APOLOGÍA DEL ASNO

© 2018 Luis Miguel Urrechu

Del asno. En el año 1.829 se imprimió clandestinamente en Asnópolis, es decir, en Madrid, un pequeño opúsculo en con el título de Apología del asno, con notas y con el Elogio del Rebuzno como apéndice, por el asnólogo D. Manuel Lozano Pérez , que enriquecen el gran tesoro de galas de la Borriquería y pueden ser instructivas y útiles, por la novedad y por la aplicación que tienen en la moral, la religión, la política, las letras, y las costumbres, según la conducta del asno o sus otras circunstancias y cualidades.

¿Sabías esto?

 

Se cree que la domesticación del caballo data entre años 4.000 – 3.500 a. C.

 

Yo canto el asno; y al nombrar al asno nadie se asuste, pues por asno entiendo cuadrúpedo animal bien conocido. Los sabios académicos que hicieron nuestro erudito y docto diccionario, de este modo definen al jumento para que todos conocerle puedan. Definición que servirá de ejemplo a la futura edad, cuando se intente dar al arte de Lulio un lustre nuevo. No olvidarán entonces lo que añaden cuando dividen con igual acierto al borrico en doméstico y salvaje, dejando así el artículo completo. Definición y división hermosas que honrarán a sus hábiles maestros.

Al asno, pues, doméstico y salvaje, y a cuantos asnos por el mundo entero andan en cuatro pies, mi voz consagro, esta sonora voz de mi instrumento.

Oye mis ruegos tú, divino Apolo, y vosotras, muchachas del Pierio venid, corred, volad; y generosas sed esta vez conmigo; y que mi acento de tan digno animal alce las glorias, sin dar ningún rebuzno, hasta los cielos. Haced que yo a los hombres desengañe de su falsa opinión, del error ciego con que miran al asno, despreciando el mejor animal que hay en el suelo.

¡Oh! si el asno tuviera en nuestros días el don de la palabra, cual un tiempo nos cuentan que lo tuvo. Él solo, él solo sus prendas, sus virtudes, su talento pudiera descubrir… pero los hombres injustos con el asno procediendo, y tan injustos como ingratos siempre hacen al asno de irrisión objeto. Mas yo le vengaré; yo que del asno la prez conozco y la virtud venero, justicia quiero hacerle, y su alabanza hacer volar por todo el universo. Yo haré que todos de los asnos formen otra idea más noble, otro concepto. Al menos por Apolo yo les juro que este es mi empeño y mi glorioso intento.

Rebuzno de asno

Cuando a tratarse llega de una cosa, definir lo que sea es lo primero; y el siglo diecinueve ver nos hace, que a Dios gracias sabemos ya de cierto qué cosa es asno, pues que por desdicha hasta el día ignorantes fuimos de ello. En nuestro diccionario de la lengua que el año diecisiete fuera impreso, se dice ya, y explica lo que es asno, ignorado hasta entonces; y allí leo: Cuadrúpedo con casco, y que es su altura de cuatro a cinco pies; y ceniciento es su color por lo común. Añade: Tiene orejas muy largas, y el extremo de la cola también poblada tiene de cerda. Es muy sufrido: su alimento son hierbas y semillas. Esto sólo del diccionario es literal el texto.

Pero el asno además tiene otras cosas esenciales que aquí en justicia debo expresar con la mira de dejarle definido en un todo y satisfecho.

Su casco no es hendido; circunstancia que hace al caso y no poco, pues que vemos que en las sagradas letras se le trata al asno por inmundo, por defecto de no tener hendido su pezuño, y por otros motivos allí expresos.

Su altura es vara y tercia, según dice Arfe, escultor famoso y bien experto en esto de borricos de su patria.  Pero también por otra parte, veo que el Instituto de la sabia Francia este sublime punto decidiendo, la altura media de los asnos, dice, ser de tres pies cabales y completos, y unas cinco pulgadas: que su largo era de cuatro pies; y añade luego: con unas seis pulgadas. Tales sabios, al tratar en materia de jumentos, son dignos de creerse; por mi parte sumiso a pies juntillas se lo creo; y más viendo en Rozier que esta medida tenía ya indicada en su Completo Curso de Apicultura, detallando este punto de un modo el más perfecto. Pero en esto de burros, como en todo lo que toca a animales, bien sabe Dios haberlos chicos, grandes y medianos; y en España ¡qué de asnos estupendos!…

Y en punto de colores saben todos que los hay rucios, pardos, blancos, negros: que hay asnos jaspeados muy bonitos; asnos que tienen rayas, ya en el cuello, ya en el cuerpo o en las patas, y con manchas en varias partes. Si creer debemos a los autores de la Enciclopedia, plateados también se ven jumentos. Y Rozier, que lo entiende grandemente, nos dice decidiendo a lo maestro: a la mayor parte de los asnos fueran color de piel de rata, y que morenos también se ven de un pardo plateado con las manchas oscuras; y esto es cierto. También ¡hasta con cruces se ven asnos, y grandes asnos en diversos pueblos! No se crea que es chanza ni ironía, que yo no me chanceo en puntos serios. Tiene el asno una cruz sobre la espalda, “una cruz negra”, dice el gran Lineo.

“Tiene orejas muy largas, y la cola con mucha cerda poblada”; pase esto. Mas yo conozco un punto de la historia que en materia de orejas es muy nuevo, y no poco curioso, y que al caballo hace muy poco honor; pues es un hecho, que a este animal, que el hombre tanto aprecia, las orejas del asno ennoblecieron allá en tiempo de antaño entre los rusos, en famosas funciones, en que el clero el papel principal hacía en ellas. El domingo de ramos, en recuerdo de un paso interesante de la vida de nuestro Redentor, entre los griegos se hacía procesión, y el patriarca iba sobre un caballo, y de su freno agarrado y a pie su Zar marchaba.  Y los devotos rusos pretendiendo imitar a Jesús, siempre al caballo orejas le pusieron de jumento.  La digresión con esto ya acabada, la explicación asnal continuemos.

Arfe también añade: gran cabeza, las crines rebujadas, largo el pelo, con los ojos hundidos, circunstancias muy propias y esenciales de este objeto, si a fondo lo que es asno se desea inquirir y saber. Y con respecto a comer sólo yerbas y semillas, yo no sé lo que diga, cuando vemos que el asno come todo: pan, molletes, roscas, cardos, salvado, y aun aquello que otras bestias no quieren; pues los asnos, en siendo buenos asnos, tan contentos con cualquier cosa están. Sufren y callan, y se echan con la carga por ser cuerdos.

Sonrisa de burro o asno

No me dirán que en definir al asno no he puesto buen ahínco y buen esmero. Todo se necesita, pues se trata de punto tan sublime, noble y serio. Pues que en fin ya sabemos lo que es asno, a otras cosas asnales pasaremos.

¿Por qué le llaman asno, y los latinos asinus et asellus? A sedendo, dice san Isidoro; que el buen santo de burros entendía; y yo no entiendo por qué a sedendo dice, pues el asno no se sienta; a lo más por ser muy lento, según algunos creen malamente que el asno no es tan lento. Y ya veremos que este pobre animal, tan motejado de pesado y de flojo, es muy ligero.

Y cuántas clases de asnos en el mundo haya, es un punto que olvidar no debo. En nuestro diccionario de la lengua castellana dos clases sólo vemos: domésticos, salvajes. Los segundos son onagros llamados; pero en esto no están conformes todos los autores, ni confirmarlos yo tampoco quiero. Pero sí haré saber a mis paisanos otra clase de burros, y muy nuevos, pues aunque de este punto mucho entiendan, no todo lo sabrán, según sospecho.

Un autor (Scaligero se llama) tratando de los asnos, y atendiendo a lo que otros han dicho, nos enseña que dos clases existen: malos, buenos. El índico y vulgar; este es el nombre que les da expresamente. Del primero  no nos dice gran cosa; mas yo he visto en otro autor de forma y de concepto que los asnos silvestres de Las Indias en medio de la frente tienen cuerno,  y que del cuerno de estos animales se hacen vasos bonitos muy diversos.

Yo por mi parte he visto muchos asnos; pero asnos y con cuernos… ni por pienso. Ni tampoco pretendo que me crean, pero sí que no olviden que refiero lo que otros han escrito. Si no hubiere asnos con cuernos, no me importa un cuerno.

Ya le llamemos asno, ya borrico, ora burro también, ora jumento, ya pollino a la vez… ¡oh cuantos nombres para un mondo animal!… indicio cierto de su mucho valor, y prueba clara de ser un animal de gran provecho, animal importante, necesario. ¿Y cuál es más que el asno? No lo veo.

¿Hay acaso animal que al hombre sirva con más utilidad, con más esmero? Es el asno sufrido, infatigable; es de paciencia singular modelo; ni afán, ni gasto, ni cuidado exige, sobrio en extremo en su frugal sustento. Tan útil para el hombre con albarda como sin ella, cincha ni aparejo; y sin gastar con él peine ni esponja, le sirve sin herrarle, y pelo a pelo. Y si el amo cruel le mata a golpes ¡Qué lecciones nos da de sufrimiento! Callando aguanta palos y puñadas; callando sufre garrotazos recios. Sin renegar del hombre, su tirano, sufre callando, y nunca atrevimiento ni aun de quejarse tiene. ¡La paciencia es don peculiar de los jumentos!

Es también dócil, laborioso, humilde, manso, obediente, resignado y quieto. ¡Y prendas tantas de tan gran valía, será que menosprecie el hombre ciego, cuando de tales prendas él carece, abundando al contrario en mil defectos de que el asno más asno de los asnos (¡Oh mengua de los hombres!) vive exento.

Que él no conoce el interés, ni sabe ser codicioso, avaro o avariento, ni como el hombre de soberbia henchirse, de loca vanidad, de orgullo necio; ni esconder en su pecho la venganza; ni astuto ser, ni bajo y lisonjero, ni vil adulador, ni ser curioso, ni remedar a nadie con sus gestos, como el mono burlón y el hombre mismo, cuando del bueno apura el sufrimiento, riendo de los otros las virtudes, y su maldad con esto descubriendo.

Amor borrico o de asno

¿Y cuándo el hombre como el asno supo ser bueno para todo y con provecho? Si de estiércol le cargan, va callando; si de harina le cargan, va contento; contento, si le cargan de reliquias; contento si le monta un caballero, cómoda dueña o dama remilgada; contento si le toma del cabestro el verdugo, tal vez porque pasee a la vieja alcahueta, al ladronzuelo. Y si al cadalso lleva a un asesino, siempre va el asno alegre, placentero.

¿Puede el hombre decir: yo como el asno también cualquier oficio desempeño? ¿Puede el hombre decir: si ese es el asno, sus bellos dones yo también poseo?

¡Y será que los hombres todavía hagan mofa y escarnio del jumento! “Eres un asno” por injuria dicen. “Eres un burro” dicen por desprecio. “Es un pollino” por burlarse claman. “Es un borrico” dicen del que es necio. Pues dígame cualquiera, qué denota aquella exclamación: ¡qué gran jumento!”

¿Quieren con ella señalar acaso grandes virtudes o sublime ingenio? ¿O pintarnos más bien del ignorante la estupidez, los vicios, los defectos? ¿Ignoran por ventura que el ser asno es honor, es virtud, siendo asno bueno? La sagrada escritura por testigo ponerles a la vista aquí bien puedo. A Issachar asno fuerte se le llama, no para deshonrarle; no en desprecio, antes bien por elogio que merece, como interpreta Rodiginio el texto.

Por no apreciar del asno cual se debe, las prendas que le adornan en extremo, las orejas de Midas ya se toman por adagio de burla y vilipendio; y porque Midas tuvo, según cuentan, las orejas más largas que un jumento, las orejas de Midas aplicamos al ignorante estúpido y al necio; y en viendo orejas largas en un hombre, al punto sin querer se hace recuerdo del aso y sus orejas. ¡Cuán injustos somos los que por sabios nos tenemos!

¡Y cuán poco del asno y sus orejas la virtud conocemos y alto aprecio! Y al cabo, al fin y al postre esas orejas de desprecio en un Rey tan sólo fueron.

A la irrisión, también a la ignorancia, tales orejas conceder solemos, por ser injustos, necios, ignorantes, o envidiosos tal vez, según sospecho. Lo diré claramente: esas orejas, en tanta mengua habidas y desprecio, barómetro son fijo y muy seguro para quien quiera barruntar el tiempo. Mirad pues de los asnos las orejas, y cuando las veáis en movimiento trémulo y agitado, estad seguros que el ciclo lluvia nos dará bien presto.

En fin, si la natura los caballos no hubiera producido, mi jumento de todos los cuadrúpedos sería, sin que pueda dudarse, el más perfecto. Y no es adulación que yo haga al asno, y mucho menos encarecimiento, ni hipérbole tampoco, ni lisonja. Lo que afirma Buffon, eso refiero.

Pero ya lo he jurado: en adelante todos sabrán del asno el alto precio. Apolo en inspirarme se ha empeñado, por hacerle justicia, y yo me empeño en obligar al hombre reflexivo, en obligar al universo entero a que conozca lo que vale un asno, lo que valen los asnos de estos tiempos, y en especial los asnos de la España. Por eso, bosquejadas en mis versos dejo ya sus virtudes y sus prendas; y pasando a cantar sus claros hechos, antes recorreré, por ser muy justo, los sentidos del asno, que son buenos; con otras mil curiosas circunstancias, que llenarán su historia de embeleso.

No se crea que el asno es una raza degenerada del caballo fiero. Algunos lo dudaron; otros hubo que sin dudarlo, así se lo creyeron. Es error, pues el asno, especie aparte forma; y cual prueba de mi aserto apelo al célebre Buffon que así lo afirma, largamente este punto discutiendo.

El asno, que nos vino de la Arabia, pasó a Egipto; desde allí a los griegos. De la Grecia a la Italia y a la España, a la Francia, Alemania y otros suelos. Son famosos los asnos de la Arcadia; los de Mesopotamia también fueron de mucha nombradía. Celebrados eran los de Arabia por ligeros. Su paso de andadura los hacía apreciables. Con ellos tal esmero se tuvo, que su raza tan cuidada fue como la del caballo; y es un hecho que en asno cabalgaban, y un caballo a galope no andaba más ligero.

Yo he visto, sí, los asnos de la Libia; yo he visto, sí, los asnos de Marruecos, los de Francia, Alemania, los del norte; asnos he visto de otros muchos pueblos. Así, en materia de asnos me parece que mi voto ser puede de algún peso.  A asnos nadie nos gana…no. En Europa no hay asnos comparables a los nuestros. Esos asnos, honor de las Castillas, esos asnos murcianos y manchegos, los asnos mallorquines, andaluces, los de León, Zamora y extremeños… ¿Mas para qué me canso?… toda España abunda en asnos grandes y selectos.

¡Oh patria mía, España venturosa, a quien benigno concediera el cielo el don peculiar de criar asnos, que la envidia serán del orbe entero; tú sola, sola tú también gozaste una gracia, un favor, un privilegio!

¿A quién debe América la dicha de hallarse ya poblada de jumentos? A la España lo debe, sí, a la España. Es gloria nuestra que en el hemisferio Nuevo-Mundo llamado, ya se encuentren asnos, que al descubrirse bien sabemos no haberse conocido. ¡Americanos, semejante favor agradecednos! si los nombres de Franklin y de Jenner tanta fama y tal gloria se adquirieron; si el de Cortés y Américo han dejado a la posteridad recuerdo eterno, ¿Por qué el nombre de un fraile franciscano, del padre cordobés, que al mundo nuevo hacia el sur el primero fue con asnos, en bronces esculpido no le vemos?  ¡En esto verse puede cuán injustos, cuán ingratos los hombres siempre fueron!

Treinta años a vivir llegara el asno.  Por sus trabajos vive muchos menos; el hombre, sin piedad, su vida acorta; ¡el hombre es su verdugo y su tormento!

El olfato del asno es admirable: huele a largas distancias a su dueño. Le distingue y conoce fácilmente. Reconoce asimismo los senderos y todas las veredas, que otras veces hubiese frecuentado. Es muy perfecto igualmente su oído. Covarrubias, después de los ratones, dice expreso, que el oído más fino y delicado es el del asno; y se confirma esto con otros escritores que lo mismo afirman seriamente; y yo los creo.

De su vista también se hacen elogios. Los ojos de los asnos son muy buenos, dicen los sabios de la sabia Francia.  De su tacto… adelante ya veremos lo que es su tacto; tacto tan famoso, tacto que es prodigio, tacto horrendo; tacto que otro animal ni el hombre tienen. ¡De los asnos el tacto es un portento!

Si su gusto exquisito no parece, es gusto muy pasable, gusto bueno. Su voz a la verdad no es muy sonora, pero que suena mucho, confesemos. Dirán que es nada grata… hasta el rebuzno se tuvo por algunos en aprecio, si no miente la historia, y yo pudiere al lector explicarlo cual pretendo. Entonces ya verán y con asombro lo que vale un rebuzno dado a tiempo.

En el beber el asno es delicado. Quiere aguas puras; bebe en arroyuelos que ya conoce; en el beber tan sobrio se muestra siempre, como en el sustento. Tiene el asno además delicadeza en huir de revuelcos en el cieno, ni en el agua tampoco, sino sólo sobre la fresca yerba, en los amenos prados; huye del lodo; y de mojarse sus pulcras patas tiene gran recelo.

La parte generante de los asnos es punto interesante, y de gran peso, que de otros animales los distingue por su gran tamaño. ¿Y qué diremos si atentos y curiosos indagamos de esta monstruosa parte los efectos? En ella la natura ha dado al asno un privilegio grandioso y nuevo, que negara a los otros animales… El asno nos produce dos engendros, la mula y el borrico. ¡Oh gran prodigio! que por sí solo basta a que concepto bien diverso formemos de los asnos, si con los asnos, justos ser queremos. ¡Mas qué digo! … no dos tan solamente el asno nos produce; tres diversos: Además del pollino y de la mula se cuenta el onotauro cual tercero.

El amor de la burra a su pollino es indecible: llega hasta el extremo, así como el placer es en el asno en sumo grado impetuoso. En esto no hay animal alguno comparable al asno, que en ardor es monstruo horrendo.

Confiésenlo si no cómo lo sienten cuantos andan en tal manipuleo. En amores del asno, todos saben que no hay alcahuetes como los gallegos. Díganlo si quieren, que bien pueden, pues conocen muy bien del asno el fuego. Siempre son ellos los manipulantes, por excelencia los garañoneros.

¡Qué gritos que les dan! ¡Cuál los animan a cumplir su deber con todo esfuerzo! Y aun a veces, semi himnos les entonan para infundir en ellos más aliento. Si para colmo de su oficio a un santo cual protector invocan, no sabemos. Mas san Antón acaso allá en su mente estará de continuo dando vuelcos. Se sabe qué espectáculo asombroso es este tal teatro borriqueño.

¿Quién sabe si habría asnos en mi patria, gallegos en España no existiendo? Sin su celo, sus manos, su destreza no poco perdería el universo. Favor tamaño sólo a la Galicia deben agradecer los borriqueros; y en algún modo con razón pudiera llamarse semi padres del jumento a tales ayudantes de placeres, pues por ellos no queda sin efecto la asnal propagación. ¡Y el mundo todo qué se hiciera sin asnos, santos cielos!

Es grande su lascivia: a los dos años ya están los asnos a engendrar dispuestos. La burra a siete días de su parto se halla tan lista para engendro nuevo. Bien que en esto las burras y mujeres no tienen que envidiarse; nada de eso.

Y aquí es muy de notar como importante y que hace mucho al caso a nuestro cuento, el saber que los asnos y los hombres se parecen, y mucho, en cierto efecto que la madre natura comunica a otros solamente en ciertos tiempos. Para el amor los asnos y los hombres, ya en el verano sea o en invierno, otoño o primavera, siempre, siempre se hallan aptos, capaces y dispuestos. No son como otros bichos, que tan sólo a tiempos en sus venas hierve el fuego. Nada de eso: los hombres y los asnos siempre están listos, tratando de jaleo. Ve el asno alguna burra y ya está pronto a seguirla y decirle mil requiebros. Ve el joven una niña que es bonita… ya desea poder pegarla un tiento.

En tal punto, los asnos y los hombres nunca se diferencian, son lo mismo. Sin embargo que dicen que sucede (pero que debe ser tal vez un cuento) que hay país en el mundo, donde llaman a que cumplan los hombres el precepto del crescite. Por mi soy de dictamen que llamar a los asnos es superfluo; y aun añado, que menos a los hombres nacidos bajo el clima y suelo ibero. Desde que Jehová una vez dijo: “¡Ea, multiplicaos!” por mí no creo, ni nadie creerá ser necesario volver a repetirnos tal precepto.

¡Tú, hombre injusto, ni piensas lo que debes a este animal que tienes en desprecio! ¡Qué de favores, qué de beneficios del asno sacas y sin conocerlo! Una botica entera es cada burro; remedio universal, cada jumento; cada pollino, un almacén de drogas; cada borrico es para ti un galeno. Todo lo sana el asno, todo cura; para todo en el asno hallas remedios. Cuando lo digo yo, sé lo que digo. Las pruebas de mi aserto exponer quiero.

Con su sangre se sana la locura. Hipócrates lo dice, y se lo creo. ¡Y a un animal que el juicio te devuelve, ingrato niegas el reconocimiento! ¡Y le insultas, motejas, y le ultrajas, siendo él quien de loco te hace cuerdo!

Este sólo favor pudiera hacerte que mudases al punto de concepto.

Asno pequeño y su madre

De astringente te sirve varias veces el zumo del estiércol de asno negro. Así lo dicen autores muy famosos cuyos nombres recordar no puedo. Lo negro del borrico a mi me choca, y me pone en el día en fuerte aprieto, dejando problemático o dudoso, si es mejor asno blanco, o asno negro que es punto delicado, y no quisiera exponerme a afirmar un hecho incierto.

El estiércol la sangre te detiene, y en las mujeres causa igual efecto. Del estiércol Hipócrates usaba continuamente con el bello sexo, siempre que las mujeres se encontraban en lances apurados y sangrientos.

Además el estiércol de los asnos es otro beneficio que tenemos utilísimo al hombre como abono en tierras firmes, húmedos terrenos; y otra cosita más, poco sabida, que voy a descubrir como un secreto, que encargo se me guarde, no lo huelan esos necios filósofos modernos que saber quieren todo, y que no saben que son unos zoquetes, pretendiendo que ellos solos más saben que han sabido todos nuestros dignísimos abuelos.

El estiércol del asno es como semen que por sí engendra a cierto animalejo que se halla en el campo haciendo bolas. Por las señas que doy, ya conocerlo cualquiera ha de poder: escarabajo le llamamos. Él es; y es el engendro que sale del estiércol de los asnos; y el asno, el asno es padre verdadero de cuanto escarabajo se encontrase del uno al otro polo sobre el suelo, pues dicen que escarabajas nunca ha habido. Dígalo Covarrubias que es buen texto.

¡Mas cuidado, por Dios! No me descubran este secreto asnal, porque yo temo a esa caterva de sabios presumidos, incrédulos, masones y aun ateos, que tienen el gaznate tan angosto que tragan elefantes y no insectos.

¿Has olvidado, desagradecido, los beneficios grandes, estupendos, que la leche de burra te produce? ¿No son comunes, raros y diversos? Leche ligera, dulce, muy sabrosa, fácil de digerir; y en los enfermos les dulcifica los humores acres y salitrosos; y es medicamento contra la gota, contra el mal de tisis. Por la experiencia sabes los ejemplos.

La leche de la burra, no lo dudes, es también buena contra los venenos. Bebida, dice Plinio, virtud tiene contra todo veneno; añade luego que los males de gota cura y sana. Y si Plinio lo dice, ¿será cuento?  Otros autores hay que lo confirman. ¡Y a qué confirmación cuando es un hecho!

Y esa leche de burra todavía en sí misma contiene otros misterios. Anda, vete a Popea a preguntarle a esa mujer famosa, los secretos de la leche de burra; y sabrás de ella que quinientas borricas de recreo en palacio tenía, y con su leche se bañaba esta ninfa todo el cuerpo. Porque dicen que la leche de la burra, al cutis muy lustroso, claro y bello le pone y suaviza. Y desde entonces a esta esposa de Nerón siguiendo nuestras niñas parece continúan enjalbegando sus manos, rostro y cuello.

Si a los chinos preguntas, su respuesta te enseñará a tener mejor concepto de los asnos. Los chinos una pasta o cola saludable del pellejo del asno sacan, de la cual se valen para curar del pecho los afectos. Sí; el hoki-hao, fabricado en china, en aquellas regiones es objeto de industria grande, a la salud muy útil, y ramo lucrativo de comercio. Y Valmont de Bomare es quien lo dice; que yo a los asnos adular no quiero.

Otro autor a esta pasta más virtudes le concede, afirmando que es remedio contra tisis y tos envejecidas, que disipa las flemas al momento. Los esputos de sangre los contiene, y aun en la disentería hace lo mismo; y purifica y nutre los pulmones. Para flujos de sangre es gran remedio. Da también y fija las menstruaciones. ¡Y qué se yo qué más hace el pellejo del asno, solamente de este modo!… porque de otros cuentan mil portentos.

Yo he leído en un libro, en folio grande, que allá en una ciudad (en Agrigento) se hallaban infestados por la furia y tempestad de impetuosos vientos. ¿Qué hacen pues?… van, cogen y rodean la ciudad con pellejos de jumento por los altos colgados; y estas pieles que cesaran los vientos luego hicieron.

Bien que yo, que nunca he pretendido engañar a ninguno, decir debo la verdad toda entera, bien desnuda; y por tanto diré, citando el texto, que el señor Covarrubias, que lo escribe, atribuye al demonio que los vientos calmasen de ese modo. Por mi parte ni admito la diablura, ni la niego. Tratándose de burros soy muy sabio; tratándose de diablos soy muy lego.

Al corazón, al hígado, a la sangre del borrico, a su orina, a su cerebro, ¡Qué de virtudes a cual más benignas antiguas gentes les atribuyeron!  Si luego la experiencia no ha mostrado esas mismas virtudes, a lo menos desvanecer tampoco se ha podido la certeza de todos estos hechos.

La orina de los asnos si se aplica en la parte exterior de nuestros cuerpos, en el mal de riñones, sarna y gota surte efectos muy prontos y muy buenos.

¡Quién pudiera creerlo! la pezuña, la pezuña también es estupendo remedio contra un mal endemoniado. Deshecha en polvos se la va bebiendo, y la gota coral destruye y sana. Dioscórides lo dice; yo no invento.

Tiene además el asno en sus rodillas, si acaso no nos miente Palmireno, cierta cosa muy dura, muy callosa, que si se mezcla con aceite añejo, untándose con esta mezcolanza, le salen barbas hasta al bello sexo.

 Y la cabeza muerta de los asnos, que algunos al mirarla, “¡Lo que semos!”  Dicen y con razón, ¡qué de virtudes tiene tan singulares! pues que es cierto que fijando cabezas de borricos en sembrados, jardines, o en los huertos, lo mismo es desde lejos atisbarlas las aves, que cual furias van huyendo.  Y las tales cabezas hay quien dice que también fertilizan los terrenos.

No será malo recordar de paso que a veces la cabeza de un jumento es de mucho valor; se venden caras en ocasión de apuros, en asedios. En Samaria, nos dice la Escritura, que de ochenta monedas fuera el precio (en plata) de cabezas de borricos.  Si ochenta la cabeza, ¿cuánto el cuerpo? Además la cabeza de los asnos fue medio de saber lo venidero.

Físico-filosófico-político, ¡Qué diré yo también de su pellejo tomado de otro modo, y así a secas! Cositas buenas que decir encuentro. ¿A quién se deben pues tantas funciones que celebrar solemos en los templos en épocas de guerra? ¿A quién se deben esos himnos y célebres Te Deum? ¿Y a quién tantos festejos, tanto gozo? ¿A quién la gloria de esos monumentos que tan gustosamente nos recuerdan nuestro valor invicto y nuestro esfuerzo?… Todo al asno se debe, todo al asno; todo se lo debemos al pellejo del asno, que en tambor ya trasformado, es quien nos proporciona los trofeos.

A su toque el soldado se embravece. A su sonido impávido a los riesgos se precipita: el toque de la caja le hace llevarlo todo a sangre y fuego. El toque de la caja hace valientes; el toque de la caja inspira aliento; al cobarde le anima y le resuelve. El pellejo del asno hace guerreros. Ser un héroe tan solo depende a veces del rumor de la piel de un asno muerto. Millares de cadáveres que yacen aquí y allá tendidos en el suelo, tantos estragos hechos en el campo, tantos horrores, víctimas, saqueos, y esa victoria tan completa, sólo… al pellejo se deben de un jumento.

¡Qué de dichas, de gracias, de favores, grandes cruces, pensiones y de ascensos, qué de destinos y encomiendas pingües a ese animal, aun muerto, no debemos!… ¡Que de Reyes al asno habrán debido sus coronas, sus cetros, sus imperios, como allá antaño el Capitolio al ganso, según dicen, debió su salvamento!

Desgracia es para el asno, mi cliente, que tantos males cause al universo; mas con razón se dijo por lo mismo: “la triaca está al lado del veneno.” Si a los asnos, ya muertos, se les debe tal cúmulo de males, tan diversos, tantos asesinatos, según reglas, y tanta mortandad con privilegio, que a la despoblación de los países contribuye del modo más horrendo; la población también de los estados de otro modo le debe sus aumentos.

Los lugares y aldeas son testigos que pueden confirmar mi nuevo aserto. Hablen pues las zagalas y aldeanas; hablen pues los pastores y mozuelos; digan cuanto concurre a sus amores el tamboril, que sirve de instrumento en sus bailes campestres y aldeanos. ¿Y qué es el tamboril? es un compuesto de pellejo del asno, y de madera. Sin los asnos sería, no dudemos, la población en mucho retardada. ¡Cuánto valen los asnos!… sí por cierto.

Por otra parte, su pellejo duro y elástico a la vez otros efectos nos proporciona, pues que de él sacamos zapatos, cribas, pergamino bueno, y vainas, y carteras, y otros chismes que conocen muy bien los quinquilleros. Y un escritor francés nos asegura que en el levante marroquí muy bello curtían de esta piel para calzado que usaban los magnates, los prefectos.

Antes de entrar en otras circunstancias que honran sumamente a los jumentos preciso es defenderlos de las faltas que muchos les achacan indiscretos, injustos, parciales, o envidiosos, vengativos tal vez, o tal vez tercos.

Uno dice que el asno es muy pesado, otro que perezoso; y un tercero le culpa de collón y de ignorante, y otros de testarudo, otros de necio. ¡Voto a tal que mienten los bellacos! Y yo haré por sacarles de sus yerros.

Pesado o perezoso no es el asno. Se le tiene por tal, porque le vemos no ser tan ágil como los caballos; y nuestro yerro está en el paralelo.  Orígenes nos dice que al caballo el asno se asemeja en lo ligero. El trote y el galope son dos pasos muy comunes del asno, pues sabemos lo que dicen autores fidedignos, y en la materia asnal buenos maestros.

Vayan, vayan al Cairo los que opinan ser los asnos pesados o muy lentos: allí verán sus calles todas llenas de asnos, que galopando o que corriendo andan por todas partes día y noche, sin cesar sus fatigas ni un momento.  El trote y el galope es en los asnos pasos a que andarán días enteros en jornadas continuas, si no mienten (que no nos mentirán) los viajeros.  Esto sucede pues en los países donde saben apreciar a los jumentos; aunque vemos también en nuestra Europa que saben apreciarlos ciertos pueblos, y honrarlos de tal modo y tal manera, que causa admiración cuando lo vemos.

Esperando al asno

En la Francia se suele, y en España, valerse de los asnos por ligeros para correr la posta; pues en Francia muy cerca de León se ve el ejemplo. Y en la feliz España no han faltado casos de igual especie y bien diversos.

Hay gentes en el mundo tan cerriles que por collón le tienen al jumento. ¡Voto a tal que mienten o se engañan! ¡Los asnos son valientes, majaderos! Si la historia, curiosos por el forro, hubieseis saludado por lo menos, en ella a buen seguro que bien pronto hallarais desengaños, que yo quiero poneros a la vista. En la profana del valor de los asnos hay ejemplos.

¿Quién por fas o por nefas no ha leído las famosas hazañas en que Homero nos refiere mil cosas instructivas? Pues allí bien clarito estamos viendo, que este poeta mucho honor al asno le prodiga, y bien hace. Justiciero con los asnos Homero se comporta, con juicio tan cabal y tal criterio, que sus famosos grandes capitanes los compara… ¿con quién? ¡Con el jumento!

Los antiguos egipcios, que eran hombres de mucha ilustración, de gran despejo, y que en punto de burros entendían tal vez aun mucho más que los modernos, por símbolo de fuerza justamente al asno le tuvieron en sus tiempos.

También apelaré para este caso a los señores galos, que escribieron la Enciclopedia. En ella está bien clara la opinión de estos sabios: allí vemos asegurar que el asno es animoso. Animoso… lo es, sí; por tal le tengo.

Si a Babilonia vamos y nos dejan registrar sus antiguos mamotretos, ¡Qué lance de valor y de osadía hallaremos de un asno, santos cielos! Plutarco, que es sujeto que no miente, Plutarco, historiador exacto y cuerdo, Plutarco, que refiere cuanto sabe sin preocupaciones, sin agüeros, nos enseña en la vida de Alejandro un caso, a la verdad bien estupendo, de cierto burro y que contarse debe para oprobio y vergüenza de los necios que están en el error de que el borrico es animal capaz de tener miedo…

Asómbrense al saber un lance heroico.

Es el caso… (Y cuidado que no es cuento) que Alejandro, en la historia tan famoso por los males que atrajo al universo, era un hombre de pro, mas dicen que tuvo muy buenas tragaderas en agüeros. De la gran Babilonia cierto día Se escapó un león de los más fieros. Se encuentra con un asno, y éste a coces a aquel en campo raso deja muerto. Alejandro lo sabe; desde entonces a sus tropas les dice: ¡Ya no quiero entrar en Babilonia. ¡Carambola, mucho quiere indicarme este suceso!  ¡Y dirán todavía que los asnos son cobardes, collones, sin esfuerzo!…

Si los asnos no fueran animosos, fuertes, valientes, arrojados, fieros, a la guerra jamás habrían ido; y que a la guerra han ido bien sabemos. Y se sabe que al asno se le deben conquistas y victorias de provecho. Adamancio nos dice: “en Palestina eran más fuertes, eran más ligeros que los mismos caballos, y en la guerra se servían muy bien de los jumentos.”  Y si no preguntarlo a los escitas, por los egipcios en derrota puestos a causa de los asnos africanos, que rebuznando fueron al encuentro.

Y sobre todo, un Dios, un Dios de forma, el padre de los Dioses, Jove mismo, a los asnos no hay duda debe todo, rayos, cetro, corona, trono, imperio.  Ni me digan que todas estas cosas en los tiempos de antaño sucedieron; pues ogaño también las hemos visto. Bonaparte nos cita un buen ejemplo cuando estuvo en Egipto: allí los asnos cuán útiles refiere que le fueron.

Al asno le atribuyen la ignorancia. Los necios e ignorantes serán ellos. ¡Esos tan presumidos de su ciencia, que no sabían ni aun lo que es jumento! y aun suponiendo que fuesen ignorantes, ¿Acaso la ignorancia es un defecto? Demostrar lo contrario no es difícil. “Felices los que no tienen talento, o de espíritu pobres” se nos dijo. Ergo el ser ignorante es santo y bueno. El asno sabe cuanto saber debe: él no es pues ignorante; no es un necio.

Símbolo fuera el asno en el Egipto de la sabiduría en otros tiempos, según refiere autor de mucha nota, pues que yo lo que digo, lo compruebo. ¿Y en el día no vemos muchos asnos que tienen grande fama, gran concepto de saber, y no poco, cosas grandes y cosas portentosas? Sí, los vemos.

Aldrovando refiere habilidades que borricos antiguos poseyeron.  Y los señores de la Enciclopedia, que en materia de burros no eran lerdos, los asnos sabios de París nos citan, y ellos mismos parece que los vieron.

Y en España también Cambriles hable, asno que tuvo gran entendimiento en la Castilla, donde le vio el Pisuerga cosas hacer de asombro: y en efecto este tal asno dicen que se criaba en un pobre riquísimo convento de capuchinos, a los que sirviera de un modo ventajoso y algo nuevo. Íbase sólo, y sólo se venía, buscándoles solícito el sustento de puerta en puerta. En ellas se paraba; y los vecinos de las casa, viendo que Cambriles llegaba, luego al punto metíanle en el saco pan o queso. De este modo recorriendo calles se volvía Cambriles satisfecho a su convento, y en el cual mostraba otros rasgos que fama le adquirieron. Y en diciendo ¡Cambriles! en Castilla los asnos todos callan con respeto.

También parece que los jesuitas asnos tuvieron doctrinados, diestros, y enseñarlos sabían de tal modo, que el discípulo honraba a su maestro. ¡Qué de lances curiosos que se cuentan del saber de estos asnos, de su ingenio!  ¡Y aun llamarán al asno un ignorante! ¡Y aun dirán que son necios, sin talento!

Que es muy capaz de educación el asno, la historia nos lo muestra con ejemplos. Si acaso más los asnos no supieron, la culpa ciertamente no está en ellos: en nosotros está, que no cuidamos de darles instrucción, reglas, preceptos.

Que el asno es testarudo dicen otros: los que tal aseguran son bien necios. Imposibles hacer no puede el asno; y esto se exige de él, pues procedemos con el pobre animal tan imprudentes, tan injustos, crueles y severos, que terquedad llamamos lo que sólo de no poderlo hacer es puro efecto.

¡Qué injurias a los asnos se les hacen en todas las naciones, santos cielo. En refranes, en vagos dicharachos, en palabras de beta y de desprecio! No hay nación ni idioma que no tenga refranes a montones, cuyo objeto es minorar del asno el valor justo. “O Rey ser, o bien asno”, refrán griego fue, bien igual a aquel de los romanos, que era “o César o nada”. Mil ejemplos se encuentran de esta clase, dirigidos contra los pobres asnos; pero en ellos Mas se ve la ignorancia de los hombres, que la ignorancia dada a los jumentos.

Asnólogo instruido, yo no ignoro qué de ofensas al asno se le han hecho. Como los hombres somos caprichosos, obrando tal cual vez sin fundamento, muchos ha habido, y hay, y en adelante no faltará tampoco alguno de estos que a los asnos estime o los deteste, sólo por su color, ya blanco o negro. No se crea que en esto yo discurro por decir solamente lo que pienso. Nada de eso: la historia me ha enseñado que los coptitas odio le tuviera al asno por motivos bien extraños; y su color bermejo fue el primero. ¡Qué de coptitas vemos en el día, que de los asnos juzgan por su pelo, ya rojo o plateado, ya castaño, ya blanco o negro, oscuro o ceniciento!

Cría de asno mamando

En algunos países yo no ignoro que tan sólo montaba el bajo pueblo en los asnos, según cierto glosario que así nos lo refiere bien expreso. Y aun dicen que en el Cairo, donde abundan los asnos, y que corren muy ligeros, al cristiano tan sólo le permiten cabalgar en borrico, por desprecio que los egipcios tienen en el día a los francos cristianos europeos. Mas se ve claramente que estos casos, de estúpida ignorancia son efecto. Y dejo ya probado que los asnos merecen de los hombres sumo aprecio: y alegar bien pudiera todavía en favor de los asnos mil ejemplos. A fin de convencer a los ilusos indicar unos pocos aquí quiero.

También los españoles de Canarias hacen debido honor a los jumentos. Allí se ve a canónigos y obispos, a las señoras y a los caballeros no desdeñarse de montar en asnos, ya sea en los viajes o paseos. Cabalgar en borricos allí es uso; y un uso tan asnal yo se lo apruebo. ¡Ojalá que así fuese en todas partes! Los asnos ganarían mucho en ello; y el hombre entonces, más amigo suyo, acaso ganaría el diez por ciento, las virtudes del asno ya imitando o sus loables prendas conociendo.

Allá en Constantinopla el Patriarca cabalgaba con honra en un jumento, como observa un gran santo, y sus palabras no dejan duda alguna del suceso. Y Salomón el Zar también montaba en asno, y siendo jefe de su pueblo.

Los asnos ricamente enjaezados también se han visto; y es un hecho cierto, que la historia a la vista nos presenta: teniendo el gran honor y el privilegio de llevar sobre sí a la Diosa Isis, tan acalorada en los antiguos tiempos, en funciones de pompa y muy solemnes, en grandes procesiones y festejos. Y es honor, que al caballo tan famoso no le cupo, los asnos prefiriendo.

El asno, por nosotros despreciado; el asno, que montar nunca queremos creyendo deshonrarnos, y que es uso deshonrarle a la vez, porque le vemos qué servicio nos hace cuando lleva al suplicio al ladrón o al bandolero; ese fiel asno contra quien ingratos se declaran no pocos que en el pecho llevan un distintivo que demuestra que son caballeros y no asneros; ese animal tratado de otro modo por varias gentes fue en pueblos diversos.

Jerusalén vio al asno en grande estima: nunca jamás allí se tuvo a menos en asno cabalgar. En palestina los nobles, los magnates, los prefectos cabalgaban en asnos; y así ufanos los hijos de Jair y Abdón, ejemplo de esta verdad serán los treinta hijos, nada menos que treinta, del primero, en asnos cabalgaron, y eran hombres no comunes, plebeyos o pecheros, sino jefes, mandones de ciudades. Y los cuarenta con los treinta nietos del segundo (de Abdón el ya citado) asnalmente también siempre anduvieron. No lo invento tampoco; así la historia nos lo refiere todo como un hecho.

Abraham, tan famoso patriarca, ¿En qué bestia montaba?… en un jumento. ¿Y la hija de Caleb, jefe de tribu, en qué iba montada? Iba en lo mismo.  ¿Quién no sabe además que los judíos a los madianitas les cogieron treinta y dos mil doncellas peregrinas con sesenta y un mil bellos jumentos? Que haciendo bien la cuenta les tocaba cada doncella casi dos enteros. Todo lo cual confirma claramente que el asno fue animal de pro y de aprecio.

Y ya que de judíos y de burros sin saber cómo viene este recuerdo, ¡Qué digresión tan linda se me ofrece en honor de los asnos que defiendo! ¡Qué gran papel no hicieron, pues, los asnos al tratar de elegir el Rey primero allá entre los judíos en el Asia, en tiempos revoltosos cual los nuestros, en que el pueblo, erigido en soberano, Rey tener deseaba y se lo dieron!  Que Saúl nos lo diga: por su historia se sabe lo que en esto hubo de cierto. Yo lo diré clarito: sin los asnos no hubiera acaso Reyes, tronos, cetros; a lo menos tal vez Reyes ningunos habrían conocido aquellos pueblos.

Samuel, gran profeta y personaje, poco adicto al monárquico gobierno, era muy venerado; y justamente, y el mandón que tenían los hebreos. Quieren estos tener un Rey que mande, y Samuel les dice: ¡Sois muy necios; ese Rey que pedís a grandes gritos va a causaros mil males, majaderos! ¡Ya veréis, pues, con él lo que sucede! ¡No importa! Venga, venga: ¡Rey queremos! Reparad que ese Rey ha de quitaros vuestros hijos y a un carro ha de ponerlos. Y vuestras hijas se verán expuestas a servir en oficios bien groseros. Y vuestros olivares, vuestros campos quitaros ha también, y los viñedos; de todo lo mejor, ya lo veréis; y será para dárselo a los siervos.

Os quitará criadas y criados, los jóvenes menores, los jumentos. Seréis sus siervos, y de los rebaños os veréis precisados a dar diezmo. ¡Ya lo veréis entonces, mentecatos! Y en vano os quejareis de ello a los cielos, porque el señor entonces dirá: niños, eso es tarde: al principio era muy bueno. Y el pueblo soberano contestaba: Necuacuam, señor mío; no entendemos de frases ni retóricas palabras Rex… erit super nos: lo quiere el pueblo.

Que el gobierno anterior sea abolido. Hágase innovación en el gobierno.

No más de teocracia: deseamos tener como otros pueblos Rey electo. En vano Samuel se despepita con varias amenazas y consejos. El pueblo decidido siempre insiste y el jefe teócrata cede luego, sintiendo que se escape de sus manos un mando que tenía por entero. Este es, pues, el resumen de la historia según nos lo refiere el Sacro Texto.

Mas vamos adelante; que los asnos a seguir nos obligan refiriendo, de qué modo o manera se les debe la base y fundamento del gobierno monárquico absoluto antiguamente, pues gloria de los asnos es saberlo. Cátate que Saúl tenía un padre, cual por lo regular todos tenemos. Dicen que Cis se llamaba; y este hijo cierto día le dice: chico, presto echa a andar con un mozo. ¡Vivo corre, menéate: las asnas se perdieron! Anda; vete a buscarlas. Saúl parte de Salim recorrido ya el terreno y el país de Salisa y otros varios, échale un galgo, sí, no aparecieron las tales asnas. Y esta es su fortuna, pues si encuentran las tales dos jumentos, por siempre el buen Saúl se quedaría manejando un cayado, mas no un cetro.

Rebuzno de burro o asno

Étele, pues, que a Suph llegan los chicos, y le dice Saúl al muchachuelo: volvámonos, las asnas no parecen.  Nuestra ausencia a mi padre descontento tendrá por la tardanza. Vamos, vamos. Y el zagal le contesta con despejo: Hay en esta ciudad un varón noble. Es un varón de Dios, de gran respeto. Cuanto afirma su boca, así sucede. No sería malo que le preguntemos si sabe dónde paran nuestras asnas, o para hallarlas nos indique el medio.

Tan dócil es Saúl que luego accede a seguir del muchacho el tal consejo. En el camino encuentran a unas mozas que van por agua. Diga usted, salero, ¿Dónde estará el veyente o el profeta aquí en esta ciudad? Todo derecho. Llegan a la ciudad los viajantes. De calle en calle estando ya en el medio, Samuel se presenta (a quien Dios dijo en aquella mañana este secreto); y Saúl le pregunta sin turbarse: ¿Dónde vive el veyente? Y al momento le contesta: yo soy ese veyente; ven arriba conmigo y comeremos. Ni por las asnas el menor cuidado deberás ya tener, pues estoy cierto de que las encontraron ambas, ambas. Y fuéronse juntitos y comieron.

En el día siguiente (honor del asno o sea de las asnas, que es lo mismo.) Samuel a Saúl le unge y le besa y le dice: he aquí con este ungüento el Señor es quien te unge y quien te nombra príncipe real, libertador del pueblo.  Le habrás de defender de sus contrarios. Y cuidado que de signo sirva esto, o de que el Señor por príncipe te ungiera. ¿Estamos? no olvides, queda en ello.

Cátale, pues, ungido y soberano; cátale, pues, ya Rey hecho y derecho; y gracias a los asnos o a las asnas, pues sin asnos, no hay duda, ni el ungüento, ni cetro, ni corona existirían, ni se supiera acaso lo que es reino.

Dícele Samuel: mira, al marcharte hallarás dos mancebos no muy lejos, los cuales te dirán: ¡Saúl, albricias, albricias, que tus asnas aparecieron!

Va Saúl a su casa, y le preguntan: ¿Por dónde habéis andado tanto tiempo? Buscando las borricas día y noche por montes, por colinas y por cerros. No pudiendo encontrarlas nos marchamos a ver a Samuel allá a su pueblo. ¿Y qué te dijo? vamos. Solamente nos contestó: las asnas aparecieron. Y los dos viajantes les callaron que venía hecho un Rey. ¡Qué picaruelos!

Después siguió el negocio seriamente. Se hizo elección de Rey, y salió electo el mismito Saúl con gran jarana de gritos. ¡Viva el Rey! clamaba el pueblo; quien pudiera añadir, no sin motivo: Si tenemos ya Rey se lo debemos a los asnos. Sin asnos, ¡Dios lo sabe si el profeta Saúl fuera Rey nuestro!…

La digresión de honor para los asnos algo larga será, más de provecho; pero al fin ya con esto está acabada. Y otros puntos curiosos tocar quiero en elogio del asno, mi cliente, a quien ya fuera decidido empeño en mí el ponerle en su lugar debido y sacarle con lauro y lucimiento. Y en verdad que he olvidado, y no debía, de su carne tratar y de sus huesos.

La carne de borrico fue un regalo, comida muy sabrosa en otros tiempos.  Preguntarlo a los persas. Los romanos también, refiere Plinio, la comieron por gusto, por regalo, por delicia, y no por verse en precisión de hacerlo. Como a veces sucede entre nosotros en apuros, urgencias, en los cercos de las plazas que sitia el enemigo. Y también los modernos la comemos, pues yo sé que en la Francia, si no mienten ciertos libros curiosos que yo leo, escritos por famosos literatos que muestran interés por los jumentos; en esa culta Francia también comen la carne de borrico, bien compuesto en longanizas ricas, exquisitas, que buscan con gran ansia y con empeños gastrónomos voraces y glotones, buenos inteligentes, bien expertos. ¡Y quién sabe si de esa misma carne no harán chorizos nuestros extremeños!

La antigüedad al asno honor hacía, sus huesos sobre todos prefiriendo para el uso de las flautas. Las del asno por más sonoras daban mejor eco. ¡Y quién sabe si el asno de este modo famoso no habrá sido entre los griegos, en sus fiestas, solemnes regocijos, en sus templos, teatros y en sus juegos!

Y un suizo que encuentra por acaso un hueso de borrico bueno y seco, ¡Qué de cosas no sabe con paciencia fabricar industrioso y con provecho! Del hueso del borrico hace botones; hace hormillas también, y para el juego forma dados; trabaja mil juguetes; y es capaz, si se vale de su ingenio, de formar hasta cruces, hasta Cristos, y sacarnos con ellas el dinero.

Asno sonriendo

Y ya que de los huesos voy hablando, otro hueso famoso es buen ejemplo de cuánto vale el asno y ha valido, en los tiempos antiguos y modernos. Hay autores muy graves que sostienen del asno la quijada el instrumento, fuese con que a Abel, Caín matara. Si todavía muy seguro el hecho a ser no llega, ya se tiene siempre por nuevo lauro para los jumentos.

¡Qué quijada también sería aquella con que Sansón hirió mil filisteos!  El hecho aquí es seguro, es indudable, y en honor de los asnos tal portento. ¡Mil hombres caen a los recios golpes que por otro se dieron con un hueso del asno!… ¿Qué otra bestia se conoce que gloriarse pueda de un tal hecho?

¿Y las muelas del asno?… ¡Friolera! ¡Qué de portentos en el asno vemos! ¿No sirvió pues la muela de un borrico para dar nuevas faenas a un sediento? Es también hecho cierto, incontestable: temeridad sería dudar de ello. ¡De la muela del asno se hace fuente! ¡Al sediento sus aguas dan consuelo! De sed, a no haber asnos, ¡ciertamente en el campo Sansón se hubiera muerto!

Todavía tampoco se ha tratado del valor de los asnos, de su precio; y en punto semejante sé yo cosas que han de ser el asombro de los necios que al asno no conocen, y que piensan que el asno vale poco. Sepan estos que viven engañados; que los asnos tienen mucho valor, siendo asnos buenos. Un francés nos refiere que allá en Francia suele ser cien doblones por lo menos lo que vale un buen asno. Los de España a los de Francia exceden en un tercio. ¡Qué digo yo en un tercio! Nuestros asnos, nuestros asnos de pro, burros manchegos, en nada cederán a cuantos tiene o encierra el mundo antiguo y mundo nuevo. De treinta mil reales en La Mancha se han visto garañones estupendos, nutridos con más mimo y más regalo que a sus perritos finos falderos puede dar una dama enamorada de seres de esta especie. Mas yo encuentro ejemplos en la historia, que a mí mismo me asombran, y que apenas creer puedo.

A América llevó Francisco Ponce un asno, que al llegar un poco enfermo perdió de su valor, dice la historia. Pero añade que luego al poco tiempo, llega otro corpulento… ocho mil duros al instante por él allá ofrecieron.

Vendiéronle en Apau por esta suma; luego en Tula, después volvió de nuevo a venderse, ganando el propietario, un quinto más del precio del primero.

Si a los siglos remotos acudimos siempre al asno veremos de gran precio. ¿Qué animal en el mundo habrá valido lo que allá en Roma por un asno dieron  ocho mil pesos fuertes Quintus Axius, romano senador, gran caballero, por un borrico dio…. ¡qué tal! El asno, como sea buen asno, tiene aprecio. Y a fin que nadie piense que le engaño. Le daré en los hocicos con el texto.  Así lo dice Plinio: y el buen hombre pensó haber dicho algo; mas ya dejó demostrado a priori haber valido aun mucho más un asno de los nuestros: pues fuerza es repetirlo una y mil veces, tratándose de burros, confesemos que a nadie en pos vamos, pues no ha habido, ni hay tampoco, ni habrá en el mundo entero, quien a burros nos gane: siempre, siempre, el non plus ultra en punto de jumentos, o de asnos, de borricos, o pollinos fuimos, y lo somos, y seremos.

Otro honor que los asnos han tenido el hombre mismo quiso concederlo. Asinus en latín se llama al asno: advertencia importante en este objeto. Ahora bien, pues el hombre se ha dignado asno querer llamarse, según vemos en la historia (que siempre fue mi guía), el ser asno no es cosa de desprecio. Asina, de los Cornelius Escipiones fue apellido de honor y de respeto.

Augusto César por amigo tuvo a Asinio pollion, que en Roma, en tiempo del gran Pompeyo fue orador famoso, y enseñó la elocuencia, dando luego pruebas bien manifiestas de su ciencia, escribiendo de César y Pompeyo la guerra tan famosa. Asinio Gallo, hijo del mismo, nunca tuvo a menos de llevar su apellido, y se hizo nombre por obras que compuso con esmero, de Marco Tulio Cicerón y el padre haciendo imparcial el paralelo.

Otro Asinio Capito muy famoso hubo en Roma, gramático perfecto.

Con el nombre de asnos no han faltado tampoco personajes que se han hecho un honor en llamarse de este modo. Así como en España estamos viendo borricones, verdugos y naranjos, sin perder cosa alguna los sujetos que llevan estos nombres: al contrario, se jactan con razón de poseerlos. Vio roma un Burro, capitán famoso del bárbaro Nerón, y que el ejemplo de Séneca siguiera, abandonando su corte, reprobando sus excesos, y acabando sus días tristemente cual Séneca que fuera su modelo.

No tan sólo a los hombres, de los asnos el apellido o nombre ennoblecieron, sino que hubo también sitios famosos, aguas, ciudades, villas y otros pueblos que este nombre tomaron muy ufanos. Asina, ciudad del Peloponeso en la Mesenia, prueba claramente que fundo con motivo mis asertos.

Otra ciudad había en la Laconia, Asina; y todavía otra encuentro en Chipre, en la Cilicia y en la Acaya, y un lugar en el golfo de Meseno.

En el mar Adriático se encuentra una islita también que conocieron los antiguos: su nombre fue el de Asina. Y Estrabón trata del Asineo Sena bien conocido por Pomponio Mela.  Y al canto voy poniendo cuantos textos en la materia encuentro, uno por uno, pues que yo de invenciones nada entiendo.

Asinario llamóse justamente allá qué sé yo cuándo, ni en qué tiempo, por los siracusanos, un gran río,  que en los mapas ahora hallar no puedo.

Y Asinario también cierto tributo llamaron; y Asinata a varios diezmos allá en tiempos cuando Dios quería. Que asinatas no hay ya en el siglo nuestro. Ni los curas ya tienen asinatas, ni tienen asinatas los conventos. Y de Mola Asinaria en los autores varios textos se ven claros, expresos. Y en grande honor y gloria de mis asnos, ¿No será oro molido todo esto?

Pues vamos a otras cosas singulares que no deben quedarse en el tintero, porque de ellas al asno le resultan excelsas glorias, méritos diversos.

En grande honor en maduré los asnos tenían y miraban con respeto.  Hubo una tribu que se distinguía en este punto, pues del asno al cuerpo el alma de los nobles que pasaba muy de veras creían. En aquel reino a los asnos miraban como a hermanos, porque la raza de su Rey excelso por línea recta dicen que descendiera de la casta feliz de los jumentos. Allí todos al asno le tenían grande veneración, y prohibieron se les cargara mucho; y si atrevido algún vasallo malo quiso hacerlo, el caverru o vadouger al instante le imponía castigo bien severo, como a inasnal, cruel y temerario, de lesa asnalidad horrendo reo. Y en la cocina del real palacio. ¡Qué guisados tan ricos no se hicieron de carne de borrico! La comían, y comían en ella a sus abuelos.

Yo bien sé que otros pueblos han tenido ideas muy diversas, sentimientos   muy contrarios al asno en este punto de la mentensicosis; pero creo que ha sido aberración de su mal juicio por falta de criterio y de talento.

En Egipto se vieron mentecatos que a afirmar tontamente se atrevieron que el alma de los malos derechita iba a entrarse en los cuerpos de jumentos. Mas que las almas de los malos fuesen a parar en los asnos y en los cerdos, era idea vulgar y tontería. Que lo diga Platón, si acaso miento.

El asno caído

Tuvo el asno el honor y grande dicha no tan solo de verse en tanto aprecio, mas también que su imagen figurara entre varias naciones, en sus templos venerada. Según san Epifanio los gnósticos figura de jumento a Sabaoth le daban. Otros dicen no haber sido de asno, y sí de puerco. También a los judíos atribuyen haber sido a los asnos muy afectos, su cabeza adorando: así Plutarco y Tácito y Apiano lo creyeron; Demócrito los sigue. Los gentiles igualmente atribuyen esto mismo a los cristianos, como nos lo dice el gran Tertuliano en cierto texto. Y aun otro autor también a los templarios indica que esto atribuyeron. La historia lo refiere; y asinarios llamaban por lo mismo a los hebreos.

Que el pueblo de Israel o los cristianos adorasen al asno, quede incierto. No así de los gentiles, que es seguro, y lo dicen antiguos documentos. No hay que dudarlo: los samaritanos, de los denominados los heveos, al Dios Thartac del asno la figura en la cabeza al menos le pusieron,  como se ve clarito y muy pintado por Calmet, escritor de nuestros tiempos. En su gran diccionario de la Biblia, escrito con gran pulso y con gran tiento, una estampa muy bella nos presenta de este Dios Thartac asno, en cuerpo entero. ¡Étele pues al asno en los altares! ¡Étele pues al asno hasta en los templos! ¡Y el hombre le desprecia!… ¡Para cuándo serán tus rayos, Júpiter supremo…!

Los sacerdotes de Serapis saben cuánto valen los asnos, pues que a ellos tal aversión, tal odio les tenían, que sufrir a los asnos no pudieron, por haber hecho muerto a su buey Apis y consagrado al asno. Y por decreto a los egipcios dijo: ¡Ea, mocitos, adorad a los asnos; yo lo ordeno! Esta es mi voluntad, y yo lo mando. ¡Cuidado! Obedeced. Así lo quiero.”

Étele ya otra vez en los altares a este animal tenido en gran desprecio; ¡Y también los peones a los asnos igual honor en cierto modo hicieron!  Es verdad que si a veces dieron culto a los asnos allá en remotos tiempos, también este animal de sacrificio sirvió no pocas veces en los mismos. Hubo un tiempo en el cual por miedo a Tifón los egipcios culto dieron, y el asno en especial fue consagrado a este Dios, y de un modo bien sangriento. Al pobre animalito le azotaban mientras duró este culto tan horrendo.

Al Dios Marte, ese Dios de los estragos, de las muertes, horrores y saqueos, en sacrificio al asno dedicaron; y con Baco y Príapo fue lo mismo allá en tiempos antiguos y remotos, de que la historia nos dejó recuerdos.

Allá en Roma también, la antigua Roma; fue el asno de provecho. Autor he visto yo que afirma claro, que al asno en Roma estatuas erigieron; añadiendo después, que el Capitolio adornado se vio con este objeto.  Y en Nauplia mereció el animalito que igual honor le hiciesen los del pueblo.

La cabeza del asno ennoblecida en monedas antiguas también vemos. No es invención, pues pongo por testigo la Dacia antigua y a Trajano Decio. Y otra medalla antigua lo confirma, como en la nota claramente pruebo. No solamente allá entre los antiguos, sino en otros modernos documentos la cabeza del asno papel hace; y citar un ejemplo quiero de ello.

Este pobre borrico, tan ajado, este pobre pollino que yo aprecio, este pobre jumento, que de escarnio sirve continuamente a majaderos, entre sabios se ha visto muchas veces de sus emblemas ser muy digno objeto. El señor Covarrubias de él se vale, y con el mote Deteriora sequor, refiere que en su vida a Marco Craso no se le vio reír; pero que viendo a un borrico comer cardos silvestres, no pudo conservar su rostro serio, y dio tal carcajada, que el buen hombre se tiraba de risa por los suelos.  ¿Y en fábulas morales no encontramos al asno que nos da bellos preceptos?

Otro autor muy poco conocido, y cuyas obras yo poseo y leo, nos pinta un amorcillo muy gracioso  que unas alas a un asno está poniendo; como si nos dijera que amor addit  inertibus alas; porque en efecto así sucede. Amor naturaleza ha sabido mudar en todos tiempos. De un león hace un asno; y de un tirano hacer suele también manso cordero. De este modo lo explica y muy clarito el autor de que trato, y es tudesco.

En sus bajos relieves en Pompeya a los asnos también honor hicieron como se ve patente en testimonios de las excavaciones que se han hecho, según nos asegura Romanelli. Que yo no los he visto ni por pienso.

Sirva también de prueba en algún modo, en elogio del asno, ser bien cierto que su origen y raza más antiguos que la del hombre son. El día sexto el hombre fue creado, y ya en el quinto aun antes de haber hombre hubo jumentos.

¿Y qué dirían si en honor del asno, que tuvo con el hombre parentesco pudiésemos probar? … si tal vez hubo onocentauros, es probado el hecho. Y si no que Dnoselbe os lo diga que fue de un hombre y de una burra engendro, si no miente Venett; pues por mi parte me libraré muy bien en puntos serios de añadir ni quitar ni aun una jota. ¡Dios me libre, eso no! Conciencia tengo.

La Santa Inquisición de las Españas, tribunal el más sabio, justo y recto, que al sabio da temor y causa espanto, y a los tontos jamás infunde miedo; Esta Santa Inquisición parece que a estos parentescos atendiendo, abrió el ojo y no poco; y a bien tuvo con mucha madurez y mucho seso decir a ciertas gentes: ¡Cuidadito! no andarse con las burras en requiebros.

Asno cargado de ladrillos

¡Qué se dirá hiciese ver que el asno, ese pobre animal que yo defiendo, y que de todos es tan despreciado, hace grande papel hasta en los cielos! No cabe duda alguna, si, lo hace. Si en alto puesto está y en candelero, no lo debe a la intriga ni a la infamia; ni lo debe al favor ni a los enredos,  bajo adulaciones ni a los chismes, ni a delaciones falsas o manejos, ni tampoco a roídos pergaminos que prueben la honradez de sus abuelos: que el mérito tan solo allí le puso. Por sus servicios se adquirió aquel puesto.

En honor de los asnos otros rasgos me sugieren autores de gran peso. Uno al menos citar aquí conviene, y es autor que gozando está del cielo. Al cristianismo el asno le compara San Isidoro, autor que yo venero. Verdad es que se encuentra en otra parte, que se le da sentido muy diverso al texto de que el santo se ha valido, hablando de cristianos y de hebreos, de asnos y de bueyes y gentiles, y qué sé yo que más. Al canto el texto.

El asno bien honrado en Palestina, cual padre de la mula, también vemos. En un humilde establo cobra fama en Belén con el buey, su compañero.

¿Cómo pintan la fuga de María al Egipto, a José y al Niño tierno? Nunca jamás la pintan a caballo, en mula, en coche, en carro, nada de eso: siempre en asno nos pintan su viaje; y para el asno es este un honor nuevo.

Jerusalén la entrada triunfante vio del Mesías, y la vio aplaudiendo. Su entrada no fue a pie; no fue a caballo. Que fue sobre un pollino, dice el texto. San Marcos nos lo cuenta con San Lucas; lo mismo nos refiere san mateo. ¿Y a un animal con tantas distinciones, estimación y aprecio negaremos?

El mismo Moisés honra a los asnos cuando expreso le cita en un precepto. “Del prójimo la casa no desees, ni su mujer, su buey, ni su jumento.” Ni al famoso caballo honrara tanto este legislador de los hebreos. Y en las sagradas letras muchas veces vemos citado al asno, y bien expreso.

¡Qué de célebres asnos en el mundo! Citarlos todos fuera muy molesto. Pero siendo ya fuerza honrar al asno, varios ejemplos de ellos citaremos.

Allá en Mesopotamia eran los asnos, si no mienten anales de gran peso, de tanta nombradía, tan valientes, y tan considerados por su esfuerzo, que un califa, vicario de Mahoma, (el veintiuno fue, si bien me acuerdo) cuentan de cierto que llamado fuera Mervan el asno por ser gran guerrero.

Y a una burra en París yo mismo he visto en la plaza de toros, de tres perros acosada, valiente defenderse, y salir del combate contra ellos ilesa y vencedora, pues ninguno a sus coces se quiso ser expuesto.

La burra de Balan no deja duda de que asno hubo con el privilegio del don de la palabra; honor al asno y a la serpiente solos hecho vemos.

El asno Nicolás, así llamado, como quien dice vencedor de pueblos, en la historia profana nombre deja por siempre celebrado cual portento, creyendo a Suetonio. Él lo refiere hablando de un famoso borriquero.

Y Focio el patriarca saber hace haberse conocido en otros tiempos un asno que el pesebre abandonaba por irse derechito a escuchar versos.  ¡Hasta asnos hay poetas! ¡Qué prodigio! ¡Apolo protector de los jumentos!

 ¿Quién al asno de Nauplia no conoce, al asno, que del hombre fue el maestro del útil modo de podar las viñas? Al asno le debemos vinos buenos, y no a puta. Que a no haber asnos fuer para nosotros de ningún provecho.

La burra de Mahoma, que llamada fuera Borak, es otro buen ejemplo. Al gran profeta en una sola noche, desde la Meca por el firmamento, hasta Jerusalén en Palestina, en andas y volandas muy derecho le condujera. Viaje portentoso, que en Tiro, ni en Damasco, ni en Alepo a dudar nadie temerario osara.

¿Y qué diré del asno de Sileno y del asno de Sancho? los dos tienen no poca fama en todo el universo. Me dirán que yo adulo aquí a los asnos, y que esta adulación propia es de un necio. ¡Yo adular…! ¡Ah! si yo adulado hubiese, no me viera en el día cual me veo. Elogiar a los asnos no es un crimen. Los asnos lo merecen; y yo veo que a cada paso estamos alabando a no pocos, cargados de defectos, llenos de vicios, cuyos nombres siempre citarse deberían con desprecio. Y en los sagrados templos se hacen honras con gran solemnidad a mil sujetos, cuya vida tal oprobio fue del mundo, y escandalosos fueron sus ejemplos. ¡Qué de elogios a varios personajes, títulos, militares, de ambos cleros, y hasta a los Reyes y otros soberanos a cada paso no se están vertiendo por plumas y por bocas elocuentes, que merecen castigo bien severo! Según opina un galo muy famoso, que juzga criminales todos estos.

La inocencia del asno

¡Y extrañarán que elogie yo a los asnos! ¿Acaso hay dos medidas, hay dos pesos? Ni he pensado elogiarle cual esclavo embrutecido en su cadena y hierros, sumiso, envilecido y temeroso, que adula de continuo al amo fiero con la mira de verle más propicio, y obtener, si es posible, alivio o premio. Yo de los asnos ¿qué esperar pudiera? No me oprimen, ni nada temo de ellos. No necesito para alivio mío prodigarles loor ni dar incienso.

Mas volvamos a nuestro grave asunto. Pues tiempo será ya que fin le demos, citando todavía un par de burros, famosos asnos, dignos de recuerdo, pollinos o jumentos o borricos, que su nombre dejaron siempre eterno.

El asno de Luciano es bien famoso. No lo es menos el asno de Apuleyo, a quien en oro todo se volvía. El de Luciano fue más estupendo. En asno trasformado, mil zozobras, mil trabajos, mil sustos, sentimientos pasa de Ceca en Meca; y es vendido por acá y acullá, siempre sirviendo tan pronto a gentes que le dan buen trato, como a bribones que de bandoleros hacen la vida. En casos semejantes ¡Qué de lances curiosos y traviesos pudo ver y advertir el buen Luciano, trasformado en figura de jumento! Hasta que al cabo ¡próspera la suerte! le hace feliz. Halló en el bello sexo una ninfa que de él se enamorara, con la que tuvo ratos placenteros, hasta que luego, vuelto ya a ser hombre, fue despreciado, parque el bello objeto de su pasión sufrirle más no pudo por no ser asno, y ser hombre perfecto. ¡Qué de rarezas las mujeres tienen! ¡No hay duda, la mujer es un misterio!

Hay otros asnos no menos afamados. Se cuenta en ellos el de Maquiavelo, y aun otro que es bien poco conocido, y se llama el Assan, asno sueco. Y en especial el asno de Verona, de cuya historia bien será que demos alguna idea, porque entre los asnos es un asno de pro, de grande peso.

Hubo en Verona, y tal vez aun existe, un grande monasterio o bien convento con cuarenta individuos o bien frailes, conservadores, en un buen modelo, de las reliquias que se suponían ser de aquel asno que al Redentor nuestro en Palestina de uso le sirviera, ya ha dos mil años poco más o menos. Dicen que el tal asno, hasta Verona vino por encima del mar pisando quedo a pie seco, es decir, y sin hundirse: y no es nuevo ni extraño este suceso. Las órficas refieren igual lance con los asnos de Baco y de Sileno: los dos animalitos pasearon sin mojarse ni hundirse el mar Eritreo. En Verona le acogen, le agasajan; le veneran, le meten en un templo. Solemnes procesiones le celebran. Dicen le misa, y hácenle festejos. Y la fama del aso tanto vuela, que pasa a varios pueblos al momento.

La sabia Francia al asno de Verona rinde también su culto, le da incienso. Y en la misa del asno el sacerdote en vez de Ite, missa est, y cuando al pueblo volverse debe, a rebuznar se pone. Y el pueblo le contesta con tremendos rebuznos repetidos, que en la iglesia retumban y estremecen todo el templo.

¡Y qué de asnos quedarán ocultos que merezcan aquí digno recuerdo! ¡Cuántos habrá en las villas y ciudades, y en la Corte, en colegios y conventos, cuyo nombre pudiera hacer figura con los asnos que a España honor han hecho! Pero es fatal desgracia que sus nombres no hayan llegado a mi conocimiento, y que la historia de los asnos grandes no pudiese evitar este defecto.

Expresados del asno exactamente su vida, sus milagros y sus hechos, sus virtudes, sus dones, sus ventajas; y viendo cuáles son, exclamar puedo: ¡República feliz sería aquella compuesta solamente de jumentos, con dones y con prendas tan preciosas cuales yo en este elogio expuestas dejo!.

Asno cargado

Su majestad asnal y real familia vivieran en reposo y en contento. Los grandes del estado disfrutaran suma tranquilidad, sumo sosiego. Pacifica y contenta la nobleza seguiría gozando de sus fueros. Sin ambición, sin ira, sin codicia fuera divino el sacro asnal colegio. Las tropas pollinarias siempre fieles permanecieran al burral gobierno; y el pueblo borrical siempre sumiso, a otros pueblos sirviera de modelo.

El estado, compuesto de borricos, jamás a guerras se vería expuesto. Los chismes, los embustes, los embrollos, las tramas, arterías, los enredos, la delación, la envidia, la lisonja, la ambición, la codicia ni los celos jamás harían del asnal estado un estado infernal cual otro vemos. Asesinatos, robos, asnicidios, ni otros crímenes tales, tan horrendos, nunca al estado jumentil mancharan; y el orden fuera todo su elemento.

Asnos no habría blancos o serviles; asnos no habría liberales, negros; asnos no hubiera libres o masones; asnos no hubiera de los comuneros; asnos no habría de los wigs ni torys; asnos no habría gibelinos, güelfos; ni menos asnos de los jesuitas, ni molinistas, ni asnos de Jansenio; ni asnos del Papa, ni congreganistas, ni de Calvino, menos de Lutero.

Todo fuera quietud, todo concordia sin temor de revueltas y de excesos; ni sangre borrical jamás corriera por ver quién es de todos más jumento. No hay que cansarse, del borrico el hombre aprender puede. Sírvanle de ejemplo tantas virtudes como el asno tiene. Hágase burro… ganaría en ello. ¿A quién no dará gana de ser asno al leer el elogio que en mis versos de este animal, que tanto motejamos, imparcial y verídico presento? Al saber tantas y tan bellas prendas, ¿A quién no dará envidia ser jumento?… Por mi parte, ya bien desengañado, que quisiera ser asno, lo confieso.

Y no lo he dicho todo. El asno tiene otras prendas y dones muy selectos que omitir es preciso, pues citarlas todas expresamente es muy molesto. Pero a fin que los hombres reflexivos procedan con los asnos ya más cuerdos, presento este elogio bosquejado tan solamente, pero no completo. Lean, piensen, discurran, juzguen, digan: ¿No fuera honor y dicha el ser JUMENTO?

 
 
 
 

¿Sabías esto?


Para encontrar a los caballos perdidos: tienden a volver por el sendero más recientemente. Si esta ruta de regreso no es accesible, tienden a subir cuesta arriba en lugar de bajar.