el animal primitivo (permítaseme la frase), del que se deriva el género Equus, se asemejaba mucho más a un Tapir que a un caballo.

Mas, dejando a los sabios ese terreno de la ciencia que analiza y descubre el pasado, sólo tomaremos de ella, para que ningún solo pueblo se atribuya la paternidad o el origen del caballo, que tanto en el antiguo como en el nuevo Continente se han descubierto fósiles del género Equus en terrenos del mismo período geológico, asegurando todos los geólogos que en el suelo de América vivió al mismo tiempo que en Europa el género Equus, y en la creencia de algunos, también el Equus caballus, que después de extinguido lo importó Hernán Cortés.

Sentado esto, y siguiendo a Pietrement[5] en su obra, pasaremos a estudiar los pueblos que primeramente utilizaron el caballo como servidor del hombre.

Desde luego se reconocen por los geólogos y naturalistas grandes lagunas cronológicas en las épocas de formación de la Tierra, por no ser posible fijar el tiempo de duración de cada período geológico; pero M. Dupon asegura que en la edad de la Piedra tallada el caballo constituía la base de la alimentación del hombre, como el buey en nuestros días, des apareciendo completamente como alimento en la edad de la piedra pulida o neolítica, en la que todavía no estaba domesticado. A partir de esta época, se ha podido determinar la doma o domesticidad de las razas caballares europeas, por la sola consideración de sus áreas geográficas, y éstas nos indicarán al propio tiempo el área geográfica de los pueblos primitivos, a los que se atribuye la mayor intervención en la civilización de la Humanidad.

Dichos tres tomos o naskas del Zend-Avesta son el Vendidad, libro de las tradiciones y de las leyes de purificación; el Vispered, conjunto de invocaciones y oraciones en honor de las principales dignidades, y el Tacna, libro de liturgia y de los sacrificios.

Tres grandes civilizaciones se disputan la dominación del mundo desde tiempo inmemorial:

1ª La civilización indoeuropea, o ariana.

2ªLa civilización mongólica o turco-mongola, y

3ª La civilización semítica o siro-árabe.

Mas del estudio de las lenguas o historia de esos pueblos, se desprende claramente que los dos pueblos primitivos sobre los cuales nacieron las civilizaciones aria y mongólica han domesticado cada uno de por sí razas caballares asiáticas, y que los pueblos semíticos o siro-árabes adquirieron las razas caballares a cambio de los asnos orientales, que tenían de los nubios o egipcios.

Siguiendo el interesante estudio, del pueblo ariano, por su libro sagrado, análogo a nuestra Biblia, titulado Zend-Avestayes, Grito en lengua zenda, del cual sólo restan hoy tres naskas o tomos de los 23 que componían la obra, perdidos en su mayor parte durante la conquista de Persia por Alejandro, a consecuencia de la persecución religiosa que siguió a su dominación, se llega al conocimiento de las leyes y costumbres de aquel pueblo. Por el Vendidad no sólo se conocen las leyes y costumbres de la época, sino las tradiciones del pueblo ariano, y se deduce igualmente que su patria primitiva fue la región del lago Balkach o Balkar, en el Turquestán, de donde, después de haber pasado del régimen pastoril al régimen agrícola, se extendieron hacia las regiones septentrionales de Persia, según consta en los primeros capítulos de dicho libro. A medida que los arios crecen en su civilización bajo el reinado de Yima, su gran caudillo, que, como Moisés, guió a su pueblo a las tierras de promisión, avanzan igualmente en sus conquistas, extendiendo su raza y costumbres y dirigiendo su dominación por una parte, al Oeste; de Irán, hasta el Asia Menor, ocupando la Grecia, hasta el Sudoeste, de Europa, al mismo tiempo que otra rama de esta raza marcha hacia la Europa Central, terminando por ganar, la Europa Occidental, y de ahí se derivan las antiguas poblaciones célticas de las Gallas, de la Península Ibérica y de las Islas Británicas.

Estas emigraciones, que en la época actual presentarían serias dificultades, no debieron encontrarlas en aquellos remotos tiempos, en que probablemente el lago Aral y el mar Caspio estarían unidos al mar Negro y Azof, no existiendo tampoco el Bósforo, que hoy separa la Europa de Asia, como tampoco existía el estrecho de Gibraltar, que nos separa del África[6]. Por esta razón a los pueblos arianos siguieron la ley de menores resistencias, y, naturalmente, tomaron las rutas del Oeste y Sudoeste, que no presentaban obstáculos serios.

No hay ningún documento positivo sobre los datos de estas emigraciones; pero ciertas consideraciones científicas permiten suponer que los arianos civilizados, agricultores y poseedores de animales domésticos, comenzaron sus emigraciones, que han durado gran número de siglos, tres mil años antes de la Era Cristiana.

Que los arianos poseían caballos en domesticidad queda demostrado en el segundo capítulo del Vendidad, que se refiere a las conquistas efectuadas por los iranios, bajo la dirección de su legendario rey Yima. Forzoso será decir, para mayor claridad, que el Zend-Avesta fue escrito por Zoroastre o Zoroastro, reformando la religión del naturalismo, que provocó la separación de los pueblos arios e iranios.

Entresacando capítulos de los libros sagrados de esta Biblia Aria, citaré algunos de los muchos con que Pietrement demuestra la existencia del caballo doméstico en aquellos pueblos. 

Vendidad, cap. VIII. —Zoroastro dice: «Creador de los seres visibles; si los Mazdeens, marchando o navegando, yendo a caballo o en carro, llegan a encontrar un fuego hecho para quemar un cadáver… ¿qué deben hacer estos discípulos de la ley?»

Vendidad, cap. IX. —«Se debe purificar un sacerdote por las bendiciones litúrgicas, un jefe de distrito por un camello de primer valor, un jefe de zona por un caballo de primer valor, un jefe de ciudad por un toro de primera calidad, etc.»

 Vendidad, cap. XIV. —«Una de las multas que pagará el matador de un castor consiste en dar otra tanta plata que vale un caballo macho y tanto oro como vale un camello.»

En los otros dos libros o tomos del Avesta se encuentran capítulos en que se nombra al caballo en los sacrificios y en la pujanza de los guerreros.

De la lectura de estos libros sagrados también se deduce, no solamente la belleza de aquella raza humana, que no consintió mezclarse con los pueblos del Irán, ni menos con la raza mongólica, por considerarlas inferiores a la suya, de mayor nobleza, sino que también queda de relieve la superioridad de las razas de sus animales domésticos, en las disposiciones que su legendario rey Yima (segúnla tradición, reinó 1000 años) dio a su pueblo en las emigraciones o conquistas de países desconocidos, señalando hasta el número de hombres y mujeres de buena presencia y el de animales necesarios para fundar un pueblo bien organizado.

Sentado lo anteriormente expuesto y sabiendo que de los pueblos arios se derivaron los medos, iranios, celtas, iberos, griegos, godos, etc., que se extendieron por Europa, mientras que de los pueblos de la rama semítica se derivaron los hebreos, fenicios, cartagineses y árabes, fácilmente se deduce y queda demostrada la procedencia o el origen del empleo del caballo para el servicio del hombre, pues si bien los pueblos mongoles hicieron del caballo un esclavo suyo (según Chouking, dos mil años antes de nuestra Era), se encerró poco a poco su civilización en el imperio chino, guardando entre sus murallas los secretos de su progreso.

A los pueblos, arios y a su civilización indudablemente se debe el empleo del caballo en Europa, pues científicamente también, se hace constar que las razas humanas del Cuaternario que vivieron en Europa Occidental eran de muy escasa inteligencia e inferiores, por tanto, a los invasores, que aprovecharon los elementos de cada país, acoplándolos a los propios de que se acompañaban. Así, pues, aunque queda demostrado por la ciencia que leí caballo aparece al lado del hombre desde las épocas prehistóricas, solamente a la civilización de los pueblos; arianos se debe la domesticidad de tan poderoso auxiliar, que fue aceptado por los demás pueblos a medida que los invasores extendieron su dominio.

Al hablarnos Sansón de la raza percherona o secuanesa, nos dice lleno de orgullo patrio, como, buen francés, que el cráneo fósil encontrado en los arenales de Grenelle, de la época Cuaternaria, es casi idéntico al del percherón actual, tratando con ello de demostrar que Francia, como Bélgica, posee hoy su caballo primitivo. No soy el llamado a contradecir a tan esclarecido maestro, poro, en mi humilde opinión, no hay, bastante fundamento para creerlo así; y otras razones científicas; más poderosas habrá, tenido seguramente para suponerlo; pues precisamente, el hecho de la semejanza con el cráneo del actual percherón, pudiera hacer sospechar su procedencia asiática, por ser de todos conocida la intervención que en la raza actual han tenido otras sangres y variedades caballares, y muy especialmente las de raza oriental o árabe.

Réstame solamente, para la terminación y el propósito de este capítulo, estudiar la intervención que los árabes han tenido en la domesticidad y empleo del caballo, ya que hoy todos los consideramos poseedores de la mejor raza.

Gran controversia han sostenido los autores del pasado siglo sobre si los árabes de la península Arábiga domesticaron o no el caballo desde los tiempos prehistóricos, aduciendo razones en pro y en contra, según el punto de partida objeto de sus estudios; pues mientras unos, descifrando escritos cuneiformes y ateniéndose exclusivamente a la Ciencia y a la Historia, niegan la existencia del animal en la Arabia Central, aseguran otros lo contrario, fundando su creencia en la tradición y en las antiguas leyendas que hasta hoy se relatan en las más apartadas tribus de este pueblo.

Por mi parte, después de haber vivido acampado entre los verdaderos árabes, pudiendo apreciar, aunque rápidamente, su psicología, me inclino a la opinión de los que niegan, entre otras razones que expondré más adelante, por la de considerar todas las leyendas árabes tan ridículas como inverosímiles, inventadas seguramente con malicia o mala fe para halagar la imaginación de aquel pueblo supersticioso.

Ya hemos considerado el origen y domesticidad del caballo en los pueblos arianos o arios; pero para desechar la creencia del origen árabe no solamente tenemos las anteriores consideraciones, sino también la aseveración de la Historia, única fuente de razonados fundamentos.

Al mismo fin, y al tratar Sansón, en su Zootecnia, del área geográfica que corresponde a la raza del caballo asiático, añade:

«Esta verdad incontestable es la que ha podido hacer creer a los observadores superficiales, más habituados a consultar su propia imaginación que a estudiar los hechos, que el caballo árabe es el único origen de todos los demás caballos conocidos.»

William Youatt, escritor inglés, dice en su obra Le Cheval: «Hasta el siglo VII los árabes tenían pocos caballos, y aquellos que tenían eran sin ningún valor; porque cuando Mahomet o Mahoma atacó a los koreiks cerca de la Meca, no tenía más que 200 caballos en todo su ejército, y al fin de aquella sangrienta campaña, en la que recogió 24.000 camellos, 40.000 carneros y 20.000 onzas de plata, no se encontró ni un solo caballo en el botín.»

Por su parte, añade Pietrement, tomado de la historia de Mahoma: «Los principios de este reformador para crear un ejército fueron muy difíciles. En el año 622, después de J. C, no poseía más que un solo caballo. En la toma de la Meca (año 8 de la Hégira) Mahoma tenía en su ejército 10.000 combatientes, pero sólo 200 caballos.»

Según también se desprende de la historia de Mahoma, al encontrar éste la ventaja del empleo del caballo en la guerra, fomentó el entusiasmo de sus combatientes para la posesión de tan útil elemento de la victoria.

De ahí parte el deseo de obtener y mejorar la raza caballar entre los árabes, convertidos en conquistadores por las inspiraciones del Profeta, que les hizo abandonar sus costumbres pastoriles y comerciales.

Poco tiempo después, apercibidos por las enseñanzas y doctrina del Corán, seleccionaron las razas caballares que los arios y mongoles dejaron en su civilización, y guiados por sus caudillos, con el uso del caballo que acababan de adoptar, emprendieron la conquista de medio mundo por las regiones de Asia, Norte de África y el Istmo de Suez hasta el Océano Atlántico, en el que el califa Okbah, lanzando su caballo a las aguas del mar hasta que le cubrieron el pecho, gritó: «¡Oh, mi Dios! ¡Tú lo ves; si este mar no me opusiera un obstáculo invencible, yo iría hasta otras regiones desconocidas a combatir a los que adoran a otro Dios que tú!»

A pesar de su entusiasmo guerrero (añade Pietrement), jamás los árabes hubieran obtenido tan grandes y rápidos éxitos si no fueran los poseedores exclusivos de los camellos; debiendo, por otra parte, considerar que en los caballos de la península arábiga predomina la sangre aria, porque sus habitantes eran descendientes de los del reino de Irak, entre el Tigris y el Éufrates, poblados arianos desde la dinastía de los sargónidas.

Muchas más citas históricas que tengo a la vista pudiera añadir al mismo objeto, pero considero suficientes las señaladas para no dar más extensión al capítulo.

Tales fueron incontestablemente las circunstancias que precedieron a la introducción de los caballos en la Arabia y las causas que hicieron a los árabes adoptar su empleo en los primeros siglos de nuestra Era, extendiendo la fama de sus razas caballares por todo el Occidente que dominaron en su conquista.

Terminado mi propósito de dar a conocer el origen o aparición del caballo en el mundo zoológico, en la civilización y entre los árabes, seguiré en los capítulos siguientes el relato de nuestros viajes y pesquisas

IV. Viaje a Siria

A bordo del María Teresa. —Isla de Chíos. —Isla de Rodas. El Coloso. —Isla de Chipre. (Limasol.)— (Larnaea.)—Alejandreta. —Ruta Alejandreta. —Alepo.

A las seis y quince de la tarde del 20 de Jimio salimos de Constantinopla a bordo del vapor austríaco María Teresa en dirección a Alejandreta, pequeño puerto de la Costa de Asia, por donde habríamos de pasar al interior de la Siria.

El Capitán y la titulación de este barco hablan el idioma italiano, que no abandonan los de su país, a pesar de ser súbditos austríacos.

La noche del 20 y el 21 se pasó sin novedad a bordo, con mar tranquila y buena marcha. Solamente somos siete pasajeros de primera clase, por lo cual se ha dispuesto que no se nos regatee la comodidad, quedando instalados cada uno en un amplio y cómodo camarote. Por mi parte he tenido mala elección, pues estoy en los de popa, donde se nota mucho la trepidación y el ruido de la hélice, que no permite reposar durante la noche. «Perdiendo se aprende», y así, en otra ocasión, elegiré entre los camarotes del centro.

Hoy es el día de mi santo (San Luis Gonzaga), y, a falta de familia, quiero celebrarlo con mis compañeros de Comisión, mandando servir unas botellas de Champagne, pero nos hemos conformado con unas cepitas de Chartreux, porque el espumoso vino no había tomado pasaje a bordo.

Al chocar mi copa con las de mis compañeros y agradecerles su felicitación, no puedo menos de dedicar desde el fondo de mi alma un recuerdo de inmenso cariño a mi bondadosa y anciana madre, que seguramente se acordará de mis días. ¡Que Dios la envíe en un santo beso mi amor con la veneración que siento por sus virtudes y talento!

Estamos navegando en el mar Egeo y archipiélago de su nombre. El día no puede ser más apacible, y después del almuerzo subimos a cubierta. El tibio calor convida a la siesta, y los pasajeros dormitan bajo la toldilla en los sillones de lona. Parece que la madre Naturaleza nos mece con cuidado y ternura.

De vez en cuando una escuadrita de lanchas pescadoras, con sus blancas velas hinchadas por la suave brisa, pasa silenciosa a la vista de nuestro barco en dirección a la vecina costa. Los tripulantes agitan sus gorros colorados para saludarnos como los campesinos al paso de un tren, y yo, al recordar las penalidades de su oficio, me quedo meditando en la eterna sentencia que pesa sobre la vida del hombre:

« ¡Ganarás el sustento con el sudor de tu frente!…»

Al atardecer de ese día anclamos en Esmirna; y aunque se puede pernoctar en tierra, me quedo a bordo porque estaremos aquí todo el día de mañana. En efecto, el 22 de Junio las campanas de una iglesia nos recordaron la festividad del Corpus, y saltamos a tierra en dirección a la Catedral, rodeada de un jardín tapiado. Las paredes de la iglesia estaban colgadas de tela roja con guirnaldas de flores y cuadros religiosos, preparadas así para el desfile de la procesión que se verifica en aquel cerrado recinto. Creo que en Esmirna no hay convento de Franciscanos.

De la ciudad nada puedo añadir a lo ya descrito en nuestra primera visita: cada vez la encuentro más simpática y mejor urbanizada que la capital.

Por la tarde se dio nuestro barco a la mar, y a media noche hicimos una pequeña escala de dos horas en la isla de Chíos; cuya ciudad, iluminada, era de muy bonito efecto.

A pesar de la hora, se llenó el barco de mercaderes con frutas exquisitas, almendras verdes y unas avellanas de dos granos con sabor muy agradable.

Los pasajeros de tercera clase, que se pasan las noches enteras a la intemperie, hacen buen acopio de estas mercancías y de una goma vegetal que llaman «Mastik», a la que los árabes y turcos son muy aficionados. De esa goma, que saborean con deleite, se destila también un alcohol que se llama «Mastika», especie de Ginebra aromática, que, como bebida blanca, no está prohibida en su religión.

El día 23 sigue la mar tan bella como en los anteriores y navegamos en aguas azules bajo un sol espléndido, entre las numerosas islitas que forman el archipiélago de las Hespéridas del Sur. Hay momentos en que nuestro barco marcha con gran precaución para sortear las pequeñas islas de tierra caliza que salpican la superficie. La calma es completa y gozamos de un sosiego verdaderamente tropical. Un académico alemán, sabio anticuario que viaja comisionado por su Gobierno (Dr. H. F. Hinch), me relata la historia antigua de estos lugares mitológicos, que frecuenta mucho la ex Emperatriz Eugenia con su yate de recreo. Así, en agradable conversación, pasamos las horas recostados en las bandas, esperando la arribada a la isla de Rodas, que visitaremos.

ISLA DE RODAS. —A las cuatro de la tarde anclamos fuera del pequeño puerto de la isla y seguidamente nos rodean buen número de barquichuelas que nos ofrecen pasaje.

ISLA DE RODAS. – El Puerto. (En busca del caballo árabe)

Al poner el pie en tierra se siente el ánimo sugestionado hasta el punto de creer habéis perdido vuestra personalidad. Altas murallas de mampostería ennegrecida por los siglos circundan la villa, en la que todavía parece os esperan en la sombra de sus blasonadas viviendas los férreos caballeros hospitalarios. La ancianidad de las murallas y de la cantería de los palacios es de una vejez sana y robusta, que ha prolongado hasta nosotros la vida de aquellos siglos.

Causa admiración y respeto la entrada en la rue des Chevaliers, en sus alineadas casas de sólida mampostería, sin otro relieve exterior que el blasonado escudo de su antiguo dueño, como anuncio de la nobleza que supieron conquistar los antepasados, y de la firmeza con que la mantuvo aquel cruzado caballero. Todavía se ven intactos los molinos de viento que trituraban el trigo arribado de Francia y Grecia en las galeras que habían escapado de la piratería musulmana.

Pero, en fin, todo esto, que es interesantísimo, porque parece revivir la Edad Media de la Europa occidental, no hubiera sido bastante a la celebridad que en el mundo tiene la isla de Rodas. ¿Quién no oyó hablar del Coloso de Rodas? La tradición y la leyenda, cuando no la Historia, lo llevó a todos los hogares, y yo mismo he oído relatos diversos, que cada cual aseguraba ser el verídico. Mejor documentado, hoy puedo ofrecer el estudio que el Conde de Kergorlay La Semaine Liüeraire (23 N. 1913) ha publicado sobre la célebre estatua.

El Coloso de Rodas fue en la antigüedad una de las siete maravillas del mundo. (Las otras maravillas eran los jardines suspendidos de Babilonia, las pirámides de Egipto, el faro de Alejandría, el Júpiter Olímpico de Fidias, el templo de Diana en Ephesea y la tumba de Halicarnás).  

Según Plinio, entre todas las obras maestras, era la más admirada el «Coloso del Sol, en Rodas, construido por Chares de Lindos, discípulo de Lysipo. Tenía 70 codos de altura, siendo derribado por un terremoto cincuenta y seis años después; pero caído en tierra, causaba también la admiración de las gentes. Pocos hombres podían abrazar el dedo pulgar de su mano, siendo los demás dedos más grandes que la mayor parte de las estatuas.

Según Phylon de Bizancio, citado por el referido Conde, el Coloso tenía 70 codos de altura (unos 35 metros), y representaba el sol. El artista empleó 500 talentos de bronce y 300 de hierro; él hizo, por un prodigio de arte y de audacia, un dios igual al Dios verdadero, y dio al mundo un segundo sol.

Caído a tierra, por el famoso terremoto, doscientos veintidós años antes de Jesucristo, quedaron sus despojos esparcidos por el suelo, pudiendo apreciarse grandes cavidades en el bronce de la estatua, rellena de grandes piedras unidas con barras de hierro para darla mayor solidez.

Cuando Moawiah, primer califa ommiada, nacido en la Meca el año 610, se apoderó de Rodas el 651, vendió los despojos del Coloso a un judío de Emesa, que cargó 900 camellos, y calculado por M. Guérin con 250 kilogramos el metal transportado por cada uno, resulta un total de 225.000 kilogramos de bronce empleados en la construcción de la estatua.

He ahí, en resumen, los datos históricos que sobre el maravilloso Coloso de Rodas ha publicado el Conde Kergorlay, los cuales pueden servirnos de comparación con las grandes obras de arte que admiramos en la actualidad.

El día 24, después de haber zarpado de Rodas en la noche anterior, lo pasamos en alta mar, sin ver ni otro vapor ni una sola vela en todo el día. La mar estaba algo revuelta, y nuestro barco cruje y se cimbrea como un junco, pues es tan estrecho y largo como un balandro de regatas.

Al despertar del día 25 nos encontramos anclados en la tranquila bahía de Limasol (isla de Chipre), y a las seis de la mañana fuimos a la ciudad, en cuyas enlosadas y limpias calles se advierte la mano de los ingleses, bajo cuyo protectorado está la isla. Los polizontes turcos, con uniforme kaki y su rojo fez, nos observan con seriedad británica, erguidos y convencidos de que su autoridad será respetada. Los ingleses dominan siempre sin ofender a los conquistados, elevando la cultura de los pueblos, para que puedan rendir mayores tributos.

LIMASOL (Isla de Chipre). – El jardín de los frailes franciscanos. (En busca del caballo árabe)

Al entrar en una iglesia católica hemos encontrado dos Franciscanos españoles, que han recibido nuestra visita de compatriotas con inmensa alegría, pues hacía muchos años que no llegaba a la isla ningún español. Nos han obsequiado con generosidad, dándonos a probar y regalándonos unas botellas del célebre vino que allí se cosecha, llamado Comandaría, y el que, con la algarroba, constituye la principal riqueza de la isla. ¡Pobres frailes españoles! Sí no fuera por ellos, el nombre de España no se pronunciaría en Oriente.

Nuestros representantes los tienen olvidados; y siendo Francia la encargada de velar por los católicos de Oriente, dicho se está que cuida de los propios más que de los ajenos.

Todos lamentamos esta verdad, así como el temor de nuestros industriales y comerciantes para explotar estos mercados, a los que acuden de todas las naciones menos de la nuestra. Parecemos los guardias valonas de la zarzuela. ¡Siempre llegamos tarde!

En cambio, nuestros diputados en la Cámara popular discutirán con ardor la solución de tal o cual crisis ministerial, rebatiendo la frase o el gesto del Presidente que aplaudió la mayoría, y harto preocupados con aguzar el ingenio para que sus interrupciones hagan estallar risas o rumores, no tienen tiempo material que dedicar a su labor de gobernantes. ¡Qué desdicha!

Al mediodía abandonamos el puerto. Ha tomado pasaje en nuestro barco un joven matrimonio que viaja en su luna de miel. Él es Inspector de la Renta de tabacos en Larnaca (capital de Chipre). Ambos son griegos, y se dirigen a su domicilio. La misma Venus, que al nacer en la espuma de una ola desgarró las azules aguas de estos mares, en la bahía de Paphos, envidiaría la soberana hermosura de esta joven esposa. Es la mismísima diosa de la belleza en toda su perfección.

La amabilidad del matrimonio llegó al extremo de hacernos desembarcar a la llegada de Larnaca para obsequiarnos con unos dulces en su propia casita, dulces que nos fueron servidos en monumental bandeja de plata por una negrita que tenían de esclava, al tenor de las costumbres turcas de la isla.

Muy reconocidos a sus atenciones, nos despedimos del matrimonio griego para volver a nuestro buque, en el que nos hacen observar la aparición de una inmensa tortuga (carey) en la superficie de las aguas, rodeada por seis u ocho lanchas de pescadores que pretenden su captura. Una de las lanchas se aproxima con cautela al animal, que al notar el peligro se zambulle, no tardando en reaparecer pocos metros más allá. Por tres o cuatro veces burla del mismo modo a sus perseguidores, mientras nosotros dejamos aquellas aguas en la seguridad, que afirman los prácticos, de que antes de una hora estará la tortuga en tierra, y el producto de su venta, repartido entre todos los tripulantes de las lanchas, igualará a la remuneración de un buen día de pesca.

El día 26 arribamos a Mesina, linda ciudad de Asia Menor, donde estuvimos sin bajar a tierra hasta la caída de la tarde, que hicimos rumbo para Alejandreta.

Hemos llegado, en la mañana del 27, al término de nuestro segundo viaje por mar, en el que se han invertido seis días con siete noches a bordo.

ALEJANDRETA. —Nuestro Cónsul honorario, advertido de nuestra llegada, tiene la atención de salir a recibirnos en una barca, que atraca al costado del vapor. En ella ondea la roja y gualda bandera de nuestra hermosa patria, que el digno Cónsul, aunque de nacionalidad italiana, se honra en representar.

Con exquisita amabilidad nos alojó en su señorial vivienda, en la que no estaban las señoras, porque marchan todos los veranos a Nápoles, pero sí había llamado a su hijo mayor, joven estudiante de Derecho, que llegó de aquella ciudad para ayudarle a hacernos más grata la breve estancia en su casa.

Siento no recordar el nombre de tan simpático joven, que con todo agrado mostraba su deseo de servirnos. Su fácil y entretenida palabra acudía en todos momentos a satisfacer preguntas de interés o de curiosidad, sosteniendo nuestra atención con los relatos de la vida del país. Incidentalmente recayó la conversación sobre la caza, y al saber que yo soy muy aficionado a la escopeta, me invitó a salir a la terraza, para desde allí enseñarme el sitio donde ha pocas semanas mataron un leopardo.

En efecto, así lo hicimos; y cuando me indicaba la ladera de una montaña situada poco más de un kilómetro de la ciudad, observó que yo estaba descubierto y que en la terraza caía un sol de justicia. Con febril impaciencia me hizo retirar para buscar mi sombrero, y al pretender convencerle de que no había motivo de alarma por tan pocos instantes, me replicó: «Este sol no le conoce a usted, como el de España, y le bastan tres minutos para matar al que le ignora o se confía.» ¡Caracoles! ¿Será verdad? Dicen que sí, y citan casos recientes de europeos que fueron víctimas de su inexperiencia.

A esta ciudad arriban muchas caravanas del desierto con cientos de camellos cargados con los productos del interior, que buscan salida por el litoral. Por si entre los jinetes que, armados hasta los dientes, acompañan a estas caravanas hubiera alguno poseedor de caballo o yegua distinguida, hemos dada una vuelta por las posadas (jans), en las que hemos visto ejemplares de la raza, pero de tipo vulgar.

Aquella misma noche emprendimos el viaje, a las doce y media, en dirección a Alepo. Dos coches berlinas, tirados por cuatro caballejos cada uno, enganchados a la gran potencia, eran los vehículos que nos habían de conducir; y colocados dos en cada una de aquellas minúsculas literas, empezamos a rodar cuesta arriba por un camino de monte, tallado en la roca viva. Son las estribaciones de la cordillera del Tauro, cubiertas de espesa maleza y viejas encinas, donde se refugian panteras, hienas y leopardos. Nuestros vehículos saltan más que ruedan por aquellos breñales, hasta que ya, bien entrado el día, dominamos la altura de Beilán.

Una calle de Alejandreta (Asia). (En busca del caballo árabe)

Entre nueve y diez de la mañana hacemos el primer descanso, que aprovechamos para almorzar a orillas de un fresco riachuelo, mientras los cocheros lavan el ganado, refrescando sus ojos, ollares y dorso. Después de esta operación se pasaron un buen rato estirándoles con fuerza las orejas hacia abajo, hasta el punto de que casi so colgaban los hombres de ellas. Pregunté qué objeto tenía aquella práctica, desconocida para mí, y respondieron que con esa operación pueden empezar de nuevo la jornada como si salieran de la cuadra y del descanso. (En el Hipódromo de Moscú (Rusia) vi al año siguiente estirarle las orejas a un caballo que acababa de hacer el recorrido).

Lo cierto es que estos animalitos están trotando desde la una de la noche, y no so desengancharán hasta el anochecer de hoy, para emprender otra jornada igual a las pocas horas de reposo.

Aprovechando el paso de una caravana de más de 800 camellos, nos hace el Oficial de Administración Militar la fotografía que reproduzco, en la que aparecemos el intérprete José Lorenzo y yo en el camino que recorrió Alejandro el Grande, después de la batalla de Issus.

Desde nuestra salida de Alejandreta vamos escoltados por dos soldados turcos, montados en jacuchos de mal aspecto, que se relevan cada tres o cuatro horas, sin duda en las inmediaciones de sus puestos. Estas tropas se llaman gendarmes, y prestan servicios de escolta a los viajeros, que los reclaman y pagan sus dietas o pluses, pues el Estado debe tenerlos muy olvidados, a juzgar por los andrajosos uniformes con que mal cubren su cuerpo.

Continuando nuestra marcha, encajonados como pasas de Málaga, llegamos a la llanura con calor sofocante, teniendo a la vista el lago de Antioquía, y a derecha e izquierda del camino grandes extensiones de terreno pantanoso, donde se ven millares de tortugas tomando el sol y gran número de cigüeñas, garzas reales y otras zancudas, que no huyen ante la presencia del hombre.

El Capitán Azpeitia y el intérprete José en la ruta de Alejandreta a Alepo. (En busca del caballo árabe)

Sigue después la ancha carretera atravesando una comarca árida, en la que se ven algunos pequeños poblados habitados por kurdos y turcomanos, medio nómadas, siempre dispuestos a desvalijar la caravana o viajeros que menor resistencia puedan oponerles. Uno de estos poblados representa la fotografía que reproduzco. Siguiendo nuestra ruta atravesamos el río Afrir para pernoctar en uncm (khan), a orillas de este río. No habré de decir que las camas no existen, y que en el empedrado patio de la posada hicimos nuestro rancho entre los fardos y camellos de los compañeros de albergue. No eran, en verdad, de la más distinguida sociedad, pero la indiferencia que nuestra presencia les causaba hizo que nosotros nos consideráramos en igualdad de condición; y después de cenar un arroz con sebo, buscamos cada cual un mullido pedrusco para recostar la cabeza y tender el cuerpo, lacio por las diez y nueve horas de jornada.

DJINDARÉ. – Aldea turcomana entre Alejandreta y Alepo. (En busca del caballo árabe)

Cuatro horas justas tardamos en sacar el molde del empedrado en nuestros cuerpos, y otras cuatro calculo yo, por lo menos, que tardaría en borrarse, pues a las dos y media de la mañana en que volvimos a colocarnos en los cochecitos, todos mis huesos y músculos habían cambiado de lugar. Poco a poco, con el traqueteo del camino, van entrando en su sitio, y con la paciencia por arrobas vamos rodando por ancha y polvorienta carretera, trazada en una llanura extensa y arenosa como un desierto, plagada de águilas y buitres comiendo los restos de reses vacunas que a los lados del camino se encuentran con frecuencia, debido a una epizootia que diezma el ganado en toda la región.

Conforme avanza el día, el sol va haciendo de lo suyo, ayudado eficazmente por la humanidad del Comandante, que, sentado a mi lado y por aplastamiento, me comunica todos sus ardores. ¡Hay que ver las calorías que sueltan 90 y tantos kilos de carne viva!

Por fin, a eso de las nueve y media de la mañana, nos avisan de que se ven a lo lejos unos coches que vienen a nuestro encuentro.

Es nuestro Cónsul de Alepo, de cuya caballerosa amabilidad y cortesía tengo referencias por las atenciones que en el año anterior prestó a la Comisión durante su corta permanencia en esa ciudad.

No puede describir mi torpe pluma el pintoresco cuadro que tuvo lugar en pleno desierto, al encuentro de nuestro amable Cónsul (véase la fotografía).

En efecto, precedido de cuatro lujosos cabás (alguaciles del Consulado), con chaquetillas azules bordadas de oro, turbantes y fajas de seda con brillantes colores, sus damasquinas cimitarras con vainas de terciopelo rojo y repujadas de plata, enseñando las culatas de sus pistolas, guarnecidas de oro y plata, por encima de la cintura; y al trotar de cuatro yeguas árabes, enjaezadas al tenor del lujo de sus jinetes, salió Mr. Georges Marcópoli con su señor hermano Francisco al encuentro de la Comisión, más de dos horas de camino de la ciudad.

La entrevista fue de lo más cordial y afectuosa que se puede desear: apretados abrazos y dos besos de hermanos, en las mejillas, fueron su saludo para mis compañeros. Efusivos apretones de manos lo fueron para mí, cuando fui presentado como nuevo Capitán de la Comisión.

Tras breve descanso, cambiamos nuestra residencia a tres cochecitos descubiertos que traía de Alepo el Sr. Marcópoli, y, colocados por parejas, hicimos rumbo a la ciudad, precedidos de los lujosos y apuestos batidores.

Suntuoso recibimiento que el Cónsul de España en Alepo, Mr. Georges Marcópoli, y su señor hermano Francisco, hacen a la Comisión. (En busca del caballo árabe)

 

V. Alepo

Nuestro Cónsul Mr., Georges Marcópoli y su familia.—Impresiones del ganado reconocido.—Nuestra labor constante.—Visita al General turco Vali del Vilayeto.—Nuevo plan de campaña.—El grano (boufon) de Alepo.—Aldea de Teselveine.—Infructuosas gestiones de compra de ganado.—Nuestro intérprete José.—Los alepinos.—Un amigo judío.— Las israelitas.—Una joven turca

Instalados en esta ciudad de Siria, en un hotel bastante confortable, dirigido por un armenio que conoce las costumbres europeas por haber estado al servicio de unos ingleses, empezaron pronto nuestras gestiones de compra, reconociendo gran número de yeguas y caballos.

El Sr. Marcópoli, caballero cultísimo, de muy vasta ilustración, no desconocía la Hipotecnia, y con su inteligencia y conocimiento de las razas del país nos tenía preparados unos cuantos ejemplares para que los viéramos a nuestra llegada.

El tiempo preciso para cambiar nuestros trajes de camino fue el que tardamos en devolver su cortesía a nuestro Cónsul, visitándolo en su casa, en donde, con gran satisfacción nuestra, ondeaba a toda asta la gloriosa bandera española, bajo cuyos pliegues se mantenía el escudo de nuestra patria.

¡Oh, España querida, qué madre tan digna eres, y cuál destrozan tu hermoso corazón los viciados hijos que desconocen el mundo!

La familia Marcópoli constituye en Alepo la más alta representación del elemento europeo. De procedencia italiana, llegaron a la capital de Siria sus antepasados, fundando una gran casa de banca y comercial, que abarca la mayor parte de los negocios de Siria, Mesopotamia y Arabia Central.

Es, pues, nuestro digno representante la figura más saliente de la ciudad, querido y respetado por el elemento indígena tanto como por las autoridades turcas y los demás Cónsules de otras naciones.

Nuestra llegada le complace, porque ni él ni sus antepasados habían tenido ocasión de actuar en su cargo oficial, y, dadas sus condiciones de amabilidad y alta posición social, presta a nuestra Comisión todas las valiosas atenciones que la hospitalidad oriental, en cuyo ambiente vive, guarda para sus huéspedes.

A la salida de nuestra fonda nos encontramos en la puerta con dos de los gentiles cabás, derechos como esbirros, que, con su corvo sable descolgado de los tirantes, en la mano izquierda, y un lujoso látigo con largo puño de plata en la derecha, rompen la marcha con digna seriedad, delante de nosotros, abriendo paso entre la multitud, que se retira respetuosa para no interceptar nuestro camino. Cuando algún inadvertido o perezoso tarda en despejar, le avisa en las espaldas un toque de atención del látigo, bastando esto solamente para la obediencia sin réplica.

No se prescindió en casa del Sr. Marcópoli de la consabida tacita de café en señal de cordial bienvenida, seguida a los dos minutos de sendos vasos de agua con jarabe de rosas, que no bien deglutidos todavía aparecieron otros con jarabe de naranja, y tras ellos otros de jazmín, y otros de grosella, y otros de que no sé qué, y otros de no sé cuánto. ¡Aquello era interminable!

En fin, yo me estaba viendo reventar; y no temía tanto por mí cuanto por el Comandante, que, siguiendo la etiqueta cancilleresca, apuraba de un solo sorbo todo lo que lo servían. ¡Cielo santo, qué va a ser de este hombre! Eran ocho o diez vasos de aromáticos jarabes los que se había tragado y lo veía dispuesto a la continuación. Afortunadamente levantamos el campo cuando avisaron que esperaban en el patio las yeguas que habíamos de reconocer.

Sin distinción, malos aplomos, izquierdo, etc., etc., fueron las calificaciones aplicadas a los ejemplares vistos, y por ello deduzco que habremos de continuar con los mismos calificativos durante muchos días, hasta que la suerte nos depare algo que halague a la vista.

Es inútil buscar aquí bondad y belleza, pues estas gentes entienden esas cualidades de otro modo que nosotros.

Sigo en mis trece de que la descripción de ese tipo ideal de caballo árabe ha sido importada a Europa por los sabios exploradores que llegaron a estas regiones, completamente profanos en materia de Hipología, y copiaron la fantasía de los árabes por sus escritos y leyendas, que se divulgaron entre los profesionales occidentales copiándose unos a otros, sin conocer más que de referencia la cuestión.

Ese tipo ideal, repito, que venimos buscando todos, ni existe ni ha existido jamás en este país, donde ya dije y repetiré que la belleza en su sentido estético no ha sido ni es todavía apreciada.

Existió y subsiste la noble raza: de líneas generales y conjunto armónico; pero como aquí se estima más que su belleza la bondad de sus condiciones, siempre se trató y se trata de que éstas se transmitan a la descendencia, buscando en los reproductores la velocidad, resistencia y sobriedad, como características de nobleza, prescindiendo en absoluto de toda otra condición exterior.

Ese tipo, cerca de la perfección o perfecto, lo encontraremos en otras razas, y tal vez en esta misma; pero fuera de aquí, dentro de la civilización, donde se reproducen y recrían las especies animales para su explotación en el mercado, halagando la vanidad o el lujo de los potentados que desean brillar con sus trenes y caballos en los parques del mundo elegante.

Creo que el tiempo me dará la razón; pues a los ilusionistas que esperan nuestra compra en España para admirarla, y aun a nosotros mismos nos aguardan muchas decepciones en las esperanzas concebidas y desengaños que los tengo previstos.

Llevamos cuatro días en esta ciudad (Alepo), que tiene unos 85.000 habitantes, y cuyo perímetro abarca una gran extensión, porque cada casa es habitada por una sola familia.

La construcción de los edificios es muy sólida, toda de cantería, lo mismo en las suntuosas moradas que en las más miserables viviendas, lo cual da a la población el aspecto de una gran fortaleza.

Sus calles, estrechas, no están exentas de una discreta limpieza, y en general se observa en la vida de este centro comercial un ambiente de orden y respeto a la autoridad, y sobre todo al elemento europeo, que redunda en el general bienestar. Todas las naciones tienen aquí sus Cónsules efectivos, los cuales nos han visitado oficialmente, siendo en igual forma devuelta su visita acompañados del nuestro, que ejerce su cargo de honorario.

Vista parcial de Alepo (Siria).

«Tanto tienes, tanto vales», dice un adagio castellano; pero nuestro Cónsul, que es uno de los mayores capitalistas de la Siria, goza de mayor crédito, por su honorabilidad, talento y generosidad, circunstancias todas ellas que dan realce a su figura, y facilitan nuestra gestión con tanta eficacia, que nuestra gratitud ha de ser muy grande y sincera.

Yo ya perdí la cuenta del número de yeguas y caballos que hemos reconocido; seguramente pasan de un centenar, sin contar los que sus dueños pasan a nuestra vista, por si nos entra el deseo de adquirirlos.

Todo el día, desde las siete de la mañana, estamos en la calle de un lado para otro y de casa en casa, viendo los caballos y yeguas que llevan fama de notables; así que, cuando llega la noche, estamos rendidos; mas todavía nos queda el ineludible deber de corresponder a la amabilidad de la familia Marcópoli, que en nuestro honor recibe todas las noches al elemento europeo de mayor distinción.

La hermosa y gentil madame Marcópoli, con sus encantadoras hijas Laura y Berta, dos ángeles de bondad y dulzura, se desviven por que aquellas veladas nos resulten gratas; y en verdad que su amable compañía y las limpias notas que arranca del piano la espiritual Laura alejan de nuestro pensamiento la idea del apetecido reposo.

Hemos salido dos tardes al campo donde pasean los jinetes, y aunque nada bueno he visto, algo nuevo pude observar.

En general, todos desconocen los más elementales principios de equitación, siendo verdaderos verdugos de su cabalgadura, sobre todo en el brutal castigo de la boca, que hacen sangrar por los tirones que dan en el mando.

No hemos visto trotar a ninguno. En una extensa pradera corren y corren, galopando sin cesar una y dos horas seguidas; y lo que en un principio creí lo hacían para demostrarnos la velocidad del animal, comprendí luego que era el ejercicio diario a que los sometían. Uno de los jinetes montaba una yegua que llevaba su rastra tras sí, potrillo de pocos meses, que lo vi galopar más de una hora siguiendo a su madre.

Un incidente, que revela el amor propio de los árabes, y que nos enseñó a reservar nuestra opinión sobre los defectos de sus caballos, ocurrió en uno de esos paseos. Se acercó a nosotros un jinete con un caballo árabe tordillo que, según dijo, quería su amo vendernos. Era un potro de cuatro años, bastante enérgico y con alguna distinción, pero estrecho de pechos y muy abierto de manos, defectos que escuchó el criado, y fue con el cuento a su dueño. Éste, que era un adinerado y soberbio turco, montó en cólera, y se fue con la queja a nuestro Cónsul, diciendo que le habíamos desacreditado su magnífico caballo árabe, indudablemente, porque no nos habíamos fijado en su belleza y energía, siendo, por tanto, necesario que fuéramos a su casa para que volviéramos a ver el caballo y rectificáramos públicamente nuestro error.

El Capitán Azpeitia reconociendo el ganado de los aldeanos

El Sr. Marcópoli nos rogó que hiciéramos el esfuerzo de complacer a aquel ignorante tiranuelo, y al día siguiente fui comisionado con el veterinario para deshacer el entuerto. Por cierto que en nada estuvo el que Viedma tuviera un percance con el dichoso caballo, que le aprisionó contra la pared y no lo dejaba salir. Terminó nuestra entrevista diciendo al dueño que poseía un hermoso animal sin defecto alguno y que su criado no había comprendido lo que dijimos en la tarde anterior. El colérico señor quedó muy satisfecho, y nosotros nos prometimos decir a todos en lo sucesivo que sus caballos eran una maravilla, pero que por el momento no buscábamos aquel hermoso tipo de caballo árabe.

También hemos visitado oficialmente y de uniforme al General turco, Gobernador (o Valí) de este Vilayeto, Pachá distinguido, de figura aristócrata y finos modales, que nos recibe cortésmente en el despacho particular de su serrallo (palacio). En su conversación, juzga de temeridad el proyectado viaje de la Comisión a Bagdad, donde, además de creer difícil la adquisición de buenos caballos, teme por nosotros durante el penoso viaje de más de cuarenta días en el desierto, sufriendo los mayores calores de la estación y expuestos al espejismo, que hace sus víctimas aun entre los más expertos guías y caminantes, citando casos y ejemplos que corroboran su desinteresado consejo.

De la misma opinión es nuestro cariñoso Cónsul, e igualmente el Director del Banco otomano, que se hospeda en el mismo hotel que nosotros. Este señor dice al Comandante que, de ir a Bagdad, debemos hacerlo por la vía de Bombay, embarcando en Port Said hasta esa ciudad, y de allí, por la vía fluvial del Tigris, a Bagdad. Este viaje no tiene otros inconvenientes en esta época que la travesía del mar Rojo y el estiaje del Tigris, que a veces hace suspender la navegación; sin embargo de todo ello, representa mayores garantías de arribada feliz que las de aventurarse a la travesía del desierto, en la que él estuvo a punto de perecer.

En consecuencia de tales indagaciones, cerca de personalidades tan serias, dignas y competentes, decidió el Comandante, con el consejo y datos adquiridos, marchar por ahora a investigar las tribus de beduinos anazes, que durante el verano se acercan al litoral y acampan en las riberas desiertas del Éufrates o el Tigris, para cuya expedición comienzan a hacerse los preparativos, ofreciéndonos el General, o Valí, para custodia de la Comisión, una escolta de un Teniente y dos gendarmes, que será reforzada en las regiones de mayor peligro. He ahí, pues, el nuevo plan de campaña para nuestras exploraciones, y Dios querrá que nuestros sufrimientos, nunca bastante creídos por los que desconocen este país, correspondan al éxito que deseamos.

He hablado de las molestias sufridas, y aunque hasta ahora pueden soportarse, no estamos exentos de padecerlas; pues aparte de las que a cada uno le proporciona su propio carácter, también el clima, la alimentación y el trabajo contribuyen a que nuestra salud no esté en completa normalidad. Afortunadamente, no estoy enfermo ni tengo el ánimo decaído; pero casi había motivo para ello, porque apenas puedo conciliar el sueño.

Unos mosquitos invisibles, blancos, diminutos como una cabecita de alfiler, que pasan por entre el espeso tejido de tul que cubre nuestras camas, lancean atrozmente mi cuerpo durante las pocas horas que me quedan de reposo, y no hay medio de evitar los sensibles y continuos pinchazos que reparten por doquier. Estos mosquitos, que ni se oyen ni se ven, son los transmisores de la enfermedad que padecen los habitantes de la región, llamada por los técnicos houton o grano de Alepo, que generalmente aparece en la cara, manos o pies. Tiene el aspecto de una úlcera con costra purulenta que destruye los tejidos sobre que asienta, dejando una profunda cicatriz. Su duración es de nueve a trece meses, y aunque ha sido estudiada por muchas celebridades médicas, no han encontrado todavía remedio para atajar el mal. Solamente se conoce un específico que limita su extensión; pero en nada reduce el tiempo del padecimiento.

Todos los habitantes, pobres y ricos, muestran en su rostro las huellas del terrible grano, que en algunos hizo verdaderos estragos, destruyendo media cara y parte de una oreja. Desde luego se advierte mayor daño en las clases menesterosas, que no cuidaron tanto de su higiene.

He oído decir que esta plaga es una de las siete de Egipto, de que nos habla el Antiguo Testamento.

Continuando nuestra labor con la misma perseverancia que el Dr. Garrido tuvo en su profesión, hemos salido hoy (4 de Julio), a las cinco de la mañana, en tres coches (que la generosidad de nuestro Cónsul paga de su peculio) hacia las inmediaciones de la aldea Teselbeine, cerca de una laguna salada que se llama Sebkha, recorriendo el camino, de unos 40 kilómetros, en cinco horas. Éste se prolonga en una extensa llanura sin árboles ni arbustos, cultivada en parte por cereales, que ya rindieron su pobre cosecha, a juzgar por la endeble y clara rastrojera que dejaron.

De trecho en trecho hay abiertos en la orilla del camino algunos pozos, que dan agua sana y fresca para que el caminante pueda apagar su sed y la de su cabalgadura, no faltando en ninguno de ellos un vasito de cinc o de cobre para que puedan beber los hombres y un pozal para las bestias.

Un descanso en Neral (Alepo).

 Contrastan todos estos detalles de humanidad y orden con la incultura de este pueblo semisalvaje, pero rigurosamente bíblico en sus costumbres patriarcales.

Los dos o tres poblados que encontramos en el camino son de familias humildes, dedicadas a la agricultura de aquellas llanuras casi estériles. Sus viviendas están construidas con barro amasado y mezclado con paja corta. Cada casa forma un rectángulo de altos tapiales, sin más comunicación ni luz al exterior que la puerta de entrada al recinto. En el interior hay cuatro habitaciones, cuyo techo, de los mismos materiales de construcción, adopta la forma de una alta bóveda cónica como la mitad de un huevo.

De aquellos poblados y de algunas tribus de beduinos acampadas en las inmediaciones ha mandado reunir el señor Marcópoli todos los mejores caballos árabes y yeguas de raza que posean, para que podamos elegir y formar juicio del ganado del país.

Llegados a la aldea de Teselveine nos tenían preparada una abierta y extensa tienda de campaña, bajo cuya sombra tendieron tapices, colchonetas y almohadones para que, sentados o tumbados a la oriental, pudiéramos ver los caballos con la comodidad y pereza que requiere la etiqueta árabe en las altas jerarquías.

Después del café de bienvenida y amistad empezaron a desfilar ante nosotros los ejemplares reunidos, y para qué habré de cansaros con repeticiones inútiles. Por lo dicho en párrafos anteriores podréis comprender, queridos lectores, la opinión que merecieron a la Comisión aquellos équidos, tan apreciados por sus dueños y apreciables en conjunto. Todos, sin excepción, estaban dentro del cuadro de exenciones para la compra. ¡Qué desdicha! Hay que tener paciencia por arrobas, y, si al final conseguimos algo bueno, daré por bien empleada la que estoy malgastando.

Más de 40 cabezas reconocimos aquel día entre mañana y tarde sin encontrar ninguna (en su mayoría yeguas) que mereciera el honor de preguntar su precio.

Al atardecer emprendimos el camino de regreso a Alepo, y al atravesar, ya de noche una de las aldeas de la ruta salieron dos vecinos a ofrecernos hospedaje y cena en su casa para evitarnos los peligros de las tinieblas. De buena gana hubiera yo aceptado aquella noble y franca hospitalidad; pero como, en realidad, no era necesaria, se les dieron las gracias y continuamos a nuestro alojamiento en la ciudad.

A las diez y media de la noche llegábamos a Alepo, y creo que también fuimos después a la tertulia de nuestro Cónsul. Estamos batiendo el record del insomnio, pues luego aún me queda (para mí sólito) la obligación que me impuse de anotar todas las noches las impresiones del día.

TESELVEINE (Siria). – Presentación de yeguas a la Comisión.

 Hace tiempo ofrecí la presentación de nuestro intérprete, que nos acompaña desde Constantinopla. Es un joven de veinticinco a veintisiete años, de regular estatura, gordo y rubio. Ejerce en Jerusalén el cargo de Canciller del Consulado de España. Habla correctamente el inglés, alemán, francés, italiano, arabo, turco, armenio, griego y el español. Desde muy joven ha servido de guía e intérprete a los turistas de las naciones cuyos idiomas conoce, y su práctica en este cometido es garantía de acierto en sus observaciones. Por lo demás, siendo gordo y rubio no he de decir que su aspecto es bonachón, sonriente y simpático, sin que ello sea obstáculo para que cuando no quiere hablar se encierre en el mutismo y vaguedad característica de su sangre árabe, y no hay medio humano de que diga una palabra. Quizás más que su temperamento árabe influya su sentido práctico, pues cuando se encierra en su concha es porque teme contrariar a alguno, y, ¿quién sabe si entre los sirios será vulgar nuestro refrán de que en boca cerrada no entran moscas?

Quedamos entonces en que D. José Lorenzo (así se llama) es un joven inteligente y afable, a quien todos los de la Comisión tenemos singular afecto, y de aquí en adelante le conoceremos con el nombre familiar de José, que pronunciamos con cariño. Conocer una ciudad no es recorrer sus calles y plazas, ni visitar sus monumentos. Para conocer un pueblo es preciso conocer al hombre, que es el factor de la vida, y por él sabremos y aprenderemos a conocer el país que visitamos. Él nos dará cuenta exacta de su cultura intelectual y artística; por sus leyendas conoceremos su historia; por sus obras juzgaremos de su laboriosidad; sus costumbres nos darán a entender sus leyes y fueros. Esta es, según entiendo, la verdadera fuente de información del turista. Pero mi buen deseo de profundizar algo más de lo que al exterior puede apreciarse, tropieza, aun después de conseguido, con la falta de expresión necesaria para presentar la escena tal cual yo la vi.

Ya dije que no soy escritor. En relato sencillo y en diálogo familiar han sido hasta aquí y serán en adelante transcritas las notas de mis Memorias. Preciso será, por tanto, que la buena inteligencia de los que me lean supla las frases apropiadas que faltan para adornar la dicción, formándose clara idea de los conceptos a que quiero dar relieve.

La ciudad de Alepo, como la mayoría de las de Turquía asiática, cobija entre sus murallas razas distintas de origen, de religión, lenguaje y costumbres, que, sin embargo, viven en amigable consorcio.

Los alepines, esencialmente agrícolas, son de origen árabe, y aunque desde luego profesan la religión del Profeta, no son tan fanáticos como otros turcos, ni sus mujeres rehúyen la mirada del hombre. Ellos y ellas cultivan las tierras que rodean la ciudad en escaso perímetro, y de sus huertas de regadío sacan al mercado exquisitas verduras, legumbres y frutas de primavera y verano, que venden a precios reducidísimos.

Los judíos y armenios se dedican al comercio y pequeñas industrias, en las que colaboran con obreros turcos, siendo la generalidad de éstos los que intervienen como corredores entre la producción y el consumo, entre la industria y el comercio. De ahí que en las plazas y sitios públicos se ven los hombres inactivos, sentados a la sombra, fumando su narguilé a la puerta de un cafetín, contemplando en su soledad el vaho que exhala su boca después de haber aspirado el insípido tombac (tabaco), que se quema lentamente en la pipa de la botella.

Un tipo característico de esta ciudad es el vendedor de agua. Son tantos los que se dedican a ese comercio, que solamente podría compararse su número con el de aguadoras del paseo de Recoletos en las noches del mes de Agosto.

Aquí, en vez del clásico botijo del Santo, llevan el fresco líquido en un pequeño pellejo 6 boto, con unos tirantes que, a modo de mochila, cuelgan de sus hombros hasta que descansa sobre los riñones, saliendo por debajo del brazo derecho una larga boquilla de bronce bruñido, por la que vierten el agua en una gran taza del mismo metal.

Café turco. Fumadores de narguilé.

En Granada y otras ciudades de Andalucía quedan todavía reminiscencias de esta costumbre árabe, pues también hay aguadores ambulantes que, como los de aquí, demuestran el dominio de su oficio en la agilidad y destreza con que sirven al cliente. Los árabes no pregonan su mercancía, y en su lugar anuncian su llegada o presencia repicando dos de las vasijas de metal, como hacían en España los antiguos caldereros y veloneros.

He trabado amistad con un comerciante judío muy popular en la ciudad, y he procurado aprovechar sus conocimientos para investigar más adentro la vida familiar de este pueblo cosmopolita.

Nuestro conocimiento partió de un pequeño incidente, que voy a referir:

Salimos una de tantas mañanas el veterinario y yo, acompañados de un guía árabe que nos habría de enseñar algunos caballos árabes y yeguas de ricos propietarios; y al traspasar los umbrales de una puerta nos encontramos en el patio de una señorial morada. Nuestro guía dijo a los criados el objeto de nuestra visita, o inmediatamente salió el dueño a recibirnos.

Este señor era un Gran derviche, como si dijéramos un obispo de esa gran secta musulmana. Nos saludó con amabilidad y nos hizo pasar a su diván, estancia reducida con luz velada, dedicada en Oriente a las visitas y audiencias de los hombres. Con distinguidos ademanes nos indicó su pena por no conocer nuestro idioma, que suponía el francés, y que mientras nos servían el café llegaría un intérprete a ponernos en comunicación. Agradecimos su cortesía y, al terminar de tomar el café, llegó el anunciado intérprete.

Por él le hice conocer que nuestro guía nos había conducido a su casa sin advertirnos la alta jerarquía que dignamente ostentaba, rogándole, por tanto, perdonara nuestra presencia en el traje de camino en que nos encontrábamos. Conocí que le halagaban mis atenciones, y correspondió a ellas diciendo que en la educación, no por el traje, se distingue a los hombres.

Cuando se trató del objeto de nuestra visita, asunto del que se trató muy tardíamente, pues la etiqueta no permite ir al grano en derechura, respondió que él mismo en persona nos enseñaría sus caballos, previniendo que no esperáramos ver nada extraordinario. Después nos preguntó la nacionalidad, y al conocerla respondió: «Pues qué, ¿no tenéis en España nuestros caballos, importados siglos ha por los Califas de Bagdad y Damasco» Le dije que la raza había degenerado y era preciso refrescar la sangre, único objeto de nuestra misión.

El intérprete que acudió al llamamiento del Derviche hablaba francés, y en ese idioma nos traducía, hasta que, al oír nuestra nacionalidad, me dijo en viejo castellano: “Yo tamén soy español; fabla como queras, que yo entendo”. Aquella sesión terminó viendo los caballos, que ciertamente no eran extraordinarios, y salimos de aquella señorial mansión en compañía de nuestro israelita compatriota, que nos dio su nombre y domicilio, ofreciéndose para todo cuanto pudiéramos necesitar de sus servicios y relaciones. He ahí, pues, nuestro nuevo amigo.

Desde luego comprendí el tipo facilitón, servil y chiflado que teníamos a la vista, y me propuse utilizar sus ofrecimientos, no solamente para ayuda de nuestra Comisión, presentándolo al Comandante y Comisario, sino también porque supuse que sus amistades con hombres y mujeres de todas las categorías sociales y de todas las razas y religiones que entraban en su Butica (tienda) podrían tal vez satisfacer mi curiosidad de conocer y llegar al recinto vedado a los extraños.

Parece que conmigo alcanzó más confianza que con los demás de la Comisión, y sea porque fui el primero que lo conoció, o fuere porque yo hablaba siempre en su tono de íntima amistad, es lo cierto que me refería su vida y amoríos, con esa charla simpática de los judíos españoles de Oriente.

No dejaba de tener poesía el relato que me hizo de una visita matutina a su prometida, a quien adoraba apasionadamente con la más pura intención.

—Una mañana—dijo—entré acompañado de la madre de mi novia en su dormitorio, pues quería entregarle un ramo de flores. Al encontrarla dormida, pasé por sus mejillas «de nácar» las rosas que llevaba, diciéndola: Abre tus oxos y dame tu luz.

Las mujeres israelitas y algunas armenias, son las únicas que dejan ver su cara en las calles de Alepo, pues las otomanas llevan el velo mucho más espeso que las de Constantinopla, siendo imposible ni aun adivinar su rostro. Los sábados por la tarde salen las judías con traje de fiesta a pasear. Su larga mantilla negra, de crespón o seda, no tapa sus facciones españolas, y con sus faldas claras y flores en la cabeza, parecían aldeanas andaluzas, si su andar reposado y su triste semblante no delatara su condición de desterradas.

¡Pobre raza sin patria, está cumpliendo su condena cual la magnitud de su culpa!

Por la amistad de nuestro oriental compatriota conocí algunas de ellas, que hablaban con timidez y humildad; sin duda recordando en nosotros a los que decretaron la expatriación de su raza.

Pero lo que a mí me inspiraba mayor curiosidad era conocer a la mujer turca. Muchas veces abordé la cuestión con mi amigo, pero siempre me contestaba con las mismas frases:

— ¡Los turcos cortarte la cabeza!

— ¿Cómo no te la cortan a ti? ¡Tunante!—le repliqué.

— Porque tú eres cristiano—me respondió, —y no quieren nada con vosotros. —Sea lo que fuere—le dije, —tú no serás mi amigo si no me presentas alguna de tus conocidas.

— Mira—añadió, —tengo vecina viuda con hija joven, que por la azotea pasan a mi casa; pero no sé si querrán dejarse ver.

Sin duda tomó en serio la amenaza de perder mi amistad, pues a la tarde siguiente me convidó a cenar, diciéndome que pasaría la hija de la viuda.

Allí acudí, y a poco de llegar se presentó la vecinita de mi amigo. Una muchachita de unos diez y siete años, morenita, esbelta, de poca estatura, ojos negros y rasgados, más aún por lo pintados que los llevaba. Sus labios encarminados, como sus mejillas, dejaban ver al sonreírse unas líneas de blancos y diminutos dientes. El negro y brillante pelo que caía en dos trenzas sobre sus hombros servía de marco a la placidez de sus facciones. Una blusa de seda encarnada y encima un fígaro, de raso verde, adornado con lentejuelas, cubrían su busto, y por debajo de la falda oscura, que le llegaba hasta media pierna, dejaba ver los pantalones bombachos, que se sujetaban encima del tobillo.

Sin ser bella, y a pesar de la pintura, que no estaba dada sin arte, resultaba la muchachita interesante en su extraña toilette.

Su vecino la obsequió con unas cepitas de mastika (aguardiente), pepitas de sandía tostadas, garbanzos turraos, aceitunas y otras vituallas por el estilo; a las que, por lo visto, son muy aficionadas. Por mi parte procuré, poco a poco, hacerle perder su timidez, sirviéndola de aquellas golosinas y llamándola bella y elegante, para lo cual tenía aprendidas en idioma turco media docena de palabras. Ella fue tomando confianza, y con nuestro común amigo de intérprete, o sirviéndonos con el idioma general de la mímica, cambiamos nuestras impresiones en animado y amigable diálogo. Yo no sé qué le dije y cómo me expresé; pero os aseguro que nuestra conversación se hizo al fin directa, tratando vis a vis cuestiones de índole tan variada que casi parece imposible cómo pudimos entendernos. Y es que en Oriente, donde se hablan todos los idiomas del mundo, se acostumbra el oído a distinguir el sonido, no sólo de las frases, sino también de las sílabas que las componen, y repitiéndolas en sentido negativo o de afirmación, facilitan la comprensión e inteligencia entre dos personas.

Después de un ratito de conversación se despidió cortésmente la muchachita, y a mis ruegos prometió volver al día siguiente con una prima suya, para que la conociera también. Entonces le pedí autorización para presentarles a mis compañeros. Algo receló sobre esta proposición, pero accedió a ella sin inconveniente.

Cumpliendo su promesa, fue puntual a la noche siguiente. Su joven prima, sumamente delgada, se adornaba con un traje parecido al de la conocida, y aunque menos agraciada que ella, era muy presumida, mostrándose visiblemente contrariada y celosa de que las mayores atenciones fueran para su parienta y para otra muchacha armenia que el dueño de la casa había invitado para que las turcas no se encontraran cohibidas entre nosotros.

Más amable que en la noche anterior, mi antigua conocida me hizo mil preguntas sobre si mi patria estaba muy lejos, si eran bellas mis mujeres y cuántas tenía. Si las regalaba sortijas y perfumes, y otras muchas indagaciones por el estilo que denotaban su inocente curiosidad y el desconocimiento de las costumbres de Europa.

Por mi parte la pregunté si conocía a su prometido, si estaba enamorada de algún hombre, etc., etc., asuntos sobre los que evadía la respuesta como si le fueran indiferentes. Sólo me dijo que al año siguiente la llevaría su madre a casa de un pariente que tenía muchas mujeres.

La dificultad de expresarnos estaba ya salvada en la práctica de nuestro original idioma; e interesados en tan singular cháchara, estuvimos algunos momentos sin tomar parte en la fiesta de nuestros contertulios. La joven turquita, halagada en su amor propio, relegó al olvido el odio de raza que el fanatismo de su religión mantiene latente contra los europeos.

Al abandonar la casa de nuestro complaciente amigo, y recordando sus antiguos temores, le dije:

— ¿Ves cómo no cortarme cabeza?

VI. En busca de los anazés. —En pleno desierto.

Nuestras tiendas de campaña.—Caminando en el desierto.— FA calor y la sed.—Los beduinos y sus yeguas.La gran tribu de los «Sbaas» (Anazés).—Bajo la tienda del Jefe.—El café de bienvenida.—Banquete.—Presentación de yeguas.—Mi camarada beduino.—El atardecer en la tribu.—Una vuelta al campamento.—Carácter y costumbres beduinas.—Gran alarma en la tribu.—Mi opinión sobre sus razas caballares.— Anticipado regreso. — El oasis de Hanute. — El caballo AB. — El despotismo en Turquía. 

 

El día 8 de Julio, después de quedar terminados al detalle los preparativos de la expedición al desierto, dispuso el Comandante la partida.

Nuestra impedimenta se componía de dos tiendas dormitorios con dos camas de campaña cada una, otra tienda comedor y sala de reunión; otra destinada a dormitorio, cocina y albergue de la servidumbre y acemileros; y otra pequeñita suficiente a dar sombra a la sola persona que por breves momentos tuviera perentoria necesidad de ocuparla.

El mobiliario de estas viviendas se componía de cinco camas de campaña de lona y hierro para el personal de la Comisión y el simpático José, nuestro intérprete, una mesa plegable, seis sillas de tijera y cuatro faroles para bujías de esperma. En dos grandes cajones se acomodaban los utensilios del comedor, cocina y toilette que habíamos de utilizar.

El personal de la expedición se componía de los cuatro de la Comisión y el Intérprete. Un Teniente turco, dos gendarmes y el cabás del Consulado, como escolta. Un cocinero y un criado a nuestro servicio, ambos armenios. Un capataz y cinco acemileros turcos.

La gentil y amable señora de nuestro Cónsul tuvo la delicadeza de entregarnos una bandera española para que ondeara en nuestro campamento del desierto, y el Sr. Marcópoli ordenó a uno de sus más fieles servidores, al cabás del Consulado, el célebre Mámo, que nos acompañara como guardián de confianza.

Cargadas las bestias con la impedimenta, salieron por delante dos horas antes que nosotros, y a las cinco y media de la tarde salimos los jinetes cabalgando en jacos indígenas del país que, aunque sin distinción, llevaban dentro la sangre y temperamento del caballo de Oriente.

Yo había elegido para mi montura un caballito castaño que escasamente tenía las siete cuartas; pero a poco de caer en la silla comprendí mi acierto en la elección, pues respondía con voluntad y energía a mi mando.

Llenos de buen deseo, aunque desconfiados de alcanzarlo (juzgo por mí), caminamos guiados por los gendarmes, y tras un pequeño descanso, hicimos alto, a las doce y media de la noche, para que nos alcanzara la impedimenta, que se había quedado retrasada.

Una horita de reposo, para que avanzaran de nuevo las acémilas, se ordenó a campo raso, y cada cual, tendidos en el suelo, buscamos la mejor posición a nuestros cuerpos; por cierto que los innumerables insectos de buen tamaño que acudieron a saludarnos me tuvieron intranquilo hasta que trabe conocimiento con ellos.

No habré de omitir que los viajes en esta época se hacen aprovechando las noches de luna, para evitar el ardiente sol.

De nuevo emprendimos la marcha, caminando silenciosos en la soledad de la tierra hasta que el alba empezó a despertar nuestros adormecidos sentidos.

La salida del sol animó nuestro talante y me decidió a echar pie a tierra para tirar con mi escopeta a las perdices griegas y otras aves, que con abundancia se veían apeonar a uno y otro lado de nuestra ruta.

Entregué mi caballo árabe a uno de los múcaros para que lo llevara de mano y me fui caminando paralelamente a la vista de la caravana.

Este momento lo reproduce la instantánea que va a continuación, en la que se ve mi caballito desmontado.

En menos de media hora cobré cinco o seis de aquellas aves y me volví al cajón de la columna, porque marchaba más de prisa que yo, y en aquellos lugares no es prudente quedarse aislado.

Conforme avanzaba el día se dejaba caer más el sol. A las seis de la mañana el calor era sofocante, y nuestra pequeña provisión de agua se había agotado ya durante las primeras horas. Por otra parte, la gran tribu de los «Sbaas», que buscábamos, parece que había trasladado su campamento, según las noticias adquiridas en un pequeño aduar, y, por tanto, no podíamos colegir el término de nuestra jornada.

El calor y la sed progresaban de manera alarmante, sufriéndola todos con la resignación de lo inevitable.

La impedimenta se separó de nosotros a campo través, buscando algún aduar de refugio con ese instinto peculiar de estos semisalvajes, que parece olfatean el rastro como perros de caza. Nosotros seguimos al azar guiados por uno de estos sabuesos, pensando en qué pararía aquello, más que en nuestros propios sufrimientos.

En busca de las tribus de Anazés. (En busca del caballo árabe)

Catorce horas de jornada y seis de ellas padeciendo sed, y, sobre todo, la incertidumbre, son suficientes a desbaratar un poquito el sistema nervioso, y como todo tiene fin, a las diez de la mañana, después de haber recorrido de 65 a 70 kilómetros, divisamos un campamento de beduinos, al que arribamos desplegados en guerrilla.

Unas trescientas tiendas lo componían. Sus moradores pertenecen a la tribu de Anazés, pero eran de la familia «Toghan». Su Jefe o Cheique nos recibió bajo su tienda, que cubrió de tapices y almohadones, sin olvidar poner en el sitio del Comandante la silla de piel de camello, como emblema de honor y mando.

El calor es asfixiante; apenas se puede respirar. Llegan rachas de fuego que abrasan las espaldas; pero la etiqueta árabe nos obliga a aceptar primero el café de honor y bienvenida, que está picando en un mortero uno de los esclavos del Jefe.

¡Paciencia! Un cuarto de hora más se puede sufrir, para tener luego derecho a pedir agua.

Tres minúsculas tacitas de café hirviente nos sirvió sucesivamente y por categorías el copero del cheique, hasta que nuestro paciente intérprete creyó oportuno decir que teníamos sed.

Pronto empezó a circular en el corro una escudilla de madera con un líquido lechoso. Cuando me llegó el turno bebí con avidez. Era, en efecto, leche agria con agua, cuyo brebaje, desagradable de primera intención, apaga la sed abrasadora y se hace al fin grato al paladar.

Durante media hora estuvo la vasija circulando sin cesar entre los Jefes beduinos que acudieron a la tienda del cheique para hacernos compañía, según las reglas de atención usuales entre orientales, y nosotros apurábamos el sorbo de turno sin hacer melindres al depósito de babas y estornudos, que habían caído sobre el líquido reparador.

¡Hay que hacerse a todo!

Entretanto nuestra gente había levantado el campamento, e instalados en nuestras tiendas, dispuso el Jefe de la tribu que llevaran a nuestra presencia las yeguas y potros de mejor raza.

No se hizo esperar el desfile, y a la plazoleta que formaban nuestras cinco tiendas fueron acudiendo con sus dueños las mejores yeguas y potros de aquella familia Anazé.

En mi cuaderno de notas no constan los motivos o defectos por que fueron rechazados los 12 o 14 ejemplares vistos. ¡Para qué, si las mismas causas han de producir innegablemente los mismos efectos! Foca distinción—izquierda—malos aplomos—bonita, pero sin alzada, etc., etc.; y estas apreciaciones que no se hacen sin fundamento, parece que causan en la Comisión disgusto y contrariedad. ¿Pero por qué?, me pregunto a solas. ¿Es acaso la desilusión, que abate los ensueños? ¿No hemos llegado al Desierto? ¿No estamos entre los verdaderos árabes, que nos muestran y ofrecen sus caballos? ¿No son los tipos vistos característicos de la raza oriental que buscamos? Yo ya sé que esta pequeña tribu de la familia «Toghan» es más pobre que la de los «Sbaas» que vamos a visitar; pero es una rama de aquel robusto tronco, y en esta rama, de joven o añejo retoño, se puede ya observar el fruto del árbol generador.

No hemos de tardar en salir de la duda, puesto que esta noche se batirán tiendas para acampar mañana (Dios mediante) entre la casi prehistórica y poderosa tribu de los Anazés «Sbaas».

Tampoco debe extrañar mi insistencia y terquedad sobre este punto, porque, además de ser aragonés, no quiero abandonarlo hasta que deje bien remachado el clavo.

Momentos hay, como el presente, en que quisiera contener mi pluma en la moderación y en la modestia debidas; pero entonces ocultaría mis íntimas impresiones, que son precisamente las que quiero dar a conocer, según ya indiqué en páginas anteriores, adquiriendo al publicarlas la responsabilidad de mis juicios y la crítica de mis errores.

La noche del 9 al 10 (Julio) la pasamos en la tribu «Toghan» hasta la una de la madrugada, que se batieron tiendas, y montamos a caballo en dirección al campamento de los «Sbaas».

Demostrado queda con nuestra activa movilidad que si no encontramos caballos no será por falta de buscarlos.

Así, pues, sin saber decir a ustedes si he dormido o no, pues hace tiempo he perdido la noción del sueño, me encuentro caminando a caballo en una noche de luna que alumbra las estériles llanuras que atravesamos.

El tiempo no está para bromitas; sin embargo, llamando a nuestro intérprete, le digo: «¡José, JámalaJámala!» Y él me responde: «¡Jámala Jámala Zámala, mon capitaine!» Con tonterías de esta naturaleza pretendo desechar los pesimismos que acuden a mi mente, y así sigo resignado en la reata de nuestra caravana.

Ocho o nueve horas invertimos en esta Jornada, en la que el calor hizo de lo suyo hasta las once de la mañana, que llegamos al campamento de los «Sbaas», situado en una pequeña pero extensa depresión del terreno, formando un mal llamado valle, de cuyo nombre, Ahuayes, no quisiera acordarme.

Suaves colinas de arena o de tierra caliza lo rodean en extensión de muchas leguas. Ni un árbol, ni un arbusto, ni siquiera una peña saliente proyectan en el suelo una sombra de más de diez centímetros, y aquel sol de plomo pesa toneladas sobre las cabezas y fundiría nuestro cerebro si no fuera por el salakof, ingenioso cubrecabezas inventado, o al menos propagado, por los ingleses para sustituir el turbante o los paños y bandas con que defienden su cabeza de los rayos del sol los habitantes de estas calurosas regiones.

En aquella depresión habían plantado sus 4.000 tiendas (beites) las familias de la gran tribu, ocupando el perímetro de una populosa ciudad. Entrados en su recinto, siguió nuestra caravana marchando en columna por las calles que formaban las oscuras telas tejidas con pelo de camello y cabra, sin que a nuestro paso se notara el más pequeño signo de extrañeza o curiosidad de los habitantes.

Ni hombres, ni mujeres, ni aun los niños que encontrábamos a nuestro paso hacían mención de nuestra presencia, siguiendo su camino o continuando su labor con la mayor indiferencia. Nada de miradas agresivas ni de investigación; la expresión de sus semblantes era la misma que si hubieran pasado sus convecinos.

Cerca de tres cuartos de hora caminamos por las calles de aquella ciudad de trapos negros, hasta llegar a la tienda del Gran Jefe, instalada en un extremo del campamento.

Era un anciano de unos sesenta y cinco años, que andaba con dificultad; pero amablemente salió a recibirnos cuando echábamos pie a tierra. José hizo nuestra presentación, y, sucesivamente, nos dio la mano al Comandante, a mí, al Oficial de Administración Militar y al Veterinario. Lo mismísimo que hubiera hecho el Gran Chambelán de una Corte Imperial.

Sentados a su derecha, bajo la sombra de su tienda, cubierta de tapices y colchonetas, vimos llegar a los personajes de la tribu, que saludaban ceremoniosa y respetuosamente a su Jefe antes de sentarse en el suelo, mientras un esclavo negro, hacía repiquetes variados de suma habilidad con la mano del mortero en que picaba el café que nos había de servir.

—Esos repiquetes—nos dice José—son en honor de la alta jerarquía de los huéspedes.

Y ya que tantas veces he hablado con antipatía y menosprecio de este café, veamos cómo lo preparan y lo sirven estos beduinos.

A la inmediación de la tienda y a nuestra vista ha tomado el esclavo un puñado de granos que, puestos a tostar en una sartén de hierro, dejarían percibir al poco rato su delicado aroma, si no fuera porque el humo del único combustible del desierto, lo amortigua totalmente con su hedor insoportable. El estiércol del camello, más compacto que el de caballo, sustituye a la madera o al carbón en su absoluta carencia.

Una vez tostado el café, pasa al mortero, donde el esclavo luce sus habilidades haciendo repiquetes acompasados y variados, según la mayor o menor jerarquía de los huéspedes. Luego pasa a un puchero de cobre con agua hirviendo, donde cuece a borbotones unos diez minutos, pudiendo servirse a continuación. Desde luego el azúcar queda suprimido, y, en su lugar, para darle un sabor más grato a su paladar, añaden unos granitos de simiente amarga y picante que llaman hey, o un poco de azafrán. Este brebaje les encanta a todos los turcos y árabes, que desconocen y desprecian el té, tan usual entre sus congéneres de Marruecos, mal llamados árabes por muchos.

Hemos tomado ya cuatro o cinco tacitas que nos han correspondido por turno en las continuas vueltas que da el esclavo hasta agotar el contenido del ánfora. Debo consignar que el primero a quien se sirve es al Jefe de la tienda, para demostrar que no contiene veneno.

Durante esta larga recepción, a la que asisten todos los notables de la tribu, se sostiene la conversación hablando de la dicha de recibirnos, de la sabiduría del Profeta, de que la paz de Alá sea con los arcángeles, etc., etc. En fin; de todo, menos de nuestro negocio. Nuestro buen intérprete conoce mucho estas costumbres, y por nada del mundo accede a romper la etiqueta.

Esta gente, de fondo tan salvaje, no pierde detalle de cortesía, pues apercibido el Jefe de que estaban levantando nuestras tiendas en otro lugar, mandó batir seguidamente las de los beduinos que había alrededor de la suya para que nos instaláramos a su inmediación, no permitiendo saliéramos de su tienda sin darnos de comer.

Este largo rato de martirio lo paso tomando notas en mi cuadernito de memorias, lo cual les hace creer, según me dice José, que nuestra visita es para escribir sus costumbres, cosa que no les agrada.

No hay más remedio que guardar el cuadernito y aguantar mecha.

—La comida está servida, señores.

Entre cuatro beduinos traen cogidas perlas asas dos grandes cacerolas de cobre, poco profundas, pero de cerca de un metro de diámetro. Sobre cada una de ellas asienta un colmo de arroz cocido y un carnero asado partido en pequeños trozos. El Jefe, su hijo y heredero, y dos o tres notables con nosotros, hacemos cerco a una de ellas. La otra tiene también sus comensales. No hay temor de que la mesa cojee, porque no se esperan terremotos. Así, pues, el anciano Jefe, después de haber echado una ojeada para convencerse de que todos estaban en sus puestos, alarga su mano derecha, y cogiendo un puñado del grasiento arroz lo estruja y lo mueve hasta hacerlo una bola que mete en su boca y traga entera como un pavo. Los demás beduinos imitan su acción, y van tragando pelotas con facilidad y rapidez pasmosas. Nuestro criado Arakil ha tenido la advertencia de traernos cucharas, y con ellas vamos comiendo algo del arroz cocido con agua y aderezado con sebo de carnero. Los trozos de carne asada que salen entre el arroz no tienen mal gusto y se pueden comer, pero resulta repugnante que los huesos a medio roer que los beduinos sacan de su boca, los echan otra vez a la cacerola, donde se mezclan con los intactos.

Beduinas en un festín. (En busca del caballo árabe)

Estos despojos serán el plato de segunda mesa donde las mujeres, chiquillos y servidumbre de los magnates, encontrarán un apetitoso y espléndido festín.

Terminado el banquete, se presenta un esclavo con una jofaina, jabón, toalla y un ánfora con agua, que va vertiendo sobre las manos de los comensales, que todos lavan con esmero, así como su boca y dientes, que llevan bien cuidados.

Algunos de ellos son tipos verdaderamente arrogantes y distinguidos, viéndose en su rostro y figura las correctas líneas de la noble raza caucasiana, origen de la de Europa. Altos, esbeltos, de andar reposado, pero fácil; de facciones tostadas por el sol, pero de piel tersa y sin arrugas. Su sedosa barba negra o castaña, su nariz recta, sus labios finos y sus ojos negros o verdosos, contribuyen al conjunto simpático de estos nómadas que tan humildes y corteses se presentan en visita, sin que se puedan traslucir los instintos de salvaje traición a que en todo momento están dispuestos. Ya iremos conociéndolos por sus hechos, para formar un juicio aproximado de su inteligencia y de su moral.

Omitiré la descripción de sus vestiduras, en gracia a que por las fotografías que se acompañan podrá formarse idea más exacta.

Aquella tarde nos devolvió el Jefe, FarHanBajá, la. YÍS’ÚSÍ, acompañado de su hijo mayor, heredero del mando de la tribu. Éste, que tenía unos veintiséis años, poca estatura y menos energía física, había estado en Constantinopla invitado por el Sultán, quien para obsequiarlo le dio el nombramiento de Capitán de los Ejércitos imperiales, así como a su padre el título de Bajá, regalos honoríficos que suele conceder Abdul Amid a los Jefes beduinos de las grandes tribus, para tenerlos satisfechos y adictos.

ANAZÉS-SBAAS. – Notables de la tribu, alrededor de nuestra tienda. (En busca del caballo árabe)

El joven heredero, cuando se enteró de mi empleo, llamó a nuestro intérprete para que me dijera éramos camaradas, puesto que él era también Capitán. Acepté de buen grado el compañerismo de tan falible colega, acordándome de que los amigos no estorban ni aun en el Infierno, y procuré acentuar mis atenciones sentándome a su lado.

Poco a poco fueron llegando los notables, que tomaron asiento en cuclillas alrededor de la plaza que formaba nuestro campamento, y seguidamente empezó con orden y silencio la exhibición de sus yeguas.

No sé el número de las que vimos; ¡muchas! Y muchas, francamente, malas, pero algunas merecían examinarse con mayor detención; mas indudablemente, como en nuestra Comisión no advertían el menor gesto de agrado, las retiraban apenas se habían ojeado.

A la puesta del sol se dio por terminado el acto, y pude admirar el gran cuadro que presentaba la Naturaleza en pleno desierto.

Las múltiples piaras de camellos, los numerosos rebaños de ovejas y cabras volvían al campamento desde sus lejanos pastos, envueltos en nubes de polvo, coloreadas por los últimos rayos del sol poniente. Poco a poco fue aumentando el rumor que traía consigo el caminar de tantos rebaños, dejando percibir las voces guturales, pausadas y rítmicas con que los pastores los guiaban. Las ridículas siluetas de los camellos se dibujaban por millares en la vaga claridad del crepúsculo; los disparos de pólvora sola que hacían sus conductores se sucedían con frecuencia, para ahuyentar las hienas y chacales que se esconden entre los ganados.

Aquella ola de vida avanzando en un mar de arena, interesaba en la admiración de tan maravilloso cuadro, esbozado en las sombras de la noche; y al vagar de las ideas, desorientado y confuso del tiempo y lugar en que me hallaba, creí por un momento trasladada mi existencia a los remotos tiempos de Jacob, y acabé por murmurar una oración.

No recuerdo dónde lo he leído, pero un autor francés conocedor de estos lugares, dice: El que no espere de la Providencia, que pase una noche en el Desierto.

Llegadas las piaras de miles de camellos y los innumerables rebaños de cabras y borregos al campamento, se distribuyen, como la Dula de un Concejo, aquí y allá, alrededor de la tienda de su propietario, donde son recibidos por las mujeres o chiquillos, que los acarician y obligan a reposar echados, acto que ejecutan con mansedumbre y domesticidad increíbles. Una, dos o tres yeguas trabadas a la puerta de la tienda, e igual número de enhiestas y largas lanzas clavadas por el regatón en la tierra, indican los guerreros de aquella familia dispuestos a defender la propiedad.

El Bajá de la tribu nos promete mandar emisarios a otros campamentos de sus adictos para que veamos sus mejores productos, pero en la Comisión empieza la duda (de la que no soy partícipe) de que nos ocultan los buenos ejemplares. Para salir de ella propongo le digan a mi camarada beduino que tendría yo gusto en dar una vuelta a caballo por su poderosa tribu.

No le pareció mal al orgullosote heredero aquella ocasión de darse pisto, y se brindó a acompañarme desde el amanecer del siguiente día, en que con el intérprete y el Veterinario iríamos a todos lados.

Al retirarnos a descansar a nuestras tiendas se presentan a José ocho guerreros de la tribu, armados hasta los dientes. Largos, corvos y enmohecidos sables de damasquinas hojas pendían colgados en bandolera de su hombro derecho, denunciando a simple vista los siglos (así como suena) que pasaron desde su fabricación. Dos o tres dagas dejaban ver su empuñadura por encima de la faja, y las largas cananas que cruzaban su pecho estaban repletas de cartuchos para el arma de fuego que les acompañaba. Aquellos guerreros eran nuestros defensores. Componían la guardia nocturna que el Bajá enviaba para nuestra seguridad.

Hecha su presentación, se retiraron a sus puestos y rodearon nuestras tiendas, divididos en cuatro parejas que, sentadas en el suelo al estilo árabe, con las rodillas a la altura de la barba, destacaban muy poco de la superficie.

Tan legendaria es la hospitalidad de los beduinos y tan sagrados (según dicen) sus huéspedes, que, por mi parte, me creía más seguro que en mi propia casa, y dispuesto estaba a dormir tranquilo (que buena falta me hacía), cuando la pareja de guardia cercana a la tienda que yo ocupaba con el Comandante se arrancó por lo bajo con un cante jondo, lo mismísimo que una jabera de la serranía de Ronda. A continuación la pareja inmediata sale cantándose una especie de carcelera, con unos ‘ronquios’ y unos ‘jipíos’ que, bien a mi pesar, me obligaron a dejar para otro rato los que yo pensaba dedicar a Morfeo.

El simpático José, que vela, por nosotros, les mandó callar, y nos tradujo libremente el significado de aquellos cánticos. «¡Alerta, compañeros; cuidad de su reposo! ¡La paz está en Alá y sus siervos los guardan!», etc., etc.

Antes de hacerse de día estábamos en pie para no hacer esperar a mi camarada del Desierto. Nuestro criado Yoaquin (también armenio, como Arakil) me demostraba siempre singular afecto; agradecido, sin duda, por alguna propina que había yo dado en Alepo a su anciano padre, y aquella mañana me guardó como obsequio para desayuno un buen vaso de leche de camella. Al observar mi indecisión, insistió ponderando su sabor, que, en efecto, me satisfizo por completo. Es más líquida y dulce que la de vaca, y más densa que la de burra. Quizá la leche de yegua, que probé al año siguiente en Rusia, sea la que más se parezca en densidad y sabor a la de camella, que desde aquel día quedó aceptada por toda la Comisión.

Antes de la salida del sol estábamos a caballo con el apático heredero, el Veterinario Viedma, el intérprete José y yo.

Cerca de cinco horas empleamos en el recorrido de la tribu, pasando a caballo por las entrecruzadas calles que formaban las tiendas, y deteniéndonos doquiera que veíamos algún animal distinguido. Las yeguas y potros no van a los pastos con los demás rebaños; permanecen día y noche trabadas a la puerta de la tienda, donde comen el pienso de cebada, paja o yerba, que les echan en una manta o en el suelo. Da pena y compasión ver a las nobles bestias aherrojadas con trabas de hierro, unidas por una barra del mismo metal como si fueran pesados grillos, alargando su cuello, doblando las rodillas, en posiciones de verdadero equilibrio, para poder llegar a morder su alimento; y por si esto fuera poco, todavía están amarradas por un pie a un piquete de madera o hierro clavado en el suelo. Solamente los potrillos mamones, que no se separan de la madre, están en libertad; pero al terminar el destete sufren igualmente tan cruel cautiverio. Nada, pues, tienen de extraño los vicios de conformación que se observan en los individuos adultos, muchos de ellos con rasgos de nobleza de la más rancia aristocracia de la raza; pero ya hemos quedado en que esto no basta, pues al más ligero defecto en sus extremidades serán irremisiblemente rechazados por nuestra Comisión. ¡Qué lástima!

Autor tan competente como el Conde de Comminges cita en su obra Les Chevaux de selle el siguiente adagio: “Si tu cherches un cheval sans défaut, et une femme par faite, tu ríauras pas un titile cheval dans tes ¿curies, ni un ange dans ton Ut.n

En resumen, durante esta tournée solamente hemos anotado ocho o nueve yeguas para que sean presentadas esta tarde a la revisión del Comandante, habiendo quedado demostrado y convencidos de que nada mejor de lo visto nos ocultan.

Habré de advertir que no hablo de caballos, porque en las tribus de beduinos no los conservan. Generalmente los potros son vendidos al destete, y, cuando más, a los dos años. Su nerviosidad, su sangre, y, sobre todo, el estar desde que nacieron aislados de sus congéneres y rodeados de yeguas, hacen del caballo un animal peligroso, de carácter irascible, y tan temible como una fiera si ve acercarse a otro del mismo sexo. Por esta razón los beduinos no guardan los machos, haciendo cubrir sus yeguas por afamados sementales de los poblados del interior o del litoral en sus continuadas correrías.

En el trayecto nos hemos detenido unos momentos en dos o tres tiendas de notables, que nos han invitado a echar pie a tierra para obsequiarnos con el obligado café, y yo, que ya voy perdiendo la vergüenza, pido después la rica leche agria, que apaga mi sed y refresca mi abrasado organismo.

En una de las tiendas que hicimos alto he visto un halcón real, amaestrado para la caza de gacelas. Es el primero de estos arrogantes pájaros que he podido admirar. Su dueño lo coloca sobre el índice de mi mano derecha, y me invita a una cacería si nos detenemos algunos días. La idea no puede ser más halagadora para el que, como yo, tiene delirante afición a la caza; mas, ¡líbreme Dios de tal tentación!, que ha costado la vida a algunos exploradores que se confiaron solos a estos malvados. La posesión de vuestras armas, el caprichoso deseo de cualquiera de vuestros objetos, serán motivo bastante para inducirlos al crimen sin el menor escrúpulo.

No extrañaréis, por tanto, que haya renunciado generosamente a describir en mis notas la cetrería de los beduinos.

Terminada la vuelta que dimos a toda la tribu, el heredero de la Jefatura no se mostraba satisfecho del resultado, manifestando su contrariedad por las pocas yeguas que habíamos anotado.

A tal extremo creía mortificado su amor propio, que dijo al intérprete que si nos parecían mal las elegidas, ahí estaba la yegua de su padre, que él montaba en aquel momento, la cual resistía a carrera tendida doce horas, y de sol a sol sostenía el galope sin comer ni beber. Entonces procuré hacer los más cumplidos elogios de cuanto había visto; pero el mozo llevaba la mosca en la oreja, y no había medio de sacudírsela ni de que sacara a su yegua del paso. A todo esto eran las diez de la mañana y caía un sol aplanante que nos achicharraba. Dos o tres veces intenté poner mi jaco al trote o galope para ver si me seguía, pero ni por esas se daba por aludido. Últimamente traté de alejarme poco a poco, con la intención de salir escapado hacia nuestras tiendas en la primera revuelta que me ocultara, pero el flemático y soberbio Príncipe lo comprendió, y dijo a José: «El Capitán hace lo mismo que los beduinos. Todos salimos reunidos cuando vamos a un negocio, y cada cual vuelve por su lado si nos ha salido mal.» José me llamó a tiempo, y hube de aguantar una hora más los 48° centígrados que el sol nos enviaba.

Mientras el Veterinario y yo estuvimos en la inspección del ganado, acudieron muchos beduinos a la tienda del Comandante a consultar sus enfermedades, pues creen de buena fe que todos los europeos conocen el arte de curar.

Así, pues, el Comandante Quinto y el Oficial de Administración, Sr. Fernández, se despacharon a su gusto recetando cuanto les ocurría que pudiera ser inofensivo. El Bajá de la tribu también acudió a la consulta para encontrar remedio a sus dolores y cojera de la pierna izquierda, y al Comandante se le ocurrió decirle que yo le haría una cura extraordinaria, pues en ello era especialista. En efecto, cuando llegué me dijo mi nombramiento de Médico de Cámara, y que pasara a reconocer mi jerárquico enfermo. El buen viejo me enseñó su pierna dolorida, que reconocí minuciosamente como si fuera un entendido Galeno. El pobre hombre tenía tumores en la rodilla, anquilosis en la articulación, y la pierna casi seca. Revistiendo la cura con el mayor aparato posible, mandé calentar agua, pedí trapos limpios, le lavé con mucho cuidado, y después le planté un parche poroso del Dr. Winder, que llevábamos en nuestro botiquín. Le recomendé quietud por algunos días, le di esperanzas de curación y la seguridad del alivio. No hubiera hecho otro tanto el más afamado doctor de una Corte, con la diferencia a mi favor que yo no le mandó la nota de honorarios. Mi enfermo quedó satisfechísimo, y nosotros, sin el parche poroso, que hubiéramos empleado en ocasión más adecuada.

G. Palgrave, autor del que hablaré más adelante, dice que la inteligencia de los beduinos es muy inferior a la de cualquier niño de Europa. La vida de estos hombres debe ser muy corta, a juzgar por los pocos ancianos que se ven. La tuberculosis y la sífilis son las enfermedades que más los castigan, por falta absoluta de tratamiento adecuado.

Sus ocupaciones habituales son la vagancia o la guerra en los nobles y adinerados, pues, como en todo otro pueblo, existen en estas tribus diferentes categorías sociales, siendo las más inferiores las que se dedican al pastoreo, como criados asalariados o como siervos y esclavos de los más pudientes. Éstos, durante el día, se reúnen bajo la tienda de tal o cual vecino, donde establecen su tertulia para referirse historias y leyendas de sus proezas en batallas o razias.

Las mujeres beduinas visten todas una túnica, azul muy oscuro, atada por la cintura, y un pañuelo del mismo color ceñido a la frente y suelto sobre los hombros y espalda, como las egipcias. Son esbeltas, y se ven algunas muchachas jóvenes muy bonitas, pero el labio inferior, que todas llevan tatuado de azul, es de un efecto deplorable para nosotros, que tanto apetecemos los frescos y rojos labios de toda mujer hermosa.

Las mujeres del Jefe ni las de los notables no se han dejado ver, recluidas en grandes tiendas, a la inmediación de las de sus dueños. Las demás están hilando lanas o lino, con que ellas mismas tejen las telas y lonas de sus vestidos y de sus tiendas.

A las dos de la tarde, hora en que mis compañeros duermen la siesta, que yo también apetezco, no puedo conciliar el sueño, porque me estoy liquidando bañado en sudor, y me entretengo escribiendo estas notas y observando a estas gentes por una rendija de mi tienda.

Están dando de beber a sus ganados y ordeñando a las ovejas y cabras, operaciones en que demuestran los pastores el dominio de su oficio como ninguno de los nuestros puede soñar en practicarlo.

A mi vista hay un rebaño de unas trescientas ovejas que están esperando abrevar. Entre cuatro mujeres traen agua de un pozo cercano, que vierten en dos calderetas de cobre estañado, y en las que pueden beber ocho o diez cabezas que los pastores separan del rebaño, tocándolas ligeramente en el cuello, siendo reemplazadas sucesivamente por otras tantas conforme han apurado su ración.

Después que todas han bebido se dejan colocar en dos filas, dándose frente, de tal manera unidas y entrelazadas, que cada oveja saca la cabeza por entre los cuellos de otras dos, lo mismo que se entrelazan y cruzan los dedos de nuestras manos.

Colocadas en esta disposición, dos pastores por cada lado van ordeñando la leche en odres de madera. Nadie puede imaginarse el grado de mansedumbre que consiguen los árabes de sus animales domésticos.

El ganado lanar que poseen es de una raza especial, que yo no había visto hasta llegar a la Siria. Su lana es finísima y abundante; pero su característica es un gran depósito de sebo o grasa que se les forma en el nacimiento de la cola, haciendo que ésta sea de un volumen y peso extraordinarios cuando los pastos son abundantes, nutriéndose, cuando los pastos escasean, de la grasa acumulada en su organismo. Las cabras son pequeñitas, todas negras, con pelo largo, brillante y sedoso; su característica son sus grandes orejas caídas.

Por lo dicho se comprenderá que los árabes beduinos son esencialmente ganaderos, dedicándose exclusivamente a la cría y comercio de camellos, borregos y cabras, de cuyas tres especies venden las lanas y carnes en épocas y mercados designados desde tiempos inmemoriales. El ganado caballar lo sostienen y estiman como indispensable y complementario a su vida errante y pastoril, pero en modo alguno como elemento de riqueza ni motivo de especulación.

Los verdaderos árabes. Jefes beduinos. (En busca del caballo árabe)

En la tarde de hoy hemos podido apreciar la verdad de este aserto.

Serían las tres, cuando a la sombra de nuestra mayor tienda estábamos sentados con el Jefe de la tribu y algunos notables examinando las yeguas que por la mañana habíamos anotado. Alrededor de nuestra plazoleta se habían sentado, según su costumbre, unos cincuenta beduinos para observar nuestras operaciones.

De repente un grupo de chiquillos situado en una colina inmediata, empezó a dar unas voces a coro, repetidas y acompasadas, que en mis oídos sonaban de esta manera: «¡AhuúAh!—¡AhuúÁh!—¡AhuúÁh!». Todavía no se había extinguido el sonido de la última sílaba, cuando otras voces lejanas repetían las mismas frases, y así de uno a otro lado del campamento se fueron repitiendo como un eco en todo el valle.

Ni el Jefe ni los que con nosotros estaban dieron la menor señal de extrañeza, y continuaron indiferentes en sus puestos; pero los que estaban de curiosos fueron desapareciendo sin precipitación, pero uno tras otro. El dueño de la yegua que estábamos reconociendo hizo ademán de marcharse; pero una voz del Jefe le retuvo inmóvil, aunque visiblemente contrariado.

A nuestra vista pasó como un relámpago un jinete lanza en ristre. Tras él, otro y otro, igualmente enérgicos y decididos; y en pocos segundos, de todos los lados del campamento partían los guerreros con sus largas lanzas como rayos lanzados en la misma dirección. Comprendiendo que algo muy importante sucedía, preguntamos al Jefe lo que ocurría, y respondió: «Es el enemigo que tenemos a la vista.» Seguidamente, y rompiendo la etiqueta, me levanté, dirigiéndome al beduino que teníamos delante; cogí su yegua de la cabezada y le indiqué con un ademán que saltara sobre ella y partiera a combatir. Sonriente se dio dos palmadas en el pecho como signo de gratitud, y desapareció.

Desde aquel instante todos abandonamos nuestros asientos, sin poder todavía apreciar si seríamos solamente espectadores o también actores en la escena que se presentaba.

¡Qué momento más hermoso! ¡Qué cuadro más admirable!, o como ahora diríamos: ¡Qué película más interesante! En todo el campamento reinaba un silencio absoluto. Las mujeres, los chiquillos y los hombres indefensos permanecían silenciosos, viendo partir como flechas a todos los guerreros hacia el punto de peligro.

En dos minutos corrían 400 guerreros en una misma dirección, sin esperarse unos a otros, dispersos, pero unidos en el mismo empeño. La fantasía de un artista no puede soñar espectáculo más grande. Hubo un momento en que me creí invadido del entusiasmo que me inspiraban aquellos jinetes, envueltos en una nubecita blanca de polvo, como si fueran disparos de fusil, y sentí no tener otra lanza para enristrarla con su mismo vigor.

Desde la altura de una loma estuve observando con los gemelos de campaña el movimiento, sin alcanzar el límite de la operación, pues desaparecían sucesivamente del radio de alcance las nubecitas blancas que se desvanecían muy lejos.

A mi alrededor se formó un grupo de una veintena de hombres que, asombrados y curiosos, me veían dirigir los anteojos hacia los lejanos terrenos, y por detrás de mis hombros querían meter la cabeza para mirar ellos también.

Compadecido de su curiosidad e ignorancia, tuve la debilidad de entregar los gemelos al más cercano. ¡Nunca lo hubiera hecho! Como perros que se disputan una presa, veinte manos cayeron a un tiempo, y estrujándose, arremolinándose, se quitaban entre sí los anteojos, disputándoselos con furor; y hubieran acabado por destrozarlos, si yo no me hubiera metido en el torbellino, repartiendo puñetazos y empujones con todas mis fuerzas hasta que pude recuperarlos. Aquellos veinte salvajes, que el más débil podía deshacerme, quedaron humildes y dominados cual furiosa jauría ante el látigo del hombre.

Cuando nada se veía en el horizonte me retiré de aquel lugar, abriéndome paso entre el grupo de curiosos que aceleradamente me dejaban libre.

Afortunadamente para los Sbaas, sus enemigos de la tribu de los Chamares se alejaron al verse descubiertos.

Pronto se supo la noticia entre los nuestros y felicitamos al Jefe por los bravos guerreros que mandaba, a lo cual contestó: «Las mujeres no admitirían en su lecho al que así no fuera.»

Antes de anochecer volvieron los jinetes todos reunidos, entonando monótonos cantos de victoria, que repetían a coro, como una letanía. Sus 80.000 camellos seguían sin merma en poder de la tribu.

He ahí para qué y por qué conservan y estiman el caballo árabe los habitantes del Desierto.

Hablando con el Bajá sobre las razas de las innumerables yeguas que habíamos reconocido, las designaba Saklauy, Handaní, Keheilan, Abeyán, etc., etc., añadiendo a estos nombres de razas conocidas, otros que yo me inclino a creer sean los del propietario de alguna yegua que dio fama en tal o cual región a mayor número de productos: costumbres que a nosotros no debe extrañar, pues al caballo andaluz lo designamos generalmente con el nombre de su criador; así, por ejemplo, llamamos Corbachos, Romeros, Zapatas, Miuras, Guerreros, etcétera, etc., a los productos caballares de estos ganaderos.

Por lo que se refiere a la nobleza de sangre, no todos la alcanzan, según se explica el viejo beduino. Cuando la yegua tiene dos años se la hace correr muchas horas seguidas hasta que, rendida, se acuesta en la arena; entonces se le acerca la cebada, y si la come inmediatamente, acreditará su buena sangre, mas si, por el contrario, la rechaza, nunca podrá sacar de apuros a su caballero. Estas máximas árabes, adornadas con la fantasía de su lenguaje, han llenado el Occidente transmitidas por los exploradores científicos, que han creado esa aureola, especie de nimbo sagrado, de que está rodeado el caballo, oriental.

¿Hay en ello exageración? ¿Merece este animal las alabanzas que se le prodigan? Todavía no me atrevo a contestar, aunque ya tengo formado juicio sobre este extremo; pero nos faltan otras regiones y tribus que habremos de explorar, y entonces, sin temor a rectificaciones, daré mi opinión sucinta, clara y concreta, fundada, no en el estudio de autores, que en la mayoría de los casos tratan este asunto por referencias, sino por el Ego vide, que es la exacta certificación de la verdad y de la existencia.

Ante nosotros han desfilado en esta tribu unas 130 yeguas, de las que el 60 por 100 son tordas, un 20 por 100 alazanas, el 15 por 100 castañas y el 5 por 100 negras o de capas diversas.

Entre las capas tordas predominan las atruchadas y mosqueadas, en la generalidad de los mejores ejemplares.

Desde luego habré de consignar lo ya sabido, de que aquí, como en toda la Arabia, no todas las yeguas o caballos son de la raza noble que les dio celebridad, y en su consecuencia, hemos visto palpablemente el desorden que reina en las razas indígenas de estos nómadas, lo mismo que el que reina en cualquier otro país en que la cría caballar no tenga una sólida organización; pero también hemos podido apreciar algunos individuos en que la belleza de su cabeza cuadrada, pequeña y enjuta, la expresión de su mirada dominante y tranquila, la flexibilidad de su cuello, la profundidad de su pecho, la oblicuidad de sus espaldas, su largo dorso, su tronco cilíndrico, la finura de su piel, y, sobre todo, la arrogancia y energía de su ser, pregonaban a los cuatro vientos la pureza de su origen, a pesar de otros defectos en su grupa o extremidades, que no aminoraban aquellas extraordinarias bellezas.

La mayor exigencia de nuestra Comisión en este punto dio al fin por resultado que solamente una de las ciento y tantas yeguas reconocidas mereciera la atención de preguntar su precio.

Esta yegua era precisamente la que estábamos reconociendo en el momento de la alarma por la presencia del enemigo.

Su dueño, uno de los notables, se negaba a venderla; pero el Jefe le obligó a ello. Concertado su precio, el Oficial pagador de la Comisión, le echaba sobro la palma de la mano, una a una, las libras turcas de oro que el intérprete iba contando. El beduino las recibía sin mirarlas, y de repente volvió la mano, dejando caer al suelo las que contenía, y se retiró pausadamente de aquel lugar.

Yegua Anazé de la tribu de los “Sbaas”. (En busca del caballo árabe)

 El Jefe, que aquella noche cenó con nosotros, aseguró al Comandante que la yegua sería nuestra aunque su dueño se opusiera; pero esta contrariedad y ciertas palabras misteriosas que habíamos sorprendido cuando vieron el peso que tenía la cartera del Oficial Pagador repleta de libras de oro, hicieron renacer en la Comisión la sospecha y desconfianza de que aquellos salvajes nos preparaban alguna de las suyas.

Sospecha y desconfianza de la que participó también el capataz encargado de nuestros acemileros, por algunos indicios que éstos habían observado, dándole cuenta.

Anticipado regreso. —En vista de tales circunstancias, se acordó que, a media noche, sin dar explicación a nadie de nuestros propósitos, se batieran las tiendas y abandonáramos la tribu.

Henos aquí caminando otra vez desde antes de amanecer hacia el valle de Boueder, donde asienta la tribu de Toghan.

A las diez de la mañana echábamos pie a tierra en la tienda de su jefe Mohamat El Hamuut, que nos recibió con el afecto de antiguos conocidos. Ya no he de hablar del sol que nos ha caído encima, ni de la falta de sueño, pues ellas son cosas de mi mayor intimidad y me tratan como a bondadoso amigo, sin abandonarme un solo instante.

Durante la marcha han observado nuestros prácticos que hay quien nos vigila y sigue, por lo cual se han de extremar las precauciones, sin dejar traslucir en modo alguno nuestro itinerario, y, sobre todo, el lugar donde habremos de pernoctar, pues nuestro intérprete José, muy ducho y conocedor de los beduinos, teme que esta noche nos asalten. Así, pues, habremos de obrar, según su consejo, de manera completamente distinta a la que manifestemos al exterior.

Mohamat El Hamuut, a quien, naturalmente, ocultamos nuestras sospechas, creyó que pernoctaríamos en su campamento, redoblando sus atenciones en amigable y franca hospitalidad, dándome a fumar en su pipa de piedra, que después me regaló, así como el bocado de su yegua, de igual construcción que los que usaban los caballeros del siglo XIII .

Incidentalmente hizo José que recayera la conversación sobre los poblados más cercanos, y Mohamat El Hamuut ensalzó de buena fe un oasis situado a la izquierda del Poniente, que no estaba lejano de Boueder. ¡Allí había muchos árboles, exquisitas frutas y un arroyo de agua cristalina y fresca! La descripción que hacía del lugar no era menor que la correspondiente al Paraíso. Él no había estado nunca, pero sabía la dirección del camino y la distancia que nos separaba, próximamente cuatro horas.

El bueno de José aparentó no dar importancia a la noticia, pero puesto de acuerdo con el Comandante, se decidió que a las dos de la tarde levantáramos el campo.

El cabás del Consulado y uno de los gendarmes de nuestra escolta salieron de avanzada en la dirección indicada, y Mohamat El Hamuut, lamentándose del poco rato que habíamos descansado en su tienda, e ignorando los motivos de nuestra precipitación, se comprometió a guiarnos hasta el oasis de Jhanute.

Dejando que nos siguiera la impedimenta, salimos media hora después que la pareja de avanzada, con el Teniente de Gendarmes, uno de éstos, el intérprete y el Jefe beduino que nos guiaba.

Una hora y media llevaríamos de marcha cuando Mohamat paró su yegua en seco y dirigió una mirada investigadora al horizonte. Desde aquel momento siguió caminando visiblemente impaciente, pues subía a todas las alturas cercanas a la ruta para dominar más el terreno.

Repentinamente salió al galope hacia una colina de mayor elevación y volvió a nosotros con igual velocidad, e indicando a José una dirección le dijo: «Por allí debéis seguir.» Sin más despedida volvió grupas, y a todo correr de su yegua desapareció de nuestra vista, retornando hacia su tribu.

De aquella decisión no dedujimos nada favorable a nuestra situación. Algo vio que le obligó a abandonarnos, y recordando nuestras sospechas las dimos por confirmadas. El terreno sobre que marchábamos era una serie ondulada de colinas arenosas, desprovistas en absoluto de vegetación, y desde cualquiera de ellas se dominaba la superficie hasta perderse en el horizonte.

No teníamos más datos sobre el oasis de Jhanute que el que se encontraba a la izquierda del Poniente, y en aquella dirección marchábamos a la ventura, sin comunicarnos uno a otro el pesimismo del momento, pero pensando cada cual en las cinco balas de su revólver. Las horas iban pasando y la sospecha de que nos seguían se había convertido en realidad, pues por dos o tres veces vimos que aparecía y desaparecía en las alturas lejanas algún jinete. Ningún indicio de poblado ni árboles de ningún oasis se advertían en muchas leguas a la redonda, por lo cual nuestra situación empezaba a ser verdaderamente crítica, pues perdidos en el desierto, sin camino ni huellas que seguir, avecinándose la noche y esperando el asalto de los brigantes, no eran en verdad motivos en qué fundar halagüeñas esperanzas.

En aquellos momentos en que se pretendía adivinar la situación del oasis, apercibí a lo lejos dos jinetes que nos precedían, e indicándoselos al gendarme que marchaba a mi lado, los observó y me dijo eran nuestra vanguardia. Le ordenó los alcanzara y nos trajera noticias, sin perdernos de vista, orden que ejecutó, saliendo disparado como un tiro, después de haber atado un pañuelo en el cañón de su fusil a manera de bandera. La señal fue observada por la avanzada, que acortó la marcha para esperarlo, y a la media hora volvió con la buena noticia, que a todos comuniqué con alegría, de que el oasis estaba cercano.

Momentos después se dieron a ver unos 60 jinetes beduinos armados con sus lanzas que, sin ocultarse ya en las sinuosidades del terreno, desfilaron tranquilamente en columna a unos 600 metros de nosotros.

¿Eran los Chamares?

¿Eran los Anazés?

Fueren los que fueren, el fallido golpe iba dirigido a nosotros.

¿Por qué no nos asaltaron? Indudablemente porque ignoraban que estuvimos perdidos y desorientados. Cierto que estábamos dispuestos a la defensa hasta sucumbir, pero la victoria era seguramente suya, en la imposibilidad que teníamos de una retirada. Valía más morir combatiendo que perecer en el Desierto. Pero esta decisión, con la que ellos contarían de antemano, no fue la que nos libró de su ataque. Ellos vieron nuestra dirección hacia Jhanute y suponían conocíamos la ruta; se enteraron, asimismo, de que Mohamat El Hamuut los había descubierto, de que nuestra avanzada iba lejana y nuestra impedimenta retrasada, pudiendo escapar, por tanto, alguno de los nuestros hacia el oasis o hacia la tribu Thongan a contar el desastre.

Entonces, el castigo a su tribu hubiera sido inevitable y seguro, pues la nación extranjera a que pertenecieran los asaltados obligaría al Sultán a la represalia, y este supuesto fue, seguramente, nuestra salvación. Por eso, cuando vieron a nuestra avanzada cerca de Jhanute desistieron del ataque y se dejaron ver.

Para los que crean «que los dedos pudieron parecemos huéspedes», les diré que cuando los jinetes beduinos salen armados, dejando a sus mujeres y ganados en la tribu, no hay que preguntarles dónde van.

Van a robar (a la guerra, como ellos dicen), y roban donde pueden y cuanto pueden, sorprendiendo los ganados de las tribus enemigas o desvalijando las caravanas que encuentran en el desierto. Por eso en estos lugares el mayor enemigo del hombre es el hombre mismo.

Quiso Dios librarnos del percance llegando al deseado oasis con los últimos resplandores del día.

El terreno allí era pedregoso, y al pie de una montaña de granito corría una fuente de agua cristalina que regaba algunas hectáreas propiedad de un Efendi (señor) de Alepo. Dos o tres edificios que habitaban los colonos constituían el poblado, y en un pequeño huerto de aquella hacienda se levantaron nuestras tiendas.

Al siguiente día nos presentaron el semental más afamado de aquella región. Era éste un caballo castaño, lucero corrido, de cabeza cuadrada y pequeña, ollares abiertos, ojos expresivos y orejas diminutas; su fuerte esqueleto, su ancho y profundo pecho, sus espaldas oblicuas y musculosas y su plana y ancha grupa constituían el encanto de los beduinos que llevaban sus yeguas al celebrado semental, sin que sus rodillas de buey y su dorso algo ensillado restaran en lo más mínimo la fama que sus numerosos productos venían adquiriendo.

Caballo Ab, comprado en el oasis de Hanute (Siria). (En busca del caballo árabe)

Yo participo de su misma opinión, y creo que aunque por el momento no podemos concertar su compra por estar ausente su dueño, no se habrá de dejar olvidado este caballo como uno de los más legítimos representantes de su raza.

Aquel mismo día dejamos el oasis para trasladarnos a la aldea de Smerié, donde pernoctamos, siendo muy atendidos por el Kaimakán y demás entidades del pueblo, que acudieron a saludarnos.

También aquí vimos algunas yeguas y caballos de las que no merecen atención. Solamente una yegua alazana longilínea, de muy buena alzada, con profundo pecho y anchas espaldas, cruz limpia, dorso recto y amplia grupa, hace fijarme con deleite en las líneas y esqueleto y en el nacimiento de su cuello, largo y flexible, que sostiene su cabeza, algo grande pero descarnada, y a través del tiempo, cual si fuera un sueño, me parece estar viendo la hermosa madre del caballo inglés.

Pronto vuelvo a la realidad ante la voz de la Comisión. La yegua es corva y tiene ocho años. ¡Horror! ¿Qué dirían los técnicos si se hubiera comprado?

Afortunadamente para mi crédito personal, yo no tengo intervención directa en las resoluciones extremas, pues si no, ¡tal vez soñando!, hubiera cometido el desatino de comprarla.

El día 14 de Julio nos detuvimos en Bhan, aldea de bastante importancia, donde vimos algunas yeguas y un buen potro castaño de dos años, largo de cuartillas. En la misma tarde entrábamos en Alepo, después de nuestro primer record de entrenamiento.

Nuestro Cónsul, Sr. Marcópoli, se encargó de gestionar la adquisición de la yegua Anazéj del semental de Jhanule, ejemplares que se adquirieron como resultado de esta expedición.

Los días 15, 16 y 17 se dedicaron a los preparativos para otra más larga expedición a la Mesopotamia, donde en las orillas del Éufrates acampaban tribus poderosas que habíamos de visitar, así como Urfa, ciudad renombrada como centro caballar importante.

No por eso quedamos ociosos en Alepo, donde diariamente veíamos algunos ejemplares, entre ellos dos sementales tordos, muy finos y bonitos, de poca alzada, y tan mal herrados, que sus cascos crecían desfigurados y deformes.

La plaza del Mercado. (En busca del caballo árabe)

También se nos ofrecieron en venta, por los hijos del ex Gobernador, los caballos de silla de aquel Pacha, que había sido llamado a Constantinopla por S. M. I. el Sultán AbdulHamid; y como la cosa más corriente del mundo, nos decían con la más natural resignación, que como no habían de volver a ver a su padre, por eso vendían los caballos. El Sultán gasta estas bromitas con sus Gobernadores; y cuando le ocurre, les manda un recadito de atención para que vayan a Constantinopla a dejarse cortar el pescuezo. Y es el caso que ellos van, y van en pleno siglo XX, a sabiendas de la civilización y del progreso.

Pero ¿a qué extrañarse? Muchas otras cosas, si no tan sangrientas, más arbitrarias y crueles, se cometen en naciones poderosas cuando la política trata de administrar justicia; y nosotros, aunque insignificantes en la Europa moderna, pero más nobles y más cultos que los demás, a pesar de la contraria opinión de los que nos desconocen o nos odian, protestamos con arrogancia de esas tropelías, y reconocemos la hermosa y santa libertad que gozamos en nuestra sin igual y querida España.

Y vosotros, descontentos compatriotas, que ante la idea de destrozar a vuestro rival político no vaciláis en contribuir al descrédito de vuestros conciudadanos, pensad que al destrozarlos destrozáis también el corazón de España, ayudados por garduñas extranjeras, que, alimentando vuestras rencillas, mantienen en su provecho la inercia y desunión de vuestra patria.

Ni en Francia, ni en Alemania, ni en Rusia, ni en Inglaterra goza el hombre honrado de mayores derechos y libertades políticas, y hasta para el delincuente rigen en nuestro Código penalidades más humanitarias, a pesar de la fama de inquisidores con que nos insultan los que temen nuestro resurgimiento.

Toda sentencia tiene en España recurso de apelación hasta llegar a los Tribunales Supremos (lo mismo en lo civil que en lo militar), y su fallo inapelable causa jurisprudencia para los casos sucesivos. ¿Dónde, pues, mayor equidad y justicia?

Nuestros delincuentes no son desterrados a la Siberia, ni sufren la pena de azotes, ni la incomunicación perpetua, ni los trabajos forzados, ni en la última pena funciona la soga cruel ni la sanguinaria cuchilla.

¿A qué entonces recibir el insulto diario de la prensa extranjera sin una enérgica protesta?

¿A qué entonces las quejas de nuestros descontentos?

Debieran aquéllos conocernos mejor y no odiarnos tanto para juzgarnos sin pasión.

Debieran éstos sufrir las leyes ajenas, soportándola mordaza que fuera les impondrían, para aprender a respetar y obedecer las propias con la subordinación y disciplina de todo pueblo organizado.

Este recuerdo que desde lejanas tierras dedico a mi noble patria quisiera fuera un estímulo para avivar el legítimo orgullo de nuestra raza, que algunos pretenden humillar achacándonos verdaderas infamias, que sólo la perfidia, la traición o la calumnia son capaces de inventar.

Afortunadamente, el brío de los buenos no queda extinguido, y no está lejano el día en que, agrupados todos alrededor de nuestro joven y valiente Rey, protestemos enérgicamente de tan viles intrigas de cancillería, gritando como yo, con toda la fuerza de mis pulmones: ¡viva España!

Supongo, queridos compañeros, que habréis perdonado el desahoguito de patriotismo que me he permitido intercalar; pero es tal mi estado de ánimo al profundizar lo que fuera de casa vemos, que, si no lo suelto, reviento.

Así, pues, contando con vuestra benevolencia, terminaré diciéndoos que el turista conoce a los extranjeros en visita, donde todos somos buenos; pero si al viajero lo llevan los negocios, siempre interviene algún personaje que, actuando de suegra, nos entera de los líos de familia.

Antes de relatar nuestra segunda expedición a las tribus Fadaan, en las orillas del Éufrates y desiertos de Mesopotamia, creo de interés dar a conocer un antiguo escrito árabe, cuyo raro ejemplar ha regalado nuestro Cónsul al Comandante. Traducido del árabe al francés por nuestro intérprete, y vertido por mí al español casi literalmente, para que no perdiera el cachet de la literatura oriental, lo trascribiré seguidamente, y de su lectura podrá deducirse la superstición y fantasía con que los árabes describen el origen del caballo árabe.

Dice así:

Hoja que contiene en resumen la creación de los caballos, sus méritos, la manera de tratarlos, y todo lo que en su favor se nombra en los cuentos santos y en todas las tablas que los árabes han hecho célebres; todo cuanto ha aparecido y resonado sobre su situación; con los nombres todos y calificativos que la imaginación les ha dado.

El Juez ha sacado de la historia de Nisapur, al hablar de Imán Ali, hijo de Alí Taléb (que Dios haya perdonado), y en la curación de los pechos de los hijos Ahhas (q. B. h. p.), en su primer versículo, ha dicho: “Cuando Dios quiso crear al caballo árabe dijo al viento del Oeste: Yo creo de ti una creación que será el orgullo para mis sujetos, la derrota o vergüenza para mis enemigos y la belleza de mis obedientes.”

Y la narración de Ebben Abbass Fajtunai, ha dicho que el Ángel Gabriel ha cogido un puñado de ese viento y de él ha creado una yegua.

Y en la historia de Ebben Abbass Kamitta ha dicho: «Te he creado caballo árabe y he ordenado al bien y a la riqueza de acompañarte; llevas la victoria sobre tus lomos, y te he dotado de fortuna.»

Dicen que los caballos árabes fueron creados para los árabes, y el primero que tomó posesión de ellos fue Ismael (que la paz sea en él), que es el padre de los árabes.

Los caballos árabes pura sangre son de razas diferentes que dependen de las hembras y de los machos por su prole y su creación; pero el Profeta (que Dios le dé la paz y la oración) ha contado: «La yegua, en árabe, se llama Faras. Este nombre, derivado de iftiras, que quiere decir ‘devorar’; porque devora la tierra, el camino, por su rapidez; y el macho Hissan, que derivado de Tahassan, que quiere decir ‘fortaleza’, porque defiende a su jinete del peligro.» Por esto ha sido dicho que el lomo del caballo árabe es una torre de guardia. Y el primero que ha montado y ha domado los dos caballos fue Ismael, profeta de Dios, hijo de Abraham (que la oración y la paz de Dios estén sobre ellos).

El hijo de Abbass (q. D. h. p.) ha dicho: «En otro tiempo el caballo árabe era un animal salvaj, como otro animal salvaje cualquiera, y cuando Dios permitió a Abraham y a Ismael apoderarse de él les dijo: «Os doy un tesoro que os he guardado; y a Ismael sólo: Sal y pide este tesoro.» Entonces Ismael salió sin saber cómo hacer esta petición; pero el buen Dios se la inspiró. Entonces todas las yeguas del mundo, de la tierra de los árabes, le respondieron, y se dejaron coger. Y le inspiró que las atase y montase. Y le dijo también que estaban llenas de rectitud.

Diciendo rectitud, es decir bendición.

Los descendientes de estos caballos fueron el caballo árabe y los bazarines. Diciendo caballo árabe, es para designar los caballos que se están con los árabes; los bazarines, son los de los persas. Sus descendencias son dos: los que tienen su padre de raza árabe y su madre persa se llaman Hajím, y los que tienen su madre árabe y su padre persa, Mukreff. Por esto la mayor parte de los caballos de los turcomanos son de estas dos especies; hasta cierto punto se ha obtenido de esta raza, lo que ha excedido a los caballos árabes en belleza y fuerza. Pero el árabe verdadero, es decir, pura sangre, no se encuentra en estos caballos. Por esto el Hafez ha narrado, basándose sobre Abi Gar (q. D. h.p.): «Que el profeta de Dios ha dicho, que cada yegua árabe al grito de muecín de la aurora, pide a Dios diciendo así. A quienquiera que me deis de la raza humana y que me entreguéis a él, haced que yo ame a su familia, su bien y cuanto le pertenezca.»

Además, preguntarán: ¿es el macho o la hembra?, y respondió que el macho es más precioso y que ha sido creado antes que las hembras, como en el género humano, y que es más útil en la guerra, más confiado ante el enemigo y más fuerte; pero se refiere que Kaled (q. D. h. p.) no guerreaba sino sobre una yegua; porque aun cuando esté en plena carrera hace sus necesidades; mientras que el caballo las estrecha en su vientre hasta que cae reventado. La yegua también relincha poco. Pero (que la oración y la paz del Señor sea con él) el Profeta dijo: «¡Cuidad de las hembras del caballo árabe, porque su dorso es un orgullo y su vientre un tesoro!.»

Así desde el día que nacen y mientras tetan se las llama Tarih, y del que se les desteta a la edad de tres meses hasta diez, se les llama Filú (potra), y de un año a dos, Muhor u Holí, y al cumplir los dos años se les llama Jazaa; a los tres años se hace Saní; a los cuatro, Rabaa; a los cinco, Kareh, y así sucesivamente se puede seguir desde los tres años hasta los doce, y esto según su valor y su fuerza, sí su padre y su madre son jóvenes; pero si son viejos, el hijo parece tener una edad más avanzada que la que tiene en realidad y que se marca en sus ojos y en sus dientes.

Pero el caballo árabe más alabado y más buscado es aquel en cuyo honor los árabes han cantado estos versos: primero, aquel que acaba su comida antes que el alba del día; segundo, tres puros y tres distinguidos; tercero, corto de tres y largo de tres. Los tres puros del segundo son: el color, el ojo y el tupé; los tres distinguidos son: un vientre esbelto, es decir, riñones curvados; el sediente de la nariz y la comisura de los labios. Corto de tres, es dorso corto, caña corta y la cola corta. Y largo de tres es el cuello, las crines y la cabeza. Por eso se edaban la longitud de las orejas, la alzada del caballo, la amplitud del pecho y de la grupa; en fin, cuanto sostienen las piernas.

Las buenas cualidades de los caballos no se cuentan ni se parecen; pero su rectitud, su bendición, su arrogancia, sus defectos, todo depende de sus intenciones, como ya se pronunció por el Profeta (y su palabra es verdadera): «Los caballos, cuando desean el bien, lo conservan hasta el juicio final.» «Quienquiera los haya ensillado y haya hecho gastos por ellos, por las vías de Dios, entonces la comida, la bebida y todos los buenos tratos les será contado para peso del bien en la balanza del último día.»

El Imán Ahmad, según lo que ha oído decir de Ali (que Dios haya perdonado), nos ha contado que el Profeta (que la paz y la oración sean con él) amaba los caballos y por eso tenía en su casa, de manera que Donneri nos cuenta que el Profeta tenía siete por casualidad, y sus nombres son los que siguen:

1ª ALSAKEB, que fue la primera yegua que el Profeta tuvo en Medina y que la había comprado a un hombre de Fazara.

2ª HMOURTAJAZ, y era una yegua que el Profeta había comprado a un beduino con el testimonio de Hazimat, hijo de Sabet. 

3ª OUALZAZ, yegua que el Makouken había ofrecido al Profeta. 

4ª OUALZARB, yegua que Raronat Chizaie había dado al Profeta.

5ª OULANHIF, yegua que Rabiat, hijo de Abi Hbirán, regaló al Profeta.  

6ª. SABHA, una yegua que el Profeta compró a un beduino de Jahniye.

7ª HOUARD, yegua que lamina Hdari hizo regalo al Profeta.  

Estos son los nombres de las siete primeras yeguas del Profeta, que tienen historias famosas, que citaremos en caso de necesidad; pero de estas siete el Profeta escogió cinco, a las que llamó las cinco Kahael y a las que bendijo, y éstas cinco han sido la raza de caballos árabes que se multiplicaron y a las que los árabes les han dado nombres correspondientes a sus propietarios, y vamos a citar aquí algunos nombres que nuestra memoria ha podido retener:

KAHAEL JAMASS, ADID BID HAMD, MAANAGIATE, ALSAED, ALDAAJANIATE, ALBATAR, ALJAIMIATE, ALJARAZATE, ALLAKILLIYATE, ALTIYASS, ALHALLÜIAT, ALBATALIYATE, ALFIREJATE, ALUADNATE, ALMURIATE, ALSAMHATE, ALNOFALIYATE, ALMUJALLUDIATE, ALKUBECHAT, ALBAYRATE, ALJALAFATE. 

De las cinco citadas más arriba, Kahael, la más afamada es una que recibió el nombre de su dueña, y que fue superior a todas las otras. Y es la Kihelat Ajouz (que quiere decir: Yegua noble de la anciana.)

Voy a referir su historia:

«Había un hombre que vivía en las riberas del Éufrates; quiso un día viajar por la Arabia Pétrea para visitar una de las tribus más renombradas. Montó su yegua, que pertenecía a una de las cinco razas precedentes y está preñada próxima a parir. Y apenas llegó a la tribu su yegua parió. Y era el tiempo en que los enemigos de la tribu fueron a combatirla. El tal hombre huyó precipitadamente, abandonando la potrilla recién nacida. Apenas que él llegó a su casa, a la orilla del Éufrates, se volvió, y vio que la potranca le seguía, mas estaba tan cansada del calor y del polvo que cayó a tierra. Entonces una anciana la recogió, y tan bien la trató hasta que se curó, que fue la más célebre de todas las otras. Y fue una de las razas mejores y sus descendientes cambiaron de nombre según sus propietarios, como está anotado seguidamente. Y en nuestros días ninguna buena raza existe que no se derive de esta principal, y esto está probado por todo el mundo.

 KAHAEL EL AJOUZ

 

Kihelet El Hefi. Kihelet Krusch. Kihelet Il Nauagh. Kihelet El Hadla. Kihelet Abu Jinul. Kihelet El Dajira. Kihelet El Anzelil dauich. Kihelet Rudan. Kihelet El Humad. Kihelet El Johara. Kihelet El Zeyad. Kihelet Emaraf. Ubayet líbde. Ubayet Jadar. Ubayet El Dasin. Ubayet Ubeida. Ubayet El Jarich. Dahmet Muujel. Maanakí Hadraj. Saklavy Chaifi. Saklavy Zubeina. Saklavy Dana. Hadiyeh El Fard. Hadíyeh El Zeaali Kihelet Imm Sura. Kihelet Chilouet. Kihelet TlJazeh. Kihelet El Masan. Kihelet El Chanin. Kihelet El Zabi. Kihelet Ras El Jadani. Kihelet Amaer. Kihelet El Jaluje. Kihelet Muhid. Kihelet Kinyan. Kihelet El Buaha. Ubayet Abu Hares. Ubayet Fahiha. Übayet El Nijibzi. Übayet Tamar. Dahmet Amer. Dahmet Jainis. Maanakí Sabil. Saklavy Sudar. Saklavy üababri. Saklavy Bagib. Hadiyeh Muchteb. Rechan Charu. Kihelet Uachir. Saglavy Jidrane. Kihelet Namiri. Kihelet El Dins. Kihelet Mujel. Kihelet Ghazale. Kihelet Janah El Tehr. Kihelet Mandil. Kihelet El Abud. Kihelet El Harka. Kihelet El Chija. Ubayet Charalk. Ubayet El Zahini. Ubayet Jarina. Ubayet El Buabja. Ubayet Jolan. Dahmet Chauan. Maanaki Chelaji. Maanaki Abu Hadla. Saklavy Abasinun. Saklavy Nejmelsubh. Hadíyeh Enzaji. Hadiyeh Ghafel. Rechan Ajrachid. Em Arghul Chubaa. Em Argub El Hadab. Rabda Jachib. Rabda Mneijej. Udehat El Jauauir. Unde Jersan. Jalfet Zattam El Bulad.  Jalfet El Dahua. Hamdani Samri. Hamdani Jafel. Samhat El Kamu. Samhat El Chafu. Tiibsat El Alamkie Kubechet Muchleh. Kubechet Jakne. Saadat El Tukaz. Saadat El Hisun. Maliha. Malihat Cherbar. Malihat Tabuh. Hhueimat Sabah. Chueimat Dali El Chiteui. Zekaab.  

Este es el resumen de los nombres y calificativos de las razas de caballo árabe, sin poder citar todos sus méritos por temor al aburrimiento, sin señalar tampoco cuanto se ha dicho en su favor; pero Dios, en el Maarad, el Kasam ha dicho: (Ualaadiyat dabhánfalmuriyat cadhán falmariat sabhán) y muchos otros dichos del Profeta y de sus bendiciones y méritos.

Hassán Abu Orfa de Mislem ben Jesar ha dicho: « Un día el Profeta limpió la frente, los ojos y los ollares de su yegua con la manga de su túnica. Entonces le dijeron: ¡Oh Profeta de Dios! ¿Con la manga de vuestra túnica? A lo cual respondió: Amigo mío, me discutes una, buena acción para los caballos.»

También está prohibido conducir una yegua por la crin. Es lo que el mismo Profeta ha dicho: ¡No llevéis nunca al caballo árabe por su crin; los rebajaríais! De sus capas dijo: «Escoged la torda, la alazana y la negra, todas calzadas.» Y el Profeta de Dios dijo la verdad. (Que la oración y la paz de Dios estén con él.) Pero las otras cualidades, distinciones, capas e historia, las citaremos, si a Dios place, en otro documento. Por el momento, nos atenemos a lo expuesto.

Esto es lo que el pobre siervo de Dios, Zabiri Zada Muhammad Alí Ghaleb ha podido reunir.

Hecho en Alepo, en la Imprenta del Yilayeto, por segunda vez, el 16 Safar 1320.

 

VII – Segundo viaje al desierto

Orillas del Éufrates —La tribu Fadaan. —Los kurdos. —Urfa (Mesopotamia). —Beredjik. —IbrahimPachá y sus caballos. —Recibidos a tiros. — Otra vez en Alepo. —Leyendas árabes.

El día 18 de Julio, a la una de la madrugada, seguidos de nuestra escolta, del Teniente (pobre viejo de cerca de sesenta años, que no sirve más que de figurón) y de los dos gendarmes que nos acompañaron en la expedición anterior, emprendemos el camino hacia las riberas del Éufrates, llevando por delante las acémilas cargadas con nuestras tiendas y provisiones.

Como nuestras marchas son calculadas por etapas, no hacemos uso de camellos, que por su paso lento consumirían en el camino el tiempo que nos hace falta disponer en los lugares precisos.

Después de atravesar en el trayecto algunas pequeñas y miserables aldeas, hicimos alto a las ocho y media de la mañana en una más importante llamada Bab. Un alguacil (digámoslo así) del Kaimokcm nos acompaña e indica el sitio mejor donde podemos acampar; y en verdad, que la orilla de un riachuelo, cubierta de altos álamos negros, convidaba con su sombra a plantar nuestras tiendas.

El termómetro marcaba 49° C., sin la menor ráfaga de viento.

A nuestro alrededor hay una gran extensión de terreno cultivado de viñedo, cuya escasa cosecha, dicen, se debe a que desde el mes de Abril no ha llovido una sola vez.

BAB.– Un gendarme y el cabás del Consulado. (En busca del caballo árabe)

A las orillas del riachuelo salen a tomar el sol muchos galápagos y multitud de grandes ranas.

De yeguas y caballos árabes, nada; dos o tres han traído del pueblo, que no merecen anotarse.

Sintiendo abandonar tan grata instalación, en la seguridad de no encontrar otra parecida, y con las casas a cuestas como los caracoles, salimos de allí a las tres de la mañana del día 19, llegando a Membusk o Mombos a las once, donde, guiados al atrio de una Mezquita, salió a recibirnos el joven y amable santón, que nos aloja en un cuarto fresco y limpio, que cubre de esterillas y tapices.

No nos dejan un solo momento de reposo al calor y fatiga de los viajes; pues a los diez minutos de llegar viene a cumplimentarnos el Gadi turco del pueblo, también joven y culto, que chapurrea el francés lo bastante para dejarse entender.

Por él sabemos que el edificio que nos aloja tuvo mayor importancia en la dominación romana, a juzgar por los restos de columnas y capiteles, que todavía están esparcidos en el patio de la Mezquita, recordando la destrucción del templo, que llevó a cabo Tamerlán, en la irrupción de los Tártaros. Seguidamente se presenta con otros personajes el Alcalde o Jefe de los cherqueses, oriundos de los expulsados de Rusia, que acogió Turquía, como a nuestros judíos, señalándoles determinadas regiones y poblados para establecerse.

Estos cherqueses no han perdido el tipo ni el traje de su raza. Altos, enjutos y musculosos, cubren su cabeza con karbús de astracán y su cuerpo con larga blusa rusa, ceñida con cinturón de cuero, que sujeta el largo y puntiagudo cuchillo, cuya empuñadura se inclina al lado derecho para que la mano criminal esté pronta a la acometida. Dos o tres líneas de cartucheras de la misma tela, cosidas a la blusa, adornan los lados del pecho al brillar de las metálicas cápsulas de fusil o revólver.

El Alcalde en cuestión, dice que nuestra ruta está llena de peligros, y nos ofrece una fuerte escolta de los suyos, hasta dejarnos en sitio seguro. Se le dan expresivas gracias y damos gracias a Dios de que a semejantes bandidos no les ocurran otras atenciones para nosotros. Son cien veces más temibles y traidores que los beduinos, a quienes, como veremos más adelante, han logrado acobardar, por su mayor astucia en los combates.

Sacrificando nuestro bienestar al ahorro del tiempo, y en cumplimiento de nuestra misión, empezamos acto continuo, sin descanso, y como siempre, con el sol sin toldo, a reconocer las yeguas y caballos que turcos y cherqueses trajeron a la puerta de la Mezquita.

Son dos sementales tordos de poca alzada, cuello grueso y corto y cabeza pastosa. Traen también ocho o diez yeguas vulgares y un potro de dos años, de tipo persa, por su frontal bombeado y depresión en la nariz.

A las cuatro de la mañana (día 20) estábamos dispuestos a partir, cuando el joven santón llamaba a los creyentes del Profeta con sus cánticos desde lo alto del minarete de la Mezquita, pues sabido es que Mahoma prohibió las campanas en los templos, para que su culto no tuviera semejanza con el de los cristianos, diciendo que las campanas despertaban a los ángeles.

El número de creyentes que acuden a la oración es bastante crecido, y yo sospecho que muchos llegan por curiosearnos. De todos modos, estas gentes alaban a Dios cinco veces al día, y hoy digo yo con ellos: ¡Dios sea loado!

Cuatro horas de camino nos llevaron a Abu Galgas, acampando en una extensa alameda, propiedad del Sultán, como todos los terrenos cultivados de este Oasis.

Las cartas de recomendación que del Valí de Alepo y de nuestro Cónsul lleva la Comisión para las autoridades, hacen seamos bien recibidos en todas partes; y el Administrador de estos lugares imperiales nos obsequia con sendos vasos de aromáticos jarabes, que rebajan algo nuestra temperatura del tueste.

Por dicho señor turco sabemos que esta hacienda le produce al Sultán 40.000 libras turcas de renta anual, cifra que, al escucharla, estuve por decirle «si había ceros»; pero en fin, cuando ellos lo dicen, será verdad aunque no lo parezca.

Mezquita de Membusk, donde pernoctamos el 19 de julio. (En busca del caballo árabe)

Al sentarnos en el suelo para almorzar a la inmediación de un manantial, tenemos necesidad de poner ropa debajo, porque abrasa la tierra. Por la caldeada superficie corren abundantes hormigas, casi del tamaño de las abejas, con la cola hacia arriba como los escorpiones, haciéndonos quedar en guardia para evitar sus picotazos.

A las doce y media del día (con la fresca) pasamos a casa del Administrador, que se industria con la recría de potros comprados a los beduinos.

Vemos un potro castaño de tres años, fuerte y de buen esqueleto, pero de cabeza pastosa y tipo vulgar. Otro tordo careto más débil, cerrado de piernas, con poca distinción y caracteres de la raza indígena. Otro castaño, elegante y enérgico, de líneas correctas, cuello flexible y bien nacido, cabeza noble y pequeña, dorso largo y buena grupa; pero… sus corvejones no están limpios, tiene vejigas y un exostosis por bajo del derecho. ¿Qué vamos a hacer?, o mejor dicho, ¿qué voy a hacer yo? Manifestar mi parecer, como ya en anteriores casos lo he dado a conocer, y respetar y obedecer la decisión del que sobre sí lleva la responsabilidad.

Mi opinión hace tiempo está dicha, y cada día que pasa se arraigan más mis creencias. No está en el mismo caso un semental que un caballo de servicio, pues el desecho de éste puede ser excelente reproductor, y un mal reproductor, superior para el servicio; y si esta regla general es aceptada de buen grado en todas las naciones donde la cría caballar está a mayor altura que la nuestra, es por la sencillísima razón de que la experiencia, siendo madre de la ciencia, señala a ésta los errores en que incurre al tratar de emanciparse.

No, y mil veces no (ya dije que remacharía bien el clavo). Ni se puede ir a comprar sementales con un cuadro de exenciones como el señalado para caballos de remonta, ni con el libro de texto o el autor de moda debajo del brazo, en este país donde el caballo árabe,  la más noble raza caballar está en manos de la salvaje ignorancia de los beduinos, menos que en cualquier otro punto, donde también estorban mucho.

Nuestros cuadernos están plagados de notas que presentan el siguiente contraste:

Tordo, distinguido, pero «mal aplomado».

Tordo, Upo vulgar, cabeza pastosa, «bien aplomado», etc.

¿Qué significa esto? Lo de siempre: lo que era de esperar, lo que vengo diciendo desde los comienzos de nuestra misión; y para los que sospechen que he adivinado lo que había en el cesto después de abierto, pongo a su disposición los cuadernos en que diariamente, sin dejar un solo día, en los siete meses de viaje, anoté mis impresiones.

Mas no por lo dicho vaya a creerse que soy de distinta opinión que el baturro de mi pueblo, a quien preguntaron si quería pan o caldo, y contestó: « ¿Yo?… ¡Sopas!»

Claro es que todos pedimos las sopas en estos caballos, pero ya hemos visto que se encuentran rara vez; y aun entonces, suelen ser insípidas, hechas con agua tibia, que no han de darnos seguramente la sangre que venimos a buscar.

Cinco o seis potros más y tres yeguas nos enseñó el buen Administrador del Sultán, mientras el calor nos martirizaba cerca de la asfixia; pues uno de nuestros primeros deberes es el de maltratar nuestros cuerpos hasta batir el record de la resistencia.

Lo malo sería que nos pasara lo que al caballo del gitano, que cuando había aprendido a no comer, se murió. (R. I. P.) A las cuatro de la tarde salimos de la imperial hacienda en dirección a Hadide, en las orillas del Éufrates.

Pronto perdimos de vista el verdor de la frondosa alameda, y entramos en un terreno pedregoso sin vegetación alguna y bastante accidentado.

En un hondo y solitario valle empezaba la sed a castigarnos, cuando advertimos un pozo a lo lejos. Allá nos dirigimos, y dos muchachas bonitas y alegres que allí estaban, salieron a nuestro encuentro, presurosas, amables y risueñas a darnos de beber en las mismas odres. «He ahí, dijimos, el pozo de las Samaritanas»

En lo alto, y entre las grietas de una montaña terrosa, se divisaban las cuevas habitadas por los convecinos de las misericordiosas e históricas hijas de Samaria.

Antes de la hora esperada terminó nuestra jornada, y no os podéis figurar la alegría que experimenté al divisar de muy lejos nuestras tiendas ya levantadas en espera de nuestro arribo.

Ellas son nuestro pueblo, en ellas nos esperan nuestros criados y la gente que nos acompaña, son los vecinos y obreros que conviven a nuestro lado. Constituimos una tribu nómada, errante, como las de beduinos que venimos a visitar. Nuestra casa, nuestra cama, nuestra mesa y nuestras provisiones están allí, y allí todos, aunque distintos de condición, quedamos unidos bajo la lona que nos sirve de refugio.

Orillas del Éufrates. —Estamos acampados a la inmediación de unas chozas de ramaje y tierra, viviendas de los vecinos de Hadide, que están trillando su pequeña cosecha de trigo y cebada. En la era inmediata arrastran el trillo, enganchados en yunta, un famélico borrico y una vaca pequeñita.

El viento bochornoso trae un polvillo de la fina arena del desierto que hace el aire irrespirable. Dentro de las tiendas el calor es asfixiante, y fuera de ellas es tan densa la niebla de polvo que a diez pasos no se distinguen los hombres.

El río Éufrates corre cerca de estos lugares, y en la orilla opuesta suele acampar la tribu de «Fadaan» que buscamos.

Hoy ha partido uno de nuestros gendarmes con orden de pedir refuerzos a un puesto inmediato, pues hay noticias de que los beduinos están en guerra.

Al día siguiente, reforzada nuestra escolta con cuatro gendarmes jóvenes montados en mulos, atravesamos el caudaloso río en una gran barca construida con tablas de escasos centímetros de espesor, clavadas a unos troncos que le sirven de armazón. Un mal cajón de tabaco presenta seguramente mayor resistencia que aquella nave.

Áscaris y gendarmes de nuestra escolta en la orilla del Éufrates. (En busca del caballo árabe)

 En tres viajes de ida y vuelta quedó nuestra caravana transbordada. En esta época del año las amarillentas aguas del río corren mansas por el extenso y arenoso valle, que se inunda en los meses de lluvias. Las montañas que limitan su cauce carecen de vegetación, así como la gran meseta que domina la orilla que hemos alcanzado.

Caminamos en el Desierto, y siguiendo yo a uno de nuestros antiguos gendarmes, me encuentro separado del resto de nuestros compañeros, a quienes suponemos marchando por la hondonada, pero al cabo de una hora todavía no aparecen y decidimos esperarlos. El gendarme es un turco bonachón que me inspira absoluta confianza. Cerciorados de que los nuestros seguían la misma ruta, continué cabalgando al lado del turco, cuando éste, elevándose sobre los estribos y haciendo de su mano derecha una visera para dar sombra a sus ojos, se paró a observar el horizonte. Dos puntos negros, no mayores que una lenteja, aparecieron en él; después otro y otro.

 El gendarme los observa y descuelga su fusil, que lo lleva en bandolera, cruzándolo en la perilla de la silla para cargarlo. Copiando su precaución, hago correr por el cinturón la funda de mi revólver hacia adelante, dejándola abierta, cuya operación aprueba con un gesto de afirmación mi pareja. En aquel terreno no cabía la sorpresa; la gran meseta arenosa apenas tenía pequeñas depresiones, y en cuanto la vista alcanzaba nadie podía ocultarse.

Nosotros seguimos avanzando, el gendarme los observaba con detenimiento; yo sólo pude calcular que eran ocho o diez, al parecer, jinetes que avanzaban también hacia nosotros. Él era un explorador. Yo un espectador.

Así caminamos un buen rato hasta que, volviéndose sonriente hacia mí, me dijo con satisfacción: « ¡Áscaris! (soldados)», y, acompañando la acción a su palabra, volvió a colgar su fusil en bandolera.

Media hora más tarde tuvimos las dos partidas el encuentro amistoso que, como siempre, la oportuna instantánea de Fernández reproduce con fidelidad.

Eran ellos un joven Teniente turco que, con ocho áscaris, estaba encargado de recaudar la contribución en la tribu de los Anazés «Fadaan».

Precisamente era la tribu que buscábamos, y por el Teniente supimos que aquel mismo día habían levantado su campamento y que la encontraríamos caminando en nuestra misma dirección.

En pleno Desierto. Encuentro de un Teniente y ocho áscaris turcos. (En busca del caballo árabe)

Después de indicarnos la que habíamos de seguir, se despidió amablemente de nosotros hasta el anochecer, que volvería a nuestro lado, y soltando las riendas de su enérgico caballito alazán, enjaezado con lujo árabe, lleno de alamares y flecos de vivos colores, desapareció en el Desierto, seguido de su escolta, montada en rápidos mulos.

 La tribu «Fadaan». —Una hora después vimos que la tribu caminaba a unos tres kilómetros en dirección paralela a la nuestra, formando una columna ele muchos kilómetros de fondo, en la que no alcanzábamos a ver la cabeza ni el fin.

Antes del mediodía llegamos al sitio donde ya habían empezado a armar sus tiendas los primeros beduinos, y mientras se levantaban las nuestras, nos refugiamos en unas chozas de ramas y trapos, construidas por familias medio nómadas que estaban recolectando la exigua cosecha de unos pequeños campos.

No faltó el consabido café y la leche agria, que con todo su haber dan estas gentes la posada al peregrino; enterándonos de que el Jefe principal de los Anazés «Fadaan», llamado Hakem, estaba ausente y regentaban la tribu dos sobrinos suyos.

Yo no sé cómo llegan las noticias en el Desierto; pero es lo cierto que los tales sobrinos sabían ya que habíamos estado con los «Sbaas» sin comprarles nada, y han venido a saludarnos acompañados de su séquito de notables. El mayor representa unos veintiséis años; el otro, unos diez y siete. Ni éste ni aquél traen buen talante. Orgullosos y cejijuntos, entran sin saludar apenas y se sientan, ocupando la presidencia del corro, dejándose recostar el mayor de ellos con indolencia y desdén en la silla de piel de camello que ponen a su lado. Ambos se quitan los toscos brodequíes, que, como calzado de lujo, traen puestos y los colocan a su inmediación para que admiremos el brillante cuero amarillo de su construcción y las borlas de lana azul que los adornan. Ellos continuaban óseos y displicentes, sin el menor deseo de agradar.

Cabañas de seminómadas en Aruda. (En busca del caballo árabe)

 Al mayor se le ocurrió preguntar qué sistema de revólver llevábamos, y el Comandante le enseñó su pistola Browning, explicando su mecanismo y alcance. «No la conocía, responde, pero me gusta más la mía.» Y echándose mano a la cintura, saca una hermosa pistola Maüsser, que carga y descarga con agilidad pasmosa, para demostrarnos que conoce su manejo. Dice la compró en Bagdad y le costó 16 libras turcas (368 francos).

Satisfecho de haberse lucido entre nosotros, parece que se muestra más expresivo, y en modo alguno consiente que nos retiremos a nuestras tiendas sin haber comido en su compañía el carnero que ha mandado sacrificar.

Por la tarde, revisión de yeguas. Una, otra y muchas francamente malas, alguna interesante y una o dos aceptables.

El carácter de esta tribu parece más salvaje y ñero que el de los «Sbaas». Un Jefe negro, feroz y déspota, da de puñetazos ante nosotros a uno de los habitantes de estas chozas que hizo una reclamación.

Los mismos jóvenes que regentan el mando son antipáticos y soberbios. Al menor de ellos, para halagarle, le dijo José (nuestro intérprete):

— ¿Por qué no vas a Constantinopla, y te harían Capitán?

— Aquí soy Sultán—respondió con gesto altanero.

— ¿Es que te gustaría ver la ciudad?

— No hay ciudad más grande que el Desierto—replicó malhumorado.

He observado que los hombres y los chicos llevan los brazos con cicatrices redondas del tamaño de media peseta, y, atribuyéndolas al grano de Alepo, pregunto si lo padecen también los beduinos.

—Esas cicatrices—me dicen—se las hacen los niños quemándose con una brasa, y entre ellos apuestan cuál resiste más quemaduras seguidas. El vencedor podrá matar una gacela con la piedra lanzada por su brazo.

El Teniente encargado de cobrar la contribución cenó aquella noche con nosotros, enterándonos de que el Jefe principal de la tribu estaba ausente, porque había salido a tratar con los «Realas», tribu enemiga que hace pocos días les robó 4.000 camellos.

Esto, y la recaudación del impuesto, les tienen soliviantados, y como son salvajes no saben disimular su mal humor. De todos modos, el carácter beduino es déspota y altivo cuando se cree el más fuerte, humillándose como un perro cuando reconoce superioridad en los demás.

En el Desierto se cree un Dios, llegando en su soberbia hasta despreciar a los civilizados con soez indiferencia; pero cuando llega a las ciudades se torna humilde y sumiso, no por avergonzado ni admirado de cuanto le rodea, sino porque al verse solo tiene miedo de su debilidad, sospechando que la mayoría que le domina siente hacia él los mismos malos instintos que él en su caso sintiera.

Esta tribu do «Fadaan» es más numerosa que las de los «Sbaas» y la más poderosa de los Anazés, extendiendo sus ramas hasta el Nedj y el Yemen, en el centro y confines de la Arabia.

Los «Chamares», los «Realas», los «Sherarat» y otros forman también grandes tribus que se disputan los pastos del Desierto en continuas reyertas y sangrientas batallas.

La inteligencia del beduino está en sus ojos, y juzga las cosas por su apariencia, bajo la impresión viva y superficial de un niño, sin que jamás sobreponga la razón a su conveniencia, a la que sólo el temor le pone freno.

Un hecho que da idea de su poco discernimiento nos ha entretenido esta tarde unos momentos.

Estamos acampados a la orilla de uno de los dos brazos en que aquí se divide el Éufrates, cuyas aguas, turbias por la lluvia de arenas que levantan y tumban los aires del Desierto, y cenagosas por el estiaje de la época, no se pueden beber en tal estado.

A nuestro criado Arakil se le ocurrió escarbar un poquito entre el cascajo y arena de la orilla, y, naturalmente, a los pocos minutos empezó a salir el agua clara de aquel filtro natural. Pronto corrió la voz entre la tribu y empezaron a acudir a la mágica fuente las mujeres beduinas para llenar sus odres y ferradas del cristalino líquido. Mas, ¡oh, dolor!, fueron tantas las mujeres que acudieron a disfrutar del milagro, y tanta prisa se dieron en llenar sus vasijas, que la fuente se enturbió de tanto pisar a su alrededor. Unas a otras se echaban la culpa de haberla estropeado, y, contristadas, volvían a sus lejanas tiendas con las odres vacías, sin que a ninguna de ellas ni a sus hombres se le hubiera ocurrido hacer otra fuente igual en cualquiera de los mil puntos elegibles de aquel mismo sitio.

ORILLAS DEL ÉUFRATES.– Beduinas de la tribu de “Fadaan” en la milagrosa fuente de Arakil. (En busca del caballo árabe)

Como habíamos visto vadear aquel brazo del río a las piaras de camellos, que lo atravesaron para pastar en la isla formada en el centro, conocimos su profundidad, y decidimos darnos un baño en aquellas aguas donde pescó Tobías el pez para curar la ceguera de su padre. Así lo hicimos Fernández, Viedma y yo, proporcionando a nuestros cuerpos un rato de bienestar. También el hermano joven del Regente quiso no ser menos que nosotros, y se lanzó al agua con dos o tres amigos suyos.

A juzgar por la impresión que les causó la entrada en el río, no debían estar muy acostumbrados a bañarse, pues ninguno de ellos sabía nadar, y queriendo imitar nuestros juegos en el agua, la salpicaban de uno a otro, como las señoritas en Biarritz.

En sus desnudos cuerpos pudimos observar un ancho y fijo cinturón tejido de pelo de cabra y camello, que, a nuestro entender, debía ser muy molesto. ¿Será un cilicio para mortificar su carne? Es de suponer que no, porque los deberes de todo buen creyente, según dijo el Profeta, son tres: la guerra, la oración y la mujer. Los dos primeros son de obligación; el tercero, de diversión o entretenimiento. Así, pues, he preguntado a nuestro intérprete qué objeto tenía o a qué fin llevaban puesto aquel fijo cinturón. Ese cinturón, que no es elástico, lo llevan los beduinos para evitarse morir de un reventón al ingerir mayor cantidad de alimentos que los que pueda soportar el estómago, puesto que su gula no tiene límites.

El calor y la lluvia de arenas son tan molestos que parece imposible la vida en este ambiente; sin embargo, vamos resistiendo con salud relativa los peligros de este clima, a los que hay que añadir la abundancia de escorpiones, de un veneno tan activo que mata en muchos casos a los menores de edad.

Hoy, al calzarme las zapatillas en mi tienda, he tenido la precaución de sacudirlas, y salió un buen ejemplar de estos bichos tan temibles.

En la tiendacomedor he matado otros dos, y durante el día han venido varios beduinos a pedirnos medicina para las picaduras del alacrán, pues ese es el nombre árabe, del que indudablemente se conserva en España su recuerdo.

También hoy hemos empezado a comer sin pan, porque nuestra provisión de galleta ha terminado.

Todas estas pequeñeces, tan agradables de contar después de pasadas, no son gratas, ni mucho menos, al padecerlas, y como desde aquí ni en muchos días después podremos mandar a la tahona a comprarlo, habremos de sufrir por algún tiempo la carencia de nuestro principal alimento. Nuestros compañeros de la Península no sospechan seguramente los malos ratos que estamos pasando, y, aunque muy honrados con el deber que obliga a sufrirlos, no por ello se sienten menos.

El día 23 devolvimos la visita, en su tienda, a los hermanos que interinaban el mando de la tribu, y continuaron en su misma actitud de indolente desdén, a la que se correspondió en igual forma, sin extremar cumplimientos.

Después seguimos viendo las yeguas y dos o tres caballos que nos trajeron a nuestro campamento. ¿Cuántas? No lo sé; quizá cien, doscientas; el número no hace al caso; pero sí sus caracteres, su tipo y su raza.

La gran mayoría no tienen los caracteres ni los rasgos étnicos de la raza noble: sus cabezas largas y pastosas, sus ojos pequeños, su grupa corta y derribada y los malos aplomos de sus extremidades dan idea clara de la raza indígena a que pertenecen, quedando de relieve su buen dorso, hermosa espalda con alto y profundo pecho. De la raza noble quedan muy escasos ejemplares, en que también la mayoría están plagados de defectos, que los hacen inadmisibles; pero quedan otros (pocos) en que sus vicios de conformación no son de tal entidad que hagan despreciable el conjunto; mas el criterio de nuestra comisión es, como ya vengo repitiendo, el de rechazar todo defecto o vicio de sanidad o conformación, sean las que fueren las demás cualidades del individuo.

Así, pues, todas las yeguas y caballos de la tribu de «Fadaan» (excepto una regordeta y sana, que me alegré no se comprara), fueron en absoluto desechados, encontrándonos en igualdad de circunstancias que dice el cantar andaluz:

A la mar fui por naranjas, cosa que la mar no tiene; metí la mano en el agua;

¡La esperanza me mantiene!

Ese caballo que buscamos no parece por lado alguno, y cabe preguntar: ¿Pero ha desaparecido su raza? ¿Es que al llegar a Europa los más célebres no dejaron aquí sus hermanos? ¿Es que con ellos acabó su generación? ¿Es que en las razas caballares de estas tribus ha intervenido de entonces acá alguna sangre extraña que haya difundido el desorden? ¿Es que los beduinos y los árabes en general han cambiado de criterio, en cuanto al cuidado y recría del caballo se refiere?

No, amigos míos, no. Todo, absolutamente todo, en hombres y caballos, está exactamente en las mismas condiciones y circunstancias que estaba en siglos y en años anteriores.

La raza existe y subsiste. Ningún elemento ajeno a su sangre ha tenido la menor intervención en contra. Los árabes siguen exactamente las mismas reglas y sistema de cría y recría que en los más remotos tiempos, sin que pueda apreciarse el más leve cambio en su vida y costumbres.

Entonces, ¿dónde están los hermanos o descendientes del BeyerleyTurk, del DarleyArabian y del GodolphinArabian, fundadores de la raza caballar inglesa y abuelos los dos últimos del caballo más célebre del mundo? ¡El eclipse!

¡Aquí! ¡Aquí están! ¡Aquí siguen! ¡Yo los he visto, y os voy a decir dónde!

Yo he visto al mismo DarleyArabian, en Alepo, sí, donde era uno de tantos caballos de los que hay por allí, hasta que se le ocurrió al inglés Darley, que viajaba por Siria, comprarlo para regalárselo a su hermano, que era ganadero.

Yo he visto también al GoldolphinArabian entre las yeguas y caballos de las tribus de Anazés, pero el pobre estaba tan averiado que hemos hecho el mismo caso de él que hizo Luis XV de Francia al desecharlo de las caballerizas reales; y aquí, como no podía tirar de una cuba de aguador, porque no los hay, lo he visto con grillos y amarrado, en la tienda de un beduino.

Por último, creo haber visto al BeyerleyTurk; pero esta vez no iba montado por el Capitán Beyerley, que lo importó a Irlanda, de Turquía, sino que lo montaba en el desierto el Teniente que recaudaba la contribución. Yo no sé si alguno de mis lectores se atreverá a conocerlo por la fotografía de páginas anteriores; pero a mí, aunque lo vi solo un momento, me pareció el mismo.

¿Pero qué digo? Perdonad, amigos míos, si en un momento de ofuscación os dije haber visto las tres celebridades. ¡Cómo era posible!

Aquellos tres célebres caballos que, como estos de ahora, estaban a la vista de todos, no los vio más que uno: ¡su comprador!

Quisiera de una vez para siempre dar por terminado este tema, en el que ya he insistido demasiado; mas como mi opinión no significa más que un voto y pudieran ser (como lo fueron) muchos los contrarios, he tenido necesidad de buscar aliados para reforzar mis líneas de defensa. Con ese fin determinado, copio a continuación la opinión del Conde de Cominges:

«El caballo árabe (dice, pág. 363) es el producto de la selección más brutal que existe en el mundo. Nacido en las tribus nómadas, desde que se hace de día es preciso que ande o que reviente.

Si resiste, gracias a sus potentes órganos, quedará robusto y transmitirá a su descendencia sus preciosas cualidades nativas. Así es como está constituida la raza en medio de privaciones y de exigencias incomprensibles, y así la especie se produce bajo un cielo azul y ardiente, desde Abraham y Salomón en esta constante selección que ha conservado el tipo al nivel supremo.

Desgraciadamente, ni la alzada ni la conformación del caballo árabe responden a nuestras necesidades modernas. Tal cual es, resulta poco útil bajo el pun to de vista de los servicios ordinarios de silla y tiro, pero se le roban con éxito, su esencia, su virtualidad y sus cualidades nativas, cruzándolo con gran número de especies conocidas.»

¿Comprenderéis ahora el error que vengo pregonando? Si el caballo árabe, tal cual es, no resulta útil para los servicios, ¿por qué lo hemos de buscar bajo ese aspecto en su alzada y sanidad? Aquí, en la tierra de su origen, hay que buscar su alma, su energía, su sangre; la simiente que en campos mejor cultivados den productos de más sabor que los nuestros, que ya perdieron la lozanía y fragancia de la libre Naturaleza.

Para adquirir ejemplares sanos y bellos no hay que molestarse tanto. En cualquiera de las naciones de Europa se pueden comprar a precios relativamente económicos. Yo he comprado en Francia (dos años después), entre otros varios, el primero y segundo premios de caballos árabes en la Exposición anual de reproductores que se celebra en París. Con la particularidad de que me exigieron y pagué más precio por el caballo del segundo premio que por el del primero. ¿Sabéis por qué? Pues, sencillamente, porque aquél estaba más cerca de la sangre de origen que éste.

Con lo dicho basta y sobra para sostener mi opinión con la terquedad aragonesa que hasta aquí lo hice; pero prometo solemnemente no volver sobre este motivo en la sucesiva narración de las gestiones y viajes de esta Comisión.

En su consecuencia, me limitaré de ahora en adelante a dar cuenta de nuestras compras y de lo extraordinario que encuentre en el campo y ciudades que hayamos de visitar.

Siguiendo con los beduinos de la tribu de «Fadaan», donde nos encontramos, y aparte de que en sus formas sociales son más groseros que los «Sbaas», en nada se distinguen de ellos en cuanto a vestuario, tipo y costumbres. Todos visten larga túnica, con cinturón y una capa o manto de lana gruesa de colores parecidos a las mantas de munición de nuestro Ejército, excepto los Jefes, que llevan manto negro sobre túnica blanca, con una pequeña cenefa bordada de oro. Éstos se saludan de igual a igual, apoyando las manos en los hombros de su amigo y simulando un beso mutuo en ambas mejillas, en la forma parecida a la de ritual de nuestros sacerdotes en las ceremonias religiosas.

En los hombres y mujeres es muy general el lujo del tatuaje, que lucen aquéllos en manos y brazos y éstas en la cara y piernas, formando estrellas, triángulos o brazaletes.

Un detalle insignificante que había olvidado consignar y que no deja de tener gracia, es la distinta mímica que se emplea en Oriente para afirmar o negar una demanda.

El signo afirmativo se hace del mismo modo que nosotros, o sea moviendo la cabeza de arriba a abajo en sentido vertical; pero el negativo lo expresan con más lógica, es decir, a la inversa del sí, o sea con un movimiento rápido de cabeza de abajo a arriba, y no de izquierda a derecha, como acostumbramos nosotros.

El día 24, pasada medianoche, batimos tiendas para salir de madrugada, puesto que la tribu «Fadaan» no daba más de sí que lo visto, y aumentaba la grosería y salvajismo de sus Jefes.

Puestos en marcha, observamos al poco rato que gran parte de la tribu estaba también en movimiento en la misma dirección que nosotros seguíamos; pero nada debíamos temer, porque les acompañaban sus mujeres y ganados. Por los gendarmes de nuestra escolta supimos que los que estaban en marcha eran sublevados que no estaban conformes con el impuesto de contribución que se les había adjudicado, y se separaban de la Jefatura, dispuestos a no pagar el tributo.

El Sultán exige a cada tribu una cantidad alzada, según el número de cabezas de sus ganados, dejando a los Jefes completa libertad para que entre los suyos hagan el reparto en la forma que mejor les parezca. Esto da lugar a que los caciques de las tribus carguen la cuota a sus contrarios, lo mismísimo que harían los Alcaldes de nuestros villorrios, y estas luchas intestinas dan motivo a que las tribus se subdividan en fracciones, como ocurre en el caso presente.

Los descontentos son muchos, pues en las cinco o seis horas de marcha al buen paso de nuestros caballos no los hemos perdido de vista, pudiendo calcular que formaban una columna de unos 17 kilómetros de fondo.

La tribu “Fadaan” caminando por el desierto. (En busca del caballo árabe)

Cada familia llevaba su hacienda y su ajuar cargada en camellos, sobre los que también se acomodan las mujeres y niños menores, seguidos de los pastores con los ganados de borregos, camellos y yeguas, que montan los guerreros de aquella casa, así como los potrillos de un año y más jóvenes son montados por los niños de diez a doce años. En esa ordenada formación recorren desde hace miles de años los desiertos, sin que su vida azarosa y errante les haga apetecer el bienestar de la civilización.

Hemos descansado en Mashudie, donde existen unas cuantas chozas de adobes y una casita de piedra, en la que su dueño nos da posada y comida. El menú se compone de trigo cocido con tiras de cebolla frita, perejil y granos de guisantes; carnero con macarrones, y después leche agria con pepino, ajo, cebolla y menta, todo revuelto, como si fuera gazpacho andaluz; y al que creyere que este plato no se puede comer sin reventar, aquí estamos nosotros para desmentirlo.

A caballo otra vez hasta las siete y media de la tarde, que acampamos en Sirrin, a la inmediación de una casa grande, ruinosa y deshabitada. El Comandante empieza a resentirse en su salud, y a todos nos preocupa su estado, aunque suponemos que no ha de pasar mucho tiempo sin que también decaiga nuestra energía.

Un campesino árabe, que tenía un trocito de tierra sembrado de cañamar, a la inmediación de nuestro campamento, se ofreció a servirnos de guía hasta ShahimBey.

— ¿Cuántas horas tardaremos en llegar?—preguntamos.

— Yo —responde—camino desde que sale el sol, y llego allí cuando está en lo alto.

— ¿Y cuánto quieres por acompañarnos?

— Diez piastras (dos pesetas), para comprarme una túnica. —Y al decir esto muestra la suya hecha jirones. Aceptados sus servicios, y levantando el campo antes de amanecer, seguimos a nuestro guía por llanuras arenosas y valles pedregosos, en que la luz del sol se refleja tan intensa, que habíamos de cabalgar con los ojos cerrados. El pobre guía, nacido en aquella región, pidió descanso a las nueve ele la mañana, diciendo que se le abrasaban los pies con el calor del suelo. El cabás del Consulado le dio unas sandalias, y el pobre árabe prosiguió la marcha. En el trayecto se cruzó un caminante montado en una yegua negra, que me llamó la atención por su marcha elegante y líneas distinguidas. Hícele detener, y al examinarla me pareció bella y armónica. Esperé la llegada del Comandante, que venía algo más atrás, y apreció, con el Veterinario, las cualidades indicadas, pero se vio que era algo izquierda de la mano derecha. No se pidió precio.

 Los Kurdos.—Sin otro incidente digno de mención, llegamos, a las once y media de la mañana, al pueblo de ShahimBey, Jefe kurdo de donde toma su nombre. Al llegar a la Casa de este personaje, espacioso edificio de cantería labrada, en cuyo exterior se ven algunas estrechas ventanas, que más bien pudieran llamarse aspilleras, nos dicen que ShahimBey está, bajo su tienda, en el campo. Allá nos dirigimos, y al echar pie a tierra ante ella, una nube de criados se adelanta para servirnos de palafreneros.

ShahimBey, hombre de unos cincuenta y cinco a sesenta años, de recortada barba blanca; grueso, encarnado y limpio, espera sonriente y afable en el dintel de su espaciosa y alfombrada tienda. Uno a uno nos va saludando, golpeándose el pecho con la palma de su mano, mientras dice amablemente: «¡Qué día de tanta felicidad me envía Dios con vosotros!

¡Jamás pude soñar la dicha de recibiros!» Frases de tanta cortesía son devueltas por nuestro intérprete, agradeciendo su caballerosa y cordial acogida.

Mientras preparan el café, saca una pitillera de plata y nos ofrece cigarrillos turcos, preguntando si hemos estado en la Meca. Al conocer nuestra respuesta, exclama: «Yo tampoco conozco Jerusalén, y en verdad que tengo deseos de visitarlo, pues son dos ciudades que todos los hombres cultos debían conocer. Yo no soy civilizado, añade; vosotros lo sois y, ¡qué alegría tengo de guardaros en mi tienda!» Así en toda su conversación, revela una clara inteligencia y exquisita cortesía, llevada al extremo de servirnos el café con azúcar, porque cree que así lo toman los europeos, y cuya distinción no hemos recibido hasta hoy en casa de grandes y civilizados Pachas.

El suelo de la gran tienda está cubierto de recio tapiz persa, y para nuestra comodidad y asientos nos sirven almohadones y cojines de sedas y terciopelos bordados de plata, oro y abalorios.

Este Jefe tiene tres hijos (que nos presenta), nacidos en un mismo mes, de tres de sus mujeres. Tienen catorce años, y dice a su presencia: «Estos serán leones, si heredan a su abuelo, y Dios querrá conservarlos, como a vosotros.»

En esta frase quedan reflejados sus caballerosos sentimientos de respeto a sus mayores y de cariño a sus hijos; pero tan hermosas ideas se acoplan sin escrúpulos a los instintos brutales y vandálicos, característicos de los kurdos, que aventajan en ferocidad a los otomanos, con quienes conviven sin estar más que condicionalmente sometidos a sus leyes y a su pabellón.

Shahim Bey puede poner en campaña 9.000 jinetes a sus órdenes, y es dueño y señor de vastas extensiones de terreno, en que asienta muchas ciudades y aldeas.

Hay otro Jefe kurdo de más poder e influencia con el Sultán de Turquía, a quien discute y rechaza sus órdenes, sin que el tirano que reina se atreva a someterlo, ante el temor de que se declare independiente. Ese temible kurdo, llamado Ibrahim Pachá, es tío de Shahim Bey, y aunque ambos se unirían ante las imposiciones de Turquía, no mantienen entre sí cordiales relaciones. Hace pocos años Shahim Bey declaró la guerra a su tío, diciéndole en una carta: «Te advierto que estés alerta, porque voy con mis hombres a hacerte la guerra, y cogeré tus ganados y tus mujeres si te dejas sorprender.*

Shahim-Bey, Jefe kurdo, con sus tres hijos mayores, nacidos en el mismo mes, de tres de sus mujeres. (En busca del caballo árabe)

Estos rasgos de nobleza caballeresca han desaparecido de Europa con la moderna civilización, en la que los perfumados diplomáticos sonríen a su rival, mientras su nación empalma el arma homicida para dar la puñalada traidora e inesperada, como el más criminal y madrugador apache. Si la diplomacia moderna admite esa teoría como buena, huelgan en los Códigos el recargo en la pena del asesinato por sus agravantes de alevosía y premeditación; considérese a todo el que mata, por homicida, simplemente, y entonces, para los hombres, como para las naciones, habrá desaparecido la idea del honor.

A esto nos conduce la paz armada de las Potencias de Europa, con esa diplomacia habilidosa que fía el éxito de sus cuestiones a la sola idea de la traición.

¡Malditos sean los que así destierran las leyes del honor en las luchas humanas, ya que en el hombre culto y civilizado es aquélla la única que regula los actos de su vida social!

Volviendo a Shahim Bey, diré que nos colmó de atenciones y nos enseñó algunas yeguas que tenía en el pueblo, diciendo que en otra época hubiéramos visto muchas más, pero que a la sazón se encontraban muy alejadas.

El Comandante seguía delicado y le hicimos acostar, mandando uno de nuestros gendarmes para que se adelantara hacia Urfa, y saliera con un coche a encontrarnos en el camino.

En esta situación llegamos al siguiente día a Suruch, pueblo de unos 4.000 habitantes, e instalamos nuestras tiendas en una pradera cercana a frondosa chopera. Allí nos visitaron las autoridades locales y principales vecinos, entre ellos un abogado turco que hablaba el francés.

Seguidamente empezaron a traer yeguas y potros, que, aunque con los vicios y defectos acostumbrados, tenían mejor presentación que sus hermanos del Desierto. Un bonito caballo y dos o tres yeguas, igualmente aceptables, se desecharon por su pequeña alzada, 1,43 a 1,47 metros, y entre las 80 o 90 que se reconocieron, hubo una que se compró, con el nombre de Gacela. Torda, clara, atruchada, ocho años, 1,53 metros, de raza Hamdani, y en el precio de 92 libras turcas, si no me es infiel la memoria. Después de quedar convenido el precio, hasta que se cerró el trato, pasó una eternidad en la ridícula ceremonia del vendedor árabe. Este se muestra arrepentido y dudoso al desprenderse de aquel animal, que es la dicha de los suyos. Los amigos intervienen; para él no habrá perdón ni consuelo. Su yegua Hamdani se lleva la paz y la fortuna; ¡qué dirán de él!

A través del desierto. De izquierda a derecha: Sres. Azpeitia, Viedma y Quinto. (En busca del caballo árabe)

Entonces los amigos aducen razones en pro y en contra, mientras el vendedor y comprador esperan cogidos de la mano derecha a que se resuelva el pleito, que, naturalmente, se falla siempre a favor del comprador. En estos dimes y diretes se pasaron sus tres cuartos de hora, y a punto estuve de soltar la mano y dejarlos discutiendo; pero nuestro José me dijo sería un desaire, que nos haría perder la compra de aquella yegua.

El Comandante seguía enfermo y aquella noche salió en coche, acompañado del intérprete y dos gendarmes de la escolta. Nosotros le seguimos a caballo algunas horas después.

Esta fue la marcha más penosa de toda la expedición. ¡Qué calor, Dios mío! Parece imposible pudiéramos resistir 65° C. que nos enviaba aquel sol abrasador, sin el soplo de un aliento. Todos cabalgábamos pacientes, mudos, aplastados por aquella inmensa brasa que nos achicharraba y perseguía con insistencia abrumadora.

Los naturales del país llaman a Urfa el brasero de la Mesopotamia, y en verdad que la situación de aquella ciudad rodeada de montañas calizas que la encierran entre sus peladas cumbres, ha hecho merecido aquel sobrenombre.

Urfa. —Cuando nuestra cabalgata entró a las once y media de la mañana en sus empedradas calles, se asomaban los vecinos a las puertas y ventanas de las casas, manifestándose extrañados de que en aquellas horas nos hubiéramos arriesgado a caminar.

Nuestro primer cuidado fue visitar al Comandante, que estaba instalado en el convento de Franciscanos, donde había un solo fraile italiano, muy viejecito, que no quería abandonar la residencia hasta terminar de escribir la historia de la fundación de la Orden en la Mesopotamia, si antes no le sorprendía la muerte, como a sus anteriores compañeros.

Al cuidado de aquel buen viejo, con su sacristán armenio y el intérprete, quedó confiado el enfermo, habiéndose encargado también de su asistencia facultativa un afamado médico turco.

Todos los demás, con el personal anexo e impedimenta, nos alojamos en el mejor Jáui (posada) de la población. El hostelero, árabe, hombre ducho en su profesión, nos dio a cada uno de los oficiales un cuarto separado, que, como todos los alojamientos de Oriente, estaban desprovistos de mobiliario. Una esterilla de palma que cubre parte del suelo, sirve a la vez de lecho y de asiento al viajero que ocupa la habitación. Nosotros instalamos en ellos las camas de campaña, y nos creíamos alojados en un palacio.

Poco nos duró la satisfacción, pues el calor, los mosquitos, los escorpiones que caen del techo y de los aleros de los tejados en las calles, las salamandras y otros bichos sucios que abundan, nos hacen sufrir lo indecible y me hacen recordar la frase de un célebre explorador de estas regiones que decía: «Si este sufrimiento fuera eterno, aquí estaría el infierno.»

El Teniente turco de nuestra escolta está muy delicado, y tres o cuatro de nuestros mukaros (acemileros), también están con fiebres. El Comandante va mejorando, y yo, por fin, caí con un calenturón, que en cuatro días no me di cuenta de mi existencia.

El día 6 de Agosto pude levantarme, y aunque me encontraba muy débil reanudé mis tareas, bajando todas las mañanas al patio de la posada para reconocer las yeguas y caballos que en abundancia nos ofrecen en venta.

Indudablemente este es el mejor centro de producción caballar que hemos visitado. El caballo árabe, en manos de los kurdos que dominan esta zona, adquiere mayores proporciones en su esqueleto y masa muscular que en las tribus de beduinos, siendo lógico que así suceda, pues aunque los kurdos exigen del animal grandes esfuerzos, lo recrían y someten al régimen de estabulación.

Así, pues, los ejemplares que nos presentan tienen mayor alzada, más masa muscular, y aunque el tejido adiposo, del que no están exentos, oculta en algunos su tipo vulgar, se encuentran individuos aceptables al objeto y deseos de esta Comisión.

Más de 200 yeguas y unos 70 caballos han desfilado ante nosotros, mereciendo los honores de la adquisición cinco yeguas y dos caballos; pero, sobre todos, la yegua Sacíela es verdaderamente notable por su raza, su historia y sus armónicas proporciones.

Este hermoso animal de capa castaña, de ocho años y 1,58 metros de alzada, procedente de Mossul y de la raza Saklawy, tenía una hija, preciosa potrilla de pocos meses, que su dueño no quiso vender por no perder la raza de la madre.

Las otras yeguas y caballos comprados eran también muy aceptables, elegidos entre los de mejor exterior.

Entre los caballos no comprados, he de hacer mención, como tipo clásico y característico, de un afamado semental de la raza Hamdani, por el que su dueño pedía 600 libras turcas que, a 23 francos libra, suman 13.800. Esta respetable cantidad quizá se hubiera podido pagar en la juventud y energía del caballo, condiciones que no disfrutaba en el momento de nuestra visita, pues hacía muchos años que no salía de la cuadra, donde lo tenían amarrado con cadenas y trabas como si fuera una ñera. Sin embargo, sus extremidades recargadas, sus cascos deformes, sus corvejones deshechos por vejigas y agriones colosales, hacían presumir que todas aquellas formidables amarras no tenían más objeto que impresionar al público para hacer pasar aquel manso borrego por un fiero y veloz caballo. Su dueño no permitió que confrontáramos su edad de doce años, que aseguraba, y sólo consintió que yo midiera sus crines, que caían partidas por ambos lados del cuello como dos cortinas que llegaban hasta el suelo. Un mechón ensortijado y revuelto al que no pudo dar toda su extensión, medía 1,40 metros de largo. Verdaderamente era notable esa particularidad, que llamaba la atención de cuantos la conocían. Su propietario aseguró que cubría 200 yeguas al año y le proporcionaba una renta de 200 libras turcas. Fuere o no cierto cuanto del ensalzado semental se refería, no era posible en modo alguno intentar sacarlo ni de la cuadra, porque apenas podía moverse en libertad.

Yegua Saada, comprada en Urfa (Mesopotamia). (En busca del caballo árabe)

 El general turco que mandaba la fuerte guarnición de la Plaza nos envió también sus caballos por si nos convenían. Eran dos tordos, de tipo basto, con cabeza algo acarnerada y cuello corto y grueso, parecidos en su exterior al tipo ordinario de nuestros caballos andaluces.

Yegua Urfa, comprada en Urfa. (Mesopotamia). (En busca del caballo árabe)

Agotado por nosotros el mercado, y en vista de que el proyectado viaje a Mossul no podía realizarse porque el Jefe, IbrahimPachá, había escrito a Urfa diciendo que sus ganados estaban en lejanos pastos a causa de que la langosta había asolado los de su país, no hubo más remedio que desistir del proyecto y continuar por las orillas del Éufrates visitando poblados y ciudades, para después, y finalmente, llegar a Damasco, buen mercado de cuanto en la Arabia nace y se produce.

Antes de abandonar esta infernal ciudad habré de recordar la tristeza que invade el ambiente, como si los remordimientos de sus habitantes pesaran demasiado para sobrellevarlos sin vergüenza.

En la matanza de cristianos armenios que en el año 1895 realizó la barbarie turca, Urfa fue la ciudad que más se distinguió en ese sanguinario encono.

De testigos presenciales hemos oído relatar crímenes horripilantes. Cuando estaba cansada la soldadesca y el populacho de tanto asesinato, se presentó en la plaza pública un hombre, que se ofreció a ejercer de verdugo, sin retribución alguna, y cuentan que esta fiera degolló más de 4.000 indefensos, en los seis u ocho días que duró la revolución. Mi pluma se resiste a describir los detalles de ferocidad de aquel salvaje, que todavía se pasea entre sus cómplices vecinos; pero la sangre ele aquellas inocentes víctimas se señalará en la Historia con otro borrón más en el reinado del tirano AbdulHamid, que quiso castigar los deseos de libertad que manifestaban los oprimidos armenios.

En esta ciudad, como en toda la Mesopotamia y en la Siria, se conservan por tradición muchas leyendas relacionadas con pasajes bíblicos de nuestra Historia Sagrada; y «aquí, dicen, está la montaña donde Abraham llevó al sacrificio a su hijo Isaac»; pero los turcos relacionan este hecho con un estanque que hay al pie de dicha montaña, donde hicieron los idólatras una hoguera para quemar en ella a Abraham, y cuando lo arrojaron a las llamas, éstas se convirtieron en un lago, que nunca se secará. Sus aguas y peces se consideran sagrados, y más de algún armenio cristiano ha pagado con su vida el sacrilegio de echar a la sartén al que picó en el anzuelo.

Para el día 8 (Agosto) estaba dispuesta nuestra salida, y como todavía me encuentro muy débil, aproveché la ocasión que se me ofreció de alquilar un coche que vuelve de vacío a Alepo. El cochero pensaba de todos modos unirse a nuestra caravana para no hacer el viaje solo, y por tres libras turcas, que muy gustoso le pago, lo tendré a mi orden, siguiéndonos noche y día, por si no puedo continuar el viaje a caballo. Este contrato, que providencialmente se ha presentado, me anima y tranquiliza, pues aunque nada dije ni me quejé a los compañeros, estaba preocupado por si no me asistían las fuerzas en los cinco días que habíamos de caminar, con jornadas de nueve a doce horas a caballo.

A las nueve y media de la noche nos despidió el hostelero del Jam con mil reverencias, y aunque los huesos de mi cuerpo intentaban horadarme la piel de mi parte posterior sobre la silla de mi caballo, salí de allí contento por no haber dejado la piel entera, e hice la primera jornada de nueve horas y media, cabalgando, en una noche tranquila y serena.

A mitad del camino, y entre las sombras de un barranco, apercibí a mi lado un jinete desconocido.

— ¿Quién es éste?—pregunté.

— Es un médico de IbrahimPachá, que va con licencia a Alepo, y ha esperado en Urfa cuatro días para agregarse a alguna caravana de confianza.

El Galeno turco, de unos treinta y dos años de edad, había estudiado el idioma francés sin profesor, y aunque lo hablaba muy lentamente, como haciendo memoria del significado de cada frase, sabía lo bastante para hacerse entender.

El día 9 lo pasamos acampados en Surúch, en la misma pradera que en el viaje de ida, y a las diez de la noche seguimos nuestra ruta hacia Beredjik, llegando a esa vieja ciudad entre seis y siete de la mañana.

Beredjik. —Alojados en un espacioso Jam, quedó también instalado nuestro ganado en las cuadras y en el patio del mismo edificio, y nosotros, en pequeños cuartos, como celdas de fraile, sin muebles y sin puertas. La construcción del Jam, como todas las casas del pueblo, es de cantería, y aunque el calor es el de la época en esta tierra, se resiste sin gran sufrimiento, por las gruesas paredes que nos guardan.

Desde luego, el médico de IbrahimPachá quedó invitado a nuestra mesa mientras estuviera a nuestro lado, y precisamente aquel día teníamos un plato que hacía meses no probábamos. Era un hermoso barbo de cerca de un metro de largo, pescado en el Éufrates, que baña las murallas ele la ciudad. Nuestro cocinero le quitó la piel, despellejándolo como si fuera un cordero, y, en realidad, su piel es gruesa y compacta como la de un cetáceo. Su presencia en la mesa fue bien recibida, pues estábamos hartos de gallinas y huevos de muy poco sabor.

BEREDJIK (Asia). (En busca del caballo árabe)

 Durante la comida, el Médico turco nos habla de su Jefe Ybrahim Pachá, a quien elogia por su inteligencia y recta Justicia, que administra por sí mismo en audiencias que concede a los demandantes. Si se trata de un robo, retiene a su lado al que demanda durante las veinticuatro horas, en que debe recuperar lo suyo, enviando emisarios y policía en busca de lo robado. Si durante ese día no pareciere, le entrega de su peculio o de su ganado igual cantidad que la reclamada, continuando las pesquisas por su cuenta durante breves días, en los que si no obtiene resultado satisfactorio, toma de la tribu del ladrón veinte veces la cantidad robada.

La aureola e influencia que rodea a este personaje no la tiene ni el mismo Sultán de Turquía, a quien no paga contribución alguna, cruzándose entre ambos regalos de atención, como soberanos de distinta nacionalidad. Sigue el Médico diciéndonos que el sueño de Ibrahim Pachá es el de que Europa le reconozca como Soberano del Kurdistán, y a este fin atiende y obsequia muchísimo a todos los europeos que se acercan a sus dominios.

Al llegar al punto de nuestro mayor interés, nos dice que posee la legítima y mejor raza del caballo árabe llamada «Hijelat Ayuz», raza de frontal convexo y nasal deprimido, única según su opinión, que se deriva de la primitiva del Cáucaso, guardando especial cuidado en conservar la pureza de sangre hasta el punto de mandar sacrificar una yegua que había sido cubierta por un semental de dudosa procedencia.

Por la yegua de guerra que actualmente posee, pagó Ibrahim Pachá 500 libras turcas, 100 camellos, 300 borregos y dio a su dueño en matrimonio una doncella de las principales familias. Sin embargo, añade nuestro invitado, la yegua no es de gran aspecto exterior, pero sus facultades son extraordinarias. En una batalla cayó herido su jinete, y el animal, quedando en libertad, huyó del enemigo. Anduvo errante todo el día hasta que llegada la noche, volvió al sitio de la contienda para buscar a su dueño, al que ayudó con los dientes a incorporarse, y una vez sobre sus lomos caminó con sumo cuidado, llevándolo hasta su aduar.

No hay caballo ni yegua de notables condiciones que no conozca Ibrahim Pachá, y es tal su deseo de poseer la mejor raza, que compra los más afamados, y en caso de que se resistan a venderlos, los manda robar.

En sus correrías de guerra lleva sus combatientes a caballo, cuando las operaciones tienen lugar a menos de ocho o diez jornadas del punto de partida; pues si exceden de esta distancia, lleva sus ejércitos en camellos, que resisten diez días sin beber agua. Hablando de las tribus de beduinos, dice que los Chamares y los Anazés son los que mejores caballos poseen; pero estos últimos conservan las razas más notables.

Por lo dicho se deduce fácilmente que el célebre Jefe kurdo es un amateur del caballo árabe, con todas las fantásticas leyendas que surgen de la imaginación oriental.

También en Beredjik nos han presentado caballos y yeguas en venta, pero nada se ha podido comprar.

La afición de estas gentes al ganado caballar se ve en los muchos que vienen al patio de la posada para ver nuestra compra de Urfa, y a su vista entablan discusiones sobre la raza y bondad de cada ejemplar. Uno de nuestros criados cuidaba de que no se acercara demasiado el público; pero un joven autoritario le dio de cachetes, porque le requirió a retirarse; visto lo cual por nuestro compañero Sr. Fernández, se abalanzó al presumido joven y le dio una tanda de mojicones, que el aludido aguantó sin protesta, para evitar que le dieran más. Después nos dijeron que era hijo del Gobernador de la plaza, y creían que su padre daría al Comandante una seria queja; pero tuvo la sabia prudencia de no darse por enterado.

La mitad de nuestro personal obrero está enfermo de fiebres y fatigado de las marchas, por lo cual ha tenido nuestro Jefe la atención de dar un día de reposo, que a todos nos ha de aprovechar.

En ese día de descanso hemos dado una vuelta por la población y orillas del río, pudiendo apreciar la mayor importancia que habrá tenido en siglos pasados, por los vestigios de grandeza de que dan muestra sus ruinas.

BEREDJIK.– Nuestro ganado en el patio del Jam. (En busca del caballo árabe)

 Alrededor de la ciudad todo es aridez y desierto arenoso, a pesar de que el caudaloso Éufrates serpentea sus aguas sucias por la llanura. Parece increíble que estas soledades de arena hayan sido tierras de feraz vegetación, y sólo al contemplar los jardines que en el recinto de la ciudad se riegan y fertilizan con abundantes y cristalinos arroyuelos, puede uno darse cuenta de la exuberante vegetación que daría este país en la época de su cultivo.

En este año o en el anterior, una compañía francesa o alemana, que estaba haciendo los estudios de un ferrocarril, descubrió en una excavación un gran brazo de canal de riego que se bifurca en otros varios; obra, según han dicho, de gran importancia, atribuida a los romanos, y que se proponen reconstruir, para volver estas regiones a su antigua y abundante producción.

BEREDJIK.– Una puerta de la ciudad. De izquierda a derecha: Médico Ibrahim, Teniente escolta, cabás, Viedma, Azpeitia y José (intérprete). (En busca del caballo árabe)

El Oficial de Administración Militar Sr. Fernández, inteligente aficionado a la fotografía, no da paz ni descanso a su instantánea, y a su trabajo debo la descripción gráfica que acompaña casi todas estas páginas. En este día de turismo aprovecha la ocasión propicia, y puedo reproducir algunas de sus más interesantes positivas.

Al llegar a la orilla del Éufrates, y contemplando sus aguas, observo la frecuencia con que aparecen en la superficie grandes tortugas, que su concha no mide menos de medio metro, y para guardar algún recuerdo de este histórico río, encargo a unos barqueros que, si cogen alguna, yo se la compraré.

BEREDJIK.– Barcas en el Éufrates. (En busca del caballo árabe)

Efectivamente: antes de una hora, cuando habíamos llegado a nuestra posada, me esperaban ya dos hombres con una tortuga viva de las de mayor tamaño.

Como mi deseo era sólo guardar la concha, mandé que la despojaran, y cuál sería mi sorpresa al decirme que no podía ser, haciéndome ver que esas tortugas son de una variedad que tiene la concha cartilaginosa, y, por tanto, no se puede conservar.

Cuando vieron mi decepción, y suponiendo mi deseo, me advirtieron que en el país hay tortugas terrestres de concha dura, y me trajeron muy pronto una que mide unos 30 centímetros, cuyo caparazón os el recuerdo que guardo de aquellas regiones.

El 11 salimos de Beredjik a las ocho y media de la noche, con la impedimenta y el ganado de compra por delante, atravesando el río Éufrates en unas de las grandes barcas que navegan en su ancho cauce, y que son de más sólida construcción que las que están en el paso de Aruda. Aunque los huesos de mi esqueleto me molestan atrozmente, obligándome con frecuencia a cambiar de posición sobre la silla de mi caballo, prefiero seguir molestado, a meterme en el coche, sin la conversación de mis compañeros, lo cual aprovecha el viejo Teniente de la escolta, que no puede resistir tan largas marchas.

 Recibidos a tiros. —A media noche, caminábamos por una extensa sabana ligeramente ondulada, cuando de un montículo lejano hicieron un disparo de fusil. Los gendarmes prepararon sus armas, y seguimos avanzando. Pronto salió otro fogonazo del mismo sitio, seguido de la detonación, que, por el intervalo entre uno y otra, podría calcularse la distancia que nos separaba en unos 400 metros

Aunque nada he consignado anteriormente, ya estamos acostumbrados a oír disparos; pues en estas tierras se ahuyentan a los hombres a tiros, como a los lobos, y no hay noche en que no haya escaramuzas o asaltos, ni día en que no llegue noticia de caravanas desvalijadas.

Así, pues, sin dar más importancia al hecho que la normal del momento y lugar, continuamos adelante, a pesar de que los disparos se repetían con frecuencia, y alguien de los nuestros oyó silbar las balas.

Según nos acercábamos al sitio de donde partían los tiros, éstos fueron disminuyendo, hasta cesar por completo a los cien metros, en que indudablemente reconocieron éramos gente de paz, por el sonido de las muchas campanillas que llevan las acémilas de nuestra recua de carga.

Al pasar junto a la pequeña aldea de donde nos habían hecho fuego, todos los habitantes, hombres y mujeres, estaban en pie, y presenciaron, mudos y alerta, la continuación de nuestro camino.

Once horas de marcha duró esta jornada, y a las siete y media de la mañana hicimos alto, para acampar en despoblado, a la inmediación de un molino harinero movido por un riachuelo de agua clara. Tan acostumbrados estábamos a ver los ríos turbios, que el agua clara causa sorpresa y alegría. No recuerdo si lo dije ya: hace más de seis meses que no ha llovido en la Siria y Mesopotamia; pero la turbia de los ríos procede de la lluvia de arenas del Desierto. Por este solo hecho podrá juzgarse de la atmósfera que muchos días se respira.

El molinero kurdo da noticias de dos sementales buenos y alguna yegua de la población cercana, a los que se manda recado para que los traigan. Uno de ellos es alazán de buena alzada, pero de tipo ordinario, estrecho de pecho y cerrado de piernas; el otro es un potro tordo de dos años, bien formado del tercio anterior, pero más débil del posterior. En el resto del día trajeron algunas yeguas que no merecen anotarse.

A las nueve de la noche levantamos el campo, y otra vez nos pusimos en marcha, con una luna clarísima, por una llanura inmensa y despejada. No hay otro ruido en este mar de tierra que el de nuestras pisadas, ni otro relieve en su superficie que el de nuestras siluetas, que parecen de gigantes al dibujarse en el horizonte. Todos caminábamos silenciosos y abstraídos: diríase, al contemplarnos, que marchamos tras de algo misterioso o romántico. Por si otra cosa faltaba a este cuadro novelesco, algunos de nuestros hombres empezaron a canturrear como un salmo de tierna melodía, y sugestionados por las dulces notas de su cántico, les hicieron coro los 30 que entre acemileros y escolta nos acompañaban. Todas las voces entonan con justeza admirable, resultando el conjunto en extremo armónico y solemne.

Campamento de Bab. El ganado comprado. (En busca del caballo árabe)

Yo los escucho embelesado, y hasta me siento mejor en la silla de mi caballo, que sigue su paso tranquilo y libre al ritmo de la canción, y en verdad que el cuadro era sugestivo, poético, ¡quizá sublime!, si las voces de aquel puñado de hombres llegaban a lo alto.

Estas gentes son dóciles, y llegarían a ser leales, pues todas las noches hacen a pie jornadas de ocho a diez leguas sin protesta, y durante el día les quedan muy pocos momentos de descanso.

A las seis de la mañana se levantaron nuestras tiendas en Bab, lugar que ya conocimos anteriormente, pasando el resto del día ocupados en el cuidado del ganado de compra.

Mis fuerzas físicas se van reponiendo con rapidez, pues sólo en muy cortos trayectos de las jornadas hice uso del coche, a pesar de que mi cuerpo no es más que un almacén de huesos.

La fotografía que va a continuación demuestra que sólo al bueno de José, que se conserva siempre rollizo, no le han hecho mella los berrinches y malos ratos que vamos sufriendo.

 Otra vez en Alepo. —El 14 por la mañana entrábamos en Alepo, después de veintisiete días de expedición por la Mesopotamia, en los que se calculaban unos 600 kilómetros recorridos a caballo.

En los días sucesivos, hasta el 31, no cesaron de presentarnos a la venta infinidad de yeguas y caballos, cuyos dueños pregonaban sus excelentes cualidades, y hasta el Jefe interino de la tribu «Fadaan» trajo su rechoncha yegua castaña, ofreciéndola con gran rebaja del precio que había pedido como Soberano en sus dominios.

Campamento de Bab. De izquierda a derecha: Viedma, Azpeitia, Quinto y D. José Lorenzo (intérprete). (En busca del caballo árabe)

Queda, pues, destruida la leyenda de que los árabes no venden sus yeguas.

Sin embargo, aunque el dinero les halaga, como a cualquier hijo de vecino, puede más en ellos el orgullo de poder decir que su yegua ha sido la preferida por los extranjeros, sacrificando su cariño antes que hacer desmerecer el crédito de su animal predilecto.

Corroborando este aserto se cuentan infinidad de anécdotas, que las creo verosímiles por referirlas los mismos beduinos, convencidos de que los protagonistas obraron como procedía al caso, y dispuestos, en su consecuencia, a seguir el ejemplo que aquéllos les dieron.

Entre las muchas que hemos oído, voy a referir una que también cuenta Lamartine en su obra Yoyage en Orient.

Acampaba una tribu de beduinos en las inmediaciones de Damasco, cuando un rico Pachá de la ciudad se encaprichó de una yegua, cuyo dueño, joven guerrero de la tribu, llamado AliHajat, no la quiso vender a ningún precio. Entonces el adinerado Pachá se puso de acuerdo con otro beduino de la misma tribu, diciéndole que si le entregaba la yegua le daría tanto oro como pudiera llevar sobre su dorso.

Halagado por la promesa, se decidió a robar la yegua de su convecino; y al efecto, una noche cortó las trabas del animal, y, tomando la lanza de su dueño, montó a caballo, saliendo escapado, no sin decir a su asombrado compañero: «¡Soy yo el que tomo tu bella yegua! ¡Sígneme si puedes!» Furioso AliHajat de la sorpresa, pidió auxilio a otros jinetes, y montando él una yegua de su hermano, salieron todos en persecución del raptor.

La yegua del hermano era de la misma raza que la suya, y a las pocas horas de persecución logró estar al alcance del ladrón, que galopaba delante a muy corta distancia. Entonces AliHajat, lleno de coraje, le gritó: «Tú no eres beduino; eres un perro que no sabes montar mi yegua. Sóplale la oreja, y dale espuela.» El ladrón obedeció, y la yegua partió como un rayo, haciendo inútil la persecución. Los otros beduinos reprocharon a AliHajat su proceder, culpándole de la pérdida de su yegua. Él les replicó: « ¿Cómo iba yo a volver a la tribu, para decir que a mi yegua le habían dado alcance?»

Como los beduinos son analfabetos, educan a su juventud refiriéndole leyendas, que pasan de generación en generación al conocimiento de todos los árabes, en las que siempre sirve de base al cuento el cariño que merecen los caballos.

Otra leyenda bonita y caballeresca, que también cita Lamartine, es referida como ejemplo en todas las tribus de la Arabia. Dice así:

«Un joven guerrero de la tribu A. tenía una yegua de gran fama, que prestó un día a su huésped de otra tribu amiga. Éste quedó tan prendado del animal, que le rogó enloquecido se la vendiera, ofreciéndole a cambio todos sus camellos, todos sus ganados y toda su fortuna. Cuantas promesas le hizo fueron en vano; jamás conseguiría la yegua.

»Ante la firme negativa, quedaron enemistados los antiguos amigos, y el huésped marchó a su tribu, soñando siempre con la posesión de aquel «soplo del viento».

»Pasado algún tiempo del hecho anterior, caminaba un atardecer el guerrero de la tribu A. mentando su linda yegua, cuando de entre las marañas de un matorral salieron voces lastimeras que pedían socorro. Allí había un hombre enfermo que no podía incorporarse. Abandonando su yegua echó pie a tierra para ayudarle, pero en aquel momento se levantó el fingido lesionado, y montando de un salto partió al galope con la preciada yegua del guerrero.

»— ¡Detente! ¡Detente! ¡Escucha, por favor!—gritó al ladrón, que no era otro que su antiguo amigo.

»— ¿Qué quieres?—replicó aquél de lejos.

»— Que no digas a nadie lo sucedido.

»— ¿Por qué?

»— Porque entonces ningún beduino querrá prestar auxilio al necesitado.

»— Fue tal la impresión que hicieron estas palabras en el ánimo del fugitivo, que, desmontando, llevó del diestro la yegua a su dueño.»

Con estas anécdotas, que creen y practican de buena fe, educan a sus jóvenes en las tertulias de las tiendas, manteniendo constante la afición y el cariño a los caballos con el mismo entusiasmo que el de los más remotos tiempos, pues todavía no ha llegado al Desierto la mixtificación de costumbres que impone la civilización.

Nuestra Oficialidad, que en los actuales momentos lucha en Marruecos con las tribus nómadas del Norte de África, a las que por religión y parentesco transmitieron las de Oriente su tradición y costumbres, tendrán ocasión diaria de comprobar la especial psicología de esos pueblos errantes que, a través de las centurias y de los siglos, conservan indemne su moral, conforme a las enseñanzas del Profeta, en cuanto al caballo se refiere.

En una obra del General francés Daumas, titulada Los caballos del Sahara, que nuestro General D. José Fernández de la Puente me proporcionó al saber que yo escribía sobre el caballo árabe, he visto descritos casos muy semejantes a los que yo he presenciado en Oriente; mas habré de advertir que los mismos marroquíes aprecian la mayor o menor nobleza de sus monturas, según la sangre oriental que tengan de abolengo.

Por cierto que, al hojear las páginas del General Daumas, me encuentro con que quiere sacar la etimología de la palabra francesa harás (yeguada o ganadería), del plural de la palabra árabe hoor (harare); pero entiendo pudiera también atribuirse más directamente a la palabra árabe farass, que significa yegua, siendo, a mi parecer, más aceptable este origen, porque en la ortografía del idioma francés, como en el nuestro, muchas de las palabras que ahora se escriben con h se escribían antes con f.

Está visto que, sin darme cuenta, me estoy metiendo en camisa de once varas, es decir, donde no me importa ni me llaman; pero bueno será saber, aunque haya sido de refilón, la etimología y significado de la palabra harás, con que los franceses expresan la idea de cría caballar en general.

Después de estas digresiones, preciso será que recuerde nos encontrábamos en Alepo, donde durante nuestra ausencia en la Mesopotamia, el Cónsul Sr. Marcópoli había conseguido de la tribu de los Anazés «Sbaas» que nos vendieran la yegua que pretendimos comprar; así también estaba cerrado el trato del caballo del oasis de Hanute, Aquélla se bautizó con el nombre de Anazé y éste con el de Ab. También se compró un potro de dos años, alazán, de muy bonita línea, superior, procedente y recién llegado de Bagdad, que tomó el nombre de Alepo.

CERTIFICADO DE ORIGEN DE LA YEGUA «ANAZE»

En el nombre de Dios, todo misericordioso.

 «Y los verdaderos caballos árabes son los que se lanzan al ataque relinchando, y corren con una velocidad milagrosa, y entonces sus cascos, en la noche y en la tierra pedregosa, producen chispas de fuego. Guiados por sus jinetes, se arrojan sobre el enemigo desde la aparición del día hasta que lo arrollan y el polvo les cubre».

Por eso Dios lo atestigua en su libro, y no es más que la pura verdad, más que ninguna otra, diciendo también el Profeta (que la paz y la oración sean con él), el bien está unido al mejor de los caballos, y dijo también: «Dios ha ennoblecido la cara de los caballos; su dorso es un orgullo y su vientre un tesoro. Por eso atestiguamos que la yegua torda Saklaouieh Yidranieh, que tiene ocho años, de los caballos de Eben Gibena, de la tribu de los Maonayjeh, de Sbaas, y su madre de los caballos Saklauieh, y también de las brisas de los vientos y del crecimiento de las plantas; por eso nosotros damos fe de lo que nosotros conocemos y Dios lo sabe.

Este quinto día de Joumada el sani 1323.

ZABEINA.

Este certificado está firmado con los seis sellos de los seis testigos, que son: HadjMuhametl, Ben Bacri, HadjAliAjal, MuhamedBacri, MuhamedAbdo, BachidAbid, MukamedBacri.

Como consecuencia al certificado de origen que antecede, y en cuanto se refiere a los sellos que estampan los testigos en los documentos públicos, habré de llamar la atención de que tanto los beduinos notables como en general los kurdos y turcos que no saben escribir, firman o sellan con la estampilla de su nombro, y, cuando no la poseen, humedecen la yema del dedo pulgar de la mano derecha con tinta y lo estampan en el documento.

De aquí deduzco que la Dactilografía que los Institutos Antropométricos han dado a conocer como un adelanto en la ciencia de la identificación de personas es conocida y practicada por los árabes, tal vez siglos antes de que llegara a Europa.

 ¡ADIÓS ALEPO!—Sin holganza ni decaimiento desde nuestra salida de Constantinopla, no ha pasado un solo día sin que en la ciudad, en las aldeas, en el campo o en las tribus de los desiertos de Siria y Mesopotamia hayamos dejado de ver yeguas y caballos de la preciada raza.

Esta región está totalmente recorrida; su mercado está agotado para nosotros.

Por consejos de personas conocedoras del país y por los datos y experiencia adquiridos en los penosos viajes realizados, ha desistido el Comandante del proyectado viaje a Bagdad, donde los dudosos resultados que todos profetizaban nos habían de imponer en esta época un sacrificio, quizá, y muy probable, mucho mayor de lo que el deber nos obligaba.

Yegua Zoraida, comprada en Urfa (Mesopotamia). (En busca del caballo árabe)

 En su virtud, y como a Damasco, capital de la Siria, afluyen las caravanas de toda la Arabia, y en sus contornos acampan también importantes tribus de beduinos, ordenó el Jefe de nuestra Comisión partir inmediatamente hacia Hama para, después de visitarla región de Hons, recalar en Damasco.

ALEPO.– Ruinas de su antiguo castillo. (En busca del caballo árabe)

Tres líneas de ferrocarriles ponen en comunicación las principales ciudades de las estribaciones del Líbano, en cuya zona habíamos de operar; por tanto, se vendieron las tiendas de campaña y su menaje, así como se prescindió de la escolta de gendarmes.

Para la noche del 21 estaba dispuesta nuestra salida, y a nuestra posada acudió toda la familia del nunca bastante enaltecido Cónsul de España en Alepo Sr. Marcópoli. Su distinguida esposa, sus bellas hijas, sus hermanos, sus criados, todos a porfía nos han colmado de atenciones y cuidados. Esa honorable y hospitalaria familia ha sido la nuestra.

El Sr. Marcópoli ha sido la Providencia de la Comisión; sin su influencia y su espíritu generoso y paternal, que nos ha guiado y seguido por todas partes, no se hubieran realizado la mayor parte de las investigaciones que se han hecho, tanto por los provechosos resultados obtenidos, cuanto por la enseñanza y minucioso estudio que de las razas caballares hemos podido apreciar. Resultados y estudio que ninguna otra Comisión extranjera ha realizado tan detalladamente, pues en las tribus de los árabes «Sbaas» y «Faadan» se ha comprobado que desde el año 88, en que visitó su campamento un Coronel francés, ningún otro extranjero se había internado tanto como la Comisión española.

Al Sr. Marcópoli le debemos nosotros y le debe nuestra Patria sincera e inolvidable gratitud por su desinteresado proceder y sus plausibles cuan acertadas gestiones.

Nada de extraño tiene que, bajo la impresión de este concepto, sintiéramos gran pena ante la separación de tan generoso (era Cónsul honorario, y, por consiguiente, sin retribución del Estado español), cortés y cumplido caballero como amable y cariñoso amigo; y, por mi parte, confieso que su despedida me llegó a emocionar, considerando que aquellos apretados abrazos significaban un ¡adiós! más largo que la vida.

Bon voyage! Bon voyage!—repetía toda aquella noble familia, estrechándonos mil veces las manos, mientras se ponían en marcha los vehículos que nos conducían.

— ¡Adiós! ¡Adiós! Au revoir! — repetíamos nosotros. Y cuando ya las voces se perdieron a lo lejos, dedicamos el último ¡adiós! a la ciudad de nuestros mejores amigos. (El Estado español recompensó los servicios de Mr. Georges Marcópoli con la cruz blanca de segunda clase del Mérito Militar, y los cuatro que formábamos la Comisión le dedicamos una artística placa de plata en recuerdo de amistad y gratitud).

VIII

Jan Sehejum. —Jama y el río Orontes. —Baalbek y sus famosas ruinas. —Beirut. —Jerusalén. —Belén. —Jericó. —El Jordán. —Un Cherques peligroso. —Ferrocarril de Damasco a la Meca.

El día 23, después de dos jornadas de ocho y nueve horas de camino cada noche, llegamos a la pintoresca aldea de Jan Sehejum, semejante a una inmensa bandeja en que se sirvieran gigantescos huevos pasados por agua. Las cónicas cúpulas de las casas del pueblo están todas blanqueadas al exterior y le dan un aspecto singular é interesante. En esta aldea, como en las anteriores etapas, nos han presentado alguna veintena de yeguas del tipo vulgar de las razas indígenas, aunque sus propietarios creen su descendencia de las mismísimas yeguas de Mahoma. El bueno de José, nuestro guía e intérprete, ha sacado, de no sé dónde, un antiquísimo escrito árabe, que refiere la historia de un héroe legendario llamado Barakat, y en las horas del calor terrible que padecemos, entretiene nuestros ocios leyéndonos sus páginas. Este libro, nos dice José, es entre los árabes algo así como el Joven Telémaco o El Robinsón entre los europeos. No hay aldea ni aduar donde no se lea, y aunque de autor desconocido, se hace remontar la fecha de su aparición a los tiempos del Profeta.

Aparte de los hechos que la fantasía del autor atribuye al protagonista de la obra, hay en su historia algunas escenas que nos dan a conocer el grado de cultura del antiguo pueblo.

Por lo que a los caballos y a la ley del atavismo se refieren, haré un brevísimo extracto de la lectura que nos entretuvo.

«Preocupado un Jefe de tribu porque en su descendencia no había varones, recibió con alegría el nacimiento de un niño que le dio su mujer favorita. El nuevo hijo y heredero del trono era negro, a pesar de que sus padres eran blancos. Celoso del nuevo vástago un hermano del Jefe que esperaba heredar el mando, empezó a decirle que aquel niño negro no era hijo suyo, y que su mujer le había sido infiel. Convencido de cuanto su hermano le decía, mandó el Jefe a sus esclavos que sacaran al Desierto a la madre y al hijo y los sacrificaran para que las fieras devoraran sus restos; mas compadecidos aquéllos de la .que juraba su inocencia, la dejaron abandonada con su hijo para que buscara refugio en otra tribu.

«Después de algunos días de fatigosas marchas llegó a una tribu enemiga de la suya, y presentándose al Jefe le contó su infortunio.

»— ¿Quiénes eran tus padres?—le preguntó.

» —Árabes blancos—respondió.

»— ¿Y tus abuelos?

»—Ella era hija de una esclava negra.

»—Entonces—prosiguió el Jefe—desde hoy vivirás al lado de mis mujeres y tu hijo será un hermano de los míos.

»E1 niño negro demostró en su educación una inteligencia extraordinaria a la vez que gran agilidad y valor, por lo cual su padre adoptivo, a quien él creía el verdadero, le profesaba singular cariño.

«Pasada la adolescencia, comprendió el joven que su padre estaba pesaroso porque los enemigos le derrotaban en las batallas, y acercándose a él le dijo:

»—Padre, mi brazo puede llevar la lanza que ha de herir el pecho de tu contrario; dame un caballo y yo llevaré tus guerreros a la victoria.

»Convencido el anciano de la inteligencia y energías del muchacho, le ordenó eligiera entro sus caballos el que más le gustase para armarlo caballero y darle el mando de sus combatientes.

»Gozoso y entusiasmado marchó Barakat a elegir un caballo entre los de su padre, mas como su experiencia era escasa para tan importante decisión, preguntó al palafrenero cuál de ellos debía escoger. El palafrenero le respondió: «Da de comer a todos, cierra la caballeriza y no les des agua en siete días, y aquel que cuando vuelvas levante la cabeza para mirarte, ese será tu caballo

He ahí, pues, la parte saliente de la historia de Barakat, que he retenido en la memoria por consignar lo referente al atavismo, y testificar una vez más que en la elección del caballo prescinden los árabes en absoluto de la belleza estética cuando resaltan otras cualidades físicas.

En la tarde de ese día dimos una vuelta a la aldea y a un grupo de chiquillos que nos curioseaban les repartí unas monedas de cobre. Uno de ellos, más decidido que sus compañeros, preguntó:

— ¿Son ustedes los que van a hacer el tren?

Se le contestó negativamente, y entonces, con la candidez de su edad, prosiguió:

—¿Es verdad que el tren da mucho miedo a los niños?

Hama.—El 23 por la noche salimos de Jan Sehejum, llegando a la ciudad de Hama a las siete de la mañana. Nuestro ganado quedó instalado en las verjas de un jardín público, y a nosotros nos alojaron en un pabelloncito deshabitado, inmediato al jardín y a la orilla del río Orontes.

Siguiendo nuestra continua peregrinación, empezamos a visitar en las casas de la ciudad los caballos y yeguas que nos indicaban como notables, sin que en los cuarenta o cincuenta ejemplares reconocidos se encontraran la alzada o demás condiciones pretendidas.

Por la noche intentamos dormir en nuestro alojamiento, mas no fue posible, por el estridente chirrido que al girar sobre su eje de hierro producían las tres colosales norias elevadoras de agua del río Orontes. Una de ellas mide 20 metros de diámetro.

Aquí ya teníamos ferrocarril y se podían duplicar los trabajos de la Comisión. En su consecuencia, dispuso el Comandante llevar el ganado comprado a Beirut, a las órdenes y cuidado del Oficial Pagador, y que mientras él, con el Veterinario, recorrían las inmediaciones de Homs, marchara yo a Baalbek y Beirut para reunimos todos en Damasco.

Con grandes dificultades pudimos embarcar el ganado, pues en la pequeña estación no tenían dispuesto el material necesario para esta operación, que los ferroviarios presenciaron por primera vez, tan asombrados como nuestros palafreneros, que no comprendían cómo los caballos pudieran ser viajeros.

El 26 salimos de Hama hacia Beirut, quedándome yo en Baalbek, según estaba dispuesto. En las estaciones del tránsito hay mucha animación, porque marchan los emigrantes a América. Son maronitas que visten como los kurdos; sus mujeres llevan mantillas idénticas a las españolas.

Baalbek. —Estoy alojado en un gran hotel con todo el confort de los de Europa. Sus propietarios son italianos y explotan el negocio de los muchos turistas que acuden a visitar las célebres ruinas de esta ciudad.

El intérprete de la Comisión había acompañado hasta Beirut al Oficial-Pagador para ayudarle en las gestiones de desembarque y alojamiento del ganado, en vista de que yo podría manejarme en Baalbek con el Guía del hotel. Así lo hice, y a la media hora de llegar estaba viendo los mejores caballos que en la población había.

Todos los que se me presentaron a examen (siete tordos y tres alazanes), tenían bien definidos los rasgos étnicos de su noble familia, pero yo estaba obligado a someterlos al mismo programa de admisión que se venía exigiendo, y como no estaban exentos de defectos, les di redondas calabazas.

También vi en una casa de monta, donde había tres sementales, uno de ellos tordo muy claro, prototipo por excelencia de la raza; pero era tan viejo, que ya se le habían caído los colmillos.

Las demás indagaciones que hice fueron infructuosas, pues el guía me aseguró que la Comisión austríaca que antecedió a la nuestra había estado recorriendo los pueblos inmediatos sin encontrar nada extraordinario. En la ciudad compró uno alazán.

A las seis de la tarde terminé mi faena, y fui a visitar las renombradas ruinas. En verdad que merecen las molestias de un viaje para los amateurs.

Ante su vista queda el ánimo perplejo bajo una impresión de asombro que ningún monumento moderno podría causar.

¡Allí todo es grande! ¡Todo magnífico! ¡Solar inmenso, columnas gigantescas, sillares colosales, capiteles y grecas de mármol tallados como primorosos encajes! ¡Cuánto trabajo! ¡Cuánto tiempo y qué grandes artistas legaron su habilidad e ingenio a la posteridad!

No es posible darse cuenta al detalle de las muchas notabilidades que aquellas ruinas conservan en la sola ojeada que yo di; pero es lo suficiente para invitar al pensamiento a echar una mirada retrospectiva a los siglos que pasaron, comparando la civilización contemporánea con la borrosa de los tiempos remotos.

El Conserje y cicerone que enseña las ruinas tiene publicado un folleto histórico sobre ellas, y de ese escrito extracto los datos que siguen:

Las grandiosas ruinas de Baalbek tienen su origen en el tiempo de los fenicios y sirios, que levantaron un templo a Baal, divinidad solar, príncipe de la vida y de la existencia, a quien también adoraban los egipcios, contribuyendo con sus trabajos y donativos al mayor esplendor del templo, que ya era famoso. Siglos después se edificaron sobre sus bases otros también dedicados al culto pagano, entre los que sobresalían por su magnificencia los de Júpiter y Venus, reputados como los más suntuosos del mundo en la dominación romana, en que alcanzaron su mayor esplendor, sin que por ello se dejara de dar culto al templo del Sol, pues Trajano César consultó al oráculo del Sol para saber el resultado de su expedición contra Parthos.

Antes y después de la Era Cristiana han sido los templos de Baalbek dedicados a varios cultos, incluso al verdadero Dios de los cristianos, en el mando del gran Constantino, que persiguió a los paganos. Sus sucesores volvieron al paganismo, y en el martirologio católico se han santificado algunos mártires de Baalbek.

Últimamente, cuando los árabes expulsaron a los romanos destruyeron gran parte de los templos para amurallar el recinto.

No solamente esto ha sido la causa de las ruinas que hoy se admiran, pues aquella zona ha sufrido violentos temblores de tierra en fechas comprobadas por la Historia. El primero tuvo lugar en 1158 (d. J.), el segundo en 1203 y, finalmente, en 1759 otro terremoto terrible dejó las ruinas en el estado en que hoy se encuentran.

Se admiran en ellas, además de su grandeza y arte, la colocación de los inmensos sillares, que por su tamaño y peso no pueden los constructores modernos dar una idea de las máquinas o elementos empleados para manejarlos con la necesaria facilidad a tan preciso y justo asiento en la obra.

Beirut. —El día 27 tomó el tren para marchar a Beirut. La línea está construida sobre las ondulaciones del terreno, sin desmontes ni terraplenes, por lo que el convoy marcha con precaución siguiendo las laderas del AnteLíbano hasta Rayak, donde se cambia de tren para subir por ferrocarril de cremallera a dominar la altura del Líbano (Monte Blanco), para luego descender a Beirut.

Al acercarse a esa ciudad se ven en las cumbres y valles, de frondosa vegetación, preciosos hotelitos y casas de campo, donde veranea la colonia europea, compuesta en su mayor parte de italianos y franceses, dueños o representantes del gran comercio de aquel puerto de Oriente.

Al llegar a Beirut me enteró de que nuestro intérprete José tenía que marchar a Jerusalén cuatro o seis días por asuntos de familia, y solicitó del Jefe de la Comisión permiso para visitar la santa ciudad, pagando de mi peculio el viaje.

Concedida la autorización, se me recomendó procurara enterarme de si en las tribus de beduinos acampadas en la orilla izquierda del Jordán había algo que pudiera adquirirse.

El 28 por la tarde nos embarcamos en el vapor London, de la Compañía inglesa de Egipto, que salía directamente para Jafa. Entre los pasajeros hay dos frailes españoles, uno de ellos andaluz, que desde hace siete años no había podido hasta hoy hablar su idioma, y casi lo tiene olvidado; pero, en cambio, conserva el ingenio y alegría de los de su tierra, con la sal por arrobas al «tomar el pelo» a unas feísimas damas inglesas, propagandistas protestantes.

Todo el pasaje está sobre cubierta, porque el calor sofocante no deja respirar en los camarotes. La mar está buenísima y el viaje es delicioso. Tendidos en los bancos, pasamos la noche a la intemperie, navegando hasta las cinco de la mañana, en que arribamos a Kaifá, en las faldas del monte Carmelo. Allí se le apareció la Virgen del Carmen al profeta Elías. En lo alto se divisa un convento de franciscanos, fundado en recuerdo de esta piadosa aparición.

Después de dejar la correspondencia, se hace otra vez nuestro barco a la mar, y a las tres de la tarde anclamos a la vista de Jafa.

El oleaje es muy fuerte y el desembarco se hace difícil y peligroso. Tres o cuatro grandes barcas con ocho remeros cada una procuran acercarse a la banda del vapor, logrando al fin una de ellas largar sus amarras. Los pasajeros vamos de uno en uno tirándonos a ella desde la escalera, aprovechando el momento en que la ola la sube en su cumbre.

Hasta la llegada al pequeño puerto pasamos algunos sustos; pero el patrón de la barca era hombre tan formidable y animoso que parecía dominaba el mar con las arengas que dirigía a sus remeros. Estos respondían a coro y al compás de su esfuerzo a las frases que en árabe les dirigía el patrón, y uno y otros parecían desafiar el furor de las olas.

— ¿Qué dicen?—pregunté a José.

— ¿Ah de mis hombres?—reclama el patrón.

— Ante tus ojos están—contestan los remeros.

— ¿La mar se enfada como una mujer?

— ¡Tú nos guías sin hacerle caso!

Cantando esta especie de letanía llegamos al puerto después de cerca de una hora de lucha, y José me refiere la historia de un hermano del patrón de nuestra barca, que tenía fama de ser el más arriesgado y entendido en esta peligrosa bahía: —Hace algunos años llegó aquí S. M. el Emperador de Austria Francisco José, y después de visitar Jerusalén volvió a Jafa para reembarcar en su yate. El Valí turco aconsejó a S. M. Imperial que esperara otro día a que se calmara el agitado mar, pero S. M. no quiso demorar su viaje. Ninguno de los patrones del puerto quisieron cargar con la responsabilidad de llevar a bordo al Emperador, por temor a naufragar, y las Autoridades turcas recurrieron al patrón de más fama, que estaba en la cárcel. Pusiéronlo en libertad para que diera su opinión sobre el estado del mar, y dijo que él se comprometía a llevar vivo al Emperador a su yate, pero que llegaría remojado. Así lo realizó, y el Valí turco lo indultó del tiempo que le restaba de condena. Pocos meses después, en un alarde de valor, abandonó el timón y zozobró su barca, pereciendo ahogado con todos sus remeros.

El tren que sale de Jafa para Jerusalén había partido antes de nuestra llegada, y para no esperar hasta el día siguiente decidimos hacer el viaje en un coche que alquilamos, pretendiendo llegar a nuestro destino a media noche.

La carretera se extiende por llanuras incultas y suaves colinas, sin grandes pendientes ni curvas.

Estamos en Tierra Santa, y mi acompañante José, nacido en el país y cicerone profesional, empieza a darme cuenta de lo que tenemos a la vista.

Ese gran edificio que vemos a las dos horas de viaje es un convento católico de frailes españoles, que veneran a José de Arimatea en su pueblo natal, Ramlé, antigua Arimatea, do donde tomó su nombre; y fue, como es sabido, quien cedió su sepulcro para enterrar a Nuestro Señor Jesucristo.

A la izquierda del camino hemos dejado Lidda, pueblo donde nació San Jorge, que mató al dragón en Beirut.

En una llanura me indica el sitio donde tuvo lugar la gran batalla entre el pueblo de Dios y los filisteos, en la que el joven David mató de una pedrada al gigante Goliat. Los filisteos fueron atacados también por grandes manadas de chacales, y tuvieron que levantar su campamento. En este momento de su relato interrumpió José su explicación para decirme: «Regardez quel chacal», y me indicó, en efecto, un chacal, que a pocos metros de nuestro coche iba ocultándose entre las matas. Dos o tres disparos le hice con mi revólver cuando salió huyendo; pero, aunque las balas se aproximaron, no logré herirle.

A las nueve de la noche hicimos alto en una venta para cenar, y allí supimos que a pocos kilómetros estaban, en dos tiendas de campaña, unos parientes de mi acompañante, que se encontraban en la ruta que habíamos de seguir.

He observado que la mayor parte de las casas y ventorros de estas tierras están llenas de cromos con los retratos del Emperador de Alemania y de los Reyes de Italia. De España y de Francia, nada. Estas pequeñeces, que al parecer lo son, producen en su día los resultados que se buscan. Alemania quiere hacerse la dueña de Oriente.

Al atravesar la cordillera de Judea encontramos a la familia de José acampada en lo alto de una loma. Los dos matrimonios, tíos carnales suyos, nos reciben con gran contento y se oponen a que continuemos el viaje de noche, prometiendo llevarme en su coche a Jerusalén al amanecer del día. No hubo más remedio que ceder a tanta amabilidad.

Esta familia, como muchas otras del país, abandonan durante el verano las casas de la ciudad para instalarse en campo libre con sus tiendas de campaña.

En una pequeñita, que armaron en diez minutos, preparan mi alojamiento, en el que nada falta: cama, lavabo, dos sillas y una mesita bastan y sobran para pasar una buena noche.

A las siete de la mañana me despedí de aquella amable familia, y a las nueve estábamos en Jerusalén.

— ¿Quién será el nacido de una madre cristiana y virtuosa que no sienta emoción al entrar en la ciudad del Gólgota? Mas si el ánimo se contrista al evocar los recuerdos del tremendo drama de la Pasión, no así los sentidos corporales, que buscan en vano alguna impresión exterior que le demuestre el lugar y la tierra que pisa.

Todo en la ciudad es obra de tiempos modernos, y solamente los solares de esos edificios guardan por tradición el recuerdo del pasado.

A mi llegada quedé instalado en la casa residencia de los Franciscanos, fundada para dar alojamiento al peregrino de clases elevadas de la sociedad. La estancia es gratuita, mejor dicho, no hay tarifa de precios; queda a la voluntad del viajero dar o no la limosna que tenga por conveniente.

Mi primera salida fue para visitar el Santo Sepulcro. Quería orar ante la tumba del Redentor.

Por unas calles estrechas, mal empedradas y de mucha pendiente, descendí con mi guía hasta una pequeña plazuela donde está la entrada principal y fachada de la iglesia. Su exterior no es mejor que el de la de una aldea de España.

Cinco o seis turcos y dos soldados sin armas, todos ellos sucios y haraposos, están sentados a la puerta del templo como guardianes y porteros. Ellos abren y cierran el templo a las horas convenidas. ¡Ahora comprendo las Cruzadas!

Antes de penetrar en el templo, y para formarse idea de los lugares que vamos a ver, hace falta alguna explicación del guía.

La iglesia se edificó, tomando como solar el sitio donde crucificaron a Jesús, y a unos veinte metros del Calvario estaba el sepulcro de José de Arimatea, que lo cedió para enterrarlo. El templo, pues, guarda en su recinto estos dos lugares sagrados.

Al penetrar en él por la puerta principal, se encuentra en el suelo una losa rectangular de mármol blanco, alumbrada por altos y gruesos cirios, que marcan el lugar donde envolvieron el cadáver en la sábana, después del desprendimiento.

Esta losa, si no me es infiel la memoria, pertenece a los cristianos armenios.

A la derecha de la entrada, y subiendo unas veinte escaleras, se llega al altar del Calvario. Éste pertenece al culto griego y está lleno de lámparas de plata. En el suelo, y cercado por una plancha de plata repujada, está el agujero donde se elevó la cruz del Señor, y como a un metro detrás, están también señalados a derecha e izquierda los sitios que ocuparon las cruces de los ladrones. Inmediato a este altar, y frente a la escalera por donde hemos subido, hay otro altar que pertenece a los católicos, y es el lugar donde presenciaron las tres Marías la agonía del Señor. También recibe el culto católico otro altar inmediato, que es el sitio donde lo crucificaron. Ninguno de estos cultos deja intervenir en sus altares a los del otro, y se da el caso que, como la escalera para arribar a ellos tienen necesariamente que emplearla todos, se disputan constantemente el derecho de su posesión.

Y no ha mucho tiempo la emprendieron a mojicones, escobazos y otras cosas mayores, porque los Franciscanos se empeñaron en barrer la tal escalera.

De este discutido derecho, que todavía está y estará siempre en litigio, resulta que la escalera en cuestión no la barre ninguno, ni nadie puede reponer el natural deterioro de tiempo, hallándose, no solamente sucia, sino casi en estado de ruina. Lo mismo sucede en la totalidad del templo, que está lleno de grietas y de telarañas.

Descendiendo de esa especie de terraza, donde está el Calvario y los otros altares citados, se llega al piso general de la Iglesia, que es casi circular, quedando en el centro un templete, que guarda el Santo Sepulcro del Salvador.

Este templete está dividido en su interior en dos cámaras. De la primera, que sirve como de entrada, se pasa a la segunda por un boquete que hace de puerta y que escasamente tendrá un metro de altura. Por ese agujero o boquete se entraba a la cueva tallada de roca viva, donde José de Arimatea tenía su sepultura.

Cuando se construyó el templo, debieron nivelar el solar, y desapareció parte de la roca donde estaba tallado el Sepulcro, quedando solamente para recuerdo el plano rectangular de la misma, base del nicho sobre el que descansó el cadáver de Nuestro Señor.

Las dos cámaras citadas son muy reducidas; todavía más la del Sepulcro, en la que escasamente pueden arrodillarse media docena de personas.

En ese templete tienen intervención todos los cultos de las religiones cristianas, guardando turno en los días y horas que a cada uno corresponden, así como tienen también señalado el número de luces o lámparas que la alumbran interior y exteriormente.

Por lo dicho comprenderéis que se necesita toda la fe que arraiga en el corazón católico por convicción de un español, para darse cuenta de los semisalvajes que han intervenido en aquel Santo lugar y no perder el fervor al postrarse contrito ante la tumba del Hijo de Dios.

Después fui al convento de los Franciscanos, donde el Padre Mateo Hebrero, Procurador general de la Orden, me recibió cariñosamente, llamando a su despacho a todos los frailes y legos españoles que había en el convento, para que habláramos de España y les diera detalles de nuestra Comisión oficial, que ya conocían, por haber estado allí en el año anterior mis compañeros.

El Padre Procurador es un riojano de unos cuarenta años, alto, robusto, franco y simpático. Su trato inspira confianza y amistad desde los primeros momentos, y para que en mi corta estancia vea yo todo lo que hay de notable, designó a uno de los frailes para que me sirviera de guía y cicerone.

— ¿Qué más quiere usted?—me dijo sonriente el mitrado riojano.

— ¡Quiero más!—le contesté. —Quiero, Padre Hebrero, oír una misa en el Santo Sepulcro que diga a mi intención un Padre, precisamente español.

— ¿Cuándo se marcha usted?

— Pasado mañana sin falta.

Una carcajada general fue la respuesta que tuvieron mis palabras.

— Ya lo oyen ustedes—dijo el Padre Procurador, dirigiéndose a los frailes.

— ¡No es nada lo que pide el Capitán! Una misa a su intención y que se la digan mañana.

Luego riéndose de mi inocente petición, me dijo:

—Hay más de mil que esperan turno, y además mañana corresponde el culto a los griegos.

—Pues nada. Padre Hebrero—le respondí; —yo tengo la convicción de que si un riojano y un aragonés se unen en el mismo empeño, habrá de ser imposible para que no lo consigan.

Bromeando sobre este tema, pasamos un buen rato, hasta que el Padre Luis López propuso que siendo él amigo del Pope Griego que oficiaba a las seis de la mañana, le suplicaría una permuta.

Así se hizo, y al día siguiente tuve la satisfacción de cumplir aquella devoción que me había impuesto. La tarde de ese primer día la pasé acompañado del Padre López, visitando el Valle de Josafat, que no es más que un estrecho y corto barranco; el monte Olívete y el lugar de la Ascensión, que en la antigüedad fue un templo edificado por Santa Elena y hoy es una pequeña y ruinosa mezquita, donde turcos y cristianos veneran en el suelo de ella la roca en que el Señor dejó grabada al subir al cielo la huella del pie izquierdo.

Después visitamos el huerto de Getsemaní, que conserva siete olivos de los del tiempo del Crucificado. A mi ruego, y por gracia especialísima, me dio el jardinero italiano (lego Franciscano), que lo cultiva, una pequeña ramita con fruto, del en que se supone oró Jesús antes de que lo prendieran.

Desde el huerto de Getsemaní, que está en la ladera de una colina frente a Jerusalén, se domina todo el panorama de la ciudad, de la que está separada por el Valle de Josafat. Desde allí se contemplan en las murallas los arcos que constituían la Puerta Dorada, por donde entró Jesús montado en una borrica el Domingo de Ramos, siendo aclamado por la multitud.

Los turcos, después de expulsar a los cruzados, cerraron con mampostería esta puerta, pues tienen la superstición de que el día que se abra entrarán otra vez los cristianos.

Entre el hecho de haber entrado Jesús como caudillo triunfante y popular montado en una borrica, y las actuales costumbres que vengo observando en la Siria y Mesopotamia, encuentro una relación de continuidad, que por lo que valiera voy a consignar.

Es el caso, que en la actualidad las clases más elevadas de la sociedad otomana, los propietarios y aristócratas de abolengo, los grandes señores, en una palabra, tienen para su lujo y montan con orgullo en sus paseos de higiene, unas borriquillas preciosas de una raza especial, completamente blancas, sin un solo pelo gris, tan bien aplomadas y airosas, que se parecen más a las cebras que a los asnos de Europa. Por otra parte, ya hemos visto el origen del caballo en el pueblo egipcio como entre los árabes, que hasta la venida de Mahoma no tenían gran número de caballos. Así, pues, deduzco que la entrada de Jesús montando la borriquilla, fue triunfal y honorífica, y no en el sentido de humildad en el que algunos la suponen.

El segundo día de mi estancia en la Ciudad Santa, acompañado del Padre López, he visitado la capilla de la Flagelación, la gruta en que prendieron al Señor, los sepulcros de San Joaquín y Santa Ana, el de la Virgen, el de San José, etc. Cada uno de estos templos pertenece a cultos distintos, y desde luego se advierte mayor limpieza, orden, solemnidad y gusto, en los que están a cargo de los católicos romanos. Mi cicerone, hombre ilustrado y prudente, me explica la dudosa autenticidad de lo que Abemos, refiriéndose siempre a que la tradición supone esto o lo otro, sin asegurar los hechos que no están plenamente comprobados.

Forma contraste con la pobreza y abandono de los templos cristianos la magnífica y suntuosa Mezquita de Osmar, levantada en la explanada de Salomón, para que fuera el mejor templo del mundo.

Esta Mezquita, llena de esmaltados arabescos y relieves dorados, es de una riqueza extremada, y en sus líneas y proporciones tiene la justa fama de edificio serio, lujoso y elegante.

El Padre López se quedó a la puerta, mientras que yo, calzándome unas pantuflas, penetré en el interior. Un santón joven, con cara del más refinado golfo, me recibe sonriente y me acompaña. En una losa del suelo hay clavados siete clavos, y a su vista me dice el truhan: «El que pone una moneda encima de uno de ellos, irá derecho al paraíso.» Comprendo la indirecta, y pongo inmediatamente un franco, que pasa a su bolsillo con una mueca de picara gratitud. En un subterráneo de la Mezquita hay una gruta de roca viva en la que se señalan, por desgaste en la piedra, los sitios que ocupaban para hacer oración Mahoma, Salomón, David y Jesús. Todos estos personajes los maneja el sacristán como si hubieran vivido en la misma época.

Después visité los subterráneos o cuadras de Salomón, inmensas galerías con bóvedas y pilastras de mampostería, que se supone fueron construidas para cuadras o cuarteles de los Cruzados.

He recorrido también, acompañado siempre de mi ilustrado guía el Padre Luis López, la vía dolorosa que recorren hoy los peregrinos y que no es la que recorrió Jesús, pues está cortado el camino por las edificaciones de una calle que la atraviesa. Todo ello me lo explica con razones lógicas y convincentes, anteponiendo casi siempre las mismas frases de «se supone», «según tradición», cada vez que señala un lugar testigo do un hecho.

Al hacerle notar mi extrañeza por su modo de apreciar las cosas, me dijo:

—Estas dudas no entibian la fe del buen católico.

Aquí hay un hecho innegable. Ese es el de que aquí vivió Jesús, y aquí fue crucificado. Eso solamente basta y sobra para que a toda esta tierra se la considere como su nombre lo indica: ¡Tierra Santa! ¿Qué importa que sea esta piedra, o la de más allá, la auténtica del recuerdo? Eso significa, en todo caso, un error de los hombres, que nada contradice a las verdades del Redentor.

Abundando en sus mismas ideas, continué gustoso escuchando sus relatos y fuimos por la tarde en coche a San Juan Bautista (a tres o cuatro kilómetros de Jerusalén), para visitar el Convento de Franciscanos, la casa natal de San Juan y la de Santa Isabel, en que recibió la visita de la Virgen.

Se indican asimismo en Jerusalén el salón del Cenáculo, que pertenece a los turcos, y en el que enseñan un túmulo lleno de polvo, cubierto con una tela descolorida y sucia, diciendo es la tumba de David. El palacio o residencia de Pilatos es hoy un cuartel; y así la mayoría de los lugares que los cristianos debieran conservar en su poder por legítimo derecho.

Tampoco he olvidado la recomendación que me hizo el Comandante, y pregunto para indagar algo de lo referente a nuestra Comisión. Aquí no hay afición a los caballos nobles; rara vez se ve alguno montado por un oficial turco. Los demás son caballos de servicio para coches o faenas agrícolas, que pertenecen a las razas indígenas.

Belén. —El día 1.° de Septiembre fui a Belén con el Padre López, y José. Una hora tardaríamos en recorrer esa distancia en coche.

El aspecto de esta villa es más simpático, tiene más cachet de época que Jerusalén. Calles estrechas, casas de ladrillos ennegrecidos por el tiempo y pequeñas casitas de piedra sin labrar.

Casi la totalidad de sus habitantes son cristianos o judíos, y en ellos se conserva la corrección de facciones de la raza egipcia que invadió con Moisés la Tierra de Promisión.

Hemos visitado la iglesia de la Natividad, que está en poder de los cristianos armenios; y como éstos son los menos celosos del orden y solemnidad del culto, tienen el templo en un deplorable abandono. En el frente de una nave rectangular y espaciosa se levanta el altar mayor o tabernáculo, polvoriento y mal cuidado, lo que denuncia las escasas ceremonias religiosas que allí se celebran.

BELÉN. —Iglesia ortodoxa de la Natividad. Por la puerta de la izquierda se desciende a la gruta donde nació Nuestro Señor Jesucristo. (En busca del caballo árabe)

Debajo de ese tabernáculo está la gruta de roca viva, donde se adora el lugar del nacimiento. A dicha gruta se desciende por unas puertas laterales que hay a los costados del tabernáculo. Una vez abajo, se señalan en muy reducido espacio, y a raíz del suelo dos socavones en los muros de la gruta. Uno de ellos es el llamado Pesebre del Nacimiento. El otro es el lugar de la Adoración de los Reyes.

Del techo de la gruta, que es de unos seis a siete metros de larga, por tres de anchura, penden multitud de lámparas de una sola luz de aceite, que pertenecen a distintos ritos. En la actualidad no queda espacio para colocar una sola más. Un centinela turco, con fusil y bayoneta calada, está constantemente en la gruta para que ni ortodoxos ni católicos sustituyan unas por otras, como vinieron haciendo en otros tiempos, después de reñir sangrientas contiendas.

He ahí, pues, a los turcos poniendo paz entre los cristianos. ¡Qué vergüenza para Europa!

Por la descripción hecha, se comprende que ninguno de los pintores antiguos ni modernos ha sabido interpretar el llamado pesebre o portal de Belén. No existe tal portal, ni edificio al exterior, ni cabaña, pobre o rica, al aire libre.

La Natividad del Señor fue en una de las muchas grutas subterráneas, que en aquellos tiempos eran viviendas usuales, como se puede comprobar por algunas que se conservan intactas en Jerusalén.

En Belén también se da culto a una gruta, en la que se ha instalado una capilla católica llamada «Gruta de la leche», en la que se supone dio la Virgen el pecho al niño Jesús. De esta gruta se extrae una tierra milagrosa en la que tienen fe muchas madres, lo mismo cristianas que turcas o beduinas, y es tal el crédito de la milagrosa tierra, que hasta los turcos y beduinos la dan, diluida en agua, a las hembras de los animales domésticos.

Regresados a Jerusalén, dimos una vuelta por el extrarradio de la ciudad amurallada, donde existen multitud de hoteles particulares, casas de salud, conventos, etc., etc., llamándome la atención un gran edificio construido por una secta religiosa de americanos, en que viven unidos hombres y mujeres partidarios del celibato.

También está llamando grandemente la atención de todos los habitantes, sin excepción de religiones ni de nacionalidad, la formidable solidez de los cimientos y muros exteriores de una iglesia que construyen los católicos alemanes, cuyos arquitectos no han aceptado los materiales y cantería usuales en la generalidad de los demás edificios de la ciudad, y han puesto en explotación una cantera muy lejana para extraer sillares, de una dureza extraordinaria, con los que forman el espeso y duro muro de la iglesia.

Todo el mundo, orientales y europeos, comentan la costosa construcción, y están unánimes al considerar que la nueva obra tiene más aspecto de inexpugnable fortaleza que de templo cristiano.

Nuestro intérprete José ha terminado sus asuntos particulares y yo ya he dado un vistazo a lo más interesante; por tanto, tenemos preparado el viaje para marchar por Jericó y, atravesando el Jordán, visitar algunas tribus de beduinos en la orilla izquierda, continuando hasta Ammán, para de allí partir a Damasco.

Son unos 135 kilómetros los que hemos de recorrer hasta Ammán, y pretendemos hacerlos a caballo en dos jornadas.

La ruta (pues camino no existe) está llena de salteadores beduinos y cherqueses, por lo que se hace necesario contratar un guía que, de acuerdo con aquéllos, cobra los derechos del salvoconducto. A esta profesión se dedican dos beduinos, padre e hijo, que, en contacto con turistas y salteadores, comparten con éstos lo que cobran a los caminantes que acompañan.

Los que a ellos no se confíen, deberán acompañarse de fuerte escolta.

Contratado el hijo por un precio no excesivo, salimos de Jerusalén el día 2 después de comer, llegando a Jericó a la caída de la tarde.

Jericó. —Es una aldea pobre y miserable, formada con chozas de barro y ramajes. Una pequeña casita está dedicada a hospedería con el pomposo nombre de fonda.

El bueno de José me explica aquellos lugares y vemos la fuente que el profeta Eliseo convirtió en agua potable, y el monte donde Jesús ayunó los cuarenta días. Entre las grietas de unas peñas, como nido de águilas, hay un convento de cismáticos griegos, fundado en la gruta donde se refugiaba Jesús.

A las tres de la madrugada salimos a caballo de Jericó, caminando por laberínticas quebraduras del terreno, entre los barrancos y cortaduras hechas por las aguas fluviales. A lo lejos se ve el mar Muerto, que, como su nombre indica, no viven en sus aguas los peces ni moluscos. En él desemboca el río Jordán.

En esta región habitaron las tribus de Judá y Benjamín, así como también se atribuye el terreno salitroso que se extiende por la llanura árida y resquebrajada, a que la mujer de Lot se convirtió en estatua de sal en aquel sitio.

A las seis de la mañana atravesamos el río Jordán por un largo puente, montado sobre dos bastidores enrejados, como los de hierro de las vías férreas.

Heme aquí a la orilla izquierda del Jordán, contemplando sus aguas tranquilas, que corren silenciosas bajo la sombra de los álamos y sauces que pueblan su orilla derecha.

Sería necesaria la inspiración de un Genio, que está muy lejos de mi escasa percepción, para que yo pudiera describir la intensa emoción que sentí al encontrarme en mi soledad ante las sagradas y plácidas aguas del Jordán.

Colocaos en mi situación, y a solas con vuestro pensamiento pensad que estáis en aquellas solitarias orillas, alejados de todo cuanto para vosotros signifique cariño o amistad, y supliréis con creces las líneas que omito en el relato de aquel para mí solemne momento.

Antes de emprender de nuevo el camino, llené de agua dos botellas vacías, que a prevención llevaba con ese objeto. Ellas irán (Dios mediante) conmigo a España.

Puestos en marcha por una llanura de espesos matorrales, nos internamos después en un terreno montañoso, poblado de viejas encinas, que desgarran y talan los cherqueses y beduinos que merodean por estos contornos.

Serían las diez de la mañana cuando atravesamos una aldea de Cherqueses (circasianos), cuyas mujeres tienen fama de ser las más hermosas de la Humanidad. En las calles del pueblo encontramos algunos hombres que nos miraban indiferentes; ni una sola mujer, vieja ni joven, aparece por ningún lado; siendo voz pública que las recluyen con más rigor que los celosos turcos. En ello debe haber su parte de egoísmo, pues conociendo la fama y belleza de sus mujeres, las guardan como un tesoro. El padre de la novia cobra del pretendiente cantidades y regalos que lo enriquecen, teniendo, por otra parte, la satisfacción de que el mayor capital recaudado garantiza el mejor porvenir de la doncella.

Así, pues, en los matrimonios cherqueses se recibe con alegría el nacimiento de las niñas, considerándose más afortunado aquel que más tiene.

Al medio día hicimos alto en WadiElxir, otra aldea de cherqueses rusos, que nos reciben con la proverbial hospitalidad de Oriente. La habitación que nos señalan, en una casa particular, es una salita blanqueada y fresca, sin muebles, y en el suelo una esterilla de paja por alfombra. En el sitio que nos ofrecen a José y a mí tienden un tapiz y traen dos almohadones.

Seguidamente, empieza la estancia a llenarse de hombres. Son el Alcalde y notables de la aldea que vienen a visitarnos y hacernos tertulia.

Conforme van llegando, saludan y se sientan a la turca sobre la esterilla, alrededor de la salita.

José les dice quién soy y la dirección que llevamos, animándose la conversación al hablar de los beduinos, a quienes odian y tienen a raya desde el año anterior, en que riñeron una batalla, haciéndoles nueve muertos y muchos heridos. Ahora no se atreven a venir por aquí.

—Cuando llegamos a este país (dice el Alcalde) empezaron a visitarnos amistosamente, y les dábamos buenas comidas; pero se aficionaron tanto a ellas que decidimos escarmentarlos para que no volvieran. En la primera ocasión les dimos un guisado de burro que habíamos matado con ese objeto, diciéndoles, cuando de ello se quejaron, que a los grandes amigos se les obsequiaba en nuestra tierra con aquel plato. Desde entonces se acabaron las visitas.

Siguiendo la conversación, recordó José que un vecino de esta aldea, cuyo nombre dio, había estado de operario en su casa de Jerusalén. «¡Ah, sí!, respondieron riéndose. ¡El Loco! Ahora lo llamaremos.»

Pocos minutos después se presentó el Loco en la tertulia, y su entrada produjo la hilaridad de sus convecinos. Sin duda era un tipo popular y gracioso de la aldea.

A las preguntas de José responde: «Yo tenía intención de robar en tu casa, pero no quise, porque me daban buen trato. Ahora ya soy rico y ya saben éstos (dirigiéndose a los presentes) que hace tiempo que no robo, porque no me hace falta y porque se conoce que me ha castigado Dios, pues se me han muerto tres mujeres en un año. Pero ¡quién sabe! El robar es como el tabaco, que a lo mejor se le ocurre a uno fumar un cigarro.»

Su espontánea sinceridad era escuchada con agrado por los tertulianos y a su carácter descarado y poco aprensivo debía el sobrenombre del Loco, con que le habían bautizado.

Antes de salir de aquel pueblo de ladrones me enseñaron tres caballos, dos tordos y uno castaño, de pequeña alzada, pero muy enérgicos.

En el momento de montar a caballo para continuar nuestra ruta, a las dos de la tarde, se nos presentó el Loco montado, con todas sus armas, para darnos escolta en el camino.

No me agradó mucho la deferencia, mas no había otro remedio que aparentar gratitud. Algunas miradas de inteligencia que sorprendí entre los que nos despedían, me hicieron recelar que nuestra situación no era muy lisonjera.

Puestos en marcha, llamé a José a mi lado, dejando marcharan delante el guía beduino que traíamos desde Jerusalén y el Loco. En este orden continuamos, e hice a mi compañero partícipe de mis sospechas, por si necesitábamos defendernos.

Próximamente haría media hora que habíamos salido de la aldea cuando oí galopar tras nosotros un caballo y advertimos la llegada de un jinete armado hasta los dientes. Pasó por nuestro lado sin saludarnos y se colocó en la vanguardia con su convecino y el beduino, entablando con aquél vivo diálogo.

—¿Qué le dice?—pregunté a José.

—No lo comprendo—respondió, —porque hablan en su dialecto ruso.

No habían transcurrido diez minutos cuando, a todo correr de su caballo, se incorporó otro jinete cherqués, y tras él llegó otro y otro, hasta cinco, que igualmente se colocaban en la vanguardia, poniendo su caballo al paso.

La conversación entre ellos, que comenzó en tonos violentos, fue poco a poco tomando carácter familiar, y como habían tenido tiempo sobrado y ocasión de hacernos picadillo (si esa hubiera sido su intención), dejamos de estar alerta sobre el revólver, al que yo confiaba la venganza, más que la legítima defensa.

Cuando llegamos a Ammán, donde saludé a la civilización, en forma de locomotora, pudimos darnos cuenta de la intención de aquellos cinco jinetes que se nos habían incorporado.

Sabedores en la aldea de que el Loco había salido con nosotros, sospecharon que nos hiciera alguna de las suyas, y, para evitar el castigo que a posteriori hubieran sufrido todos, o quizá por sentimientos humanitarios, decidieron unos cuantos vecinos partir a darnos alcance para contrariar los propósitos que en el Loco suponían.

Ammán. —Estamos en este pequeño poblado, donde llegan los rieles tendidos de la línea en construcción de Damasco a La Meca.

La estación provisional es una casilla, donde habita el jefe.

Este joven empleado es un amable armenio que no puede darnos albergue en su reducida casilla, y nos recomienda pasemos la noche en la tienda de campaña de un vendedor ambulante que allí estableció su cantina.

Quince horas (positivas) que habíamos estado a caballo, bien merecían algún descanso; pero al tendernos sobre unas alfombras viejas en la tienda del cantinero, me vi atacado por insectos repugnantes de todas clases y tamaños. Salí a la intemperie para sacudir mi ropa, pero el traje de hilo no era bastante a resguardarme del relente de la noche. ¿Qué hacer? En la tienda no era posible resistir; fuera de ella me acechaban las fiebres o la pulmonía. Sentado en unas peñas y a ratos paseando, transcurrió aquella noche cruel, que jamás olvidaré.

Con la llegada del día empezó el movimiento de la vida activa, y a la vista de la línea férrea pensé en un porvenir más halagüeño.

El armenio nos aseguró que en un tren de material que saldría por la tarde podríamos ir a Damasco.

Entretanto, fuimos a visitar una fracción de la tribu de beduinos Sherarat, que estaban acampados a unos tres kilómetros de la estación.

Los Sherarat forman una tribu poderosa que pasan las invernadas en el centro de la Arabia, en el Yemen y en el Nedjed, tan renombrados por la fama de sus caballos. Ningún ejemplar extraordinario pude apreciar, y su ganado, en general, constituía un núcleo de parecidas condiciones y alzada que los de las otras tribus ya conocidas.

Aprovechando la llegada a la estación de un beduino que miraba humillado y lleno de asombro el material de la vía, llamé a José para que lo interrogara por si, con la superioridad que en aquel momento representamos para él, conseguíamos algunos datos ciertos que yo deseaba conocer.

— ¿De qué tribu eres?—preguntamos.

—  De los Koalas, pero estoy de pastor con los Sj urs.

— ¿Y cuánto ganas por tus servicios?

— Me dan una túnica y un manto al año, y también una cría de camello.

— ¿Y de comida? —De comida, leche y pan no faltan, y cuando hay huéspedes siempre queda, gracias a Dios, algo de carne que comer.

IX

Damasco. —Últimas gestiones. —De Beirut a Constantinopla. Regreso a España.

Damasco. —Estamos alojados en el hotel Victoria, cuyo servicio está montado a la europea. Aquí se instalan las expediciones de turistas que acuden a visitar esta ciudad, la más clásica de Oriente. El número de sus habitantes excede de 300.000. Su situación geográfica, su fértil vega, regada por el río Baradá, y su templado clima, han hecho de Damasco la ciudad más comercial y visitada de Turquía. A sus espaciosos y bien organizados bazares acude toda la producción del Imperio y de la Arabia.

Armas, arneses, alhajas, piedras preciosas, piedras de la Meca, sedas, tapices antiguos y modernos de Mesopotamia y de Persia, metales repujados, perfumes, granos y semillas, legumbres y exquisitas frutas, todo, en fin, lo necesario y superfluo a la vida de Oriente se produce o fabrica en esta ciudad, mucho más industrial que Constantinopla.

Durante los días de mi estancia en Tierra Santa se ha comprado en Homs un caballo tordo llamado Jair, del cual me hace elogios el Comandante, pero con el disgusto de que la grave enfermedad que contrajo a los tres días de adquirido le hará sucumbir.

También aquí se han apercibido de nuestra llegada y objeto de esta Comisión, y no cesan de ofrecernos caballos y yeguas, que sus dueños están dispuestos a vender.

Las mañanas las empleamos en reconocer los ofrecidos por particulares, y por las tardes vamos a una gran pradera dedicada a hipódromo, donde acuden cientos de jinetes a pasear y correr sus caballos.

En ella podemos apreciar la diversidad de variedades del tipo oriental, que, además de las indígenas, dan perfecta idea de la desordenada producción en las razas o variedades nobles. Así como en España la raza andaluza presentaba en cada ganadería su tipo especial, que sus dueños tenían buen cuidado de conservar, así la noble sangre árabe está representada por variedades de exterior más o menos armónico en la construcción de su esqueleto y distribución de su masa muscular, pero de tipo diferente en sus tres grados de brevilíneos, mediolíneos y hasta longilíneos, verdadero tipo inglés de carrera.

No es de extrañar, pues, que, dada la poca importancia que estos jinetes dan a la belleza estética, acoplen sin escrúpulos parejas de reproductores, con rasgos o caracteres opuestos, con tal que tengan la nobleza de raza de cualquiera de sus variedades, y de ahí resulta esa lamentable confusión por la mezcla de tipos diferentes que tan mal efecto nos causa, pero que, en realidad, y como los dueños aseguran, son todos de pura y legítima sangre árabe, aunque en su exterior presentan la desordenada composición de tipos diversos.

Sólo en muy contadas ocasiones, e indudablemente por atavismo, se encuentra algún individuo con caracteres completos y definidos de una de esas variedades nobles.

Hemos hecho varias salidas al campo y pueblos cercanos habitados por maronitas y drusos, así como también hemos visitado una tribu de beduinos Husney, acampados en Tel Sauán, unos 30 kilómetros de la ciudad.

Las yeguas que éstos nos han presentado eran, con poca diferencia, de las mismas razas y condiciones que las que conocemos de los Anazés; así también en los caballos de los pueblos se observan los mismos defectos y razas que en los de los kurdos y árabes de Mesopotamia.

El Kaimakán (Alcalde) del término donde acampaban los Husney nos enseñó un semental de su propiedad, alazán dorado, basto y espeso, aunque enérgico y musculoso. No tenía distinción alguna ni en sus líneas ni en su cabeza pastosa.

Este Kaimakán, que amablemente nos invitó a tomar café en su casa, merece que le dedique algunas líneas.

Es un mulatito egipcio de diez y seis años de edad, hijo de padre árabe y de madre mulata egipcia. Su piel tersa de la juventud tiene el color de un bronce con pátina, y sus ojos redondos y negros tienen el brillo y vivacidad de los de una gacela. Es bastante instruido, pues pasó su infancia en El Cairo. Habla algo el francés y el inglés, y al morir sus padres se ha instalado aquí, al frente de su hacienda, dueño y señor de este territorio. Es casado y tiene varios hijos, y, por lo que pudimos colegir, sus mujeres y sirvientas no le aventajan en edad.

Verdaderamente, en la casa de aquel simpático muchachito se vivía en un mundo desconocido en nuestras costumbres.

A pesar de ser Damasco la ciudad más clásica en su aspecto y costumbres orientales, se respira en ella un ambiente de mayor libertad e independencia que en la cosmopolita Constantinopla, y hasta se me figura que las mujeres no son tan vigiladas como en la capital, viéndoselas en las tiendas y en los paseos de noche, en los coches de punto con el velo levantado, sin ocultarse grandemente de su libre acción.

La colonia israelita, oriunda de España como todos los judíos de Turquía, es aquí muy numerosa, y hemos sido presentados por el hijo del Cónsul a algunas familias distinguidas. Sus viviendas tienen la misma distribución que las de Andalucía, con sus frescos y limpios patios. De edificios notables se puede citar la Gran Mezquita, que en su mayor parte ha sido destruida años atrás por un incendio, pero como particularidad debe hacerse mención de que en ella veneran los turcos el sepulcro de San Juan Bautista, al que tienen gran devoción como Profeta de Dios.

Últimas gestiones. —Como consecuencia al mucho ganado que hemos visto en toda esta comarca, recorrida con minuciosidad, se han comprado las yeguas layara y Farida, y más tarde la Im y la Bint, de todas las que, con el completo del ganado comprado, daré una relación.

Debiendo prepararse el viaje de regreso, recibí la orden de marchar a Beirut para hacerme cargo del ganado y embarcarme con él para reconcentrarlo en Constantinopla.

El Oficial de Administración Militar tenía pedidos los box necesarios a la Compañía de Vapores de las Mensajerías francesas, y el día 19 salí de Damasco en tren hacia Beirut. El paisaje del camino es delicioso entre las estribaciones del Líbano, cultivadas de viñedo y frutales por pueblos drusos y maronitas que las habitan. En Beirut procedimos al embarque del ganado en el vapor Yang-Tsé, que estaba anclado fuera del puerto.

Dado el temperamento excesivamente nervioso de nuestro ganado, creíamos el Oficial de Administración Militar Sr. Fernández y yo que la operación de hacerlos entrar en los box sería larga y peligrosa, poro la práctica que en ello tiene un joven turco y verdadero gigante de fuerzas hercúleas nos facilitó de tal modo la empresa, que en pocos momentos quedó terminada.

Cuando los caballos se resistían a entrar echando el cuerpo hacia atrás, el joven hércules les ganaba la acción abalanzándose sobre ellos con dos hombres, y haciéndoles perder tierra del tercio posterior, los empujaba hacia el box con suavidad y facilidad pasmosas.

Una vez metidos en sus jaulas, se colocaban en la plataforma de un lanchón y los conducíamos fuera del puerto al costado del vapor, a bordo del cual se elevaban con la grúa.

El día 23 abandoné las aguas de Beirut llevando conmigo dos palafreneros, Divo y Ahud, al oxidado del ganado.

En las Aduanas de Beirut no nos han permitido la salida de toda nuestra compra, porque no tienen todavía noticia del Iradé (Orden) del Sultán que nos autoriza la exportación. Llevo, pues, el encargo de gestionar con nuestro Embajador la pronta tramitación del Iradé imperial.

Cinco días de travesía, con escalas en Rodas, Smirna y Dardanelos, duró este viaje, en que las atenciones de la oficialidad del barco y el distinguido pasaje me hicieron llevadera la ausencia de otros compatriotas.

A la llegada a Constantinopla me esperaban en el muelle el Cónsul, Sr. Sotores, con el Canciller.

Las operaciones de aduanas para poder desembarcar el ganado se hacían eternas, hasta que hube de amenazar a los empleados turcos con una reclamación diplomática, en cuyo momento conseguí encauzar la tramitación oficial sin la gratificación o propina que allí es de rigor para estos casos.

Los días de Octubre hasta el 6, en que llegó de Beirut el resto de la Comisión con el total del ganado, estuve gestionando, con nuestro Embajador, el Excmo. Sr. Marqués de Campo Sagrado, el Tradé para exportar nuestra compra.

Dicho Sr. Embajador estaba enfermo en la casa de verano que tiene la Embajada en Terapia, y a aquel lindo pueblecito, situado en la salida del Bósforo, cerca del mar Negro, acudí diariamente para darle cuenta de la lenta tramitación de nuestra demanda.

Conseguida al fin la autorización deseada, y reunido todo el ganado en Constantinopla, se procedió a los preparativos del viaje.

Por órdenes recibidas de la Dirección de Cría Caballar, debía marchar a Rusia el Comandante con el Oficial de Administración Militar y el Veterinario para adquirir sementales y yeguas de las razas trotadoras, siendo yo el encargado de conducir a España los caballos árabes que teníamos, en cuya misión sería acompañado del Veterinario primero señor Rajas, que había salido de Madrid para encargarse de la asistencia facultativa durante el viaje por mar.

El día 1.° de Noviembre quedó embarcado el ganado citado en el vapor Dordogne, que partió con nosotros a la mañana siguiente.

A pesar del cuidado que pusimos en cubrir los box con lonas impermeables para resguardar las yeguas y caballos de la fría y torrencial lluvia que cayó en aquella noche, no pudieron evitarse las fatales consecuencias de esa circunstancia, y el día 2, estando ya navegando, me dió parte el Veterinario de que en tres yeguas y en dos caballos se habían presentado síntomas do pulmonía.

Desde los primeros momentos se les asistió con los recursos de la ciencia, pero la hermosa yegua Saada y el caballo Hirmn sucumbieron el día 8, siendo arrojados sus cadáveres al mar.

La travesía, que debíamos haberla hecho en siete días, duró once, pues estuvimos capeando un temporal terrible con viento Mistral, que nos hizo pasar algunos sustos.

Arribados por fin a Marsella y previos unos días de descanso, llegamos a Madrid sin más novedad.

He ahí terminado el relato de nuestro viaje y las gestiones de la Comisión.

Ni en voluntad ni en interés pudiera nadie superar ni aun igualar los trabajos llevados a cabo. Hacer un resumen del resultado, sería incurrir en repeticiones de criterio que sobradamente queda expuesto en el curso de estas Memorias. Los ejemplares adquiridos son indudablemente los de exterior más sano que se han encontrado dentro de la edad y alzada exigidas. Réstame sólo consignar en justicia que la dirección, método y asiduidad en la fatigosa y difícil investigación de las zonas productoras, corresponde de lleno al Jefe de la Comisión, que una vez más ha puesto a contribución y de relieve su ya reconocido prestigio.

Mas para que al lector no le quede duda alguna sobre la autenticidad de la raza árabe que viene a llenar un hueco existente en los depósitos de sementales y en la yeguada militar, creo de interés dar a conocer el caballo árabe del Nedjed, según el testimonio que ha hecho fe entre los autores más leídos. A ese solo objeto he adicionado el capítulo siguiente.

Relación de los caballos y yeguas adquiridos.

 

X

Los caballos del Nedjed. — ¿Quién es G. Palgrave?—Situación geográfica del Nedjed. —Consideraciones. — Las Cuadras de Feysul. — Deducciones. —Para terminar

Los caballos de Nedjed. —No hay autor de Zootecnias o de Hipotecnias que al hablar del caballo árabe no señale el Nedjed como el centro de producción del prototipo de esta raza.

Y es de extrañar que en los meses que llevamos recorriendo el país de los árabes, ni una sola vez he oído nombrar esa procedencia en los caballos que nos mostraban con mayores elogios.

Sin embargo, los más célebres autores dan por cierta la descripción del tipo ideal de esa raza equina, que existe solamente en el Nedjed, según asegura haberla visto el inglés Palgrave que durante treinta años vivió entre los árabes haciéndose pasar por un peregrino oriental.

Su testimonio ha servido a Pietrement, a Sansón, a Simonoff y Moerder y a otros cien autores franceses, ingleses y rusos, para asegurar que allí existe el caballo privilegio, y tomado de estos autores también, algunos españoles han citado a Palgrave para hacer soñar a sus lectores y soñar ellos mismos con esa fantasía. En mi pequeño trabajo El problema de la Cría Caballar, que hace años publiqué, hice referencia (sin haberlo leído) de G. Palgrave; pero ya entonces indiqué la duda (sin más fundamento que la sospecha) que tenía de las pregonadas bellezas de la raza en cuestión.

Pero después de mis comisiones de compra anteriores y posteriores a ésta de Oriente, en la que también he visto y comprado en Francia y en Rusia caballos árabes, sin que en su origen hubiera ni remotamente aparecido la procedencia del Nedjed, tuve verdadera curiosidad y deseo de conocer la obra de G. Palgrave, único medio de formar opinión concreta.

Las ediciones estaban agotadas, y a pesar de mis ofertas con prima, anunciadas en el Boletín de editores y libreros franceses, no pude conseguir el ejemplar deseado.

Afortunadamente, y persistiendo siempre en la misma idea, di en París con un puesto de libros viejos, entre los cuales se encontraban dos tomos de Willaim Gifford Palgrave.

—He ahí mi hombre—dije—y mi obra.

Y, efectivamente, pasó a mi poder por 23 francos.

La obra consta de dos grandes tomos de más de 300 y 400 páginas, respectivamente, por lo cual deduje que su lectura me proporcionaría abundantes datos y la doctrina que yo ansiaba conocer.

¿Quién es W. G. Palgrave? En las primeras páginas nos lo presenta su traductor francés. Palgrave es un hombre de ciencia, un inglés, sano de cuerpo y con el alma bien templada, que habiendo pasado desde su infancia treinta años en una colonia donde se habla el árabe y el turco, concibió la idea de explorar la Arabia Central. No se le ocultaron los peligros a que habría de exponerse, no solamente en los caminos y en el Desierto, sino también por la hostilidad que los habitantes del interior muestran a los extraños, y, sin embargo, se arriesgó a la temeraria empresa por amor a la ciencia y para gloria de su patria.

Consiguió su propósito fingiéndose, con su secretario, primeramente vendedores ambulantes, y, comprendiendo su difícil situación, se dieron a conocer después como curanderos o médicos procedentes de Damasco.

Indudablemente, la obra de Palgrave fue de un interés científico indiscutible, sobre todo geográfico, pues dio a conocer regiones inexploradas del centro de la Arabia, señalando sus límites, citando las ciudades, aldeas y tribus que las habitan, así como los Gobiernos, leyes, religión, comercio y costumbres de sus habitantes.

Por él supo el mundo civilizado que navegando por el Océano de arena se llega penosamente a las regiones fértiles del Nedjed, en el centro de la Arabia.

En la página 87 de su primer tomo, que traduzco, dice así:

“La Arabia ofrece en su centro una larga meseta rodeada de una cintura de desiertos arenosos por el Este y al Sur, y pedregosos al Norte solamente. Este círculo gigantesco está bordeado por cadenas de montañas bajas y áridas en su mayor parte; pero en el Yemen y en el Ornan adquieren una altura y una fecundidad muy marcadas. La planicie central, limitada por las sinuosidades del Nefoud, ocupa casi la mitad de la península. Si a estas altas tierras o Nedjed añadimos el Djowf, el Tayif, el DjebelAsir, el Yemen, el Ornan, la provincia de Hasa; en una palabra, todas regiones fértiles, nos encontraremos que las dos terceras partes, al menos, de la Arabia son a propósito para el cultivo, y una tercera parte solamente queda obligada a una irremediable esterilidad. Los espacios vados que se advierten en los mapas indican con frecuencia las provincias desconocidas de los geógrafos mejor que los países deshabitados.”

He ahí, pues, la descripción que hace Palgrave del país que retiene los más bellos caballos del mundo, en cuyo terreno, siendo muy difícil la entrada, por tener que atravesar el Desierto y la terrible o impracticable (textual) región del Nefoud, es mucho más difícil y peligrosa la salida, porque sus habitantes sospechan y persiguen el espionaje, castigándolo con todo rigor por el menor indicio.

La interesante obra hace que el lector siga con avidez creciente las incomparables descripciones de tan sabio naturalista como historiador y geógrafo, siendo además un discreto y sagaz observador de la psicología y costumbres de los pueblos que visita.

Pero heme aquí que, después de haber leído las setecientas y tantas páginas que componen los dos tomos, solamente encuentro en el primero algunas (muy escasas) líneas dedicadas a los caballos del país.

En la página 196 del indicado tomo, que lo forman 342, dice:

“Puede ser que el lector tenga deseos de adquirir algunos datos sobre el comercio de caballos entre la India y la Arabia. Tendré ocasión de satisfacer ampliamente su curiosidad cuando hayamos llegado a la costa oriental. Por ahora me limitaré a decir que los caballos enviados u Bombay son casi todos embarcados en Kuwait, pequeño puerto marítimo que en pocos años ha tomado gran importancia. Los nobles animales, tan rebuscados en la India, vienen casi todos del Desierto siriano o de las provincias septentrionales de la Arabia; ellos son de gran raza, y con frecuencia de una belleza admirable, aunque inferiores todavía a los del Nedjed, como lo veremos más tarde”. 

Por esta vez nos deja Palgrave con la miel en los labios, sin decirnos una palabra que satisfaga nuestro anhelo, y sigue describiendo el Nedjed en la belleza de sus paisajes y en su asombrosa fertilidad, asegurando que, salvo las rutas de la Meca y en alguna ciudad del litoral, no tienen los turcos dominio alguno ni posesión en el territorio de la península arábiga, regida por soberanos del país que no consienten la injerencia extraña.

El Imperio de los wahabitas está dividido en regiones o provincias del centro de la Arabia, que en su mayor parte están gobernadas por el Príncipe o Sultán del Nedjed.

«En resumen (dice Palgrave), el Nedjed forma un Estado homogéneo firmemente administrado, en el cual la centralización juega un gran papel, donde el fanatismo y la arbitrariedad son el principal resorte. En ausencia de toda constitución, el capricho del Sultán o de sus ministros es la sola ley del Reino.

«La atmósfera wahabita es un puro despotismo moral, intelectual, religioso y físico. Incapaz de un serio desenvolvimiento interior; hostil cd comercio; desfavorable a las artes y a la agricultura; intolerante y agresivo al más alto grado, no sabrá ejercer una acción bienhechora ni sobre sí ni sobre ningún otro.»

En tanto que el wahabismo reine sobre las mesetas de la Arabia, no debe esperarse que la civilización haga progresos para la prosperidad nacional.»

Transcritos los anteriores párrafos, que son la quinta esencia de la obra, en cuanto al Nedjed se refiere, queda ya el ánimo preparado para que cada uno, dentro de sus conocimientos especiales, pueda formarse idea cierta de las condiciones, cantidad y calidad de la producción del país.

Por eso yo, dentro de mis modestos conocimientos de hipotecnia, admiro la obra de W. G. Palgrave como naturalista, geógrafo, historiador y filósofo incomparable. Verdadero héroe como explorador y fiel narrador de sus temerarias empresas para aportar datos útiles y desconocidos a la enciclopedia científica que domina; pero en verdad, aunque lo temí, creía haber encontrado más doctrina, más técnica, más y mejores fundamentos al ensalzar el caballo Nedjense, que los aportados por los naturales del país y por su opinión particular, que aunque de un sabio, lo creo sugestionado por el ambiente árabe que desde su infancia respiró.

Desde luego, todos los aficionados a montar a caballo, aun cuando no sean jinetes, se creen con suficiente capacidad para poder apreciar la bondad y la belleza de ese animal, y hasta en los más profanos en equitación y equinotecnia, oímos con frecuencia decir: «¡Qué bonito caballo! ¡Qué hermoso animal!», cuando en realidad nosotros hemos apreciado lo contrario.

No quiere esto decir que yo coloco al ilustrado autor de que hablo entre los de esa categoría de inteligentes; pero por sus frases encomiásticas del caballo del Nedjed, lo considero, como antes digo, sugestionado por el ambiente en que vivió, lo encuentro tan árabe al ensalzar la belleza y condiciones de ese caballo, que yo, después de haber oído hablar a los auténticos árabes en el Desierto, en las aldeas y en las ciudades, me parece todavía escuchar sus mismas frases, y nada debe extrañar que así yo lo suponga, cuando al mismo Sultán del Nedjed le hizo creer que era un médico de Damasco. De tal modo era conocedor de los idiomas, costumbres y religión de Turquía, que aquel déspota, que sospechaba hasta de sus mismos súbditos, llegó a convencerse de que era un pacífico e inofensivo Galeno de Siria. No estoy, pues, falto de lógica al suponerlo casi tan árabe como los mismos del país.

Por los siguientes párrafos, que traduzco del segundo tomo, podrá apreciarse la certeza o el error de la tesis que vengo sosteniendo.

En la página 151, y encontrándose en la capital del Nedjed, dice:

Las cuadras de Feysul. —« Yo he tenido ocasión de visitar las cuadras reales, ocasión que deseaba desde hace mucho tiempo. El caballo del Nedjed, en efecto, está por encima, no solamente de los de razas persas o indias, sino también sobre todas las de la Península. Yo he oído muchas veces a personas inteligentes expresar esta opinión, de la que soy completamente partidario, aunque importantes autoridades, yo lo sé, hayan emitido un juicio contrario. En todo caso las cuadras de Feysul (el Príncipe), son incontestablemente las primeras del Nedjed, y el que las haya visitado ha visto los caballos más perfectos de la Arabia, pueda ser que del mundo.

» Una yegua había sido mordida por su compañero, demasiado impetuoso; la herida, mal curada, había terminado por producir una úlcera rebelde a la ciencia de los más hábiles veterinarios nedjenses. Una mañana que estábamos sentados en el Khawah de Abdalah, entró un palafrenero para dar al Príncipe el parte diario de sus cuadras. Abdalah me preguntó si querría encargarme de la curación. Yo consentí con alegría, por visitar la bella enferma, advirtiendo que me limitaría a examinar su mal sin encargarme de curarla. El Príncipe ordenó, en consecuencia; y aquel mismo día, un mozo de cuadra nos conduce cd harás real…

»Las cuadras cerradas contienen en este momento unos 300 caballos, además de otros tantos que están en los pastos.

Volviendo a las cuadras de Feysid, jamás he visto ni me había imaginado tan admirable reunión de caballos. Les falta tal vez un poco de alzada, pero sus formas exquisitas impiden apreciar este defecto, si lo hay. Tienen los cuadriles bien llenos, las espaldas de un modelo tan puro, que, según la frase de un poeta árabe, se vuelve uno loco de admiración; la comba ligera de su dorso anuncia la maravillosa velocidad que unen a su fuerza; su cabeza, larga hasta la punta, adelgaza de tal modo hacia los nasales, que podrían beber en una pinta, si pintas existieran en el Nedjed; tienen los ojos grandes, llenos de inteligencia, y singularmente dulces, la oreja pequeña y de extremada finura; sus piernas, que parecen hechas de hierro forjado, son de un brillo irreprochable y dejan, por tanto, apercibir los músculos salientes; su casco, redondo, está perfectamente apropiado al duro suelo del Nedjed; la cola, fieramente vuelta hacia atrás, describe una curva graciosa; tienen la capa sedosa y brillante, una crin larga, sin ser demasiado espesa; en fin, todo su andar parece decir: Mírame, ¿no tengo buen aire? La capa dominante es la torda o el alazán dorado, aunque algunos son castaños claros, blancos, negros, tordos oscuros; no se encuentran castaños oscuros, píos ni bayos…

“Los caballos del Nedjed, son, sobre todo, afamados por su velocidad y resistencia a la fatiga; correr veinticuatro horas por montes y por valles, sin beber ni amainar un instante, es seguramente un mérito; pero sostener el mismo esfuerzo y la misma privación bajo el sol abrasador de la Arabia durante cuarenta y ocho horas consecutivas, es, según creo, un privilegio particular de los animales de raza árabe.»

He aquí traducidos casi literalmente los párrafos más salientes de las tres páginas que emplea Palgrave para cantar las excelencias del caballo del Nedjed, del cual nos dice también que sólo el Príncipe y los grandes Jefes son sus poseedores, y que los adquieren únicamente por herencia 6 por la fuerza de las armas en las batallas; pero sin duda se ha olvidado el autor, al querer hacer resaltar de este modo el monopolio de esa raza entre los notables nedjenses, que toda su obra es la historia de ese pueblo Wahabita, en el que durante siglos y siglos, sin descanso, han batallado constantemente con las tribus y provincias limítrofes, siendo dominados y dominadores, alternativamente, en las encarnizadas luchas que han sostenido con otros Soberanos de la Arabia.

¿Cómo, pues, conservar esa exclusiva que les atribuye?

En Constantinopla, en Alepo, en Damasco; a los beduinos, anazés, sbaás, fadaan, a los reales y a los chamares les he oído, como ya tengo dicho, que sólo ellos, exclusivamente ellos, eran los poseedores de la célebre y más preciada raza. Lo mismo el beduino que el más ilustre Pachá, aseguran la legítima y directa procedencia del ejemplar que muestran, como producto de la única y mejor raza árabe.

Por otra parte, la descripción que Palgrave nos hace de los caballos mejores del mundo, no me parece, en verdad, hecha por un profesional. Se advierten en sus frases la falta del tecnicismo, que da autoridad a la opinión de un maestro. Si todavía viviera tan eminente sabio, yo le pediría perdón por mi osadía al rebatir sus afirmaciones, así como me atrevo a indicar a los eximios autores que lo citan como testimonio, que no bastan a la ciencia aseveraciones tan particulares para dar fe de una existencia, sino que se hace preciso, ante todo, comprobar los hechos con razonados fundamentos, antes de darlos a conocer con carácter de verismo irrefutable.

No quiere esto decir que los caballos del Nedjed sean menos bellos de lo que nos dice Palgrave. Entiendo como él que pueden ser bellos y de condiciones extraordinarias, como extraordinarios y bellos son los de esa pura y noble raza que se extiende por todo el Oriente, y muy especialmente en la Turquía asiática.

Para terminar, estimado lector y compañero, al transcribir la opinión del insigne autor inglés no lo hice por la sola intención de poner de manifiesto mi humilde parecer, contrario al suyo; fue principalmente para consolidar, para atestiguar, con los hechos anteriores y con lógicas razones, que los ejemplares adquiridos por la Comisión española cuyas gestiones he relatado, son evidentemente de la pura y noble raza árabe, habiendo entre ellos alguno verdaderamente notable, sin que, por tanto, sea necesario adquirir los del Nedjed ni nos mortifique la idea de no poseerlos; primeramente, porque, como dice el autor que los canta, nadie fuera del país los posee, y en segundo lugar, porque creo haber demostrado con indicios que constituyen pruebas que mis dudas sobre tanta belleza tienen fundada razón.

Que los resultados obtenidos con los ejemplares árabes adquiridos por esta Comisión y otras posteriores sean o no tan lisonjeros como la cría caballar necesita y apetece, eso es cuestión del régimen, organización y método que señale la Dirección de ese ramo. Mientras impere el capricho en los acoplamientos, sin el estudio de los progenitores en su temperamento, en su procedencia, en su exterior y en su raza, sujetándose a los conocimientos de una inteligencia probada, competente y práctica, ni en la cría caballar en general ni en las yeguadas oficiales se obtendrán resultados satisfactorios.

Hace algunos años que luchamos, y algo se va consiguiendo; pero todavía es muy poco al considerar los esfuerzos realizados en vano como consecuencia de ensayos caprichosos, dictados por una sola voluntad.

Evitad, distinguidos compañeros del Arma, que la cría caballar de España retroceda en el adelanto iniciado. En vuestra juventud está el porvenir y la esperanza del progreso en todos los órdenes de la sociedad moderna. Vosotros, temerarios jinetes, que en los concursos hípicos nacionales habéis demostrado vuestro sin igual arrojo, sosteniendo reñida competencia con caballos inferiores a los de vuestros contrincantes extranjeros, no os limitéis a la práctica de la equitación (siempre necesaria y plausible en la Caballería); pensad que vuestro elemento es el caballo, y nadie más interesado que vosotros mismos ha de intervenir en su producción.

Mas para conseguir esto, para que vuestra voz sea escuchada, para que vuestras observaciones sean atendidas cual deben y os corresponden, y no nacidas al azar por un capricho momentáneo e irreflexivo; es necesario, se hace preciso en absoluto estudiar, y estudiar mucho y muchos años con constante y pertinaz afición las razas caballares en general, conociendo al detalle el origen y cualidades de cada una, tanto en su etnología especial como en el individuo aislado, penetrando con vuestra observación al fondo de su voluntad para adoptar, desechar o crear aquellas razas que no poseemos, u olvidar las que perjudiquen la producción. En una palabra: nos hace falta estudiar, no solamente sobre el caballo que montamos, sino también en los que prestan servicio a otras naciones, buscando en cada raza los rasgos étnicos que la determinan, para poder apreciar en el reproductor ese sello de superioridad, esa supremacía necesaria que los distingue entre los individuos de su misma familia.

Toda nuestra afición, todas nuestras observaciones han de tender a conseguir ese grado de inteligencia, ayudados con la lectura de los grandes maestros, que nos indicarán los éxitos o fracasos de las experiencias realizadas en este ramo de la producción pecuaria.

Hay ya mucho creado para que nos dediquemos con escasos elementos a la privilegiada tarea de innovadores. ¿Para qué ensayar lo que nos dan resuelto? Nuestra misión queda, pues, reducida al conocimiento del progreso, siguiendo sus pasos uno a uno, para evitar los que hay dados en falso y poder adaptar a nuestras condiciones y necesidades, con pleno conocimiento de causa, lo más conveniente a la prosperidad iniciada de las razas caballares en nuestra querida España.

Si estas páginas que habéis tenido la paciencia de leer os han servido de aliciente para fomentar vuestra afición a esa especialidad a que dediqué mis afanes, se habrán realizado las únicas aspiraciones que me guiaron a escribirlas. En ellas va puesta toda la sinceridad que acompaña la vida de vuestro viejo compañero, que nada más sabe ni puede decir.